NUESTRA IGLESIA Y SUS RETOS ACTUALES.

-- Propuesta desde una mirada interiorizada --

Plática en el Capítulo General abierto de las Religiosas Hijas del Sagrado Corazón. Zacatecas, 15 de abril de 2009.

 1.- Primeramente, junto al agradecimiento por la invitación a compartir estos minutos con ustedes, les doy un festivo saludo de Pascua. La reflexión que el apóstol San Pablo hizo acerca de su significado, resuena en nuestros oídos a manera de motivación: “[…] Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe, pues aún estaríamos en nuestros pecados.” Pues precisamente la entrada a una vida nueva, lejos de la corrupción y el mal y el hecho de compartir esa realidad en una comunidad de puertas abiertas sobre el espacio y el tiempo, es la razón de ser de la Iglesia.

  Por ello, la mirada que quienes somos miembros de la Iglesia hemos de dirigir al mundo que nos rodea no puede ser una mirada cualquiera ni puede tener como horizonte únicamente los datos que a raudales nos proporcionan los medios de comunicación, que no sólo guardan silencio acerca de lo que podría calificarse como “positivo” o “bueno” dentro de las realidades humanas, sino que difícilmente se enfocan a lo que realizan quienes podemos llamar “gente común” o, expresándolo en un lenguaje más cercano, “cristianos de a pie.” Además, la cualidad de “impacto” que tienen las informaciones, la rapidez con la que circulan las noticias y, sobre todo, el peso de juicio que llevan, al construir y destruir la vida y la fama de las personas, hace que sea necesario enfrentarlas con espíritu de discernimiento y desde una vida interior sólida. Por otra parte, esa misma rapidez a la que aludí, hace que, al sucederse de manera vertiginosa impactos a cual más escandalosos, el lugar para calibrar el ejercicio de la libertad y la responsabilidad, sea cada vez más pequeño.

  Por lo anterior, no voy a enfocar los retos que la Iglesia tiene delante en los tiempos que corren tomando materiales de los noticieros o de las columnas periodísticas, sino tratando de hacer una especie de visión interior que pueda permitirnos una lectura de los signos de los tiempos reflexiva, lejana de los colores del temor, el cansancio, la impaciencia, el pesimismo y sobre todo la desesperanza, pues si pudiéramos darle a la Iglesia un nombre nuevo, creo que deberíamos nombrarla comunidad de la esperanza. En el telón de fondo de estas palabras, pues, aunque en general no las citaré de modo explícito, se encuentra el pensamiento cada vez más revelador y digno de reconocimiento y reflexión de Su Santidad Benedicto XVI y el magisterio que los obispos latinoamericanos dejaron plasmado en los documentos de la Quinta Conferencia General de Episcopado de América Latina y el Caribe emitidos en Aparecida, Brasil, en 2007. Más atrás, y con no menor importancia, se encuentra el faro luminoso que para la comunidad eclesial extendida por el mundo entero y para aquellos que en el tiempo tendrían el deseo de pertenecer a ella fue el Concilio Vaticano II. Estoy no sólo convencido sino convencidísimo, que aún no hemos agotado la riqueza que contienen los documentos conciliares los cuales, por desgracia, no tienen ya casi lectores. Las palabras iniciales de la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, Gaudium et Spes, son clarísimas: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, en especial de los pobres y de cuantos sufren, son los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón.”[1]

  Puedo decir, pues, que, a tono con esas frases de especial peso, deseo hacer un llamado a la esperanza y a la comprensión de la grandeza de nuestra vocación cristiana, sea que tengamos que realizarla en el sacerdocio ministerial, en la vida consagrada o en el compromiso laical, sea que la llevemos adelante como una tarea dentro del ámbito más íntimo de la tarea apostólica de tiempo completo o en el seguimiento de las más variadas vocaciones de consagración del mundo secular  que están al alcance de todos en el mundo.

  Por si acaso las palabras que aquí expreso pudieran resultar densas, se las entregaré por escrito a fin de que en estos días del Capítulo o después, puedan leerlas con calma y tal vez les sirvan para meditar y trazar algunas rutas de vida y de compromiso.

  2.- En primer lugar, creo que nuestra escucha de las voces del mundo que nos rodea, ha de ir precedida de la escucha de la voz de Jesucristo, pronunciada a través de su Iglesia.

  Así como Él, en un momento solemne de su camino al lado de los apóstoles les preguntó: “[…] ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?”, podemos nosotros oír de sus labios como respuesta a nuestra inquietud, que de alguna manera refleja la pregunta del joven rico: ¿Qué debo hacer para cumplir la voluntad de Dios? ¿Cómo puedo definirme como trabajador de la mies, como miembro vivo de la Iglesia?: Siendo discípulo y misionero para que nuestros pueblos tengan vida. Este es, y no casualmente, el título del documento conclusivo de Aparecida que encierra en una sola frase, el reto fundamental de todos los miembros de la comunidad que Jesucristo redimió con su sangre.

  Por consiguiente, en estos tiempos no puede bastar una pertenencia externa a la Iglesia, digamos: estar bautizado, asistir más o menos a celebraciones litúrgicas, cumplir de modo tradicional algunas devociones, confiar en que Dios actúa en el mundo incluso a pesar nuestro…Hace falta ser discípulo, es decir, sentarse a los pies del Señor y escuchar con el corazón, no sólo con los oídos, su palabra de vida; levantarse después, como los discípulos de Emaús a quienes “ardía el corazón” al recibir la fuerza de su palabra, para trabajar con novedad y ardor para que “venga su Reino.”

  Ser discípulo no equivale a ser alumno, a ser un participante asiduo en charlas, pláticas, conferencias, encuentros o congresos, a llenar la mente de conocimientos que tal vez puedan ser aplicados de algún modo. Ser discípulo supone, ante todo, conocer al maestro, es decir, implicarse en una relación de persona a persona en la que, desde luego, las enseñanzas son parte integrante de ese conocimiento pero no agotan el encuentro, que viene a ser un enriquecimiento intenso que se reconoce como un don y que invita espontáneamente al agradecimiento. Basta recorrer los distintos capítulos de los evangelios, para darnos cuenta de lo que es en realidad encontrarse con Jesús, conocerlo y reconocerlo: tratemos de ver la transformación de la actitud de Pedro, Andrés, Santiago, Juan, Mateo y los demás que más tarde fueron apóstoles después de su encuentro con Jesús. La de los enfermos, los pobres, los tristes, los pecadores, al percibir sus signos de salvación. Y, por otra parte, lo que el mismo encuentro causó en los jefes del pueblo, en los fariseos, en los satisfechos con su egoísmo.

  Hasta ese punto ha de llegar, o mejor dicho, partiendo de este punto ha de ser nuestra apertura a lo que el Maestro necesita de nosotros como discípulos, pues es imposible que alguien se convierta en misionero, lleve sobre sus espaldas la carga de una misión recibida, si antes no se ha llenado no únicamente del mensaje, sino sobre todo, de la riqueza del encuentro con el Mensajero, con el Evangelizador, con quien, haciendo realidad en su persona la profecía de Isaías, abrió los ojos a los ciegos, hizo andar a los tullidos, curó toda dolencia y anunció el evangelio, la buena nueva, a los pobres.

  3.- Considerado lo anterior y estando conscientes de la necesidad de escuchar una palabra que vivifica y de que arda nuestro corazón con sus efectos, podemos abrir nuestra mirada a las problemáticas de la humanidad, retos para los discípulos de Cristo.

  Y se trata, desde luego, de una mirada caldeada en la fe, que no se aleja de las sombras que presentan muchas realidades, pero que va más lejos.

  No faltan muchos que, pareciéndose a quienes le pedían a Jesús que realizara milagros vanos, de apariencia fantástica y arrolladora, no sólo le niegan a la Iglesia su carácter de fundación divina, sino que alejan de su horizonte a Dios mismo, a causa de los males que hay en el mundo. ¿Cómo puede afirmarse un Dios bueno si por todas partes está presente el mal y sus efectos? ¿Dónde está el poder de hacer milagros, de curar enfermedades y dolencias? Tal parece que nada de ello se encuentra en la actualidad, ni a nuestro alrededor ni, a veces, en nuestro propio interior.

  No obstante, frente a esas preguntas, el Concilio Vaticano II hizo esta reflexión que conviene tener en cuenta: “[…] Los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano, pues son muchos los elementos que combaten en el propio interior del hombre. Como criatura, el hombre experimenta múltiples limitaciones; se siente, sin embargo, ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior. Atraído por muchos estímulos, tiene que elegir y que renunciar. Más aún, como enfermo y pecador, no raramente hace lo que no quiere y deja de hacer lo que querría llevar a cabo. Por ello siente en sí mismo la división, que tantas y tan graves discordias provoca en la sociedad. Son muchísimos los que, bloqueados en su vida por el materialismo práctico, no quieren saber nada de la clara percepción de este dramático estado, o bien, oprimidos por la miseria, no tienen tiempo para ponerse a considerarlo. Muchos piensan hallar su descanso en una interpretación de la realidad propuesta de múltiples maneras. Otros esperan del solo esfuerzo humano la verdadera y plena liberación de la humanidad y abrigan el convencimiento de que el futuro reino del hombre sobre la tierra saciará plenamente sus deseos. Y no faltan quienes, por otra parte, desesperando de poder dar a la vida un sentido preciso, alaban la insolencia de quienes piensan que la existencia carece de toda significación propia y se esfuerzan por darle un sentido puramente subjetivo. Sin embargo, ante la actual evolución del mundo, son cada vez más numerosos los que se plantean o los que acometen con nueva penetración las cuestiones más fundamentales: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que a pesar de tantos progresos hechos, subsisten todavía? ¿Qué valor tienen las victorias logradas a tan caro precio? ¿Qué puede dar el hombre a la sociedad? ¿Qué puede esperar de ella? ¿Qué hay después de esta vida temporal?

  “Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo a fin de que pueda responder a su máxima vocación y que no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en el que sea necesario salvarse. Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se halla en su Señor y Maestro. Afirma además la Iglesia que bajo la superficie de lo cambiante hay muchas cosas permanentes, que tienen su último fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y para siempre…imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación.”[2]

  Esa ruta, inmensa, emocionante y difícil, indica los caminos que ha de trazar la misión de la comunidad cristiana en estos tiempos, en cierto modo más críticos que cuando se redactaron, hace casi cuarenta años, los documentos conciliares.

  4.- Pues si entonces se afirmó que eran “cada vez más numerosos” quienes se planteaban las preguntas fundamentales acerca del sentido de la existencia sobre la tierra, hoy el sinsentido, el paso irreflexivo por la vida, la búsqueda de la satisfacción inmediata e instantánea, la confusión entre el ser humano y sus vecinos en el universo del reino animal o vegetal e incluso mineral, la confusión entre la realidad “real” y la virtual, han puesto en el horizonte el reto de elevar la vocación del ser humano por encima de la materialidad y el paso sin dejar huella, el “ser para la muerte.” La valoración de la vida humana, de la dignidad singular de cada uno de los seres humanos independientemente de sus condiciones externas, es hoy el principal reto que afronta la Iglesia. El hombre no es una cosa, es una persona, imagen del Creador e invitado a perfeccionar con Él todo lo que el universo contiene. De ahí que la ciencia, la sabiduría, la creatividad artística y sobre todo el amor que lleva en su corazón, que actúa de la mano con la libertad, deban ser instrumentos de engrandecimiento de lo que ha recibido. Ante las situaciones del sinsentido, la cauterización de la conciencia moral y la falta de valoración de la existencia, nos corresponde tomar la palabra como la hizo también el Concilio: “[…] No se equivoca el hombre a afirmar su superioridad sobre el universo material y al considerarse no ya como partícula de la naturaleza o como elemento anónimo de la ciudad humana. Por su interioridad es, en efecto, superior al universo entero; a esas profundidades retorna cuando entra dentro de su corazón, donde Dios le aguarda, escrutador de los corazones, y donde él personalmente, bajo la mirada de Dios, decide su propio destino. Al afirmar, por tanto, en sí mismo la espiritualidad y la inmortalidad de su alma, no es el hombre juguete de un espejismo ilusorio provocado solamente por las condiciones físicas y sociales exteriores, sino que toca, por el contrario, la verdad más profunda de la realidad.”[3]

  Las frases anteriores, profundas y fuertes, pero que probablemente pueden parecer distantes, se aclaran, sin duda, trayendo a nuestra consideración algunos ejemplos que podemos comprobar pensando en ellos y mirando a nuestro alrededor, pues concretan el reto fundamental escuchado:

  En el siglo XIX y en buena parte del XX se tuvo gran confianza en lo que se llamó “el progreso” así como en “la democracia.” También fue creciendo la conciencia de que la educación había de ser auténticamente universal, es decir, alcanzar a todos así como que los derechos humanos habían de ser respetados por todos. En pocas palabras, se fortaleció la creencia de que los ideales de libertad, igualdad y fraternidad, atribuidos a la revolución francesa, se transformarían en realidades que podrían tocarse con la mano.

  El progreso científico, al explicar el origen, la evolución y el destino de tantos secretos que la naturaleza había guardado, había de desterrar las sombras de la ignorancia y la superstición, había de dar mayor felicidad a la existencia y, trasformado en tecnología, acercaría a pueblos distantes y como lógica consecuencia, traería la comprensión y la paz: “[…] Imperaba el sentimiento de que los poderes revelados de la ciencia, ‘los grandes progresos efectuados en la ingeniería y el conocimiento de la mecánica’…habían llevado a la humanidad a los umbrales de algo nuevo…Los hombres hablaban seguros sobre futuros sistemas de transporte que pondrían a todos los pueblos en comunicación mutua, propagarían el conocimiento, suprimirían las divisiones entre las naciones y harían de la humanidad un todo unificado…Parecía que no había límites para lo que el hombre podía hacer.”[4]

  La experiencia mostró que lo que un filósofo de la época había dicho resultó realista y no vano pensamiento: al mundo le faltaba “un suplemento de alma.” Pues la desenvoltura de los años que correspondieron al siglo XX puso en evidencia la poca solidez de lo que, más que esperanzas fincadas sobre cimientos recios eran deseos: es cierto que los avances de la medicina remediaron males ancestrales y endémicos, que la popularización de la energía eléctrica cambió la fisonomía de pueblos enteros, que las comunicaciones se hicieron más rápidas e incluso instantáneas. Pero no llegó el esperado acercamiento entre los pueblos, sino el advenimiento y desarrollo de las guerras más crueles y destructivas que la historia había contemplado, donde la diferencia entre los beligerantes y la población civil quedó borrada y la posibilidad de acabar con la humanidad entera y milenios de civilización se hizo de pronto cercana. Genocidios, dictaduras, depredación de bosques y selvas, experimentos con seres humanos, hambre, desolación hicieron su aparición con más potencia que nunca. En pocas palabras, se instaló el reinado de la muerte. Una línea tenue al principio, cada vez más recia al paso del tiempo, separó con muros y barreras a pueblos de un mismo origen y la distancia entre ricos y pobres se señaló con  mucha mayor claridad. Es cierto, por ejemplo, que existe un gran arsenal de conocimientos y un gran número de descubrimientos en materia de salud, pero los costos son cada vez más inalcanzables para los que menos tienen.

  En este panorama, la visión cristiana reconoce algo en el interior humano que reconoció Jesucristo en su andar por Galilea, Samaria y Jerusalén: el miedo, esa pasión que aconseja infaliblemente hacer lo contrario a lo que conviene: que aconseja callar cuando habría que hablar, hablar cuando habría que callar, huir cuando habría que resistir.

  La primera frase que Jesús pronunciaba ante quien se presentaba con él y le manifestaba sus temores y angustias era: “¡No tengas miedo!” Pues sólo cuando se había pasado el umbral de ese espacio de sombras, podía entrarse al lugar de la salud, al sitio de la curación y de la paz. Y si otro saludo se encuentra en los labios de Jesús, en el encuentro con la gente de toda condición, es precisamente éste: “¡La paz esté contigo!”

  El miedo entre los contemporáneos de Jesús era –podemos decirlo sin ofensa—primitivo, directo: miedo a las fuerzas de la naturaleza, a las enfermedades del cuerpo, a caer en manos de los enemigos y tener que servirles como esclavos, al demonio poderoso que acechaba en lugares lóbregos y desiertos. Sólo se percibe un miedo más elaborado y difícil en el caso de Poncio Pilatos quien, a pesar del poder que tenía y que fue cuestionado por Jesús --“[…] no tendrías ese poder si no se te hubiese dado de lo alto”--, lo mostró tanto al pueblo judío y a sus dirigentes como al lejano César, pues a Roma podría llegar una acusación que lo implicara y lo dejara desnudo de autoridad y fuerza.

  Y de ese estilo son los miedos actuales, sea que residan en quienes pueden ejercer político o fuerza militar o en el hombre de la calle que se cree libre de toda atadura pero es víctima de inmensidad de factores que flotan en el ambiente. Hoy el miedo ha tomado formas mucho más complejas y sofisticadas que entre los contemporáneos de Jesús.  Los demonios no se esconden detrás de las piedras o vagan por entre los sepulcros; no se identifican en personas que tienen los ojos desorbitados y echan espuma por la boca. Se han metido dentro del hombre en forma de depresión, de cansancio y derrota frente a las luchas de todos los días; en forma de confusión de papeles y diferencias entre los hombres y las mujeres, en el desprecio a las vidas “inútiles” representadas en las legislaciones permisivas del aborto y de la eutanasia, su consecuencia directa.

  No pocas veces, ante estas nuevas formas de hacerse presente el miedo y el mal, muchos de nuestros contemporáneos –y cada uno podrá sin duda nombrar a un pariente, a un vecino, a un amigo—han entrado, buscando el remedio, por puertas falsas. En un mundo que lleva casi dos siglos de avances científicos y a casi cinco de la evangelización primera de nuestros pueblos, vemos el preocupante regreso a las supersticiones, la consulta de “brujos”, adivinos, horóscopos, cartas astrales, el ascenso a las viejas pirámides en busca de “energía” para soportar el peso de la vida y un culto escalofriante que avanza día a día: la llamada “santa muerte.” ¿Podríamos imaginar algo más lejano a la invitación del documento de Aparecida a que el anuncio del Evangelio lleve vida a nuestros pueblos y, ante todo, a la palabra de Jesucristo: “Yo he venido para que tengan vida y vida en abundancia”?

  Y si mucha gente, “como oveja sin pastor” anda por esos senderos que no conducen a la vida, mucha también, perteneciente sobre todo a las clases sociales altas, se entrega, buscando encontrar lo que llaman la “indiferencia” o la “paz interior”, a las doctrinas del budismo, cuya esencia, a pesar de lo que parece, apunta a la disolución de la vida humana y su distinción de las demás criaturas en la naturaleza y a diluir las decisiones y responsabilidades que entraña el trayecto de una sola existencia de setenta, ochenta o más años, en sucesivas reencarnaciones. Lo que sigue puede parecer extraño, pero una de las cosas que más llamó la atención de la actitud de la Madre Teresa de Calcuta ante los desechados y moribundos en la India fue precisamente que ella y sus hermanas tuvieran preocupación y cuidado de quienes, de acuerdo al pensamiento budista e hinduista, podrían reencarnar en personas prósperas. Si esto fuera así, ¿por qué no dejarlas morir? Un cristiano no puede desentenderse de quienes, siguiendo otras doctrinas, son considerados innecesarios o desechables.

  Jesús, y con Él su Iglesia, tiene que seguir curando enfermedades y dolencias que, en nuestro tiempo, no son tanto del cuerpo como del alma. Tiene que seguir haciendo presente la compasión divina que consiste en estar convencidos vitalmente de que “[…] tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único.”

    5.- En un mundo en el que cuesta trabajo notar la presencia y la acción de Dios y la redención traída por Jesucristo que abre a la comunión y por ello mismo aleja el sentimiento de soledad y orfandad, el discípulo de Cristo ha de ser –lo expresa el documento de Aparecida—misionero. Esta palabra, sin embargo, nos asalta con diversos significados, no intentados por el episcopado latinoamericano reunido en esa ocasión. Trae a nuestra imaginación, tal vez, a quienes anunciaron el evangelio en el siglo XVI americano: Fray Pedro de Gante, Fray Bernardino de Sahagún, Fray Toribio de Motolinía, Fray Bartolomé de las Casas o algún otro; nos trae quizá, a los que por vocación propia y especial han partido al interior del África, a la selva amazónica o a la Sierra Tarahumara o probablemente el encargo de una tarea educativa, de enseñanza. El concepto de misión y de misionero, a mi parecer, tiene más cercanía con el de pedagogía y pedagogo, que más que aludir a alguien que enseña, que vacía contenidos de conocimiento, es alguien que acompaña, que lleva de la mano, que contempla y admira lo que quien es acompañado descubre. De esta manera, el discípulo de Cristo ha de acompañar con paciencia y amor a los que en este mundo vagan desorientados y son presa de la angustia, de la desesperanza o del sinsabor de la existencia. Puestos bajo el haz de luz que contiene la sabiduría y el amor divinos, el discípulo, ante los retos que presentan los habitantes y peregrinos de este mundo en el que nos encontramos, ha de tomar en serio la invitación de Jesucristo que es en realidad una definición de ruta misionera a fondo: ser “levadura en la masa”, “sal de la tierra” y “luz del mundo.” Este es, sin duda --y vale la pena reflexionarlo con calma en toda su sencilla profundidad-- el núcleo de la respuesta a los retos que tienen que afrontar quienes desean ser auténticos discípulos del Señor. Intentar ser pedagogo, más que ser maestro o predicador, supone una congruencia entre lo que se dice con los labios, lo que habita en el corazón y lo que se van marcando los pasos de su marcha sobre la tierra. Ser pedagogo es ser testigo de la luz, de la verdad, del amor, algo de mucho compromiso. Hace ya algunos años que el Papa Paulo VI dijo: “El mundo de hoy tiene más necesidad de testigos que de predicadores.” Y es ésta una rotunda verdad, pues tal parece que la inflación de la palabra que ha invadido el espacio de la vida la ha desvalorado, le ha hecho perder su capacidad de comunicación, de fuerza vital, de compañía de la palabra creadora en el amanecer del mundo.

   6.- El paso del tiempo sobre nuestro mundo ha presentado, una y otra vez, conforme la historia va desdoblando etapas, retos que, vistos desde una perspectiva donde está ausente el paso de Jesucristo por esta tierra, resultan insuperables y apabullantes. Vistos, sin embargo, desde la perspectiva de ese paso, de esa Pascua, adquieren otra dimensión, otro color menos sombrío, podría decirse.

  Y no es que Jesucristo nos haya dicho que no viéramos lo que pasaba a nuestro alrededor, que adquiriéramos una forma de ser impasibles e indiferentes a los acontecimientos, sino todo lo contrario: nos pidió que afrontáramos los signos de los tiempos, las señales que la humanidad percibe, palpa y sufre en estos días. Y que los afrontáramos desde la cruz, como camino a la resurrección y a la vida plena, jamás como sendero al grito lanzado al vacío, la desesperación y la extinción en la nada.

  Hace cerca de un mes, el 19 de marzo del año que corre, Su Santidad Benedicto XVI en el “Centro de Rehabilitación para Discapacitados ‘Cardenal Paul Émile Léger’” en Yaoundé, Camerún, dijo lo que sigue: “[…] Ante un sufrimiento atroz, nos sentimos desarmados y no encontramos palabras adecuadas. Frente a un hermano o una hermana inmerso en el misterio de la Cruz, el silencio respetuoso y compasivo, nuestra presencia acompañada por la oración, un gesto de ternura o de consuelo, una mirada, una sonrisa, pueden vales más que tantos discursos. Vivieron esta experiencia un grupo de hombres y mujeres entre los que estaban la Virgen María y el apóstol Juan, cuando siguieron a Jesús en el ápice de sus sufrimientos, en la pasión y la muerte en la Cruz.

  “Simón el Cireneo…participó con su sufrimiento en la pena infinita de Aquél que redimió a todos, incluidos los que le perseguían.

  “Es difícil llevar la cruz de otro. Solamente después de la resurrección pudo entender lo que hizo. Y así es para cada uno de nosotros: en medio de la desesperación, de la revuelta, Cristo nos propone su presencia amable, aunque es difícil sentir y entender que está a nuestro lado. Solamente la victoria final del Señor  nos revelará el sentido definitivo de nuestras pruebas…”

  Como puede comprenderse, el verdadero reto, en realidad que afronta la Iglesia, esta comunidad a la que pertenecemos, una comunidad de fe que, durante la celebración del sacramento del bautismo proclama: “¡Esta es la fe de la Iglesia que nos gloriamos de profesar!”, puede formularse al modo de una pregunta que hemos de dirigirnos a nosotros mismos: ¿aceptamos en verdad llamarnos y ser cristianos en este tiempo privilegiado donde no bastan las actitudes exteriores sino se requieren las convicciones profundas y recias? El panorama a nuestro alrededor ha cambiado tanto en las últimas décadas, que “[…] nos toca convivir con multitud de grupos religiosos que se llaman a sí mismos ‘cristianos.’ Muchas veces son cristianos sólo de nombre, porque no confiesan de modo pleno la fe en Cristo Jesús, sino que se adhieren a veces fanáticamente a una serie de motivaciones emocionales que les levantan el ánimo y los alejan del compromiso con la dureza de la vida. Pero hay mucha gente que se les adhiere…,¿cómo nos planteamos este hecho que se da en nuestros barrios, ciudades y pueblos? ¿Por qué tanta gente se siente tentada a pasarse a alguno de esos grupos?”[5]

  Los católicos –no debemos ni podemos olvidarlo—somos, en primer lugar, cristianos. Ponemos en Cristo, que nos rescató con el precio de su sangre, “[..] el único nombre que ha sido dado para salvarnos,” el don de nuestra fe y el dinamismo de nuestra esperanza a fin de que Él les dé un sentido de trascendencia. Sabemos que si Él no resucitó, “[…] vana es nuestra fe, pues aún estaríamos en nuestros pecados.” Sabemos y agradecemos que “[…] al comienzo de los tiempos, Dios formó a Adán, no porque tuviera necesidad del hombre, sino para tener en quien depositar sus beneficios.”[6]

 

Ojo de Agua, Estado de México, 12 de abril de 2009. Pascua de Resurrección.

Zacatecas, 15 de abril de 2009.


 

[1] Gaudium et spes, 1.

[2] Gaudium et spes, 10.

[3] Gaudium et spes, 14.

[4] David McCullough, Un camino entre dos mares. La creación del canal de Panamá, Espasa Calpe, Madrid 2004, 20.

[5] Párrafo tomado en su redacción general y modificado por mí a partir de: Pedro Jaramillo Rivas, Aparecida. Guía para una lectura comunitaria del documento final, Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana, México 2007, 54.

[6]  San Ireneo de Lyon (siglo II), Adversus Haereses (Contra los herejes), 4, 13, 4.