EN TORNO A LOS 100 AÑOS DE LA UFCM

 MUJERES, FE Y CULTURA

 

MARÍA TERESA PORCILE, DON DE URUGUAY AL MUNDO

 

  Uruguay es quizá el país menos conocido de América Latina. Algunos incluso dudan si pertenece a ella. Su liga con la tradición católica latinoamericana no es tampoco fuerte, pues los efectos del liberalismo y otras corrientes laicistas europeas han sido definitivos en su cultura y no han contado con una religiosidad popular que los compense.

  Sin embargo, la Iglesia en Uruguay ha tenido y tiene destacados intelectuales católicos y un laicado más maduro que en el resto de nuestros países. Podemos mencionar a un círculo de pensadores que se reunió en torno a la revista “Víspera”, que fue enlace lúcido entre la ruta de la teología y las ciencias humanas en el posconcilio europeo y la teología encarnada latinoamericana. El teólogo Pablo Bonavía sigue aplicando ese instrumental hasta la fecha con excelentes destellos y el Doctor Alberto Methol-Ferré, uno de los mejores filósofos e historiadores de la cultura que ha habido en mucho tiempo, fallecido hace poco, demostró que se puede reflexionar sin miedo desde la fe en el mundo contemporáneo.

  Ese ambiente es el que formó a María Teresa Porcile, fallecida también no hace mucho, conocedora a fondo de la Sagrada Escritura, Doctora en teología por la Universidad de Friburgo y constructora de un planteamiento de extraordinaria fuerza para la humanización de la cultura.

  Su propuesta la integró en un tiempo largo de fecundidad intelectual,  partiendo de una reflexión sólida sobre la vocación de la mujer en el mundo y en la Iglesia. Su principal aportación quedó impresa en un libro a la vez sólido y legible, “La mujer, espacio de salvación” (su tesis doctoral), publicado en México en 1993. Sus páginas están impregnadas de humedad bíblica, de la que ha dado fecundidad a la tierra humana desde tiempos remotos, la que explica temas vitales por medio de narraciones llenas de hermosura y de significados múltiples y que no se ha marchitado precisamente por su condición poética y ejemplar. Están también impregnadas de experiencia, la que ha brotado del paso de la propia vida y la que ha sido resultado de un proceso de diálogo multicultural con mujeres de todo el mundo.

 La mujer –dice Porcile—se define a partir de su cuerpo y éste “está más allá de las culturas, es universal e importante en la búsqueda antigua y contemporánea de la identidad humana.” Aunque en la mayoría de los lenguajes y en la configuración de las sociedades se presente como secundario el papel de la mujer, en la cultura que viene “se está descubriendo una significación humana ‘personal’ de lo corporal y se habla del cuerpo como palabra.” La mujer, pues, es, aun desde el signo de su silencio, con su corporeidad y su alma de alta calidad, en el acompañamiento paciente en la formación del corazón, una palabra sin la que el mundo humano sería un páramo de pesadez metálica. María Teresa al anudar la experiencia cotidiana con la sublimidad del Nuevo Testamento citó un comentario de preciosa elevación del Padre Teilhard de Chardin captado por Henri de Lubac en “El eterno femenino”: “Lo femenino auténtico y puro es, por excelencia, una energía luminosa y casta, portadora de coraje, de ideal, de bondad: la bienaventurada Virgen María. La mujer es, de hecho, la gran fuente de la que irradia la pureza; este es el hecho, nunca suficientemente percibido, contradictorio en apariencia, que ha surgido con la virginidad cristiana. La pureza es una virtud ante todo femenina, porque brilla eminentemente en la mujer, se comunica de preferencia por ella y tiene como efecto feminizar de alguna manera [el entorno del mundo].”

  Poco acostumbrados estamos a reflexiones tan hondas como la que aquí apenas insinué. Mas no por ello quise dejar de asomarme a ellas.

  María Teresa Porcile, sin embargo, según quienes la trataron, no fue una teóloga lejana o una mujer ensimismada y taciturna. La sonrisa se dibujaba en su rostro día a día y el brillo de la caridad brotaba espontáneo de su fe. Sabía sacarle jugo al tiempo como antesala de la eternidad y como oportunidad de hacer el bien.

  En el año 2000, meditando sobre el “Jubileo” dejó escrito: “Nuestra civilización de ‘stress’, de conductas programadas, de competitividad, ¿conoce el sabor del reposo? ¿Se esfuerza por entrar en el descanso o se aturde huyendo? Es difícil encontrar la sabiduría de reposar y descansar y al mismo tiempo es el deseo más profundo. A menudo el momento del reposo es cansarse más que en el trabajo habitual o es dispersarse, fragmentarse, ‘divertirse’, hacer algo que realmente no sirve para nada…Hay una verdadera patología del uso del tiempo. El verdadero descanso es ‘separar’ el tiempo de creación y recreación: es ritmo y música…supone irse aparte en la intimidad con quien se ama sin más ejercicio que el Amor para poder decir: ‘vio que esto era bueno, muy bueno.’”

  Regalo de Uruguay al mundo fue María Teresa. Que algo por lo menos apreciemos de su entrega a hacer vivo el Evangelio.