EN TORNO A LOS 100 AÑOS DE LA UFCM

 MUJERES, FE Y CULTURA

 

CATÓLICAS EN LA DEFENSA DE LA LIBERTAD RELIGIOSA.

 

  El empecinamiento de los ideólogos radicales de la revolución mexicana dio pie, con el pretexto del cumplimiento del artículo 130 constitucional, a una verdadera persecución a los católicos. Destacamentos militares y cuerpos de policía (con uniforme y con vestimenta de paisano) distrajeron el sentido de su oficio – la salvaguarda del territorio nacional y la prevención de los delitos—para buscar actividades clandestinas de sacerdotes y laicos “mensajeros de un pasado opresivo” y antirrevolucionarios. Al cierre del culto público, ordenado por los obispos mexicanos el día que entró en vigor la Ley reglamentaria del artículo citado, 31 de julio de 1926, el gobierno reaccionó con la prohibición anticonstitucional del culto privado, que produjo mártires y naturales acciones de resistencia de los católicos en ciudades y pueblos siendo la mayor de ellas, aunque no la única, el movimiento armado cristero. Un importante número de mujeres tomaron parte, de muy diferentes maneras, en esta resistencia.

  Poco conocida su actividad, pero digna de conocimiento y aprecio, ha sido ya, felizmente, objeto de recientes investigaciones históricas.

  La acción de las mujeres abarcó desde la distribución de textos de protesta, boletines de la Liga Nacional de la Defensa de la Libertad Religiosa, o volantes invitando al “boicot” al comercio, hasta el traslado de municiones y armas por caminos rurales. Cuando revisé la documentación del archivo de la Liga reunida por Doña Consuelo Reguer, me encontré una narración que pinta la audacia femenina: la esposa de un importante funcionario consiguió que un aviador de nacionalidad estadounidense la llevara a sobrevolar la ciudad de México y arrojar desde el aire una de las “Cartas al mundo civilizado” del valiente obispo de Huejutla, Manríquez y Zárate. Tal vez el caso no habría causado tanto revuelo si uno de los ejemplares no hubiese caído precisamente en la “Ciudadela”, lugar de residencia de la Primera Zona Militar, comandada por el General Roberto Cruz. Éste consiguió (o al menos solicitó) que en adelante todo avión que saliera del aeródromo de Balbuena fuera revisado. Poco después, un amigo me regaló una colección del periódico “Desde mi sótano”, prohibidísimo por el gobierno, vehículo trasmisor de la postura católica de resistencia a los abusos gubernamentales. Según me dijo este amigo, su suegra y sus hermanas se arriesgaban haciendo llegar esas hojas “subversivas” a muchos domicilios. El contenido es impresionante por su amor a la verdad.

  A la distancia temporal que nos encontramos, es muy difícil conocer los nombres de estas mujeres heroicas, aunque ciertos testimonios sobre algunas que fueron conducidas a las Islas Marías se conocen y hasta cubren con cierto humor el dramatismo de los hechos. Vayan unas líneas que escribió José Refugio Padilla sobre acontecimientos de abril de 1929: “[…] Un día cayeron presas las señoritas Consuelo Araiza, Ángela Araiza, Mercedes Ayala y Agustina Ayala. Otro día después, Concha López… De noche, ya en el peso de la noche, comenzaron a sentir pesado el aire. Sentían asfixiarse, por lo que fueron sacadas al pasillo largo. Allí las conocimos a todas ellas. Son jóvenes muy guapas. De noche rezábamos, alternando de uno a otro separo. Había a la sazón un capitán que se apellidaba Cota, gorrón, folletero y hablador que tenía mucha curiosidad por nosotros los católicos, pero más por las católicas…De un solo viaje se llevaron [a las Islas] a Escolástica, a María Grajales, a Concha López, Agustina y Mercedes Ayala, a Ángela y Consuelo, a María Montes…Las señoritas Ayala llevaban todo su equipo de presas, es decir, maletas, canastas, etc. que en la prisión le llaman ‘chivas’; llegaron a la puerta de la peni…y como llamara la atención ver a tanta guapa mujer, se agruparon los guardias en la alcaidía por curiosidad y porque estaban de flojos a ver a las damas cuando eran registradas sus ropas…”[1]

  La inspiración primera de estas mujeres de la resistencia católica fue Juana de Arco, “la doncella de Orléans”, canonizada en 1920 y de inmediato puesta en el centro de narraciones escritas, obras teatrales y cinematográficas en el ámbito cultural extraeclesial y, con mayor razón, apreciada como modelo de audacia cristiana, pureza y altura de miras frente a un mundo henchido de mal. La causa cristera en México tuvo como fieles aliadas a las “Brigadas Femeninas de Santa Juana de Arco”, cuyo apoyo táctico fue relevante. Sus estatutos las definían como “una sociedad mexicana, exclusivamente femenina, cívica, libre y racionalmente secreta” y Agustín Vaca en su libro “Las cristeras” concluye que “[…Estas] mujeres no fueron a la guerra sólo en seguimiento de los hombres, sino que también tenían motivaciones propias para hacerlo.”[2] No eran, pues, soldaderas, sino mujeres con libertad interior.

  ¿Y qué mayor motivación que la preservación de la fe libremente profesada en un país que amaba y ama por encima de todo ser súbdito únicamente de Cristo Rey, el Príncipe de la Paz?


 

[1] Transcripción del manuscrito en: Ma. Alicia Puente Lutteroth (ed.), No éramos bandidos…tan sólo cristianos, IMDOSOC, México 2009, p. 42.

[2] Los silencios de la historia: las cristeras, El Colegio de Jalisco, Zapopan 1998, p. 244. Más información en el tomo 3 de La cristiada de Jean Meyer y en la tesis de doctorado de la Hna. Barbara A. Miller, The Role of Women in the Mexican Cristero Rebellion: a New Chapter, Notre Dame University, Indiana 1980.