EN TORNO A LOS 100 AÑOS DE LA UFCM

 MUJERES, FE Y CULTURA

 

UNA MEXICANA UNIVERSAL: SOFÍA DEL VALLE.

Tercera y última parte

 

  Mientras en México las cosas mejoraban en cuanto a la normalización de la presencia católica en la sociedad, Sofía permaneció todavía un tiempo razonable en Estados Unidos. Su papel como promotora ya no sólo de las situaciones difíciles por las que atravesaba el país y las manifestaciones de la religión sino de la imagen de los mexicanos tantas veces distorsionada, continuó dando frutos. Una anécdota que ella relató pinta a colores esas acciones: “[…] En Pittsburgh me invitaron a dar una charla en una pequeña universidad femenina situada en lo alto de un cerro con preciosa vista sobre los ríos que entrecruzan la población. Al término de la charla, una profesora me preguntó: --¿Cuándo usted está en México lleva esta misma ropa…o usa uno de esos vestidos que se ven con plumas? Un poco molesta por pregunta tan inadecuada y por tanta ignorancia en relación con México, le contesté: --Cuando llego allá me pongo plumas (pensando en las que usaba en mis sombreros). Se asombró de mi respuesta, comprendió su indiscreción e ignorancia y las jóvenes que me rodeaban se rieron con ganas. Esa ignorancia, creo, se debía a la falta de comunicación entre ambos países y a la falta de cultura en algunas regiones de Estados Unidos.”

  Conforme pasó el tiempo y la madurez humana y cristiana se solidificó en Sofía, tuvo la oportunidad de ampliar sus horizontes.

  No hizo a un lado su compromiso en el Instituto de Cultura Femenina y consiguió para él generosos donativos en Estados Unidos. No obstante, el estallido de la Segunda Guerra Mundial con su cauda de sufrimiento y males y los deseos mundiales de paz frente a los totalitarismos, fuertemente asumidos por Su Santidad Pío XII, la condujeron a aceptar nuevos retos, ahora de carácter abiertamente internacional.

  Uno de estos se dio a propósito de un grupo de refugiados polacos que a petición del premier de Polonia y con la anuencia del presidente Cárdenas y el presidente electo Ávila Camacho llegaron al estado de Guanajuato en 1940 huyendo de las consecuencias del pacto Hitler-Stalin. Una amiga estadounidense vino a verla y le pidió como favor especial que recibiera en su casa de la ciudad de México (la “Quinta Sofía” en Tlacopac) a un joven llamado José perteneciente a la nobleza polaca, perseguida con especial saña por los invasores: “era un muchacho dotado de gran inteligencia y no sabían dónde colocarlo en la hacienda guanajuatense.” Desde luego fue aceptado y poco después su hermano Andrés. La casa de Sofía y su mamá se alegró con la música de Chopin y la popular polaca que ellos tocaban y cantaban con habilidad. En 1942 José fue enviado a Filadelfia para realizar sus estudios universitarios bajo la tutoría de su tío el príncipe Luveski que vivía en Nueva York.

  Conforme se avistaba el final de la guerra tomaba forma la ONU, en la que se fincaron grandes esperanzas. Sofía del Valle fue Vicepresidenta del Comité Mexicano no gubernamental pro Naciones Unidas y a la vez formó parte de la Liga Internacional de Mujeres Católicas. En 1947 tomó parte en el Primer Congreso de Organizaciones Laicales convocado por el Papa Pío XII en Roma y participó también en el segundo, celebrado en Nueva York en 1952 y en el tercero, de nuevo en Roma en 1957. Fue cercana a los presidentes mexicanos Ávila Camacho y Miguel Alemán y colaboró con dos mujeres de gran empuje: Doña Adela Formoso de Obregón Santacilia y Doña Amalia González Caballero de Castillo Ledón, fundadora la primera de la Universidad Femenina de México y la segunda la primera mexicana que ocupó el rango de Embajadora. En 1950 el presidente Eisenhower de Estados Unidos le concedió la medalla “Women of America united for peace” y recibió muchas distinciones más. Cuando llegó a México la iniciativa del presidente Kennedy “Alianza para el progreso” Sofía fue la tesorera del Comité Nacional.

  La mejor distinción, sin embargo, fue su vida intachable de entrega generosa, de confianza total en la Providencia divina, su condición de hija de la Iglesia y la limpieza de su conciencia, guiada por la luz del Espíritu Santo.

  Cuando escribí su biografía, concluí con estas palabras: “Sofía falleció en México en 1982 con la mirada a lo alto y los pies sobre la tierra, como había tenido la fortuna de vivir.”

  Me atrevo a sugerir ahora que se vean con cuidado los hilos de su vida, pues no dudo que hay en ellos líneas de santidad y que un proceso de beatificación puede intentarse. Nos hacen falta ejemplos de santos laicos cuyos rasgos no sean monacales ni clericales, pues tenemos que vivir de veras y no sólo en teoría “la hora de los laicos”