EN TORNO A LOS 100 AÑOS DE LA UFCM

 MUJERES, FE Y CULTURA

 

UNA MEXICANA UNIVERSAL: SOFÍA DEL VALLE

Primera Parte

 

   Con cierta resistencia al principio, pero con creciente interés y gusto al avanzar en la investigación, escribí en el año 2009 un libro llamado SOFÍA DEL VALLE. UNA MEXICANA UNIVERSAL.[1] Fueron tres mujeres católicas de gran dinamismo las que me alentaron a realizar esa tarea: Guadalupe Aguilar Fernández, María Eugenia Díaz de Pfennich y Mercedes Gómez del Campo de Zavala. La base para esa escritura fueron unos apuntes que la mamá de María Eugenia había hecho con entrevistas personales a Sofía y la intención de que no se perdiera para las nuevas generaciones, el clarísimo testimonio de una vida cristiana.

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  No cabe duda, en primer lugar, que cuando se observa la vida de alguien con la distancia que da el tiempo se valora, por una parte, cómo en el correr de los días de una familia, de una comunidad, de una nación o aun de la comunidad internacional, tiene gran importancia el desarrollo pleno de las vocaciones individuales y por otra, cómo la paciente mirada y la sutil acción de la Providencia divina siembra semillas de luz en tiempos oscuros.

  Al calificar a Sofía del Valle como “mexicana universal” quise subrayar tanto su profunda huella en la historia del catolicismo mexicano contemporáneo y su singular sello femenino, como su cosmopolitismo y apertura a la dimensión universal de la humanidad y de la Iglesia.

   Ya desde sus orígenes tuvo el mundo qué ver con ella. Su padre, Don Francisco del Valle Ballina era asturiano, de Villaviciosa, curioso nombre que le quedó a la villa después de las grandes fiestas y el derroche de bebida con que agasajaron a Carlos V cuando la visitó. Un tío fundó el negocio de la famosa sidra “El gaitero” que todavía se descorcha en muchos países en la Nochebuena para el brindis de los buenos deseos familiares. Don Francisco tenía espíritu abierto, pues se había formado en Francia y había resultado bueno para las relaciones de negocios. Como consecuencia fue enviado a México para abrirse paso bajo la guía de un tío llamado Ramón que tenía una próspera tienda de abarrotes en Toluca. Al poco tiempo se independizó y puso en México una fábrica de licores llamada “La Casa Colorada.” Se casó y en 1891 nació Sofía.

 La mamá de Sofía fue Doña Sofía Goeury, hija nacida en México de un francés, Henri Goeury, que tenía en París una casa especializada en muebles y cortinas y que había venido invitado por el emperador Maximiliano para decorar el castillo de Chapultepec. Al quiebre del imperio quedó apesadumbrado y con deudas y no sobrevivió mucho tiempo.

  Especial legado le dejó la abuela materna, a la que siempre le guardó gratitud. Escuchemos sus propias palabras: “Ella me enseñó a rezar, a levantar la vista al cielo, a pensar que hay realidades más importantes que las que nos rodean en la tierra; a rezar no sólo pidiendo como si Dios fuera un arcón lleno de cosas para satisfacer mis gustos, sino dando gracias alegremente por la belleza que me rodeaba…La vida valía la pena.”

  Así transcurrieron sus primeros años en la capital mexicana.

  En 1907 Don Francisco percibió que en México vendrían dificultades y se trasladó con su familia a España. Antes estuvieron en Burdeos, Francia, donde tenía relaciones comerciales. En ese lugar estuvo a punto de cambiar el destino de Sofía, que tenía dieciocho años: una observadora señora y rica además, vio en ella un buen prospecto para su sobrino que la acompañaba y le solicitó a Don Francisco la mano de su hija. Él discretamente, sin negarla, le dio largas al asunto y apresuró su viaje a Villaviciosa. Comentó años después Sofía: “Para mí grande fue la sorpresa, pues lejos estaba yo en esa edad de pensar en novio y en matrimonio.”

  Y ni entonces ni después pensó en ello, pues ya desde esos años en Europa descubrió su vocación de servicio y el llamado al apostolado laical en la sotería.

  En Lausana, Suiza, recibió exquisita formación durante siete años en el Instituto Católico y en casa de una dama judía que daba clases de cultura general enfocada sobre todo a la historia del arte y el pensamiento: “Ahí obtuve las bases cristianas de la vida y a la vez aprendí a ampliar mi visión y a entender mejor lo que es el mundo.”

  La aportación singular de la familia, el arraigo recio de la convicción cristiana y la apertura a un mundo plural, se unieron en la forja de esta personalidad única.

  Estaba preparada la siembra de la mexicana universal. Vendrían pronto los frutos.


 

[1] Se publicó por la JCFM y el Instituto Nacional de las Mujeres, México 2009. (Puede obtenerse completo en la página electrónica del Instituto o a través de la mía (www.olimon.org )).