EN TORNO A LOS 100 AÑOS DE LA UFCM

 MUJERES, FE Y CULTURA

 

UNA MEXICANA UNIVERSAL: SOFÍA DEL VALLE

Segunda Parte

 

  En 1914 dio comienzo la Primera Guerra Mundial, catástrofe que marcó la pauta sombría de los sufrimientos de la humanidad para el siglo XX.

  Las autoridades suizas le pidieron a Don Francisco que saliera del país con su familia. Fueron al norte de España, a Gijón, no sin atravesar Francia y ver desde las ventanillas del tren la maltrecha condición de muchos jóvenes combatientes.

  Sofía puso en práctica en Gijón las enseñanzas del catolicismo social que estaban en su corazón y se comprometió, al lado del jesuita Padre Arriaga en la ayuda a las mujeres necesitadas: “[…] Mi labor fue en línea de educación a las gentes más humildes sobre todo de instrucción religiosa. Tenía yo grupos de pescadoras, mujeres encargadas de la venta de la pesca que sus esposos hacían, costureras y otras obreras. A las costureras sus patronos las solían explotar en forma tremenda haciéndolas trabajar hasta los domingos con escaso salario…”

  Esa experiencia intensa forjó en ella una sensibilidad de respeto a la dignidad de toda mujer y el compromiso por su dignificación basada en la auténtica redención cristiana, lejos del espejismo de la redención marxista que también estuvo presente en las zonas fabriles españolas de esa época.

  Fue poco pero intenso el tiempo que la familia del Valle permaneció ahí. Don Francisco pensó regresar a México pero su apoderado lo había dejado sin bienes. Así pues, instaló a su familia en Nueva Orléans instaló y Sofía tuvo que buscar trabajo para ayudar en el sostenimiento. Ahí permanecieron cuatro años, en tanto la situación general mejoraba en México y el Señor del Valle mejoraba su situación económica.

  Una vez en la ciudad de México, Sofía entró en contacto con el Padre Miguel Darío Miranda, promotor activísimo del catolicismo social. En acuerdo con él fundó el 26 de junio de 1926 el Instituto de Cultura Femenina, célula de educación humana y cristiana pionera de la formación sólida de las mujeres que prometía ser una estrella brillante en el firmamento.

  Sin embargo, apenas un mes después la decisión del episcopado mexicano de suspender los cultos ante la imposibilidad de atender los excesos legales del gobierno callista dio inicio a una persecución que hizo también víctima al naciente instituto. Hubo pesquisas en las casas donde se reunían católicos e incluso fue llevado a la inspección de la policía el propio Padre Miranda. Sofía hizo lo que pudo para continuar su labor pero Monseñor Ruiz y Flores, arzobispo de Morelia y Delegado Apostólico, residente en San Antonio Texas, le sugirió que se trasladara a Estados Unidos para ayudar en la concientización respecto a la situación mexicana. Estuvo en Nueva York, Filadelfia, Newark, Chicago y otros lugares sobre todo del Este. Contactó con el Padre John Burke, artífice del apoyo diplomático y efectivo de los católicos estadounidenses, con Monseñor Schlarman, obispo de Peoria, a quien ayudó a redactar su famoso libro “México tierra de volcanes” y con el Padre jesuita John Parsons, quien le recomendó prudencia en sus movimientos pues sabía que la “secreta” mexicana andaba tras sus pasos.

  Obtuvo frutos palpables en su misión y regresó a México cuando, en 1929 cuando parecía que la calma había llegado. No obstante, la “paz a medias” lograda hizo que, a solicitud de los obispos mexicanos continuara la labor desarrollada, ahora en Europa. Estuvo en Bélgica y Francia y el lugar de mayor difusión de sus palabras fue Varsovia, capital de Polonia, en un congreso de mujeres católicas. Ahí –de acuerdo a su relato—fue la ayuda de Santa Teresita la que le hizo decir bien las cosas. El Nuncio papal la felicitó e incluso el embajador mexicano, Luis Padilla Nervo, la invitó a encontrarse con él y con su esposa: “[…] queremos charlar con Usted y darle los parabienes por lo bien que ha dejado a México.”

  La diplomática acogida en Polonia, sin embargo, no redujo las tensiones en México y Sofía, llamada “misteriosa Sofía” en un reporte de la policía secreta, siguió pronunciando su palabra en Estados Unidos y Canadá sobre todo entre 1932 y 1934. En México no fue fácil seguir la labor del Instituto: “[…] tuvimos que actuar de manera casi secreta, ya que toda la labor educativa que tuviese cierto cariz religioso era perseguida. A fin de evitar confiscaciones, tuvimos que realizar frecuentes mudanzas.”

  Tendría que llegar 1936 para que se pudiera trabajar con normalidad y difundir la semilla de dignidad para tantas mujeres no sólo de zonas urbanas sino también rurales.

   La talla de Sofía es inmensa tanto por su perseverancia en una labor difícil en tiempos complejos como, sobre todo, por el temple de acero de su fe y esperanza, dones de Dios.

  Esta mujer incomparable siguió ampliando su presencia benéfica en las circunstancias cambiantes de México y del mundo.