EN TORNO A LOS 100 AÑOS DE LA UFCM

 MUJERES, FE Y CULTURA

 

EL GRAN TESORO DE LA VIDA RELIGIOSA FEMENINA.

  Cuando en 1976 regresé a Tepic después de haber terminado en la Universidad Gregoriana de Roma la licenciatura en Historia de la Iglesia, mi obispo, Don Adolfo Suárez Rivera, me encomendó como ministerio principal “ayudar a las religiosas.” Así, sin mayor explicación. Y agregó: “verás cómo tendrás satisfacciones.”

  Esa indicación positiva la tuve delante mientras duró esa encomienda y me persuadí de que, a pesar de que en el pueblo de Dios, son muchos y variados los carismas y es el dinamismo bautismal el que identifica la vida cristiana, sin las mujeres religiosas, algo grande le faltaría a la comunidad católica. Ellas están en todos los frentes, en los lugares más inhóspitos y en los sitios donde la pobreza y la necesidad llegan a extremos. Y a pesar de los trabajos “de frontera” que muchas veces tienen que asumir, no dejan de orar, de aconsejar, de levantar a Dios la mirada para hacer que Su Reino se acerque.

  En México a lo largo del virreinato y durante las primeras décadas de la vida independiente su presencia fue discreta y sosegada: el aislamiento claustral, obligatorio para ellas. las segregó del mundo. Pero no estuvieron segregadas de los ritmos de la vida, a veces agitada y a veces en calma. Cada que se recibían en los monasterios noticias de peligros de corsarios en las costas de Campeche o se conocían los estragos de alguna epidemia, se reforzaban las plegarias y las penitencias; cuando se sabía del bautismo de algún cacique “bárbaro” o del matrimonio del heredero al trono español, las manifestaciones de regocijo se multiplicaban y los amigos y bienhechores de las comunidades participaban “del otro lado de la reja” de las delicias de la repostería monacal.

  Es conocido y admirado el relieve intelectual de Sor Juana Inés de la Cruz. Pero aunque su talla es singular, no fue un caso aislado. La revisión de lo que queda de las bibliotecas de los conventos nos garantizan los conocimientos teológicos y literarios de muchas monjas que se transformaban en enseñanza y una mirada más detenida da idea de que entre las arquerías y las celdas se dio la santidad, que es lo que en verdad vale. Sólo aludo al primer impreso que se hizo en Oaxaca en 1720, que contiene el “sermón fúnebre” que un dominico, Fray Sebastián de Santander pronunció en el funeral de “la Venerable Madre Jacinta”, monja del convento dominico de Santa Catalina de esa ciudad: sus palabras, sin dejar de ser ampulosas, de acuerdo a los tiempos barrocos, dejan entrever virtudes auténticas.

   Si algún tipo de vida quedó quebrado para siempre con el embate de la reforma liberal del siglo XIX, fue la de las mujeres religiosas. El nivel de injusticia con que se trató a las personas, la dilapidación de sus bienes, fruto de siglos y la ruina en la que quedaron sus casas, es capaz por sí sólo de quitar todo barniz de heroicidad a sus perpetradores.

  Las potencialidades femeninas, sin embargo, son fuerzas extraordinarias. Como el “ave fénix”, las comunidades renacieron de sus cenizas. Pero no como copia de lo que habían sido sino bajo formas nuevas, animadas por las circunstancias cambiantes, la urgencia de labores apostólicas y la captación de los signos de los tiempos bajo el impulso del Espíritu. Tímidamente vinieron de Europa algunas congregaciones dedicadas a la educación y al cuidado de la salud. Obispos y sacerdotes –diocesanos y religiosos—animaron y acompañaron a mujeres mexicanas en la fundación de asociaciones pías que se transformaron en congregaciones y fueron creciendo: las Hijas de María Inmaculada de Guadalupe del Padre Plancarte y las josefinas, primeros institutos de fundación mexicana y después muchos más, hicieron presente ese “suplemento de alma” tan necesario para la vida eclesial.

  La revolución mexicana en su aspecto perseguidor volvió a alcanzarlas, pero no a apagar el fuego intenso de sus carismas. Algunos conventos, incluso de contemplativas que habían vuelto a la vida después del cierre violento del siglo XIX, se refugiaron en Estados Unidos, en Cuba o Centroamérica, suficientemente cerca como para regresar. La paz religiosa que se unió a los caminos del México moderno bajo el lema: “Al trabajo fecundo y creador” en las décadas de 1950 y 1960 vio un florecimiento de instituciones dirigidas por religiosas y su aportación a la formación de un laicado comprometido con las realidades temporales y a la educación superior femenina es evidente. Baste nombrar a la Madre Dolores Echeverría, impulsora de la Universidad Motolinía.

  El Concilio Vaticano II trajo, por un lado, los “vientos frescos” de la renovación, pero por otro, una crisis que costó mucho a nivel humano. No fueron pocas las congregaciones que se vieron diezmadas. Pero la mayoría encontró la solidez ampliando sus horizontes a las necesidades pastorales y concentrándose en la donación de su carisma en medio del pueblo de Dios.

  Tal vez el número de religiosas sea menor que el de décadas atrás, pero su presencia tiene un significado muy especial. Al pueblo de Dios le han traído y le traerán—como me dijo Monseñor Suárez—satisfacciones de fe y caridad. Ojalá todos nos tomáramos un tiempo para reflexionar sobre esta riqueza de la Iglesia y apreciarla como merece.