LA VIRGEN DEL REFUGIO

Colaboración para el libro El tiempo sobre la piedra. Arte e historia del panteón de Tepic.

Octubre de 2010.

  Toda imagen religiosa tiene como origen una palabra, un relato, una predicación.

  Es tal, sin embargo, el vínculo que une a la palabra con la imagen, que resulta casi imposible encontrar qué fue antes, si la impresión en la retina o su reproducción a veces modificada en la memoria, en la imaginación o en el sueño, o el anuncio mediante el cual la voz trasmite la palabra, de la que es a la vez vehículo y sombra.

  La diferencia principal entre el cristianismo y sus raíces judías está cifrado en una línea del evangelio de San Juan: “[…] y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.” (Juan 1, 14). Ese acontecimiento, la Encarnación del Verbo, es decir, la realidad histórica y sensible de Jesucristo, “Dios y hombre verdadero”, relativizó la prohibición antigua de la Ley de Moisés: “[…] No te harás escultura, ni imagen alguna de nada de lo que hay arriba en el cielo o aquí abajo en la tierra, o en el agua debajo de la tierra.” (Éxodo 20, 4). Esa prohibición estaba dirigida a un pueblo primitivo y rudo con inclinaciones animistas que tenía la tendencia a idolatrar elementos naturales o efigies como su tuvieran y dieran vida.

  De esta manera, como lo testimonia la leyenda de la “Verónica”, esa mujer piadosa que enjugó en el camino al calvario el rostro sangrante y sudoroso de Jesús y éste quedó impreso en el lienzo, desde el tiempo de las primeras comunidades cristianas ha estado presente la búsqueda del rostro de Jesús, ejercicio saludable de piedad que condujo a plasmar en materiales más o menos duraderos ese rostro, memoria de la redención y fuente de paz espiritual.

  Del Oriente antiguo procede la veneración al “mandílion” de Edesa, un sutil lienzo inserto en un rico relicario que se conecta, según una tradición milenaria, con el paño del calvario. En México tuvimos la dicha de recibirlo y exhibirlo en la exposición “Tesoros artísticos del Vaticano” en 1993. En una pequeña población de los montes Abruzos en Italia, Manoppello, existe también un lienzo de fino lino que fue considerado en tiempos antiguos como no pintado por mano humana y que, según el Padre Heinrich Pfeiffer, sirvió de modelo para las representaciones posteriores del rostro, incluso los retratos de las catacumbas romanas del siglo IV. Entre estos lienzos y la “Sábana Santa” que se encuentra en Turín, se ha encontrado relación por varios estudiosos.

  Antiquísima es también la referencia a imágenes de María que, de acuerdo a tradiciones convergentes y geográficamente diversificadas, fueron pintadas “al natural” en vida de la Virgen por San Lucas, el evangelista. Una de ellas, de enormes ojos y boca pequeña, crecidos así sin duda los primeros por la visión beatífica y reducida la segunda pues ya sólo tendría que alimentarse de la Eucaristía, se encuentra en la iglesia de Santa María “la Antigua” en el Foro Romano. A María se le invocó también en la religiosidad predominantemente contemplativa del Oriente como “Madre de amor como miel dulcificante” (Glúkophiloúsa) y en el Occidente más viajero como “Fons lucis” y “Stella maris” (“Fuente de luz” y “Estrella del mar”).

  De esa costumbre de darle a la Virgen calificativos de vena poética pero a la vez de acción de ayuda salvadora, fueron surgiendo las invocaciones que, en el santuario de Loreto, el del traslado de la Santa Casa de Nazaret, se fueron reuniendo en las letanías que seguimos nombrando “lauretanas”, es decir, de Loreto. Así se invocó a María como “Madre del amor hermoso”, como “Torre de Marfil”, como “Casa de Oro.” Y a partir del triunfo cristiano sobre la armada turca en la batalla de la bahía de Lepanto el 7 de octubre de 1571, como “auxilium christianorum” (“auxilio de los cristianos”).

  No todas las invocaciones litánicas, sin embargo, lograron tener un equivalente en imagen. María “auxilio de los cristianos”, por ejemplo, quedó anclada en la imagen de la Virgen del Rosario, a cuya solicitud materna le atribuyó el Papa Pío V, dominico y por tanto sabedor de la importancia de este rezo, que suplía entre los iletrados la recitación de los 150 salmos, la victoria de la Armada encabezada por la nave almiranta de Don Juan de Austria.

  “Refugium peccatorum” (“Refugio de los pecadores”) es una de las frases de las letanías que identifica un reconocimiento humano, el de la condición pecadora y un espacio peculiar de asilo, de protección, de amparo, de refugio ante el acoso del mal: el regazo materno de María. Hay que tener en cuenta para comprender la significación profunda de la palabra refugio (o asilo), el derecho que amparaba en la antigüedad a todo el que se cobijaba en un terreno sagrado, aunque fuera un criminal perseguido por la justicia. Todavía en la actualidad, ante la búsqueda tantas veces exagerada e inhumana de “indocumentados” en el territorio de Estados Unidos, buen número de sacerdotes católicos y ministros protestantes así como iglesias, han promovido este derecho, confortante sobre todo para quienes sólo por abuso son tratados como criminales.

  La imagen de la Virgen del Refugio, como también la conocida como “del Perpetuo Socorro” tiene su origen remoto en la tradición oriental de la “glúkofiloúsa”, que trasmite un inequívoco mensaje de cercanía, ternura y misericordia. En las representaciones que a partir del siglo XVIII y sobre todo en el siglo XIX se difundieron en México promovidas por la predicación principalmente de los sacerdotes redentoristas, se bifurcan los detalles por dos caminos: muchas, sobre todo las pintadas por artistas populares sobre lámina o madera al modo de retablos hogareños se parecen más a la surgida de la fuente oriental y las que se colocaron en altares dentro de los templos, tienen mayor influencia de la pintura italiana prerromántica y romántica. Este último es el caso de la que se encuentra en la recientemente restaurada para la capilla del cementerio de Tepic. De las primeras existe una colección de impresionante tamaño, donde cada una, sin embargo, es distinta por pertenecer a la época preindustrial en la producción de imágenes religiosas en la Universidad del estado de Nuevo México (New Mexico State University), en Las Cruces, procedente tanto del Viejo como del Nuevo México.

  En los retablos hogareños suele reconocerse el sobrio manto (el maphórion griego) con destellos de estrellas doradas y a veces los monogramas de Jesús (IHS), María (M) y José (IPH). Alguna vez la Virgen lleva entre sus dedos un escapulario (quizá el de la Virgen del Carmen o, por qué no, uno propio para los devotos del Refugio). En las imágenes italianizantes, el manto parece menos el de una aristócrata y es semejante al que, en los días frescos, usaban las mujeres jóvenes de la campiña italiana.

  Llama la atención, a quien se acerca, por ejemplo, a los libros de bautismos mexicanos del siglo XIX, el elevado número de niñas que recibieron el nombre de María del Refugio y este nombre o el cariñoso y familiar de “Cuca” estuvo en muchos labios a lo largo de décadas. Puedo señalar que mi abuela, nacida en Santa María del Oro en 1862, recibió ese nombre, sin duda por la devoción a la Virgen bajo esta advocación.

  Como insinué líneas arriba, fueron los redentoristas, fundados por San Alfonso María de Ligorio en Nápoles en 1732 los que dieron cauce, sobre todo en la predicación de misiones populares en pueblos y aldeas de Italia, Alemania y más tarde en España y países de Hispanoamérica, a esta creciente devoción. Los redentoristas, en la difícil época para el pueblo católico mexicano que fue más o menos de 1840 a 1890, realizaron intensas misiones populares que sostuvieron el valor de la piedad mariana como vía de entrada a la petición de perdón por los pecados y la recepción de los sacramentos. Por ello no hay nada extraño en que en la capilla del cementerio tepicense se encuentre la imagen de la Virgen, Refugio de Pecadores. Nada extraño tampoco, que la restauración artística de su imagen sea incentivo para la restauración espiritual de quienes visiten el lugar donde puede reconocerse su presencia amable y pacificadora.

 

  Apunte bibliográfico.

   Olimón Nolasco, Manuel, Luces en el desierto: predicación de las órdenes religiosas y arte del retablo mexicano, en: Retablos y exvotos, Museo Franz Mayer / Artes de México, México 2000, pp. 54-67, (con ilustraciones).

   --- Sermons of the Religious Orders and Retablo Art in Mexico, en: Art and Faith in Mexico. The Nineteenth Century Retablo Tradition, University of New Mexico Press, Albuquerque 2001, pp. 89-94. (Versión traducida y ligeramente modificada del anterior artículo).

  Pfeiffer, Heinrich S.J., L’immagine di Cristo nell’arte, Città Nuova, Roma 1973.

   --- Il volto santo di Manoppello, Carsa Editore, Torino 2000.

  VV. AA., Il bene e il vero nella bellezza del Divino, Pontificia Università Urbaniana, Roma 2001.