EN TORNO A LOS 100 AÑOS DE LA UFCM

 MUJERES, FE Y CULTURA

 

UNA MONEDA DE BUENA LEY: LA ESPIRITUALIDAD FEMENINA

 

  Para comprender mejor el frágil pero esperanzador año de 1912, conviene hurgar sus raíces unas décadas atrás.

  Es común, sobre todo a partir del auge de lo que se ha llamado “cultura feminista”, aceptar sin mayor comentario que las mujeres hasta hace pocos años no tenían lugar en el ámbito público, sino que su papel no superaba el hogar o los espacios cerrados de conventos y asilos.

  Para probar lo contrario no hace falta pensar en Isabel la Católica, Santa Teresa, Santa Rosa de Lima, Sor Juana Inés de la Cruz o Catalina de San Juan, “la China Poblana”. Basta llevar la memoria mexicana a la desolación en que las “Leyes de Reforma” dejaron a los enfermos incurables, a los dementes y más en general a los desvalidos, para encontrar a mujeres laicas de las que no podemos identificar por sus nombres en las “Conferencias de San Vicente de Paul” ocupando el lugar que nuestro liberalismo actuante hizo abandonar a las Hermanas de la Caridad. El 19 de marzo de 1875 los arzobispos de México, Michoacán y Guadalajara difundieron una Instrucción Pastoral que tenía por principales destinadarias a las mujeres católicas. Decían: “[…] es imposible hacer de una mujer sin fe una mujer caritativa, como lo es hacer con metal falso moneda de buena ley…He aquí el motivo de la súplica que por las entrañas de Nuestro Señor Jesucristo os hacemos para que vengáis en auxilio del enfermo sin asistencia, de la viuda rodeada de miserias y de todos los indigentes…Ninguna ley, amadas hijas, os prohíbe asociaros para tan grande obra y antes bien, la Constitución vigente en la República reconoce formal y expresamente en todo mexicano el derecho de asociación para cualquiera objeto honesto y lícito. ¿Por qué, pues, no hacer uso de ese resto de libertad, en favor de los pobres de Jesucristo?”

  La identificación de los pobres con Jesucristo está en el corazón mismo del mensaje evangélico, de tal manera que la Iglesia en todos sus miembros no puede omitir ese cuidado. La pobreza, sin embargo, además de la postración económica o la necesidad extrema, tiene también la dimensión de falta de acercamiento a la luminosidad de la fe que garantiza no sólo “el camino al cielo” sino la serenidad interior que lleva a reconocer la existencia del prójimo.

  Las últimas décadas del siglo XIX y la primera del XX vieron en México, a pesar de que era todavía un país predominantemente rural con un alto grado de analfabetismo, la consolidación de la vida urbana y de una clase media ilustrada que, como la clase “alta” se acercó mucho al modelo francés. Este modelo, sin embargo, no se siguió sólo en la arquitectura civil, en el trazo de parques, jardines y “boulevares” según el estilo parisino, ni tampoco en la moda que comenzaba a ser comercial en “El Palacio de Hierro” y “El Puerto de Liverpool”, cuyos anuncios en “El Imparcial” y sobre todo en “El Mundo Ilustrado” competían con las novelas por entregas y son en nuestros días delicia de coleccionistas. Se siguió también, con frutos evidentes, en el área religiosa y católica, pues Francia, después de los efectos de la revolución que condujeron a muchos al martirio y a la sociedad entera al laicismo como postura militante y anticatólica, tuvo un renacimiento católico no solamente exterior (las imágenes industriales que sustituyeron en muchos templos las antiguas importadas en México por “Las Fábricas de Lyon” o “Al Puerto de Veracruz”), sino ante todo interior, por medio de una línea de espiritualidad que encarnó en la sensibilidad femenina mexicana.

  Las Conferencias de San Vicente, recomendadas por el episcopado en 1875, encontraron su fuerza espiritual en una corriente de origen francés. A ellas se sumaron en distintos espacios de apostolado las congregaciones francesas de los maristas (que tímidamente entraron por la ciudad de Mérida), los lasallistas, las Hermanas del Sagrado Corazón, las Reparadoras y otras más. En 1903, un encuentro providencial entre el Padre Félix de Jesús Rougier y la Señora Concepción Cabrera de Armida, en la iglesia de Nuestra Señora de Lourdes en la ciudad de México, rescate mínimo de lo que había sido el Colegio de Niñas de la Compañía de María, pues el resto de la casa era entonces “Teatro Principal” y hoy es Club de Banqueros, tuvo inicio una de las líneas de espiritualidad que podemos considerar más mexicana que francesa.

  Al tener en cuenta esta pequeña incursión en el pasado  encontramos la confluencia de la ilustración espiritual y la orientación al servicio al prójimo, indispensables para la auténtica opción de fortalecer la fe para el ejercicio de la caridad. El ejercicio aislado de la caridad (mejor llamémosla si acaso “filantropía”) sin el motor de la fe ilustrada, sería –como lo expresó el episcopado mexicano en 1875—“como hacer con metal falso moneda de buena ley.”

  La “moneda de buena ley” se comenzó a acuñar en la naciente UFCM, institución de carácter nacional y en muchas obras locales algunas –o quizá la mayoría-- olvidadas. El apoyo espiritual aquí referido, sin embargo, fue indispensable para su nacimiento y sólido crecimiento. No tenerlo en cuenta sería injusto.