PRIMER DÍA EN LA PARROQUIA DE LA ASUNCIÓN DE MARÍA JALA, NAYARIT

 

  Una tarde calurosa, la del 5 de agosto de 1972, me encontraba en mi casa familiar en Tepic, dejando correr el tiempo de vacaciones después de haber terminado el tercer año de teología en el Seminario de Montezuma, en Nuevo México, Estados Unidos. Cuatro meses antes, el Miércoles de la Semana Santa había recibido la ordenación de diácono junto con Jesús Torres, ya fallecido. Esa tarde llegó el Padre Jesús Ortiz --“Chucho”-- entonces vicario de la parroquia de Jala residente en Jomulco con una encomienda de parte del Señor Cura Don Félix Rodríguez: me invitaba a predicar el novenario de la Asunción de la Virgen, pues el Padre dominico invitado de acuerdo a una vieja usanza se había enfermado y no podría cumplir.

  No dudé en aceptar y al día siguiente estuve por vez primera en este lugar bendito.

  Mientras vivió el Señor Cura, a quien aprecié de veras y en quien pude calibrar su calidad humana, su carácter alegre y amable y las huellas de la recia formación recibida en España durante los difíciles años de la persecución en México, vine al novenario de agosto. Ya no hubo más predicador dominico. La costumbre había sido que el “sermón” se hiciera en una misa solemne a las ocho de la mañana. No obstante, cuando vi la cantidad de gente, la profusión de flores y los cantos alegres que llenaban la celebración de las cuatro de la madrugada, me permití sugerirle que fuera a esa hora la predicación. Así, al oírse el agudo sonido de la chirimía y cuando el pueblo entero se ponía en pie y se organizaba la procesión, todos nos preparábamos para unirnos a la fiesta. Me parece oír aquel canto: “¡Qué linda está la mañana y el aroma de las flores, despidiendo sus olores antes de romper el alba!” Me pareció que la proclamación de la palabra divina debía entrelazar la reflexión al sentimiento a fin de que todo el florido cariño derramado hacia la Madre de Dios en la limpia madrugada condujera a dar frutos de acción de gracias y reforma de vida en línea con los mandamientos divinos, resumidos por Jesucristo en “el amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo.”

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   Hoy estoy aquí de nuevo, a casi treinta y ocho años de agosto de 1972. Soy el mismo, con el ánimo, como entonces, de empezar algo nuevo, aunque con mucha más edad. No he cambiado ni un pequeño detalle en la voluntad, atada a la gracia divina, de ser sacerdote al servicio del pueblo de Dios dentro del presbiterio de la Iglesia particular de Tepic. En la tarjeta de invitación a mi ordenación sacerdotal en febrero de 1973 cité las palabras de un salmo, que sostengo: “Felices los que ponen en Ti sus ojos al preparar su camino.”

  Estoy aquí después de recorrer muchos y diferentes caminos:

   Los últimos veintisiete años y un poco más, los he dedicado a tareas universitarias: veintiuno y medio en la Universidad Pontificia de México, a partir del día que abrió sus puertas y seis y medio más en la Universidad Iberoamericana de la capital del país. Fue un largo período de contacto con maestros, alumnos y con lo mejor de la comunidad académica mexicana, de investigación asidua sobre la historia y la presencia en ella de la Iglesia. Pude también ayudar un poco a que se pagara la vieja deuda que el gobierno mexicano tenía con su pueblo: la reforma de los artículos constitucionales en materia de libertad religiosa. Y dediqué fuerzas a la conciencia sobre el cuidado del patrimonio histórico y artístico de la Iglesia en la Comisión Nacional de Arte Sacro y como consultor de la Pontificia Comisión para los Bienes Culturales de la Iglesia en Roma. Doy gracias a Dios por las experiencias adquiridas y sobre todo por la oportunidad del trato con personas valiosas en el campo de la cultura, de la política y de la filantropía, de muchas de las cuales gozo su amistad y aprecio.

  Mis primeros años de sacerdocio –voy hacia atrás-- los viví en esta diócesis de Tepic, cerca de Monseñor Adolfo Suárez Rivera, obispo entonces de ella como su Vicario para las religiosas, profesor del Seminario y en múltiples encomiendas suyas y de la Conferencia Episcopal. A su confianza debo haber podido realizar, con sentido pastoral, la vocación de historiador que reconocí desde mi infancia habiéndome preparado profesionalmente.

 

 

  Saludo con afecto a la porción del pueblo de Dios que constituye, más que los muros de esta Basílica Lateranense, es decir, honrada con la afiliación a la de San Juan de Letrán en Roma, catedral del Papa, la parroquia de la Asunción de Nuestra Señora en Jala, gente buena, con arraigo centenario en esta tierra y con la mirada en el futuro. Espero que no tarde el día en que reconozca detrás de sus rostros sus nombres, sus historias, su fe, sus preguntas, sus anhelos de vida. Deseo ser con ustedes, ante todo, discípulo de Jesucristo, oyente de su palabra, admirador de la obra que silenciosamente Él, el verdadero Pastor, realiza en su familia que es la Iglesia, aquí donde repercuten “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias” de la humanidad entera. Desde esa experiencia cotidiana podré ser servidor del Evangelio, sacerdote que en Su nombre levante la vista al cielo en oración, ponga en sus manos las maravillas de la gracia a través de los sacramentos y acompañe los senderos que los signos de nuestro tiempo indican para quienes aquí tienen su hogar o son “hijos ausentes” pero cercanos a sus corazones y desenvuelven todos su existencia “entre los consuelos de Dios y las tribulaciones de este mundo.” Estaré particularmente atento a que las manifestaciones religiosas que se han recibido por tradición sean en verdad signos de fe viva en Jesucristo y en su redención. Espero tener todavía la edad, la salud y la paciencia para aprender cosas nuevas y mantener abierta la mente para pedir el consejo y el apoyo conveniente a fin de que la labor que comienza llegue a dar frutos. Sé que no podré igualar a su párroco de los últimos once años, el Señor Cura Bernardo Becerra, sobre todo en su cercanía a los jóvenes y su conocimiento de la Sagrada Escritura. Cada quien recibe dones diferentes y los cultiva también de modo diferente, aunque hay siempre algo común y fundamental en el ministerio de todo sacerdote, pues nadie se ordena para sí mismo sino para el servicio del pueblo de Dios y el presbiterio en torno al obispo forma un cuerpo que hace presente a quien “pasó haciendo el bien.” Hace unos días Su Santidad Benedicto XVI ha recordado ese núcleo con estas palabras que los invito a tener en cuenta: “[…] No existe un bien mayor, en esta vida terrena, que llevar a los hombres a Dios, avivar la fe, aliviar al ser humano de la inercia y de la desesperación, dar la esperanza de que Dios está cerca y guía la historia personal y la del mundo.”[1]

  Agradezco a Dios la vida para poder emprender este camino. Al Señor Obispo Ricardo Watty su renovada confianza. Al Señor Cura Becerra y sus colaboradores su amable disposición para recibirme…A los sacerdotes miembros del presbiterio de Tepic, su presencia confortante. A mis hermanos y sobrinos, siempre cercanos y amorosos, su compañía infaltable. A los miembros de mi amplia familia y al buen número de amigos, también siempre cercanos, el esfuerzo de venir hoy; creo que la austera belleza  del lugar lo recompensa y ayuda a apreciar que México no es sólo prisas, contaminación y violencia. Espero en poco tiempo hacer de tal modo acogedora la casa parroquial que quienes vengan encuentren en ella la hospitalidad tradicional de nuestras viejas casas mexicanas.

  Quiera la Virgen María, venerada en esta tierra en el misterio de su Asunción gloriosa, con sus manos abiertas al cielo en solícita intercesión por los hijos rescatados, pedir a su Hijo la amplia bendición que todos necesitamos y el impulso para encontrar la manera de ser felices en la fidelidad a la vocación que cada uno ha recibido.

 

[1] En la audiencia general del miércoles 26 de mayo de 2010.