LA FILOSOFÍA NÁHUATL

Miguel León-Portilla

IDEAS METAFÍSICAS Y TEOLÓGICAS DE LOS NAHUAS

 

Entre los varios textos nahuas que hablan acerca de la concepción que los tlamatinime tenían sobre la divinidad, hay uno de particular interés que contiene la respuesta dada por los sabios nahuas a los doce primeros frailes impugnado res de su religión y tradiciones. Se trata de toda una sección del ya antes mencionado libro de Los Colloquios, que no es sino la recopilación hecha por Sahagún sobre la documentación que halló en Tlatelolco, de las pláticas y discusiones tenidas por los doce primeros frailes, llegados en 1524, con los indios principales y sus sabios acerca de temas religiosos.

 

Los párrafos que vamos a presentar, traducidos por vez primera al castellano, constituyen los puntos culminantes de. la respuesta de los tlamatinime, que lejos de someterse servilmente -como algunos han creído- ante la nueva doctrina enseñada por los frailes, prefieren discutir con ellos. Al hablar los tlamatinime ante los frailes y ante el pueblo es quizás ésta su última y más dramática actuación pública. A través de sus palabras, extremadamente respetuosas y llenas de cautela, se ve que tienen conciencia de que por ser ellos los vencidos, no puede existir de hecho un plano de igualdad en la discusión. Sin embargo, no por esto dejan de oponerse con valentía a los que consideran injustificados ataques contra su manera de pensar.

 

Como vamos a verlo, claramente se descubre que las razones que dan a los frailes proceden de un saber organizado acerca de la divinidad. Hablando ante numerosa gente y tal vez prefiriendo no ir demasiado lejos a la vista de los frailes, sólo esgrimen los argumentos que j gan más apropiados para mostrar simplemente que el modo náhuatl de pensar en relación con la divinidad puede y debe ser respetado, por poseer ciertamente un rico y elevado concepto acerca del Dador de la vida y por ser igualmente sólido fundamento de sus estrictas reglas de conducta y de su tradición inmemorial. He aquí la forma como hablaron los tlamatinime:

 

872.-"Señores nuestros, muy estimados señores:

Habéis padecido trabajos para llegar a esta tierra.

875.-Aquí, ante vosotros,os contemplamos, nosotros gente ignorante...

902.-Y ahora ¿qué es lo que diremos?

¿qué es lo que debemos dirigir a vuestros oídos?

¿Somos acaso algo?

Somos tan sólo gente vulgar...

913.-Por medio del intérprete respondemos, devolvemos el aliento y la palabra

915.-del Señor del cerca y del junto. Por razón de él, nos arriesgamos por esto nos metemos en peligro...

920.-Tal vez a nuestra perdición, tal vez a nuestra destrucción, es sólo a donde seremos llevados.

(Mas) ¿a dónde deberemos ir aún?

Somos gente vulgar,

somos perecederos, somos mortales,

925.-déjennos pues ya morir,

déjennos ya perecer,

puesto que ya nuestros dioses han muerto.

(Pero) Tranquilícese vuestro corazón y vuestra carne,

¡Señores nuestros

930.-porque romperemos un poco,

ahora un poquito abriremos

el secreto, el arca del Señor, nuestro (dios).

Vosotros dijisteis que nosotros no conocemos

935.-al Señor del cerca y del junto,

a aquel de quien son los cielos y la tierra. Dijisteis

que no eran verdaderos nuestros dioses.

Nueva palabra es ésta,

940.-la que habláis,

por ella estamos perturbados,

por ella estamos molestos.

Porque nuestros progenitores,

los que han sido, los que han vivido sobre la tierra,

945.-no solían hablar así.

Ellos nos dieron

sus normas de vida,

ellos tenían por verdaderos,

daban culto,

950.-honraban a los dioses.

Ellos nos estuvieron enseñando

todas sus formas de culto,

todos sus modos de honrar (a los dioses).

Así, ante ellos acercamos la tierra a la boca,

955.-(por ellos) nos sangramos

cumplimos las promesas,

quemamos copal (incienso)

y ofrecemos sacrificios.

 

Era doctrina de nuestros mayores

960.-que son los dioses por quien se vive,

ellos nos merecieron, (con su sacrificio nos dieron vida).

¿En qué forma, cuándo, dónde?

Cuando aún era de noche.

Era su doctrina

965.-que ellos nos dan nuestro sustento,

todo cuanto se bebe y se come,

lo que conserva la vida, el maíz, el frijol,

los bledos, la chía.

Ellos son a quienes pedimos

970.-agua, lluvia,

por las que se producen las cosas en la tierra.

 

Ellos mismos son ricos.

son felices,

poseen las cosas,

975.-de manera que siempre y por siempre.

las cosas están germinando y verdean en su casa...

allá 'donde de algún modo se existe', en el lugar de Tlalocan.

Nunca hay allí hambre,

980.-no hay enfermedad,

no hay pobreza.

Ellos dan a la gente

el valor yel mando...

Y ¿ en qué forma, cuándo, dónde, fueron los dioses invocados.

990.-fueron suplicados. fueron tenidos por tales.

fueron reverenciados?

De esto hace ya mucnísimo tiempo,

fué allá en Tula,

fue allá en Huapalcalco,

995.-fué allá en Xuchatlapan,

fué allá en Tlamohuanchan.

fué allá en Yohuallichan,

fué allá en Teotihuacan.

 

Ellos sobre todo el mundo

1000.-habían fundado su dominio.

Ellos dieron el mando, el poder,

la gloria, la fama.

1005.- y ahora, nosotros

¿destruiremosla antigua regla de vida?

¿La de los chichimecas, de los toltecas,

1010.-de los acoIbuas, de los tecpanecas?

Nosotros sabemos

a quién se debe la vida,

a quién se debe el nacer,

1015.-a quién se debe el ser engendrado,

a quién se debe el crecer,

cómo hay que invocar,

cómo hay que rogar.

Oíd, señores nuestros,

no hagáis algo

1020.-a nuestro pueblo

que le acarree la desgracia,

que lo haga perecer...

1036.-Tranquila y amistosamente

considerad, señores nuestros,

lo que es necesario.

No podemos estar tranquilos,

1040.-y ciertamente no creemos aún,

no lo tomamos por verdad

(aun cuando) 05 ofendamos.

 

Aquí están

1045.-los señores, los que gobiernan,

los que llevan, tienen a su cargo

el mundo entero.

Es ya bastante que hayamos perdido,

que se nos haya quitado,

1050.-que se nos haya impedido

nuestro gobierno.

 

Si en el mismo lugar permanecemos,

sólo seremos prisioneros.

Haced con nosotros

1055.-lo que queráis.

 

Esto es todo lo que respondemos,

lo que contestamos

a vuestro aliento,

a vuestra palabra,

1060.-¡oh, Señores Nuestros!'"

 

Parece superfluo cualquier largo comentario a un texto que tan clara y dramáticamente habla por sí mismo. Tan sólo quizá convendrá destacar expresamente, a modo de resumen, cuáles fueron las principales razones dadas por los tlamatinime, ya que así podrá valorarse mejor su original manera de argumentar.

 

Hábilmente comienzan su discurso humillándose ante los frailes y alabando a éstos como venidos de más allá del mar, "entre nubes y nieblas". Mas, pronto, contrastando con sus palabras anteriores, muestran su resolución de responder y contradecir. a sabiendas de que como dicen, "nos metemos en peligro". Confiesan que no dejarán de hablar por temor a la muerte, que es más bien lo que buscan, ya que según dicen los frailes, "los dioses han muerto".

 

Después de este preámbulo, citan los tlamatinime las objeciones mismas de los frailes: "Vosotros dijisteis que no conocemos al Señor del cerca y del junto, a aquel de quien son los cielos y la tierra" y responden admirándose primero y dando las razones más obvias, las que cualquier seguidor culto de una fe religiosa daría todavía en la actualidad: "Nuestros progenitores nos dieron estas normas de vida... ellos tenían por verdaderos a los dioses, nos enseñaron todas sus formas de culto, todos sus modos de honrados..."

 

En seguida -tras haber así relacionado sus creencias con la antigua enseñanza recibida de generación en generación- pasan a dar toda una serie de variados y profundos argumentos. El primero, que es tal vez el más hondo, debió ser no obstante comprensible a la gran mayoría del pueblo, al ser presentado por los tlamatinime en relación con el viejo mito de la creación de los astros y del hombre en Teotihuacán, cuando se juntaron allí los dioses para dar principio al quinto Sol (nuestra Edad).

 

"Era doctrina de nuestros progenitores -dicen los sabios nahuas- que son los dioses a quienes se debe la vida... "Pero lo más importante es la explicación que añaden acerca del tiempo y el modo como aconteció esto: "aun era de noche" (in oc iohuaya). Palabras que como acertadamente comenta Lehmann en una nota, significan: "En los tiempos anteriores a toda edad, cuando no existía aún nada determinado". Por consiguiente, implícitamente están señalando los tlamatinime el origen de cuanto existe en un período en el que, ausente toda forma o determinación, sólo reinaba la noche. En ese oscuro lapso pre-cósmico, más allá de cualquier tiempo y espacio determinados, fue cuando comenzaron a actuar las fuerzas divinas. Tal es la antigüedad del existir y la acción de los dioses.

 

Otras razones más añaden los sabios nahuas en favor de sus creencias y tradiciones- No sólo fueron los dioses el origen de la vida "cuando aún era de noche", sino que en todo tiempo, son quienes la conservan: "ellos nos dan nuestro sustento, todo cuanto se bebe y se come, lo que conserva la vida, el maíz, el frijol. . . "Y hay más, a los dioses -que son como hemos visto en el capítulo anterior, las fuerzas cósmicas fundamentales- es "a quienes se debe el que se produzcan las cosas", ya que ellos dan el agua y la lluvia. Como símbolo maravilloso de su poder fecundador se alude expresamente a la morada divina "allá donde de algún modo se existe", en Tlalocan (morada de Tláloc, dios de la lluvia), lugar "donde las cosas siempre germinan y verdean".

 

Después de todas estas razones de hondo contenido filosófico, puestas al alcance del pueblo que escucha, gracias a los mitos bien conocidos, a los que de continuo se alude, pasan los tlamatinime al campo de la historia y ofrecen otro argumento que hoy llamaríamos de autoridad. Comienzan por preguntarse "¿en qué forma, cuándo fueron los dioses invocados, suplicados, tenidos por tales, reverenciados?" La respuesta es clara y precisa: "hace ya de esto muchísimo tiempo", y enumeran luego los más antiguos centros religiosos y de cultura, donde -como lo atestigua la tradición- se tenía por verdaderos a los dioses: en Tula, en Huapalealeo, en Xuchatlapan, en Tlamohuanehan, en Yohualliehan, en Teotihuacan. Sobre todo el mundo (nohuian cemanáhuac) imperaban los dioses.

 

La conclusión -reforzada todavía con un nuevo argumento implícito se impone: "¿cómo vamos a destruir nosotros unas normas de vida tan antiguas, aceptadas ya por los .toltecas, los chichimecas, los acolhuas, los tecpanecas..." No es posible suprimir un sistema de vida y de pensamiento que tiene hundidas sus raíces en la tradición más antigua de la vieja estirpe náhuatl.

 

Después de esta importante consideración histórica, que muestra claramente que los tlamatinime eran conscientes de lo que pudiera llamarse "continuidad cultural de los nahuas", vuelven de nuevo al campo metafísico, para enunciar sólo a modo de resumen, proposiciones como las siguientes, que parecen indicar los grandes capítulos de su saber teológico: "Nosotros sabemos -dicen- a quién se debe la vida, a quién se debe el nacer, el ser engendrado, el crecer. . ." Si esto es así, si se alude abiertamente a un saber teológico bien meditado, "tenemos en el corazón", que explica cuestiones tan hondas como las que se han enumerado, no será ya de extrañar que la conclusión de los sabios nahuas sea la de exhortar a los frailes a que respeten el modo náhuatl de creer y pensar: "No hagáis algo a vuestro pueblo que le acarree la desgracia"... Porque lo que los frailes enseñan "no lo tomamos por verdad", y esto, aun cuando "os ofendamos y disgustemos".

 

Bien saben los tlamatinime que su pueblo ha perdido ya su libertad y su forma de gobierno. Los conquistadores han dado muerte a sus dioses  s decir, a sus tradiciones, a su arte y en una palabra, a toda su cultura- "haced pues con nosotros lo que queráis. Esto es lo que respondemos, lo que contestamos..." Tal fue, en resumen, la última actuación pública de los pocos tlamatinime que sobrevivieron a la Conquista y de la que tenemos noticia histórica cierta. A través de las palabras de los sabios nahuas hemos visto reflejado, -como dice Lehmann- "el choque del pensamiento y la fe de los europeos con el mundo espiritual de los antiguos mexicanos". Y juntamente con esto, hemos podido constatar en acción la existencia de un saber teológico entre los tlamatinime. Aquí han aparecido tan sólo algunos rasgos fundamentales. En los textos que vamos ahora a examinar encontraremos los elementos necesarios para ensayar su reconstrucción lo más integralmente que se pueda. Mas, antes de pasar al estudio directo de los textos que nos muestran con algún detalle el modo como concebían racionalmente los sabios nahuas a la divinidad, nos ocuparemos de otra documentación, cuyo análisis preliminar juzgamos indispensable, por encontrarse en ella toda una especie de problemática acerca del conocimiento metafísico y de la divinidad. O sea, que los filósofos nahuas no sólo hicieron afirmaciones acerca de lo que tenían por principio supremo y divino, sino que -como lo demuestran los textos que vamos a ver- también dudaron y se plantearon problemas sobre la existencia y naturaleza de la divinidad y el más allá.

 

 

¿SE PUEDE CONOCER "SOBRE LA TIERRA LO QUE NOS SOBREPASA: EL MÁS ALLÁ?"

 

Es un fenómeno humano que se repite en casi todas las culturas el de la existencia de un saber teológico más hondo esotérico, o como se prefiera llamarlo- al lado de la fe religiosa del pueblo. Así, coexisten de ordinario esos dos mundos, magistralmente caracterizados por el viejo filósofo eleatense, Parménides, quien por vez primera habló de un camino de "la opinión" y otro del "Ser", o realidad auténtica. Esto mismo, aunque como es evidente en forma análoga, sucedió también en el ambiente intelectual de los nahuas.

 

Por una parte, tanto los monumentos arqueológicos, como los códices y las crónicas de los antiguos misioneros e historiadores nos hablan de incontables dioses, entre los que sobresalen los númenes protectores del grupo, Huitzilopochtli, Camaxtli, etc., que siendo a veces una misma divinidad, pero recibiendo diversos nombres, suscitan no poca confusión en quien trata de ordenar y de trazar genealogía en el complejo panteón náhuatl, en el que los mitos se entrelazan, se mezclan y se tiñen de colorido local.

 

La religión popular de los nahuas, no sólo era politeísta, sino que en tiempos del último rey Motecuhzoma llegó a admitir con amplio sentido de tolerancia, a muchos dioses de los demás pueblos y provincias, para los que se edificó un templo especial llamado Coateocalli (casa de diversos dioses), incluido en el gran Teocalli de Tenochtitlan, con lo que se enriqueció así cada día más el número de divinidades que en una forma u otra eran allí adoradas. El P. Durán en su Historia habla pormenorizadamente acerca de esto:

 

"Parecióle al Rey Montezuma que faltaua un templo que fuese conmemoración de todos los ydolos que en esta tierra adorauan, y movido con celo de religión mandó que se edificase, el qual se edificó contenido en el de Huilzilopuchtli, en el lugar que son agora las casas de Acevedo: llámanle Coateocalli, que quiere decir Casa de diversos dioses, a causa que toda la diversidad de dioses que auia en todos los pueblos y prouincias, los tenían allí allegados dentro de una sala, y era tanto el número dellos y de tantas maneras y visajes y hechuras, como los habrán considerado los que por esas calles y casas los ven cardos..."

 

Mas al lado de esta religiosidad popular, que cómo dice Caso, poseía una "tendencia a exagerar el politeísmo" existió también entre los nahuas la otra forma de saber esotérico, o mejor filosófico, que buscando racionalmente, llegó a descubrir problemas en aquello mismo que el pueblo aceptaba y creía. Varios textos nahuas expresan, sirviéndose de la forma poética, algunas de las primeras dificultades y cuestiones que racionalmente se plantearon los tlamatinime. Conscientes de que pretendían lograr un saber "acerca de lo que nos sobrepasa, acerca del más allá" o al comparar sus conocimientos que hoy llamaríamos metafísicos, con el ideal del saber verdadero, tal como puede el hombre vislumbrado, llegaron a experimentar una de las dudas más hondas que pueden aquejar al pensador de todos los tiempos:

 

"¿Acaso algo de verdad hablamos aqui…?

Sólo es como un sueño, sólo nos levantamos de dormir,

sólo lo decimos aquí sobre la tierra..."

 

Porque, lo que "sobre la tierra" (in tlaltícpac), se dice, es algo transitorio, fugaz, ya que, "¿sobre la tierra (in tlaltícpac) se puede ir en pos de algo?"- Pregunta que claramente está implicando la duda acerca del valor de todo saber terrenal, que pretenda escaparse de este mundo de ensueño, para ir en pos de una ciencia acerca de "lo que nos sobrepasa, de lo que está más allá". Por esto, el sesgo de la búsqueda parece ser ya desde un principio más bien negativo: "aquí sólo es como un sueño, -afirman- sólo nos levantamos de dormir". Idea ésta que se repite con insistencia eq composiciones de pensadores nahuas desconocidos y en poemas de los que sí sabemos el nombre de su autor:

 

"Lo dejó dicho Tockihuitzin,

lo dejó dicho Coyolchuiqui:

sólo venimos a dormir,

sólo venimos a soñar,

no es verdad, no es verdad que venimos a vivir sobre la tierra:

cual cada primavera de la hierba. así es nuestra hechura:

viene y brota, viene y abre corolas nuestro corazón,

algunas flores echa nuestro cuerpo: i se marchita!

Lo dejó dicho Tochihuitzin."

 

Y entre los poemas que "con fundamento", como anota Garibay, pueden atribuirse al célebre rey Nezahualcóyotl, hay también varios en los que se comprueba que la meditación sobre la transitoriedad de lo que sobre la tierra existe, fue asimismo tema fundamental y punto de partida de ulteriores elucubraciones del rey tezcocano. Citaremos aquí dos de estos poemas filosóficos de Nezahualcóyotl:

 

 

"¿Es verdad que se vive sobre la tierra?

No para siempre en la tierra: sólo un poco aquí,

aunque sea jade se quiebra

aunque sea oro se rompe,

aunque sea plumaje de quetzal se desgarra,

no para siempre en la tierra: sólo un poco aquí."

 

La misma idea constituye también el tema central de este otro poema de Nezahualcóyotl, conservado por Ixtlilxóchitl en su Historia de la Nación Chichimeca y que mucho se asemeja a otro de la colección de Cantares Mexicanos, atribuído asimis­mo al rey tezcocano:

 

"... ido que seas de esta presente vida a la otra, oh rey Yoyontrin, vendrá tiempo en que serán deshechos y destrozados tus vasallos, quedando todas tus cosas en las tinieblas del olvido...

 

Porque en esto vienen a parar los mandos, imperios y señoríos, que duran poco y son de poca estabilidad.

Lo de esta vida es prestado, que en un instante lo hemos de dejar..."

 

Habiendo llegado así -tanto Nezahualcóyotl como los demás tlamatinime- al convencimiento más hondo de que en esta vida, aquí sobre la tierra, no hay nada durable, ni tal vez verdadero en el sentido náhuatl de esta palabra: nelli, (relacionada con nel-huá-yotl: raíz, cimiento, base), el problema de encontrar un auténtico sentido fundamentador de la acción y el pensamiento humanos, se hace aún más apremiante. Si la vida humana existe sólo en la transitoriedad de tlaltícpac, ¿cómo podrá decirse algo verdadero sobre lo que está más allá de toda experiencia: sobre el Dador de la vida? Porque, hay indudablemente el peligro de que siendo esta vida un mero ensueño, todas nuestras palabras "sean de la tierra", sin posibilidad alguna de ser referidas a "lo que nos sobrepasa, al más allá". En ese caso, sólo quedará al hombre, como una especie de consuelo, el "embriagarse con vino de hongos", para tratar de olvidar que: "En un día nos vamos, en una noche baja uno a la región del misterio…"

 

La conclusión seria entonces -como debieron verlo algunos de los sabios y poetas nahuas- tratar de gozar en esta vida, aquí en tlaltícpac, de todos los deleites lo más que se pueda:

 

"(Si) en una día nos vamos,

en una noche baja uno a la región del misterio,

aquí sólo venimos a conocemos,

sólo estamos de paso sobre la tierra.

En paz y placer pasemos la vida: venid y gocemos.

que no lo hagan los que viven airados: la tierra es muy ancha! ¡Ojalá siempre se viviera, ojalá no hubiera uno de morir!"

 

Mas, esta manera de reaccionar, frente al problema de la posibilidad de llegar al menos con el pensamiento, hasta lo que es verdadero, lo que nos sobrepasa, no fue ni la única ni la que más hondamente se arraigó en el espíritu de los nahuas. Porque, acosados por el problema, se empeñaron en la búsqueda de una nueva forma de saber, capaz de llevar al hombre al conocimiento seguro del punto de apoyo inmutable, cimentado en sí mismo, sobre el cual debía descansar toda consideración verdadera. Aplicando esperanzadamente a ese fundamento uni­versal de cuanto puede existir y ser conocido, el calificativo de "Dador de la vida", con que se designaba principalmente en el plano religioso a la divinidad superior, o sea a lo más alto que puede concebirse, se preguntaron los tlamatinime, si había algún modo de alejarse de todo ensueño y fantasía, para decir algo verdadero acerca de ese principio supremo:

 

"¿Acaso de veras hablamos aquí, Dador de la vida...?

Aun si esmeraldas, si ungüentos finos,

damos al Dador de la vida,

si con collares eres invocado, con la fuerza del águila, del tigre, puede que nadie diga la verdad en la tierra.”

 

He aquí el primer intento de solución. Tratar de inquirir la verdad sobre el Dador de la vida, por el camino de los ofrecimientos de tipo religioso: "aun si esmeraldas, si ungüentos finos le damos... puede que nadie diga la verdad en la tierra". La respuesta es otra vez negativa: las dádivas al principio supremo, no abren el camino de la verdad. Porque, como se dice en otro poema, dirigido a la divinidad:

 

"¿Cuántos dicen si es o no verdad allí?

Tú, sólo te muestras inexorable, Dador de la vida..."

 

 

FLORES Y CANTOS: LO ÚNICO VERDADERO EN LA TIERRA

 

Dejando pues los dones innumerables y los sacrificios para el culto público y popular de los dioses, los tlamatinime -en oposición con la que hemos llamado en el capítulo anterior "Visión huitzilopóchtlica del universo"- ensayan un nuevo método para encontrar la forma de decir "palabras verdaderas", sobre lo que "está por encima de nosotros", sobre el más allá. Su teoría acerca del conocimiento metafísico, que así debe llamarse con justicia, -valiéndose de un concepto filosófico occidental-, el primer punto de llegada de ésta su búsqueda, encontró al cabo una formulación adecuada en varios de sus poemas.

 

Hay en particular uno en el cual encontramos expresada magistralmente la respuesta náhuatl al problema. Se trata de un poema que se dice fue recitado en la casa de Tecayehuatzin, señor de Huexotzinco, con ocasión de una junta de sabios y poetas:

 

"Así habla Ayocuan Cuetzpaltzin

que ciertamente conoce al dador de la vida...

Allí oigo su palabra, ciertamente de él,

al dador de la vida responde el pájaro cascabel.

Anda cantando, ofrece flores, ofrece flores.

Como esmeraldas y plumas de quetzal,

están lloviendo sus palabras.

¿Allá se satisface tal vez el dador de la vida?

¿Es esto lo único verdadero sobre la tierra?"

 

En la última pregunta está indicado el sentido de todo el poema: "¿Es esto lo único verdadero sobre la tierra?" Una lectura atenta de las líneas anteriores mostrará claramente que lo que se piensa puede ser "lo único verdadero sobre la tierra" (azo tle nelli in tlaltícpac), es precisamente lo que tal vez "satisface al dador de la vida": los cantos y las flores. A primera vista quizás causará esto alguna extrañeza. Sin embargo, un análisis del modismo o complejo idiomático náhuatl "flores y cantos" posiblemente logrará aclarar el genuino significado del texto citado. El Dr. Garibay, estudiando en su Llave del Náhuall algunos de los principales caracteres estilísticos de dicho idioma, se detiene en el análisis de lo que acertadamente llama difrasismo, característico de esta lengua:

 

"(es) un procedimiento que consiste en expresar una misma idea por medio de dos vocablos que se completan en el sentido, ya por ser sinónimos, ya por ser adyacentes. Varios ejemplos del castellano explicarán mejor: 'a tontas y a locas; a sangre y fuego; contra viento y marea; a pan y agua', etc. Esta modalidad de expresión es rara en nuestras lenguas, pero es normal en el náhuatl. Pongo una serie de ejemplos, tomados de este repertorio de textos, como de otros lugares. Casi todas estas frases son de sentido metafórico, por lo cual hay que entender su aplicación, ya que si se tomaran a la letra, perderían el sentido, o no lo tendrían adecuado al caso..."

 

Ahora bien, entre los ejemplos de difrasismo ofrecidos por Garibay está precisamente éste: in xóchitl in cuícatl, al que se asigna como significado literal: flor y canto, y como sentido metafórico el de poema. Relacionando ahora esto con el texto que acabamos de presentar, es necesario concluir que "lo único que puede ser verdadero sobre la tierra" -en opinión de los tlamatinime- son los poemas, o si se prefiere, la poesía: "flor y canto".

 

Y es que persuadidos como estaban los pensadores nahuas de la fugacidad de todo cuanto viene a existir sobre la tierra y considerando a esta vida como un sueño, su posición ante el problema de "qué es lo verdadero", no pudo ser en modo alguno la aristotélica de una "adecuación de la mente de quien conoce, con lo que existe". Este tipo de saber era para los tIamatinime casi del todo imposible: "puede que nadie diga la verdad en la tierra" (ach ayac nelli in tiquitohua nican).

 

Mas, su respuesta: "lo único verdadero en la tierra" es la poesía: "flor y canto", no lleva tampoco a lo que hoy llamaríamos un escepticismo universal y absoluto. Porque, en cualquier forma, la verdadera poesía implica un peculiar modo de conocimiento, fruto de una auténtica experiencia interior, o si se prefiere, resultado de una intuición. La poesía viene a ser entonces la expresión oculta y velada, que con las alas del símbolo y la metáfora lleva al hombre a balbucir y a sacar de sí mismo lo que en una forma, misteriosa y súbita ha alcanzado a percibir. Sufre el poeta, porque siente que nunca alcanzará a decir lo que anhela; pero a pesar de esto, sus palabras pueden llegar a ser una auténtica revelación. Maravillosamente expresa esto mismo ]a siguiente composición náhuatl, en la que hablando de flores y cantos se señala el alma de la poesía:

 

"Flores con ansia mi corazón desea,

sufro con el canto, y sólo ensayo cantos en la tierra,

yo Cuacuauhtzin:

¡quiero flores que duren en mis manos...!

¿Yo dónde tomaré hermosas flores, hermosos cantos?

Jamás los produce aquí la primavera:

yo sólo me atormento, yo Cuacuauhtzin.

¿Podréis gozar acaso, podrán tener placer nuestros amigos?

¿Yo dónde tomaré hermosas flores, hermosos cantos?"

 

Este anhelo de encontrar la verdadera expresión de la poesía: "Flores con ansia mi corazón desea, ¿yo dónde tomaré hermosas flores, hermosos cantos?", atormentan al pensador náhuatl: "yo sufro con el canto", al ver que con frecuencia "sólo ensayo cantos en la tierra". O sea, que sus palabras rara vez logran decir "lo único verdadero", porque la auténtica poesía: flor y canto, "no la produce aquí la primavera". ¿De dónde pues procede la poesía? He aquí una nueva cuestión que vivamente interesó a los tlamatinime, como lo prueba, entre otros, el siguiente texto, en el que dirigiéndose a los sacerdotes les plantea así el problema:

 

"Sacerdotes, yo os pregunto:

¿De dónde provienen las flores que embriagan al hombre?

¿El canto que embriaga, el hermoso canto?"

 

Las preguntas se refieren al origen de la poesía: flor y canto, a la que aquí se atribuye un rasgo que acaba de caracterizarla: se dice que "embriaga al hombre", esto es, que lo saca fuera de sí y le hace ver lo que no perciben los otros: "lo único verdadero en la tierra." Pero, oigamos ahora cuál fue la respuesta que se supone dieronu los sacerdotes respecto del origen de la poesía (flor y canto):

 

"Sólo provienen de su casa, del interior del cielo,

sólo de allá vienen las variadas flores...

Donde el agua de flores se extiende,

la fragante belleza de la flor se refina con negras, verdecientes flores y se entrelaza, se entreteje:

dentro de ellas canta, dentro de ellas gorjea el ave quetzal."

 

Tal es el origen divino de la poesía: especie de inspiración que proveniente del más allá: "de lo que está por encima de nosotros", pone al hombre en la posibilidad de decir "lo único verdadero en la tierra". Oigamos otro poema en el que se expresan también bellamente estas ideas:

 

"Brotan las flores, están frescas, se van perfeccionando, abren las corolas:

de su interior salen las flores del canto:

sobre los hombres las derramas, las esparces:

¡tú eres el cantor!"

 

Quien logra obtener este influjo divino que hace descender sobre los hombres las flores y los cantos, es el único que puede decir "lo verdadero en la tierra". Posee entonces el sabio un "corazón endiosado" (yoltéotl), como expresamente se dice en un texto de los informantes indígenas de Sahagún, al describir la personalidad del artista, y formular lo que hoy llamaríamos una concepción estética náhuatl.

 

En estrecha relación con lo anterior, nos encontramos con la idea de que la poesía: flor y canto, es algo que se escapa de algún modo a la destrucción final. Es cierto que las flores, tomadas aisladamente son símbolo de la belleza que al fin se marchita, pero formando parte del difrasismo "flor y canto" (in xóchitl, in cuícatl), consideradas como poesía venida del interior del cielo, entonces, siendo "lo único verdadero en la tierra, se dice que nunca perecerán. Así habla NezahuaIcóyotl, en un breve poema que con fundamento puede atribuírsele:

 

"No acabarán mis flores, no cesarán mis cantos:

Yo cantor los elevo:

se reparten, se esparcen..."

 

Y aun cuando añade luego, algo que parece contradecir lo anterior: "son flores que se marchitan y amarillean, esto es sólo aquí "sobre la tierra, ya que como afirma en seguida el mismo NezahuaIcóyotl: "son llevadas allá, a la dorada casa de plumas", es decir, a donde mora la divinidad que es el lugar de su origen. Y al mismo tiempo, en un sentido profundamente humano -referible a la mezquina inmortalidad que se puede alcanzar en la tierra- es también la poesía: flor y canto lo único de valor que acaso podremos dejar:

 

"¿Se irá tan sólo mi corazón,

como las flores que fueron pereciendo?

¿Cómo lo. hará mi corazón?

¡Al menos flores, al menos cantos!

 

Resumiendo ya los pensamientos que hemos venido analizando, creemos poder afirmar, libres de fantasía, que los tlamatinime llegaron a formular en sus poemas una auténtica teoría acerca del conocer metafísico. No obstante -la transitoriedad universal, hay Un modo de conocer lo verdadero: la poesía (flor y canto). Ahora bien, la poesía es simbolismo y metáfora. y como atinadamente nota García Bacca, comentando el libro de Heidegger, La Esencia de la Poesía:

 

"Metá-fora y Meta-física son en el fondo y raíz una sola función: poner las cosas más allá (meta), plus ultra..."

 

Es pues la poesía como forma de expresión metafísica -a base de metáforas- un intento de superar la transitoriedad, el ensueño de tlaltícpac (lo sobre la tierra). No creen los tIamatinime poder decir por vía de adecuación lo que está más allá: "lo que nos sobrepasan. Pero afirman que yendo metafóricamente -por la poesía: flor y canto-- sí podrán alcanzar lo verdadero. y confirman estot señalando que la poesía tiene precisamente un origen divino: "viene de arriba". O, si se prefiere, en términos modernos, es fruto de una intuición que conmueve el interior mismo del hombre y lo hace pronunciar palabras que llegan hasta el meollo de lo que sobrepasa toda experiencia vulgar. Es por tanto, en este sentido, flor y canto, el lenguaje en el que se establece el diálogo entre la divinidad y los hombres:

 

"Allí oigo su palabra ciertamente de él,

al dador de la vida responde el pájaro cascabel:

anda cantando, ofrece flores...

¿Allá se satisface tal vez el dador de la vida?

¿Es esto lo único verdadero sobre la tiena ?"

 

Por esto, valiéndose de las mejores galas del rico y preciso idioma náhuatl, para hablar de "lo que está por encima de nosotros, de la región de los muertos" (topan mictlan), los tIamatinime, como el pájaro cascabel, ofrecen flores y cantos: se valen de la metáfora y la poesía para decir algo verdadero acerca de la divinidad. Es pues tiempo de analizar cuál fue precisamente la imagen de lo divino, que lograron formular los sabios nahuas a través de sus "flores y cantos".

 


 

LA CONCEPCIÓN TEOLÓGICA DE LOS TLAMATINIME

 

Conviene advertir desde un principio algo que sin duda tiene importancia en el estudio de los textos nahuas en que se conserva lo más elevado del pensamiento teológico de los tIamatinime. El punto en cuestión es que tanto en los Anales de Cuauhtitlán, como en los textos de los informantes de Sahagún, nos encontramos con que se atribuye siempre un origen tolteca a las más hondas y abstractas especulaciones acerca de la divinidad.

 

¿Se trata de un mero símbolo con el que se pretende subrayar lo antiguo y estimable de este saber acerca de lo divino? Porque, es cierto, que para los nahuas del período inmediatamente anterior a la Conquista -aztecas, tezcocanos, etc.- la toltecáyotl (toltequidad) llegó a implicar lo más elevado y perfecto en todas las artes y ciencias, hasta hacer que la palabra toltécatl se convirtiera en sinónimo de sabio y artista.

 

Mas, aun siendo esto cierto, creemos, no obstante, que la respuesta al problema de la antigüedad y origen del meollo de las ideas teológicas nahuas, nos la puede dar un viejo poema que aparece intercalado en el texto conocido como Historia Tolteca-Chichimeca. Un análisis lingüístico de dicho poema revela, como lo indicó ya Garibay en su Historia, su "carácter de mayor primitivismo". Y el contexto en que aparece muestra a las claras, por lo menos en este caso, que se trata de un poema de origen muy anterior al tiempo de los aztecas ya que era conocido y cantado por algunas tribus errantes (chichimecas), esparcidas probablemente al sobrevenir la ruina del último imperio tolteca. Ahora bien, -y aquí está el punto que nos interesa- en este poema se habla ya del mismo principio dual supremo, cuyo descubrimiento los otros textos posteriores atribuyen a los sabios toltecas. Cabe pues sostener sobre esta base de evidencia histórica que es del todo cierto afirmar, como lo hace Caso, que:

 

"una escuela filosófica muy antigua (al menos desde la época tolteca, añadimos), sostenía que el origen de todas las cosas es un solo principio dual, masculino y femenino, que había engendrado a los dioses, al mundo y a los hombres..."

 

Mas, conviene aclarar -como lo prueban los textos que vamos a aducir- que esas ideas de antiguo origen tolteca no constituían una muerta herencia intelectual en el mundo náhuatl, sino que seguían siendo objeto de apasionada especulación por parte de los tlamatinime del período inmediatamente anterior a la Conquista. Porque, tomando ellos dicho núcleo de ideas como objeto de su conocimiento metafísico-poético (flor y canto), en vez de aceptar simplemente toda esa antigua concepción teológica, se plantearon problemas acerca de ella, como el que ejemplifica esta pregunta:

 

..¿dónde está el lugar de la luz,

pues se oculta el que da la vida?"

 

Y luego, refiriéndose más expresamente al que podríamos llamar modo tolteca de concebir al principio supremo, se proponen las siguientes preguntas:

 

"¿A dónde iré?, ¿a dónde iré?

El camino del dios de la dualidad.

¿Por ventura es tu casa

en el lugar de los descarnados?

¿acaso en el interior del cielo?,

¿o solamente aquí en la tierra es el lugar de los descarnados?"

 

Pretenden saber los tlamatinime cuál es el camino que lleva a Ometéotl (dios de la dualidad), como aquí explícitamente es designado. Para encontrar la respuesta se formula una triple interrogación que menciona tres posibilidades distintas: ¿vive en el cielo, o abajo en el lugar de los descarnados, o solamente aquí en la tierra?

 

La solución hallada por los tlamatinime nos la han dado ya los textos cosmológicos que hablan de la acción sustentadora de Ometéotl en el ombligo de la tierra, y de su multipresencia en las aguas color de pájaro azul, en las nubes, en Omeyocan, más allá de los cielos, y aun en la misma región de los muertos.

 

Y también en los Cantares hay uno en el que por el camino de la poesía: flor y canto, señalan los tlamatinime una vez más la que hemos llamado multipresencia del dador de la vida:

 

"En el cielo tú vives;

la montaña tú sostienes,

el Anáhuac en tu mano está,

por todas partes, siempre eres esperado,

eres invocado, eres suplicado,

se busca tu gloria, tu fama.

En el cielo tú vives:

el Anáhuac en tu mano está."

 

Tal es la forma como concebían los tlamatinime al dador de la vida, presente en los rumbos más importantes del universo, sin que falte siempre la idea de que su morada por antonomasia está en los cielos, en lo más elevado de ellos, como lo indica expresamente el Códice Vaticano A 3738. Y junto con esto, menciona también el poema, en bella metáfora, la acción cimentadora del dador de la vida, que a la montaña sostiene y coloca en su mano el Anáhuac.

 

Resuelta así satisfactoriamente la pregunta de los tlamatinime acerca del sitio físico y del más allá metafísico (el Omeyocan), donde mora el dador de la vida, es ya conveniente pasar a ocupamos de la idea filosófica náhuatl del principio supremo considerado en sí mismo. Oigamos lo que refirieron a Sahagún sus informantes a este respecto:

 

1.-"Y sabían los toltecas

2.-que muchos son los cielos,

3.-decían que son doce divisiones superpuestas.

4.-Allá vive el verdadero dios y su comparte.

5.-El dios celestial se llama Señor de la dualidad;

6.-y su comparte se llama Señora de la dualidad, Señora celeste;

7.--quiere decir:

8.-sobre los doce cielos es rey, es señor."

 

Por contener este texto ideas de particular interés para la comprensión del tema que estudiamos, vamos a analizado con mayor detenimiento.

 

Comentario del Texto:

 

Línea 1.-- Y sabían los toltecas.

 

Indicando su antigüedad, y tal vez para subrayar también lo profundo de esta doctrina, comienzan los informantes indígenas por señalar el origen tolteca de lo que a continuación exponen.

 

Líneas 2 y 3.--que muchos son los cielos, decían que son doce divisiones superpuestas.

 

Se está aludiendo aquí obviamente a la concepción cosmológica náhuatl que consideraba al universo vertical formado por una especie de "pisos celestes", por encima de los cuales avanzaban los distintos astros.

 

Línea 4.--Allá vive el verdadero dios y su comparte. Son ésta y las dos siguientes, las líneas más importantes del texto que analizamos. Se nombra aquí expresamente al principio supremo descubierto por el pensamiento náhuatl. Es, como con claridad lo dice el texto, in nelli téotl (el verdadero dios). Mas, para comprender realmente el significado de esta frase, es necesario que recordemos la connotación de la palabra nelli: verdadero, cimentado, firme. Se dice por tanto que quien allá en el doceavo cielo vive es el dios bien cimentado, el fundado en sí mismo: nelli. Y conviene recalcar que se habla de un dios (téotl) y no de dos o varios, ya que entonces tendría que encontrarse la palabra teteo (dioses), plural de teotl.

 

Pero, siendo uno este nelli téotl, se añade en se ida, por medio de una forma verbal substantivada, que tiene "su comparte": i-námic. Esta última palabra, derivada del verbo namiqui (encontrar, ayudar) y del prefijo posesivo i- (de él), según el diccionario de Molina, significa literalmente "su igual, o cosa que viene bien y cuadra con otra". Aquí apegándonos a éste, su sentido estricto, hemos traducido i-námic como su comparte para indicar así la relación en que se halla el nelli teotl con "su igualo lo que con él embona". No se trata de otro principio distinto, sino de lo que llamaríamos algo que se aúna con el principio supremo, o que comparte con él la condición de ser el nelli teótl: dios cimentado en sí mismo."

 

Líneas 5 y 6.-El dios celestial se llama Señor de la dualidad y su comparte se llama Señora de la dualidad, Señora celeste.

 

Nos ofrece aquí el texto la clave para comprender a fondo el sentido de la idea de "un dios verdadero y su comparte": "el dios celestial (ilhuicatéotl) se llama Señor dual (Ometecuhtli)". Siendo uno -como ya se ha visto-, posee al mismo tiempo una naturaleza dual. Por este motivo, al lugar metafísico donde él mora se le nombra Omeyocan: lugar de la dualidad y por esto también es designado en otros textos con el nombre más abstracto aún de Ometéotl (dios de la dualidad). En función de esto, el nombre de su comparte, "de su igual" (i-námic), es, como lo dice el texto: "Señora dual" (Omecíhuatl).

 

Vemos, por tanto, que el pensamiento náhuatl, tratando de explicar el origen universal de cuanto existe, llegó metafóricamente, por el camino de las flores y el canto, al descubrimiento de un ser ambivalente: principio activo, generador y simultáneamente, receptor pasivo, capaz de concebir. Aunando así en un solo ser, generación y concepción -lo que hace falta en nuestro mundo para que surja la vida-, se está afirmando primero implícitamente y después en otros textos explícitamente, que el nelli téotl, o por otro nombre, Ometéotl, es el principio cósmico en el que se genera y concibe cuanto existe en el universo. Y ante la posible objeción de que se trata sólo de una proyección antropomórfica del proceso generativo humano sobre el trasfondo del más allá, "de lo que está por encima de nosotros", cabe contestar que ya los mismos tlamatinime cautamente dijeron, que acerca del dador de la vida "puede que nadie diga la verdad en la tierra". Pero al mismo tiempo, escapándose al escepticismo universal, añadieron que para conocer lo verdadero sólo existía tal vez el camino de la poesía, flor y canto. Ahora bien, podemos preguntamos, ¿no es ciertamente una metáfora maravillosa esta proyección que personifica, y aúna en la divinidad, más allá de toda limitación temporal, el acto generativo que produce a los hombres, lo más elevado que con "flores y cantos" se puede imaginar? Y no sólo se trata de una mera imaginación ya que la idea de Ométeotl, considerada en su ambivalencia dinámica permite a la mente náhuatl encontrar en la acción generativa de Ométeotl más allá del tiempo y el espacio, el principio supremo, origen y fundamento de lo que existe y vive en el Cema-a-náhuac (el mundo). Tal es el meollo de la profunda concepción náhuatl de la divinidad.

 

Línea 8-sobre los doce cielos es rey, es señor.

 

A modo de conclusión de lo que anteriormente se ha dicho, se afirma, por una parte, lo que hoy llamaríamos trascendencia de la divinidad: '"está sobre los doce cielos",. y por otra, el dominio que tiene sobre las cosas que existen, respecto de las que es Señor (tecuhtli) y rey (tlatocati). Ideas ambas que resumen admirablemente dos aspectos fundamentales de Ometéotl, considerado como supremo principio metafísico, que está "por encima de nosotros" y que es dueño de todo cuanto existe, gracias a su no interrumpida acción generadora universal.

 

 

OTROS ASPECTOS FUNDAMENTALES DEL PRINCIPIO DUAL

 

Existen varios textos que confirman y enriquecen las ideas teológicas expresadas en el que acabamos de comentar. Matizando variadamente la concepción fundamental del principio supremo dual, se le menciona unas veces con su nombre más abstracto de Ometéotl (dios de la dualidad); otras con los ya bien conocidos de Ometecuhtli, Omecíhuatl (Señor y Señora de la dualidad). Se le llama también Tonacatecuhtli, Tonacacíhuatl (Señor y Señora de nuestra carne) y se alude a él asimismo con frecuencia, como a in Tonan, in Tata, Huehuetéotl ( nuestra madre, nuestro padre, el dios viejo) y por si alguna duda hubiera acerca de la unidad e identidad del dios supremo al que se refieren todas estas denominaciones, encontramos en varios lugares de las Historias y Crónicas de los primeros misioneros, la aclaración expresa de que con los citados nombres -y con otros que hemos omitido aquí- se está designando siempre al mismo principio dual. Véase por ejemplo, lo que se dice en la Historia de los Mexicanos por sus pinturas:

 

"... parece que tenían un dios al que decían Tonacatecli (Tonaccatecuhtli), el cual tuvo por mujer a Tonacaciuatl (Tonocacihuatl)... los cuales se criaron y estuvieron siempre en el treceno cielo, de cuyo principio no se supo jamás..."

 

Como claramente se indica -al señalarse su morada en el último de los cielos, "el treceno", y al afirmarse que de su "principio no se supo jamás"-, Tonacatecuhtli yr Tonacacíhuatl (Señor y Señora de nuestra carne) no son otros sino Ometecuheli y Omecíhuatl (Señor y Señora de la Dualidad). Por consiguiente, como afirma Torquemada a. modo de resumen, después de haber hablado de Ometecuhtli, Omecíhuatl y de señalar su identidad con Citlalatónac, Citlalicue:

 

"... podemos decir, que estos indios quisieron entender en esto haber Naturaleza Divina repartida en dos dioses (dos personas), conviene saber Hombre y Mujer..."

 

Y es que probablemente, en su afán de describir mejor la naturaleza ambivalente de Ometéotl, fueron introduciendo los tlamatinime, de acuerdo con su concepción metafísico-poética, estas diversas formas de nombrarlo para revivir así con nueva fuerza su inspiración o intuición original.

 

A modo de ilustración vamos a ofrecer aquí tan sólo dos textos de distinta procedencia y antigüedad, que nos. mostrarán dos modos diferentes -ambos hondamente expresivos y poéticos- de referirse al principio dual. Al primero de estos textos ya hemos aludido anteriormente. Se trata de un poema de la Historia Tolteca-Chichimeca, redactada sobre la base de los informes dados por los indígenas de Tecamachalco (en el actual estado de Puebla) hacia 1540 y que, como todos admiten, es una de las mejores fuentes para el estudio de las antiguas tradiciones tolteca-chichimecas, ya que los indios de Tecamachalco conservaban en su poder algunos códices, en los que "leyeron" los datos de la Historia.

 

Pues bien, el poema a que nos estamos refiriendo y que es la versión más antigua que conocemos de las ideas acerca del principio dual, contiene asimismo varios puntos de suma importancia para acabar de comprender el meollo del pensamiento teológico náhuatl. Traducimos el poema con la mayor fidelidad posible:

 

1. -"En el lugar del mando, en el lugar del mando gobernamos:

2. es el mandato de mi Señor principal.

3. Espejo que hace aparecer las cosas."

4. -"Ya van, ya están preparados.

5. Embriágate, embriágate,

6. Obra el dios de la dualidad

7. El Inventor de hombres,

8. el espejo que hace aparecer las cosas."

 

Comentario del Texto:

 

Líneas 1.2.-En el lugar del mando, en el lugar del mando gobernamos. Es el mandato de mi Señor principal.

 

Para damos cuenta del alcance de este poema es necesario referirse brevemente a las legendarias circunstancias en que según la Historia Tolteca-Chichimeca, fue cantado. Dos jefes de origen tolteca, Icxicóhuatl y Quetzaltehuéyac, llegan ante la cueva del cerro encorvado para invitar a un grupo de chichimecas a unirse con ellos: "venimos -dicen- a apartaros de vuestra vida cavernaria y montañesca..." Los chichimecas que se hallan en el interior de la cueva, exigen que los visitantes se den a conocer con un Cantar que los identifique.

 

Se entabla entonces animado diálogo entre Icxicóhllatl y Quetzaltehuéyac por una parte, y los chichimecas por otra. Después de entonar un poema que para nuestro asunto no encierra especial interés, y de cambiarse otras frases con los chichimecas que están en la cueva, estos últimos dan principio al canto que estamos comentando.

 

Dicen gobernar allí en el lugar del mando (Teuhcan), donde han conocido la orden de su señor principal. Y en seguida, con el claro propósito de ver si son comprendidos por los que se dicen jefes de origen tolteca, aluden a su antigua doctrina acerca del principio supremo.

 

Línea 3.-Espejo que hace aparecer las cosas: tezcatlanextia.

 

Es ésta otra denominación del dios de la dualidad, como lo prueban las líneas 6-8 del poema, en las que "el espejo que hace aparecer las cosas" y Ometéotl se identifican. Se afirma, en otras palabras, que el dios de la dualidad con su luz hace brillar lo que existe. Y es necesario notar que el término tezca-tlanextia claramente se contrapone al más conocido de Tezca(tli)poca (espejo que ahuma) y que fue precisamente --como ya vimos- el nombre de los cuatro hijos (o primeros desdoblamientos) de Ometéotl: el Tezcatlipoca rojo del oriente, el negro del norte, el blanco del poniente y el azul del sur.

 

Tal vez pudiera decirse que en un principio, Tezcatlanextia y Tezcatlipoca, no eran sino las dos fases del mismo Ometéotl, considerado en cuanto señor del día y de la noche. Ya en un texto de los Anales de Cuauhtitlán, que presentamos en el capítulo anterior, vimos que en el plano cosmológico se afirmaba expresamente que el rostro masculino de Ometéotl se identificaba con el astro que "hace lucir las cosas" (Citlallatónac), en tanto que su aspecto femenino se cubría con el faldellín de estrellas de la noche (Citlalinicue).

 

Ahora bien, fue precisamente al tiempo de la creación -cuando aún era de noche: in ociohuaya- cuando la faz nocturna de Ometéotl (Tezcatlipoca), se desdobló en las cuatro fuerzas cósmicas fundamentales, los cuatro primeros dioses, sus hijos, según los mitos de la religión popular:

 

"... parece -dice la Historia de los Mexicanos- que tenían un dios a que decían Tonaoatecli (Tonacatecuhtli) , el cual tuvo por mujer a Tónaoaciguatl (Tonacacíhuatl)..., los cuales se criaron y estuvieron siempre en el treceno cielo... (y)... engendraron cuatro hijos: al mayor llamaron Tlalauque Tezcatlipuca (Tlatlauqui Tezcatlipoca)..., éste nació todo colorado. Tuvieron el segundo hijo al cual dijeron Yayanque (Yayauqui) Tezcatlipuca..., éste nació negro...".

 

Idea que nos confirman también los informantes de Sahagún cuando, refiriéndose al principio supremo, dicen que es:

 

"Madre de los dioses, padre de los dioses, el dios viejo, el que está en el ombligo del fuego,

el que está en su encierro de turquesas..."

 

Puede, pues, sostenerse -sobre la evidencia de los textos citados-, que los títulos de Tezcatlipoca y Tezcatlonextia (espejo doble que ahuma las cosas por la noche y las hace brillar durante el día), no son sino otros dos títulos pareados con que se designó en los más antiguos tiempos de la cultura náhuatl a Ometéotl. y tal vez, toda la serie de oraciones que nos conserva Sahagún en el libro VI de su Historia, y que como él dice muestran "el lenguaje y afectos que usaban cuando oraban al principal de los dioses, llamado Tezcatlipoca", están confirmando una vez más lo que ya hemos visto: que Tezcatlipoca como título correlativo de Tezcatlanextia, fue en su origen una de las varias denominaciones de Ometéotl, quien al crear a sus cuatro hijos "cuando aún era de noche", les comunicó este nombre suyo, que más relación decía con el tiempo en que fueron creados.

 

Líneas 4-5.- Ya van, ya están preparados. ¡Embriágate, embriágate!

 

Volviendo a las circunstancias exteriores en que se entona el poema, nos encontramos en esta línea el principio de la respuesta de Icxicóhuatl y Quetzaltehuéyac. Claramente se ve en ella que la alusión al "Espejo que hace aparecer las cosas", ha sido comprendida por los dos jefes de origen tolteca que muestran así su conocimiento de las antiguas tradiciones.

 

Con entusiasmo responden: "Ya van, ya están preparados", manifestando que lo que han dicho los de la cueva es señal evidente de que van a aceptar su invitación. Por esto añaden en son de júbilo: "embriágate, embriágate", al encontrar igualdad de tradiciones y pensamientos con los chichimecas, que muestran así ser tributarios de la vieja cultura tolteca.

 

Línea 6. Obra el dios de la dualidad (ai Ometéotl). Tal vez el sentido de esta línea deba referirse a las circunstancias mismas en que es cantado el poema. El hecho del reconocimiento de ambos grupos de dialogantes que ha provocado el entusiasmo de Icxicóhuatl y Quetzaltehuéyac, es considerado como una intervención de Ometéotl, el principio supremo que ha sido reconocido como "espejo que hace aparecer las cosas". Por eso, jubilosamente exclaman: ¡Obra el dios de la dualidad!

 

Líneas 7.ft-El inventor de hombres el espejo que hace aparecer las cosas.

 

Y luego -a manera de alabanza, que muestra algo de lo que saben acerca de Ometéotl-, terminan el poema los jefes de origen tolteca, mencionando expresamente dos de los atributos de Ometéotl. Es inventor de hombres (in teyocoyani), palabra compuesta del verbo yocoya: "fabricar o componer algo"; del sufijo -ni, participial: "el que fabrica o compone algo", y del prefijo personal te-, "a la gente, a los hombres". Reuniendo, pues, todos estos elementos nos encontramos con que la palabra te-yocoyani, significa literalmente "el que fabrica o compone hombres".

 

El segundo atributo que añaden Icxicóhuatl y Quetzaltehuéyac es el ya conocido de Tezcatlanextia: "espejo que hace aparecer las cosas", y que fue el título de Ometéotl que sirvió a los chichimecas de la cueva para identificar a los jefes de origen tolteca.

 

Estas son, en resumen, las ideas contenidas en el antiguo poema de la Historia Tolteca-Chichimeca. Su importancia está principalmente en el hecho de mostrar: 1) la remota antigüedad de la concepción náhuatl de Ométeotl y 2) otra variedad de títulos con que era también designado Ometéotl: Tezcatlaextia (y su correlativo Tezcatlipoca), Teyocoyani (inventor de hombres), junto con la mención expresa de ser el supremo principio activo: ai Ometéotl (obra el dios de la dualidad).

 

Vamos a dar ahora -como ya se indicó anteriormente- un segundo texto dirigido a acabar de clarificar la idea náhuatl del principio supremo considerado en sí mismo. A diferencia del antiguo texto de la Historia Tolteca-Chichimeca, el que ofrecemos a continuación procede de los informantes de Sahagún y muestra lo que se pensaba acerca de Ometéotl en el período inmediatamente anterior a la Conquista. Es de especial interés porque pone de manifiesto que la influencia de esta concepción teológica era tan grande que llegó a dejarse sentir -al lado de la religión de Huitzilopochtli- en las ceremonias que practicaban los nahuas con ocasión del nacimiento. Entonces, como dice Sahagún en su Historia:

 

"Acabando la partera su principal operación, cortaba el ombligo a la criatura, luego lavaba y lavándole hablaba con ella y decía si era varón..."

 

Y aquí es donde se pronunciaban las palabras que traducimos del texto náhuatl original:

 

1.-Señor, amo nuestro:

2.-la de la falda de jade,

3.-el de brillo solar de jade.

4.-Llegó el hombre

5.-y lo envió acá nuestra madre, nuestro padre,

6.-EI Señor dual, la Señora dual,

7.-EI del sitio de las nueve divisiones,

8.-El del lugar de la dualidad."

 

Comentario del Texto:

 

Líneas 1-3.-Señor, amo nuestro: la de la falda de jade, el de brillo solar de jade.

 

Nos encontramos aquí con dos nuevos títulos que se atribuyen al "Señor, amo nuestro"; se le llama primero Chalchiuhtli-cue (la de la falda de jade) y luego Chalchiuh-tlatónac (el de brillo solar de jade). Y conviene notar que este par de nombres con que se designa a Ometéotl, en cuanto señor de las aguas, guarda profunda semejanza con los dos títulos dados al mismo dios de la dualidad, en cuanto Señor de los astros de la noche y del día, Citlalin-icue (la de la falda de estrellas) y Citlalla-tónac (el que da brillo solar a las cosas).

 

Ya en otro texto de los informantes de Sahagún, que ofrecimos en el Capítulo anterior, habíamos visto que Ometéotl era el señor que "está encerrado en aguas de color de pájaro azul" (in xiuhtotoatica) , pero una mención expresa de su doble aspecto en cuanto señor de las aguas, no la habíamos hallado, sino hasta dar con el texto que comentamos. Mas, esta nueva designación doble de Ometéotl suscita una nueva cuestión: ¿en el pensamiento de los tlamatinime, el dios de la lluvia, Tláloc y su consorte Chalchiultitlicue eran sólo dos aspectos diferentes del supremo principio dual?

 

Hace ya bastantes años H. Beyer formuló una opinión a este respecto:

 

"(si) nos adentramos más en el lenguaje simbólico de los mitos... veremos que el craso politeísmo que nos sale al paso en el antiguo México es la mera referencia simbólica a los fenómenos naturales, ya que el pensamiento de los sacerdotes (los sabios) había concebido ideas religioso-filosóficas de mayores alcances. Los dos mil dioses de la gran multitud de que habla Gómara, eran para los sabios e iniciados tan sólo otras tantas manifestaciones de lo Uno. (Waren nur ebensoviele Manifestationen des Einen.)"

 

Por nuestra parte, creemos que las identificaciones que hemos ido encontrando en los varios textos presentados son por lo menos una confirmación parcial de la opinión de Beyer. Así, por lo que a Tláloc y Chalchiuhtlicue se refiere, el texto que estamos examinando parece ser lo suficientemente expresivo, como para hacemos admitir su identificación como dos nuevas fases de Ometéotl. y sería sumamente interesante un estudio integral de este punto -sobre la base de las fuentes- para poder ver si hay o no elementos suficientes para universalizar como lo hace Beyer y decir que la multitud innumerable de dioses nahuas eran "para los sabios e iniciados tan sólo otras tantas manifestaciones de lo Uno".

 

Líneas 4-5.-Llegó el hombre lo envió acá nuestra madre, nuestro padre.

 

Se corrobora una vez más en estas líneas uno de los principales atributos ya vistos de Ometéotl: en cuanto "madre y padre nuestro" (in Tonan in Tota), es quien envía a los hombres al mundo. Es el "inventor de hombres" (teyocy'ani).

 

Líneas 6-8.-El Señor dual, la Señora dual, el del sitio de las nueve divisiones,el del lugar de la dualidad.

 

He aquí una última alusión a la naturaleza de Ometéotl considerado en sí mismo: es Ometecuktli, Omecíhuatl, que mora allá, más arriba de las divisiones del cielo, en Omeyocan (el lugar de la dualidad). Como detalle de interés, nos encontramos ahora con la opinión de que son sólo nueve las divisiones del cielo. Como ya se ha señalado, hay en los textos numerosas variantes acerca de este punto, que bien pueden ser síntoma de una diferencia de pareceres o escuelas nahuas a este respecto.

 

Resumiendo ya la doctrina encontrada en los textos analizados acerca del principio dual, podemos decir que hay pruebas suficientes para sostener, como anota Torquemada,

 

"que estos indios quisieron entender en esto haber Naturaleza Divina (sic) repartida en dos dioses (dos personas) conviene saber Hombre y Mujer..."

 

Y muestran además los textos que esta ambivalente naturaleza divina (Ome-téotl) va tomando diversos aspectos al actuar en el universo:

 

1) Es Señor y Señora de la dualidad (Ometecuhtli, Omecíhuatl).

2) Es Señor y Señora de nuestro sustento (Tonacatecuhtli, Tonacacíhuatl).

3) Es madre y padre de los dioses, el dios viejo (in teteuinan, in teteuiza, Huehuetéotl).

4) Es al mismo tiempo el dios del fuego (in Xiuhtecuhtli), ya que mora en su ombligo (tle-xic-co: en el lugar del ombligo del fuego).

5) Es el espejo del día y de la noche (Tezcatlanextia, Tezcatlipoca).

6) Es astro que hace lucir las cosas y faldellín luminoso de estrellas (Citlallatónac, Citlalinicue).

7) Es señor de las aguas, el de brillo solar de jade y la de falda de jade (Chalchiuhtlatónac, Chalchiuhtlicue).

8) Es nuestra madre, nuestro padre (in Tonan, in Tota).

9) Es, en una palabra, Ometéotl que vive en el lugar de la dualidad (Omeyocan).

 

La lectura atenta de los textos que hemos aducido, junto con una actitud critica objetiva, servirán para juzgar si hay o no base documental para llegar a estas conclusiones respecto a la doble naturaleza del principio supremo, afirmado por los tlamatinime valiéndose de su doctrina del conocimiento metafísico a base de flores y cantos.

 

 

ATRIBUTOS EXISTENCIALES DE OMETÉOTL. EN RELACIÓN CON EL SER DE LAS COSAS

 

Habiéndose ya constatado la multipresencia de Ometéotl, así como su función de madre y padre de los dioses -o más abstractamente, origen de las fuerzas cósmicas- junto con su acción sustentadora de la tierra (tlallamánac) , su identificación con los astros, con el fuego y con el agua, la cuestión planteada por H. Beyer acerca de un cierto sentido panteísta en el pensamiento náhuatl parece cobrar ahora nueva fuerza. Sin embargo, antes de emitir cualquier juicio acerca de la hipótesis propuesta tentativamente por Beyer, preferimos adentramos en el examen de varios títulos dados por los tlamatinime al principio supremo en su relación con lo que llamaremos "el ser de las cosas". Porque, las denominaciones de Ometéotl a que nos estamos refiriendo, tienen de particular ser precisamente un intento de expresar las peculiares relaciones del Señor de la dualidad con todo lo que existe en tlaltícpac (sobre la tierra). Los nombres de Ometéotl que analizaremos son los siguientes, que comenzamos por enumerar:

 

Yohualli-ehécatl (que Sahagún traduce como "invisible e impalpable"); in Tloque in Nahuaque ("El Dueño del cerca y del junto"); lpalnemohuani ("Aquel por quien se vive"); Totecuio in. ilhuicahua in tlaltipacque in mictlane ("Nuestro Señor, dueño del cielo, de la tierra y de la región de los muertos"), y por fin, Moyocoyani, "el que a sí mismo se inventa".

 

Principiando por el difrasismo Yohualli-ehécatl, diremos que se encuentra innumerables veces a todo lo largo del texto náhuatl correspondiente al libro VI de la Historia de Sahagún. La primera impresión de quien lee dicho libro es que se trata más bien de un atributo de Tezcatlipoca. Así, por ejemplo, ya desde el título del capítulo II, dice Sahagún que va a hablar "del lenguaje y afectos que usaban cuando oraban al principal de los dioses llamado Tezcatlipoca y Yoalli-ehéoad..."

 

Mas, frente a tal afirmación nos encontramos otra, no menos autorizada, en el antiguo texto de la Historia de los Mexicanos por sus pinturas, en donde, hablando de los hijos de Ometecuhtli, Omecíhuatl, se dice que "al tercero llamaron Quizalcóatl y por otro nombre Yagualiecatl (o sea Yohualliehécatl)".

 

Y, finalmente, en oposición con los dos textos anteriores, en los que se identificó a Yohualli-ehécatl primero con Tezcallipoca y después con Quetzalcóatl, nos encontramos con la siguiente afirmación de Sahagún que, al tratar del origen y tradiciones de los pueblos nahuas en general, dice que:

 

"tenían dios a quien adoraban, invocaban y rogaban, pidiendo lo que les convenía y le llamaban Yoalliehécatl., que quiere decir noche y aire, o invisible y le eran devotos..."

 

Y así, como este lugar, hay otros en los que el mismo Sahagún claramente parece indicar que Yohualli-ehécatl era el dios supremo de los nahuas. Sin embargo, tal vez la prueba definitiva la constituye el siguiente texto náhuatl, en el que se atribuyen claramente al dios supremo tres de los títulos que vamos a analizar en esta sección y entre los que está Yohualliehécatl. He aquí la línea en cuestión:

 

"Tlacatlé, tloquee nahuaquee, lpolnemoani, yoale..ehcatle...

 

cuya traducción es "Señor, Dueño del cerca y del junto, Dador de la vida, noche-viento...”

 

Al parangonarse así el título de Yohualliehécatl con los de Tloque Nahuaque e lpalnemohuani, acerca de los que no cabe la menor duda que se refieren al principio supremo, podemos concluir, libres de temor a equivocamos, que Yohualli-ehécatl es también un atributo del dios dual.

 

Mas, aclarado este punto, queda ahora por resolver la aparente contradicción implicada por los dos primeros textos de Sahagún y de la Historia de los Mexicanos. Para esto recordaremos que por una parte, como ya vimos, Tezcatlipoca en su origen no es sino la faz nocturna de Ometéotl y que por otra Quezalcóatl, en su calidad de uno de los cuatro hijos del dios dual, está ocupando en la narración de la Historia de los Mexicanos el sitio del Tezcatlipoca rojo, como se indicó al estudiar las ideas cosmológicas nahuas. Identificándose así Quetzalcóatl con Tezcallipoca y éste con una faz de Ometéotl, el mismo titulo de Yohualli-ehécatl, que parecía engendrar tanta confusión, nos sirve ahora como una contraprueba de lo que hemos afirmado anteriormente: Tezcatlipoca (espejo que ahuma) y Tezcatlanextia (espejo que hace mostrarse a las cosas) son originalmente dos de las varias máscaras con que encubre su ser dual Ometéotl.

 

Habiéndose ya desvanecido, según parece, esta dificultad inicial, vamos a estudiar ahora el significado más hondo de este primer atributo de Ometéotl: Yohualli-ehécatl. Nos hallamos ante un difrasismo, como el de "flor y canto". Su significado literal es "noche-viento". Mas, su sentido es como lo indica Sahagún. "invisible (como la noche) y no palpable" (como el viento)."

 

Es, por tanto, algo que corrobora lo que ya se ha insinuado. Al afirmarse que el principio supremo es una realidad invisible y no palpable, se está sosteniendo de manera impUcita su naturaleza trascendente, metafísicamente hablando. O puesto en otras palabras, se está diciendo que Ometéotl rebasa el mundo de la experiencia, tan plásticamente concebida por los nahuas como "lo que se ve y se palpa". Yohualli.ehécatl, es, pues, en resumen, la determinación del carácter trascendente de Ometéotl.

 

Pasemos ahora al estudio de otro de los nombres dados al dios supremo por los tlarnatinime: in Tloque in Nahuaque, designación que se halla generalizada, al igual que la de Ipalnemohuani en la mayoría de los textos nahuas. Ixtlilxóchitl nos refiere como dato de interés sobre estos dos nombres del principio supremo, que Nezahualcóyotl los empleaba indefectible. mente al hablar acerca de Dios:

 

"Nunca jamás (aunque había muchos ídolos que representaban diferentes dioses) cuando se ofrecía tratar de deidad, los nombraba, ni en general, ni en particular, sino que decía ["... Tloque yn Nahuaque, Ypalnemoani...".

 

Comenzando por el difrasismo In Tloque in Nahuaque, diremos que es una substantivación de dos formas adverbiales: tloe y náhuac. La primera (tloe) significa cerca, como lo prueban los varios compuestos que de ella existe, p. e., notloc-pa: hacia mi cercanía. . . El segundo término náhuac, quiere decir literalmente en el circuito de, o si se prefiere "en el anillo", como lo nota Seler en un interesante trabajo acerca de esta palabra. Sobre la base de estos elementos, añadiremos ahora que el sufijo posesivo personal -e, que se agrega a ambas formas adverbiales Tloga(.e) y nahuaqu(-e), da a ambos términos la connotación de que el estar cerca, así como el "circuito" son "de él". Podría, pues, traducirse in Tloque in Nahuaque, Como "el dueño de lo que está cerca y de lo que está en el anillo o circuito". Fray Alonso de Molina en su diccionario vierte este difrasismo náhuatl, que es auténtica "flor y canto", en la siguiente forma: "Cabe quien está el ser de todas las cosas, conservándolas y sustentádolas, o Clavijero, por su parte, al tratar en su Historia de la idea que tenían los antiguos mexicanos acerca del ser supremo, traduce Tloque Nahuaque como "aquel que tiene todo en Sí". Y Garibay, a su vez, poniendo el pensamiento náhuatl en términos más cercanos a nuestra mentalidad, traduce: Aquel que está junto a todo, y junto al cual está todo".

 

De lo dicho podrá concluirse que el atributo que específicamente se atribuye a Ometéotl, al designarlo como Tloque Nahuaque, se relaciona íntimamente con lo que ya hemos encontrado en varios textos al estudiar las ideas cosmológicas nahuas, o sea, su multipresencia, no meramente estática, sino dando fundamento primero al universo, que es el circuito rodeado de agua (cem-a-náhuac), en cada una de sus cinco "cimentaciones" o edades y después prestando apoyo a la tierra (tlallamánac) desde su ombligo o centro. En este sentido podrá comprenderse plenamente la traducción dada por Molina al difrasismo que estamos estudiando: es "cabe quien está el ser de todas las cosas, conservándolas y sustentándolas".Todo es posesión suya: desde lo que está más cerca, hasta lo más remoto del anillo de agua que circunda al mundo. Y siendo de él, es todo un efecto de su acción generativa (Señor y Señora de la dualidad), que da sin cesar "verdad": cimiento, a cuanto existe.

 

Pero, así como in Tloque in Nohuaque, apunta a la soberanía y a la acción sustentadora de Ometéotl, así Ipalnemohuani, se refiere a lo que llamaríamos su función vivificante, o si se prefiere, de "principio vital". El análisis de los varios elementos de este título del dios dual, pondrá de manifiesto su significado. lpalnemohuani es desde el punto de vista de nuestras gramáticas indoeuropeas, una forma participial de un verbo impersonal: nemohua (o nemoa), se vive, todos viven. A dicha forma se antepone un prefijo que connota causa: ipal por él, o mediante él. Finalmente al verbo nemohua (se vive), se le añade el sufijo participial -ni, con lo que el compuesto resultante ipal-nemohua.ni significa literalmente "aquél por quien se vive".

 

Garibay -dando un sesgo poético a esta palabra- la suele traducir en sus versiones de los Cantares como "Dador de la vida", idea que concuerda en todo con la de "aquél por quien se vive". Penetrando ahora -hasta donde la evidencia de los textos lo permite-- en el sentido más hondo de este término, puede afirmarse que está atribuyendo el origen de todo cuanto significa' el verbo nemi: moverse, vivir, a Ometéotl. Completa, por consiguiente, el pensamiento apuntado por el difrasismo In Tloque in Nohuaque. Allí se significaba que Ometéotl es cimiento del universo, que todo está en él. Aquí se añade ahora que por su virtud (ipal-) hay movimiento y hay vida (nemoa). Una vez más aparece la función generadora de Ometéotl, que concibiendo en si mismo al universo, lo sustenta y produce en él la vida.

 

Por esto, era también llamado --especialmente en varios de los Huehuetlatolli -Totecuiro in ilhuicohua in Tlalticpaque in mictlane (Señor nuestro, dueño de los cielos, de la tierra y de la región de los muertos)." Así se agrupan bellamente en forma por demás gráfica, los tres rumbos verticales del universo de los que es dueño y señor Ometéotl. Existiendo en lo más elevado de los cielos, en el Omeyocan, en el ombligo de la tierra, y en la región de los muertos, abarca con su influencia al universo, que se muestra a los ojos de los hombres "como un sueño maravilloso" y que es en realidad el fruto de la con. cepción de Omecíhuatl, gracias a la acción generadora de ame. tecuhtli. Y si ahora relacionamos esto con lo que hemos como probado acerca de los varios aspectos de Ometecuhtli, Omecíhuatl, como "espejos de la noche y el día", como "astro que hace aparecer a las cosas y faldellín luminoso de estrellas", como "señor del agua y falda de jade", como "nuestro padre y nuestra madre", veremos que la acción de Ometéotl desarrollándose siempre en unión con su comparte (i-mímic), hace del universo un escenario maravilloso, donde todo ocurre gracias a una misteriosa generación-concepción cósmica que principió más allá de los cielos, en Omeyocan: Lugar de la dualidad.

 

Y aquí es precisamente donde cobra su pleno sentido el último de los títulos de Ometéotl que nos hemos propuesto analizar: Morocorani. En él encontraremos la explicación suprema de la "generación-concepción" cósmica que dio origen al universo y que constituye el ser mismo de Ometéotl. Hallaremos en una palabra, en una de las más maravillosas metáforas del pensamiento náhuatl, flor y canto, la explicación suprema del existir mismo delOmetéotl.

 

Entre otros nos ha conservado Mendieta en su Historia Eclesiástica Indiana el título del dios de la dualidad que vamos a analizar. Después de referirse al significado de Ipalnemohuani, escribe:

 

"Y también le decían Moyucoyatzin ayac oquiyocux, ayak oquipic, que quiere decir que nadie lo creó o formó, sino que él solo por su autoridad y su voluntad lo hace todo..."

 

Con el fin de comprender mejor el breve texto náhuatl conservado por Mendieta, daremos aquí una nueva traducción del mismo, lo más exacta posible:

 

Mo-yocuya-tzin, es palabra compuesta del verbo ya conocido yucura (o yocoya: inventar, forjar con el pensamiento); del sufijo reverencial -tzin, que se acerca a nuestro "Señor mío"; y del prefijo reflexivo mo- (se, a sí mismo). Reuniendo estos elementos, encontramos que la palabra morocora-tzin significa "Señor que a sí mismo se piensa o se inventa". El sentido de las otras palabras del texto es realmente una explicación del concepto implicado en la voz moyocoyatzin: Arac oquirocux: "nadie lo hizo o inventó a él"; arac oquipic: "nadie le dio ser o forma".

 

La profunda concepción implícita en este último título dado al dios de la dualidad, expresa el origen metafísico de dicho principio: a él nadie lo inventó ni le dio forma; existe más allá de todo tiempo y lugar, porque en una acción misteriosa que sólo con flores y cantos puede vislumbrarse, se concibió y se sigue concibiendo a sí mismo, siendo a la vez agente (Señor dual) y paciente (Señora dual). O aplicando un concepto occidental, siendo sujeto y objeto, en relación dinámica incesante que fundamenta cuanto puede haber de verdadero en todos los órdenes.

 

Tal es, según parece, el sentido más hondo del término Moyocoyatzin, analizado y entendido en función de lo que los textos nahuas han dicho acerca de Ometéotl. Este fue el clímax supremo del pensamiento filosófico náhuatl, que según creemos bastaría para justificar el título de filósofos, dado a quienes tan alto supieron llegar en sus espéculaciones acerca de la divinidad.

 

 

ACCIÓN Y PRESENCIA CÓSMICAS DE OMETÉOTL

 

Es ahora cuando -sobre la base de las varias ideas y atributos estudiados acerca de Ometéotl- responderemos al problema planteado por H. Beyer acerca de un posible panteísmo en la concepción náhuatl de la divinidad y del mundo. Según Beyer:

 

"El dios del fuego, Xiuhtecuktli, llegó a convertirse en una divinidad panteísta que todo lo compenetra e invade y que recibe también los nombres de Huehuetéotl, 'dios viejo', Tota, 'nuestro padre' y Teteu inan, Teteu ita, 'madre y padre de los dioses'. Originalmente es, como lo indica su nombre 'Señor azul', el dios del cielo diurno, un dios solar y como también era el Sol para los mexicanos la fuente original de toda la vida terrestre, desempeña también la misma función que el viejo dios creador con el que se identificó por esta causa...

 

Es cierto que Xiuhtecuhtli (Señor del fuego y del tiempo) se identifica en varios de los textos que hemos citado con lluehuetéotl (el dios viejo), con in Tonan in Tota (nuestra madre, nuestro padre), que son igualmente in Teteu inan in Teteu ita (madre y padre de los dioses), y que esta pareja se iguala también en otros textos con Ometecuhtli, Omecíhuatl, y en una palabra, con Ometéotl. Por otra parte, es asimismo cierto que, especialmente entre. los aztecas, considerándose al Sol como principio supremo, se le invocaba también con los nombres de "nuestra madre, nuestro padre", como lo prueba entre otros, el siguiente texto en el que hablando ante el cadáver de la mujer muerta de parto, le decían:

 

"Levántate, atavíate, ponte de pie,

goza del hermoso lugar.

la casa de tu madre, tu padre, el Sol.

Allí hay dicha, hay placer, hay felicidad.

Condúcete, sigue a tu madre, a tu padre, el Sol...

 

No puede, pues, negarse a Beyer lo bien fundado de las identificaciones propuestas en su breve ensayo a que nos hemos estado refiriendo. Lo que tal vez sí puede discutirse es su rápida afirmación de que Xiuhtecuhtli, o si se prefiere, habiéndose demostrado ya su identidad, Ometéotl, "llegó a convertirse en una divinidad panteísta que todo lo compenetra e invade". En primer término hay que decir que filosóficamente hablando, el término panteísmo implica sentidos tan diversos -como lo muestran entre otros, los conocidos diccionarios filosóficos de Lalande o de Eisler- que su empleo en vez de aclaramos cuál era la naturaleza del pensar teológico de los tlamatinime, se presta más bien para introducir vaguedad y aun confusión. Por esto, en lugar de hablar simplemente de panteísmo, preferimos esbozar una interpretación específica del pensamiento náhuatl, sin apartamos un momento de los datos ciertos aportados por los textos ya estudiados.

 

Se ha visto, que en su afán de encontrar "lo único verdadero", llegaron los tlamatinime hasta la más abstracta concepción de Ometéotl Moyocoyatzin, el dios dual que "se piensa o inventa a sí mismo", en ese "lugar" metafísico, llamado de la dualidad (Omeyocan). y esto, más allá de los cielos y de los tiempos, ya que el mismo Ometéotl es quien impera sobre ambos como lo prueba su nombre de Xiuhtecuhtli (Señor del tiempo y del fuego). En Omeyocan, "en el treceno cielo, de cuyo principio no se supo jamás...", como nota la Historia de los Mexicanos, existía in nelli téotl, el dios verdadero: fundado, cimentado en sí mismo. Pero, por su naturaleza misma generadora y capaz de concebir (Ometecuhtli, Omecíhuatl), comenzó a actuar. Engendró cuatro hijos, como un primer desdoblamiento de su ser dual. Fue desde ese momento "madre y padre de los dioses". Y como la creación de esos hijos tuvo lugar "cuando aún era de noche", en un principio, las cuatro nuevas fuerzas recibieron el nombre de Tezcatlipocas (espejos que ahuman). Ometéotl siguió actuando por sí mismo y a través de sus cuatro hijos: "se tendió" (ónoe) en lo que iba a ser ombligo del universo (tlalmeo) para "darle verdad", sostenerlo, y permitir a sus hijos comenzar las varias edades del mundo. En cuanto "espejo que hace mostrarse a las cosas" (Tezcatlanextia), hizo posibles las varias creaciones del Sol. En las cuatro edades o Soles que nos han precedido dio siempre "verdad" (cimiento) a lo que sus hijos hacían. Quizá diri. gió también la oculta dialéctica implicada en las luchas y ca. taclismos que tuvieron lugar en el mundo.

 

En nuestra edad, que es la del Sol de movimiento (Hollín tonatiuh), logra la armonía de los cuatro elementos y da "verdad" a un mundo en el que el tiempo se orienta y espacializa en razón de los cuatro rumbos del universo. Aparentemente -a los ojos de los macehuales- los hijos de Ométeotl se han multiplicado en número creciente. Sin embargo, si bien se mira, todos los dioses, que aparecen siempre por parejas (marido y mujer), son únicamente nuevas fases o máscaras con que se encubre el rostro dual de Ometéotl. De día su fuerza se concentra y da vida por medio del Sol, entonces se le llama Tonatiuh (el que va haciendo el día), lpalnemohuani (aquél por quien se vive), Tezcatlanextia (espejo que hace mostrarse a las cosas), Citlallatónac (astro que hace lucir a las cosas), Yeztlaquenqui (el que está vestido de rojo), que para los aztecas vino a ser el dios guerrero Huitzilopochtli. Por la noche se hace invisible e impalpable, Yohualli-ehécatl, es Tezcatlipoca, en relación con la luna, espejo que ahuma las cosas, es también Citlalinicue, faldellin luminoso de estrellas con que se cubre el aspecto femenino de Ometéotl, es finalmente Tecolliquenqui (la que está vestida de negro).

 

Respecto a la tierra, a la que ofrece apoyo, es Tlallamánac (la que sostiene a la tierra), en cuanto hace aparecer sobre ella las nubes y los cielos es Tlallíchcatl (el que la cubre de algodón). Estando en el ombligo de la tierra es Tlaltecuhtli y en su función de madre que concibe la vida es Coatlicue o Cihuacóatl (la del faldellín de serpientes o mujer serpiente), que como se mostró en la sección cosmológica, siguiendo a Justino Fernández, es símbolo maravilloso de la tensión creadora de Ometéotl.

 

Como un aspecto del principio vivificador -lpalnemohuani- es Chalchiuhtlatónac (el que hace brillar a las cosas como jade). Bajo el nombre de Tláloc hace su ingreso al lado de los cuatro primeros hijos de Ometéotl y es señor de las lluvias y fecundador de la tierra. Su comparte es Chalchiuhtlicue (la del faldellín de jade), señora de las aguas que corren, del mar y de los lagos. En relación con los hombres Ometéotl es "nuestra madre, nuestro padre", Tonacatecuhtli, Tonacacíhuatl (Señor y Señora de nuestra carne y nuestro sustento), "el Dador de la vida", que envía a los hombres al mundo y les mete su destino en el seno materno:

 

"Se decía que desde el doceavo cielo

a nosotros los hombres nos viene el destino.

Cuando se escurre el niñito

de allá. viene su suerte y destino,

en el vientre se mete,

lo manda el Señor de la dualidad."

 

Finalmente, como símbolo de lo impalpable y señor del saber y las artes -de lo único verdadero en la tierra-, se personifica Ometéotl en la figura legendaria de Quetzalcóatl, que en la Historia de los Mexicanos ocupa ya el sitio del Tezcatlipoca rojo y que en un viejo texto del Códice Florentino aparece como sinónimo de Ometéotl, recibiendo los títulos de inventor y creador de hombres (in teyocoyani, in techihuani):

 

..¿Es verdad acaso?

¿Lo mereció el señor, nuestro príncipe, Quetzalcóatl,

el que inventa hombres, el que los hace?

¿Acaso lo determinó el Señor, la Señora de la dualidad? ¿Acaso fue trasmitida la palabra?"

 

Por lo que se refiere a la misteriosa región de los muertos (Mictlan), sabemos también que expresamente se afirma de Ometéotl que "habita en las sombras" de ese lugar, encubriendo su doble faz con las máscaras de Mictlantecuhtli, Mictecacíhuatl (Señor y Señora de la región de los muertos).

 

Se ha comprobado así -sobre la evidencia de los textos nahuas- que de hecho, toda la oscura complejidad del panteón náhuatl comienza a desvanecerse al descubrirse siempre bajo la máscara de las numerosas parejas de dioses, el rostro dual de Ometéotl. No negamos que en la religión popular se tuvieron por dioses, en número siempre creciente, a los muchos principios o "señores" de la lluvia, del viento, del fuego, de la región de los muertos, etc. Mas, como ya .se ha visto, los tlamatinime superando un tal politeísmo, como tan acertadamente escribió Torquemada,

 

"...quisieron entender en esto haber Naturaleza Divina (sic) repartida en dos dioses (dos personas), conviene saber Hombre y Mujer...".

 

Y es que en su búsqueda de un símbolo, para mostrar "con flores y cantos" el origen de todas las cosas y la misteriosa naturaleza de su creador "invisible como la noche e impalpable como el viento" (Yohualli-ehécatl) , acuñaron el más profundo de todos sus difrasismos: Ometecutli, Omecíhuatl (Señor y Señora de la dualidad). Indicaron así lo que sólo con metáforas puede vislumbrarse. Más allá de todo tiempo, cuando aún era de noche; más allá de los cielos, en el Omeyocan, en un plano a-temporal, Ometéotl Moyocoyani, el dios dual existe porque se concibe a sí mismo, porque se está concibiendo siempre en virtud de su perenne acción ambivalente: Ometecuhtli-Omecíhuatl. y continuando luego la proyección metafórica: flor y canto, fueron señalando con diversos nombres el influjo y la acción de Ometéotl en todo el Cem-a-náhuac (el mundo).

 

El panteísmo que en esto pudiera haber, lo describiríamos en todo caso, sirviéndonos de una voz híbrida, pero lo suficientemente expresiva, como una Omeyotización (dualificación) dinámica del universo. O sea, que para el pensamiento náhuatl, dondequiera que hay acción, ésta tiene lugar gracias a la intervención del supremo principio dual. Se necesita siempre un rostro masculino que actúe y uno femenino que conciba. Tal es -según parece- el origen de las numerosas parejas de dioses: simbolizan en todos los campos la actividad de Ometéotl. Generación-concepción son los dos momentos aunados en el dios dual, que hacen posible su propia existencia y la de todas las cosas. Desde un punto de vista dinámico, es cierto que todo lo que existe recibe su verdad: su cimiento, de esa generación-concepción a-temporal que es Ometéotl. En este sentido es exacto decir que "lo único verdadero es Ometéotl"; todo lo demás "es como un sueño". Pero, frente a esto, que pudiera describirse tal vez como una peculiar especie de "panteísmo dinámico", está la afirmación expresa del hombre que no obstante descubrirse cimentado en el Señor de la dualidad, reconoce la trascendencia de éste, afirmando que es invisible como la noche e impalpable como el viento (Yohualli-ehécatl). Existe asimismo la distinción de personalidades, que hace preguntarse al hombre si algún día podrá vivir con el Dador de la vida, en su casa de donde provienen flores y cantos, o si es que por desgracia al fin todos "perecemos en ella" (tipolihui ye Ichan).

 

No es, por consiguiente, adecuado aplicar meramente una etiqueta de "panteísmo" a la concepción teológica de los tIamatinime. Es más exacto afirmar que en su afán de decir "lo único verdadero en la tierra" con flores y cantos, trataron de aprisionar en una metáfora el más hondo sentido del manantial eterno de potencia creadora que es Dios. Por esto, pudieron decir con flores y cantos que Ometéotl era "nuestra madre, nuestro padre", dador de la vida, "cabe quien está el ser de todas las cosas", invisible e impalpable. Y es que dando verdad a cuanto existe, actúa en todas partes: es Tloque Nahuaque. Pero, considerado en sí mismo no puede percibirse, es noche y viento, Yohualli-ehécatl. Tal, es en resumen, el alma del pensamiento teológico náhuatl, forjado no a base de categorías abstractas, sino con el impulso vital que lleva a la intuición de la poesía: flor y canto, lo único capaz de hacer decir al hombre "lo verdadero en la tierra".

 

Sólo resta añadir una última consideración. Quizá como una resonancia de un pensamiento anclado en la dualidad de Ometéotl, nos encontramos en la lengua náhuatl, como una especie de necesidad, el difrasismo. Los nahuas, cuando quieren describir más cabalmente cualquier cosa, mencionan siempre dos aspectos principales de ella, como para lograr que de su unión salte la chispa que permita comprender. Su tendencia intuitiva los llevó así a forjar designaciones especiales para suscitar en la mente humana la visión -no abstracta y fría como la idea aristotélica-- sino rica en contenido, viviente, dinámica y al mismo tiempo de valor universal. Los siguientes ejemplos clásicos difrasismos-, flor y canto, hablarán por sí mismos.

 

in cuéitl in huipilli: la falda, la camisa: la mujer vista en su aspecto sexual.

in ahuéhuetl in póchotl: el sabino, la ceiba: la autoridad, en cuanto ofrece protección.

in chalckíhuitl in quetzalli: el jade y las plumas finas: la belleza.

in atl in tépetl: agua y cerro: el pueblo.

topco petlacalco: en morral y en caja: en secreto.

tlilli tlapalli: tinta negra y roja: escritura o sabiduría.

 

Se podrían dar otros muchos ejemplos, como los que nos han ido saliendo al paso: in topan in mictlan: lo que nos sobrepasa, la región de los muertos (el más allá metafísico); Yokualli-ehécatl: noche-viento (la trascendencia de Dios), y, por último, in xóchitl in cuícatl: flor y canto (la poesía), que como lo hemos visto es "lo único verdadero en la tierra".

 

Esta es quizá una de las más obvias resonancias de la concepción dualista y ambivalente de Ometéotl. Es posible que haya otros campos donde el' dualismo resuene también. Mas, los límites de este trabajo nos impiden adentrarnos en su estudio. Por ahora, después de haber atisbado un poco los secretos de la teología náhuatl y sospechando que lo que conocemos es sólo una parte, tal vez insignificante, de las profundas especulaciones de los tlamatinime acerca de la divinidad, pasaremos al estudio de los textos que nos presentan la imagen filosófica náhuatl del hombre.