JUAN PABLO II Y LA RELIGIOSIDAD DEL PUEBLO MEXICANO

 

Para el periódico “Desde la fe” de la Arquidiócesis de México

  Tarea de dificultad sin par, sería la de intentar en unas líneas (o aun en un libro de doscientas páginas) resumir los miles de documentos, homilías y mensajes de los más de veintiséis años del pontificado de Juan Pablo II, cuya beatificación se encuentra a las puertas y que, como lo indicó Su Santidad Benedicto XVI en el “Ángelus” del domingo 16 de enero: “[…] Todos los que lo conocieron, estimaron y amaron se alegrarán con la Iglesia por este acontecimiento. ¡Estamos felices!”

  Y creo que además de difícil sería tarea casi inútil. Pues si bien la huella de su fecundo magisterio pertenece ya al tesoro milenario de la Iglesia católica e incluso al acervo del pensamiento humano contemporáneo, es en el espacio de la memoria en que se guardan las imágenes y se conservan los afectos, donde el pueblo de México conserva el recuerdo vivo de quien fue reconocido una y otra vez como “el amigo” de los mexicanos.

  Pues, sin temor a errar, fue y sigue siendo la consonancia en la sensibilidad, en el cariño que es expresión de fe en Jesucristo y en la Virgen María, donde, a la manera de la consonancia entre la partitura de una melodía y la melodía misma, se dieron y se siguen dando los encuentros entre la religiosidad en movimiento de la catolicidad mexicana y la religiosidad sincera e interiorizada del Pontífice. Y escribo fue y sigue siendo y se dieron y se siguen dando, porque en el corazón de nuestra gente la muerte del Papa Juan Pablo fue apenas un momento de transición, algo así como cuando alguien querido traspone la puerta del lugar donde charlábamos para quedarse un tiempo más o menos largo en una habitación contigua.

  Esta es la ruta de por qué el anuncio de que el 1 de mayo –Segundo Domingo de Pascua, “de la Divina Misericordia”-- se realizará la beatificación de quien se llamara Karol Wojtyla, no ha causado sorpresa alguna a quienes a su paso quíntuple por los caminos mexicanos lo vitorearon o a quienes  han encomendado a él, desde el silencio de su vida interior, sus dolores y angustias, sus hijos recién nacidos o sus proyectos juveniles.

  Abundan los testimonios de quienes, en alguna de sus visitas lo vieron pasar y dijeron poco después: “--¡Me vio a mí.” Y, aunque no sería fácil que el Papa fijara la vista en alguien que formaba parte de una enorme multitud, es seguro que la consonancia religiosa entre cada uno de los que estuvieron a su paso, oyeron su palabra o participaron en las celebraciones eucarísticas envueltas más que en solemnidad en devoción auténtica, reconoció en él a un hombre de interioridad y fe singulares.

  Sobre dos líneas de trazos nítidos transitó la sintonía entre la devoción mexicana y la del Santo Padre:

  La primera, su profunda devoción eucarística, consonante con el “sol del amor”, cuya “luz inflama el corazón de México leal”, cantado de ese modo en el inolvidable Himno del Congreso Eucarístico Nacional de 1924. Bastaba ver al Papa celebrando la Misa o adorando el Santísimo Sacramento para darse cuenta de la solidez de su fe. Más de una vez, también, dijo él sin fingimiento: “—No es importante que esté presente el Papa; es importante que esté presente Cristo.”

La segunda, su devoción mariana a la vez tierna y madura, la del hijo que puso su oficio de obispo y de Pontífice como entrega total: “Totus tuus.” “Soy todo tuyo”. Y si la Santísima Virgen tomó la forma en su nativa Polonia de Nuestra Señora de Czestochowa, supo bien que entre nosotros la misma quiso llamarse de Guadalupe. Bastaba ver al Papa en oración ante la Madre de Dios para enterarse sin dificultad de la actitud filial y entregada --“de cuerpo entero”-- del hombre nacido en Polonia y enraizado para siempre en los corazones mexicanos.

  Esas dos líneas concentran una relación continua de intimidad y de sintonía con lo mejor de la herencia cristiana de ambos pueblos. Ellas solidifican un lazo vinculante que trasciende las fronteras del tiempo.

  Hoy, en la cercanía de la beatificación esperada, estoy seguro de que entre el Papa, ausente sólo en su porte exterior y visible, pero presente en el lugar invisible donde se alojan los afectos verdaderos, la religiosidad de los mexicanos recibe un regalo y un claro estímulo para no perder el paso e incrementar su solidez que no deja de estar frente a amenazas y riesgos. Es tiempo de vitalizar la “comunión de los santos”, dogma en el que manifestamos tener fe a la hora de proclamar el Credo.