PEREGRINO DE LA FE, LA CARIDAD Y LA ESPERANZA.

 

--Benedicto XVI en México y en Cuba. Primavera de 2012--

 

 I.

EL PAPA CON LOS MEXICANOS: EL AFECTO MUTUO Y LAS TAREAS.

1.      La huella definida del ministerio de Pedro.

    Quedó dibujada de cuerpo entero, en los días finales de marzo de 2012, la personalidad señera, discreta y profunda, de Su Santidad Benedicto XVI. Quedó aún más claramente impresa, la huella antigua y nueva del ministerio de Pedro, el apóstol de la responsabilidad universal. Ni un milímetro se separó en sus pasos y palabras de la misión que él mismo asignó a su peregrinaje pastoral a México y a Cuba, trazado el 12 de diciembre de 2011 en Roma: “[…] proclamar la Palabra de Cristo y afianzar la convicción de que éste es un tiempo precioso para evangelizar con una fe recia, una esperanza viva y una caridad ardiente.” 

  El solo análisis gramatical de esas dos líneas hace surgir la fuerza de los verbos: proclamar, es decir, anunciar en voz alta, afianzar, o sea, fortalecer, solidificar y evangelizar: “alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio, los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad que están en contraste con la Palabra de Dios y el designio de salvación”, como magistralmente definió esa tarea Evangelii Nuntiandi de Paulo VI.[1] Los sustantivos, es decir, el contenido sustancioso de esas frases, son también definidos y fuertes: convicción, no simple corazonada o percepción coyuntural u oportunista y están dotados, a causa de su dimensión programática, de un adjetivo valoral, tiempo precioso y aún más, teologal y de urgencia apostólica, en los casos de las virtudes que tienen su raíz en el bautismo: fe recia, esperanza viva  y caridad ardiente. A un oído atento, ese anuncio le suena a la tradición del magisterio latinoamericano posconciliar vertido en los documentos de Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida.

  El afecto mutuo entre el sucesor de Pedro y los mexicanos había sido sin dificultad subrayado, casi un mes antes del viaje a Latinoamérica por el embajador mexicano ante la Santa Sede, Ingeniero Federico Ling Altamirano: “[…] A las muestras de afecto correspondido entre Juan Pablo II y el pueblo cristiano en México, estoy seguro que se le agregarán las que corresponden a Benedicto XVI por tratarse de un magnífico portador del mensaje evangélico y capaz de enseñarlo en las ‘difíciles circunstancias en las que tienen que luchar los latinoamericanos para mantener y acrecentar su fe,’ según lo expresó el Santo Padre el pasado 12 de diciembre en la basílica de San Pedro.”[2]

  Es evidente, pues, desde este enfoque inicial, la necesidad de un acercamiento a la vez afectuoso y profundo al paso del pontífice en esta primavera cuaresmal por el centro geográfico de México, su “ombligo” y por la isla caribeña a la que Cristóbal Colón al otear sus perfiles desde su nave descubridora describió con abierto entusiasmo como “la tierra más hermosa que ojos humanos han visto.”

  2.- Voces desde las neurosis contemporáneas.

  Conviene, me parece, antes de entrar a la entraña de la visita, con sus intensidades de variada índole, lanzar una mirada a ciertas voces disidentes que dejaron alguna huella escrita y que, aunque no tienen carácter relevante y ni siquiera en la mayoría de los casos, congruencia lógica, no creo que deban simplemente soslayarse en el contexto cultural en que vivimos.

  Una observación general a este género de textos conduce de inmediato a una impresión de novedad, pero a la vez de extrema fragilidad. Son las “redes sociales” las que han trasmitido de modo electrónico opiniones negativas y hasta extravagantes sobre la presencia de Benedicto, ajenas la mayoría al mínimo ingrediente de civilidad y tolerancia. Su fragilidad extrema está en que sólo duran mientras la pulsión electrónica está vigente y mueren muy pronto, víctimas del “zapping”, del botón que se aprieta y borra o distrae las letras e imágenes para pasar a otras, efímeras también. Ese medio, a quien mucha gente le atribuye el poder de formar opinión y hasta de cambiar estructuras, no tan fácilmente soporta las pruebas. Por ejemplo, quienes sostenían en febrero del año pasado que la red de comunicaciones electrónicas establecida cambiaría el régimen egipcio de la noche a la mañana, ¿sostendrían hoy eso mismo? Sin embargo, el anonimato o el seudónimo, la clandestinidad e impunidad a la que abre la puerta, dice poco de lo que conocemos como “valor civil” para construir un diálogo auténtico y enfrentar las consecuencias de una palabra digna y que dignifica.

  Lugar vecino al anterior y de similar resultado analítico, lo constituyeron los “foros” de opinión de algunos diarios nacionales que recibieron también desahogos amargos, críticas negativas y sobre todo la cansada repetición de los lugares comunes del anticlericalismo rancio: “el Vaticano, lugar lleno de oro y tapices preciosos”, “ideología medieval de la Iglesia”, “prédica de la resignación”, “consonancia con los poderosos y los ricos” y otros de ese conocido tenor.  Pongo un solo ejemplo, del foro de “La Jornada”: “[…] mejor que reze [sic] por el [sic: él] mismo para que pierda el miedo y que deje los millones de dólares que cobra POR VICITAR [sic] MÉXICO y por cierto son MUUUUUUUCHOS.” Firma: “manito”.[3] Esos impactos emocionales efímeros viajan ya sobre las alas del viento.

  Dos editoriales no firmados del diario “La Jornada” –y por tanto bajo la responsabilidad de la dirección—trataron de razonar la negatividad de la presencia en México del Papa. El primero, fechado el día 23, día del arribo a Guanajuato, titulado Benedicto XVI en México: ¿viaje de negocios? expresó, por una parte, algo parecido a la espera de un milagro solicitando la superación de “[…] la indolencia proverbial del Vaticano –e incluso sectores clericales locales-- ante los flagelos sociales, políticos e institucionales que recorren la región, entre los que destacan la pobreza, la desigualdad, la insuficiencia educativa, la insalubridad, la corrupción de las élites gobernantes, la discriminación de los pueblos indígenas, las persistentes afrentas a los derechos humanos y la desintegración del tejido social provocada por las políticas neoliberales, el incremento de la violencia criminal y, desde luego, las conductas delictivas cometidas por miembros de la propia Iglesia.”

  Esa enumeración tiene mucho de real, pero los caminos de su génesis y de su salida no se encuentran en el Vaticano ni en la falta de claridad en las posturas de la Iglesia: basta repasar la clarividencia manifestada, por ejemplo, en el documento de Puebla en 1979 para descubrirlo: “[…Están en las raíces profundas de esos hechos:] La vigencia de sistemas económicos que no consideran al hombre como centro de la sociedad y no realizan los cambios profundos y necesarios para una sociedad justa….La falta de reformas estructurales en la agricultura…que ataquen con decisión los graves problemas sociales y económicos de los campesinos…La crisis de valores morales: la corrupción pública y privada, el afán de lucro desmedido, la venalidad, la falta de esfuerzo, la carencia de sentido social, de justicia vivida y de solidaridad, la fuga de capitales y de ‘cerebros’ debilitan e incluso impiden la comunión con Dios y la fraternidad.”[4]

  Es una lástima que elementos tan importantes de acción hayan sido poco escuchados por los “hombres de buena voluntad”, los “constructores de la sociedad pluralista” (opción prioritaria en Puebla) y por los fieles de la Iglesia y los mismos pastores, pero no es exacto que –como lo dijo “La Jornada” el 26 de marzo al citar algunas líneas de la homilía papal del día anterior--  haya eludido el hecho y “[…] la Iglesia que él preside [no] haya asumido una posición clara de rechazo a esa orientación económica devastadora.”

  El reduccionismo de la mirada política llevó el comentario a hacer de los días de la visita papal una acción coyuntural ante las próximas elecciones federales y lo que llaman “claudicaciones legales y constitucionales” que no son sino puestas al día en materia de derechos humanos todavía incompletas. Para los editores de “La Jornada”, “[…] ante la cercanía de los comicios previstos para julio próximo, da la impresión de que el máximo líder del catolicismo no viene al país en visita pastoral, sino a negociar intercambios con los sectores políticos…cuando la cita con las urnas está a la vuelta de la esquina.”[5]

  Los editoriales citados, sin embargo, y algunas otras expresiones en ese sentido, pueden ayudar a reflexionar que, más allá de los análisis de cercanía (“los árboles no dejan ver el bosque” reza el refrán), reductivamente políticos o económicos hace falta la mirada ética: la descomposición de la familia, el individualismo en avance, el cambio cultural que deja fuera la visión integral de la persona humana y su dignidad, están en la base de lo que es compromiso de todos. La tradición bíblica, a la que histórica y culturalmente podemos reconocer en las raíces judeocristianas de las civilizaciones de nuestro mundo, la revelación divina constituida de “hechos y palabras intrínsecamente ligados”,[6] apuntan, sin forzamientos, a la convicción de la distinción y complementariedad entre los sexos y a la intermediación de la familia y las comunidades en las relaciones sociales, económicas y políticas. Monseñor José Guadalupe Martín Rábago lo señaló al saludar a Su Santidad el domingo 25 e indicar “la grave crisis de moralidad, la relativización de la vivencia religiosa y un cambio cultural que apunta a que esta vida sólo permite buscar bienes y poder rápidamente.” Son el toque ético y la palabra dirigida a la conciencia, las líneas propias de la Iglesia y su misión y no tienen para desarrollarse –ni tienen por qué tener—mecanismo de obligación o represión, sino sólo de lenta formación y convencimiento. Sólo la incomprensión de esa misión y de la necesidad de un espacio donde se respire una auténtica libertad religiosa hace que pueda decirse que “[…] la Iglesia católica de Karol Wojtyla y de Joseph Ratzinger se ha atrincherado en la defensa de visiones medievales de la sociedad y de las personas, en una persistente colisión con la modernidad y en prédicas opresivas, oscurantistas y fóbicas contra los derechos de género y reproductivos, la soberanía de las personas sobre su propio cuerpo y la minorías sexuales.”[7]

  Hicieron también ruido en estos días quienes deseaban –no sabemos bajo qué formato—la “[…] mención a agresiones sexuales protagonizadas por religiosos católicos contra menores, fenómeno que tiene en México una de sus simas más oprobiosas: la trayectoria criminal del finado Marcial Maciel, fundador de la Legión de Cristo.”[8]

  Bernardo Barranco, que abundó en este sentido en su balance de la presencia papal de estos días, cambió de ruta de lo que había sostenido dos meses antes. Había dicho: “[…] no debemos imaginar un Papa mediáticamente populista, que llegue a improvisar y ganarse el aclamo [sic] de las multitudes con gestos y expresiones arrebatadores. El talante de Benedicto XVI es de ser un Papa teólogo, sobrio, con planteamientos profundos que requieren ser meditados.”[9] El 28 de marzo, sin embargo, asentó sobre el mensaje del pontífice: “[…] bipolaridad religiosa: por un lado el discurso meloso cristiano y por otro los actos y los hechos. Pareciera que la entrega de las muchedumbres…las burbujas de triunfalismo mediático y efímero, bastaran para eclipsar los casos dramáticos de víctimas que claman justicia, consuelo y comprensión…A las víctimas de una guerra atropellada se suman las víctimas de abuso sexual perpetrado en la propia Iglesia por sacerdotes cargados de patologías, así como los atropellos de burocracias imperturbables.”[10]

  ¿”Discurso meloso” el del cristianismo, o más bien “sangrienta flor” como lo calificó Paul Claudel? Por fin, ¿”discurso meloso” o “planteamientos profundos que requieren ser meditados”? Parece también que el panorama que se negaba, el “aclamo de las multitudes” resultó diferente, pues Barranco descubrió en lo vivido en Guanajuato “burbujas de triunfalismo mediático.”

  No obstante, el pontífice sí se acercó a víctimas de la violencia reciente. Aunque no hubo declaraciones en voz alta, sin duda que hubo palabras sentidas en los diálogos en corto que Doña Margarita Zavala concertó en la Casa del Conde Rul de Guanajuato. Esta ocasión, de alta significación, real y simbólica, quedó soslayada en los medios de difusión por su nula estridencia. Se presentaron y recibieron consuelo, comprensión y bendición --tareas eminentemente sacerdotales que Su Santidad asume--: María Elvia Valencia, madre de un policía federal desaparecido en Ciudad Hidalgo, Michoacán; María Herrera, de Michoacán, madre de cuatro hijos que fueron secuestrados por la delincuencia; Alicia Ulloa Conde, hermana de Gabriela Ulloa, víctima de secuestro; Araceli Quintanilla Ocaña de Monterrey, cuya hermana pereció en medio del fuego cruzado y era estudiante de la Universidad de Nuevo León; María Guadalupe Dávila, de Ciudad Juárez, Chihuahua. Su hijo Rodrigo Cadena murió en la matanza de jóvenes de enero de 2010 en Villas de Salvárcar, en esa zona fronteriza; Josefina Torres Espinoza, esposa de un militar que falleció en un operativo en Durango; Verónica Cavazos, viuda del alcalde de Santiago, Nuevo León; Edelmiro Cavazos y Norberto Ortega Tafoya, víctimas de secuestro.”[11]

  El asunto de los abusos hacia menores ha ocupado en el ministerio de Benedicto XVI un amplio espacio y, desde luego, una dosis de decisión y valentía extraordinarias. Contrariamente a la postura asumida por algunos constructores de opinión en México que erradamente sostienen un silencio inexistente en el Papa, son más bien los sectores más conservadores de la comunidad eclesial los que están molestos por la actitud abierta asumida por él en esta materia. Reflexionó Jorge Traslosheros: “[…] Menos conocido es que el sector más tradicionalista y nada luminoso de la Iglesia lo abomina. Son quienes hubieran preferido, por ejemplo, un discreto tratamiento de los escándalos de pederastia en lugar de exigir la verdad, denunciar los graves errores cometidos y emprender una profunda reforma…[Éstos] desacreditan sus posturas teológicas y pastorales tan lejanas del puritanismo y tan cerca de una cristología bíblica profundamente nazarena. De estas personas se habla poco, pero son los más beligerantes y quienes más daño han causado. Son los mismos a quienes Benedicto denunció cuando afirmó que las más terribles persecuciones contra la Iglesia se están dando en su interior.”[12]

  El Padre José Morales Orozco S.J., rector de la Universidad Iberoamericana de la ciudad de México, en un mensaje videograbado dirigido a la comunidad universitaria el 10 de abril, dijo –y coincido con él-- que las palabras en el encuentro con los niños en la Plaza de la Paz de Guanajuato (“Deseo elevar mi voz invitando a todos a proteger y cuidar a los niños, para que nunca se apague su sonrisa…”) y en la catedral de León a los obispos sobre “su paterna admonición (a los presbíteros) sobre actitudes improcedentes”, constituyeron una alusión subliminal pero clara al asunto de los abusos a menores. Para captar algo así, sin embargo, hace falta usar de inteligencia hurgadora y despojarse de ideas preconcebidas.

   3.- El caso Maciel y sus complejidades.

     El caso auténticamente clínico del fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, tiene también un marco específico de análisis que si no se desborda, evita el amarillismo o la “nota roja,” demasiado común en nuestro tiempo.

  Para conocer los testimonios en torno a las situaciones anómalas referentes a esta persona, está el libro de Carmen Aristegui, Marcial Maciel. Historia de un criminal.[13] De él, que le envié como consecuencia de una conversación en octubre de 2011 en Roma, el ahora cardenal Giuseppe Bertello, que fue Nuncio Apostólico en México me escribió después de su lectura: “[…] Es algo picante ¡aunque triste!”[14] El auge económico en relación con la congregación está referida, no sin algunas exageraciones, en La prodigiosa aventura de los Legionarios de Cristo del español Alfonso Torres Robles,[15] y una visión con enfoque psicoanalítico que contiene sin embargo, indiscreciones faltas de ética de personas eclesiásticas y no llega a conclusiones claras es la de Fernando M. González, Marcial Maciel. Los Legionarios de Cristo: testimonios y documentos inéditos.[16] Finalmente, en los mismos días de la presencia papal, se presentó en León La voluntad de no saber,[17] de José Barba, Alberto Athié y Fernando M. González, libro que, de acuerdo a Bernardo Barranco “[…] no dice nada nuevo acerca de Maciel; sólo confirma lo que todos sabíamos.”[18] No lo tuve a la mano.[19]

  La compleja problemática del personaje, los avances y silencios sobre su causa, la dilación en la toma de decisiones y la situación dentro de ella de Juan Pablo II y del cardenal Ratzinger, puede tener una comprensión en buen derrotero con la reflexión de una entrevista “más única que rara” que concedió a Valentina Alazraki en octubre de 2010 Monseñor Justo Mullor García, Nuncio en México de 1997 a 2000.[20]

  En ella, refiriéndose al desvelamiento de la cuestión durante su estancia en México, afirmó: “[…] Era opinión corriente en Roma, donde Maciel contaba con no pocos amigos y admiradores, que [las] acusaciones eran consideradas absurdas e infundadas, por lo que no merecían que se les diera peso alguno. En esta contingencia, [pues en 1997 ya se había publicado el documentado artículo del “Hartford Currant”, presentado en español en “La Jornada” y el cardenal Rivera había sido enfático en señalar que se trataba de “calumnias”] un legionario que trabajaba en la nunciatura…me pidió que defendiera públicamente a su fundador y que también lo hiciera la Conferencia Episcopal. Mi respuesta fue: ‘Lo haría con gusto, si su fundador fuera el primero en tratar de probar la falsedad de las acusaciones que le son hechas por personas concretas que no ocultan sus nombres’…Su extraña e inesperada respuesta fue: ‘El Padre Maciel, como Cristo, no se defendería…’

  “Su ‘intuición’ [de Mullor] acerca de la posibilidad de que las acusaciones fuesen fundadas fue lógicamente en aumento…En una ocasión trató de explicarle que, a su juicio, existía un doble tipo de moral: una para el pueblo y otra para los representantes de la alta política. ‘Se trataba de un verdadero y poco menos que increíble error doctrinal y moral en una persona de presunto nivel espiritual.’

  “‘Fue el final de nuestros encuentros’, me dijo monseñor Mullor. Le manifestó que, como cristiano y como obispo, no podía aceptar esa dualidad…”

  Cuando habló con el Padre Roqueñí y con Athié, el resultado fue impactante: “tuve la sensación de estar frente a la verdad –más amarga de lo imaginado—y de ser plenamente libre…”

  Acerca de Juan Pablo II y Maciel, expuso Mullor: “[…] No es nada claro que con él llegara a tener verdadera intimidad ni, mucho menos,  que llegara a penetrar su compleja personalidad. Otros eclesiásticos de rango inferior, pero las más veces carentes de la visión sobrenatural que en todo momento caracterizó al Papa polaco, sí aparentaron ser verdaderos amigos de Maciel. Son ellos sin duda quienes lo exaltaron ante el Papa y ante ciertos sectores de la opinión pública…es posible que a los oídos del Papa Wojtyla llegaran ecos de las voces críticas…Pero es evidente que el eco de esas voces era silenciado por el falso e interesado mito de esos amigos de Maciel, quienes repitieron durante años, como un disco rayado, que a esas voces absurdas no era posible darles algún peso o crédito. Lo que a esos amigos atraía y apreciaban, era la visibilidad de los legionarios y no el espíritu que se les escapaba. Sus llamados amigos sin duda se fijaron más en la cantidad que en la calidad de su obra.

  “Monseñor Mullor tiene la certeza moral de que Benedicto XVI, debido a su reconocida rectitud moral, informó a Juan Pablo II, al final de su vida, de la extrema gravedad del caso Maciel. Esta posibilidad explicaría…su decisión de enviar en aquellos días a monseñor Scicluna a América. ‘Es legítimo pensar, con certeza moral, que al sufrimiento físico de Juan Pablo II se debió unir al dolor de tener conciencia de que la real figura de Maciel, tan llevada y traída por quienes cultivaron su mito, se reducía a una triste realidad que se tradujo como uno de los mayores contrasentidos registrados en la historia de la Iglesia del siglo XX.’ ”[21]

  Es importante tener en cuenta que la visita apostólica ordenada por el Santo Padre a la congregación apenas está terminada en su primera fase. Hay que esperar todavía un plazo razonable para poder evaluar su sentido y significado para el futuro. Tal parece que algunos lo que quisieran es un linchamiento sin discernimiento.

  4.- Primer encuentro con un pueblo multicolor.

   Expuesto lo anterior, que consideré indispensable para afrontar críticas no siempre razonadas y darle lugar al brillo de la verdad, haré un recuento reflexivo de las jornadas de Su Santidad por México y Cuba.[22]

  Desde hace más o menos cincuenta años, los aeropuertos se transforman de pronto en plataformas de recepción de personajes y –en México— en espacios de emoción no contenida sobre todo a la hora de que después de abrirse la puerta del avión, la figura blanca del pontífice romano saluda con las manos en alto. Si exceptuamos la llegada de Juan Pablo en 2002, en que su estado de salud era precario y que la recepción tuvo lugar  en el interior del hangar presidencial, desde la mañana inolvidable del 26 de enero de 1979 en que se abrió la puerta del DC-10 de Aeroméxico y se fijó en la retina de presentes y televidentes la presencia papal, los ojos mexicanos se acostumbraron a esa experiencia.

  Este 23 de marzo en el aeropuerto del Bajío fue Benedicto XVI con los años a cuestas y sin duda con la espera mezclada de cierta duda de la singularidad de las recepciones mexicanas, el que bajó la escalera de la nave Boeing 777 de Alitalia “Sestriere” –nombre de un pueblo alpino del Piamonte italiano fronterizo con Francia, punto de arranque y llegada de los eventos ciclísticos del “Tour de France” y el “Giro d’Italia”--. Atrás había quedado la despedida en Ciampino del Presidente del Consejo de Ministros de Italia Mario Monti y funcionarios de Italia y de la Santa Sede. Era la hora de pasar entre miembros de las distintas armas del Ejército y la Armada nacionales, en compañía del presidente Felipe Calderón y de su esposa Margarita, al estrado recepcional. Era tal la intensidad de los reflejos solares sobre la rojísima alfombra, que la sotana blanca pareció teñirse de un tono rosáceo, haciendo juego sin querer, con el vestido “rosa mexicano” de la esposa del presidente.

  El himno nacional mexicano y la marcha pontificia, ritmos ambos del siglo XIX, evocadores de  fragor de batallas, fricciones humanas y búsqueda de reconciliación tomaron su lugar en el ambiente dándole solemnidad. Después, los discursos, fuente más que de escucha inmediata, de interpretación posterior.

  El presidente Calderón no podía iniciar sus palabras sin la alusión a las circunstancias difíciles que vive el país, sobre todo a causa de la violencia irracional y a la vez, aludir a la peculiar fortaleza del pueblo ante las adversidades: […] La presencia de Su Santidad entre nosotros adquiere un significado enorme en horas aciagas, en momentos en que nuestra Patria atraviesa por situaciones difíciles y decisivas…No sé si estos desafíos hubieran sido capaces de quebrantar la voluntad y la firmeza de otros pueblos, pero a pesar de todo, México está en pie. Está de pie porque los mexicanos somos un pueblo fuerte, perseverante en la esperanza, en la solidaridad. Porque somos un pueblo que tiene valores y principios, que cree en la familia, en la libertad, en la justicia, en la democracia y en el amor a los demás…”

  Mencionó la herencia católica y él mismo se incluyó en la primera persona del plural usada: “[…] En éste, nuestro país, vivimos más de 93 millones de católicos, además de los muchos que se han ido a los Estados Unidos en búsqueda de un futuro mejor para sus familias y a quienes extrañamos profundamente…

  “…ha quedado imborrable la huella de pastores que vinieron a nuestra tierra e impregnaron al pueblo de México del más elevado sentido de amor al prójimo y, en particular, a los indígenas…”

  Hizo mención también a las condiciones de la actual estructura sociocultural, utilizando el término más cercano a la realidad, “libertad de culto” y no “libertad religiosa” y nombrando, sin entrar en pormenores, al “Estado laico”: “[…] avanzamos hacia la consolidación de nuestra democracia, con pleno respeto a la libertad, a la libertad de culto, a la pluralidad política, a la pluralidad religiosa, a la pluralidad ideológica, que es posible en un Estado laico, como el que somos.”

  Y rubricó el discurso con palabras de calidez poética, parecidas a las que usó –y que ahora poco se recuerdan-- el presidente Zedillo con Juan Pablo en 1999: “[…] Deseamos que disfrute México, sus sabores, sus colores, sus tradiciones, sus canciones, pero sobre todo, el amor y el cariño que le ofrecen millones de mexicanos.”

  Corrección y buenas maneras las del presidente. Lo esperado, ni más ni menos. Apertura a lo que pudiera trae consigo el mensaje de quien “[…] sabemos que es…un hombre de sólido pensamiento, firme en las ideas, valores y creencias, que comparte buena parte del pueblo mexicano,” cuya palabra “reconfortará [su] alma.”

  El discurso de llegada del Santo Padre tenía que comenzar –y comenzó—con la afirmación del “[…] deseo, guardado en [el] corazón desde hace mucho tiempo, de poder confirmar la fe al pueblo de Dios de esta gran nación en su propia tierra,” y el reconocimiento del “proverbial fervor del pueblo mexicano con el Sucesor de Pedro.”

  Una mirada al “[…] majestuoso monumento a Cristo Rey” lo llevó a reconocer “la raigambre de la fe católica entre los mexicanos, que se acogen a su constante bendición en todas sus vicisitudes.”

  Y en el núcleo de sus palabras profundizó en las líneas profundas de su viaje, que había anunciado en diciembre pasado: ser “peregrino de la fe, de la esperanza y de la caridad.”

  Confirmar –es decir, afirmar, reforzar—en la fe a sus hermanos es el sentido del envío que Jesucristo hizo al apóstol Pedro. Y el Papa como sucesor del apóstol, ha de llevar sobre sus espaldas esta misión: “[…] Deseo confirmar en la fe a los creyentes en Cristo, afianzarlos en ella y animarlos a revitalizarla con la escucha de la palabra de Dios, los sacramentos y la coherencia de vida.” Invitó, pues, a los cristianos, a  ser oyentes atentos de un anuncio vital alimentando el camino con los dones sacramentales y demostrando ser congruentes en la vida cotidiana. De esa combinación podrá brotar, sólida, la cooperación desde abajo con el respeto a la dignidad humana en una sociedad que se hace fraterna. Ese respeto dignificante “[…] se expresa de manera eminente en el derecho fundamental a la libertad religiosa, en su genuino sentido y en su plena integridad.”

  El anuncio de la esperanza nace de la confianza en un Dios que se hace encontradizo y va unido al llamado a la alegría. La esperanza “[…] se esfuerza en transformar también las estructuras y los acontecimientos presentes poco gratos, que parecen inconmovibles e insuperables, ayudando a quien no encuentra en la vida sentido ni porvenir.” De ese sentido de la vida es, tal vez, de lo que más falta hace a los mexicanos actuales, llamados por todas partes al desánimo y a la maldición de las tinieblas más que al encendido de la luz: “…cuando [la esperanza] arraiga en un pueblo, cuando se comparte, se difunde como la luz que despeja las tinieblas que ofuscan y atenazan.” ¡Qué importante es no ofuscar nuestra mente y no dejar atenazar nuestra voluntad ante el acecho del mal!

  Y si vino como peregrino de la esperanza, Benedicto vino también como peregrino de la caridad. Ésta “[…] es ante todo…la respuesta a una necesidad inmediata en una determinada situación” Pero si brota del impulso cristiano va más allá, deja la huella del amor desinteresado y sin intenciones de retribución, pues: “…al menesteroso…tantas veces lo que más le falta es precisamente una muestra de amor auténtico.”

  Apenas llegado a México, pues, quedó trazado, en congruencia con el anuncio hecho en diciembre, el núcleo sólido del mensaje guardado en el equipaje del peregrino.

  5.- La calidez de los encuentros.

  Concluidas las palabras, siguieron los encuentros, que habían de ser múltiples, henchidos de emotividad y comunicativos de una adhesión de más arraigo que la exclamación espontánea y breve, parte necesaria de nuestra propia sumisión a la esclavitud del paso del tiempo. En la audiencia general del miércoles 4 de abril, ya de regreso en Roma y haciendo memoria, el propio Papa calificó la acogida de los mexicanos con tres adjetivos: “[…] extraordinaria, festiva y vivaz” y sintetizó las manifestaciones de afecto y adhesión como “…el abrazo caluroso de todo un pueblo.”

  Entre la multitud congregada en el aeropuerto se vieron muchísimos jóvenes, quienes comenzaron a expresar frases que se repitieron esos días: “¡Benedicto, amigo, el pueblo está contigo! ¡Benedicto, hermano, ya eres mexicano!

  Hubo una novedad respecto a las anteriores visitas papales, fruto del avance tecnológico: los teléfonos celulares que, con el toque de los dedos de quienes los llevaban, imprimían fotografías del pontífice lo más cerca que podían. El primer encuentro cercano, sin embargo, fue con niños enfermos, ciegos algunos, muchos con rostros de facciones pétreas; a ellos acercó las manos el Papa y los bendijo, acción paterna y sacerdotal entrañable y sencilla, siempre esperada por el pueblo fiel. Después de varios minutos, emotivos y sin huellas de prisa, subió al “papamóvil”, extraño vehículo que ha sido, no obstante, el que la Interpol ha aprobado desde poco después del atentado de mayo de 1981 en la plaza de San Pedro a su antecesor. En el interior se vio una dorada imagen de la Virgen María, nota de dulzura y cercanía en esa caja blindada.

  Del aeropuerto fue al Colegio Miraflores de León, que fue su casa en México por un camino de más de 35 kilómetros, casi todos con gente que agitaba banderas, elevaba la voz con júbilo y se alegraba al saludar. Regresarían a su casa contentos tras el impacto fugaz del paso del sucesor de Pedro. Después, descanso, merecido tras un viaje largo y directo y el primer impacto de las emociones.

  Pasó la noche y buena parte del día siguiente, 24 de marzo. Al atardecer se dirigió a Guanajuato. Esta ciudad, capital del estado del mismo nombre, la ciudad excavada en la roca, la de los retablos de oro y plata forjados del metal guardado en las entrañas de las montañas, se fue llenando de gente, de entusiasmo y de ropas y  pancartas multicolores. El ambiente no podía ser más festivo. La “plaza de la paz” se encontraba engalanada. Ahí, en la llamada “Casa del Conde Rul”[23] se preparaba el encuentro “oficial” con el presidente Calderón, el intercambio de regalos según el uso protocolario y, sobre todo, el mensaje de Su Santidad a los niños, quienes no son sólo “el futuro”, sino el presente de México: el contagio de su alegría, de su inocencia, de su búsqueda de la belleza, de su orientación a la aceptación de las maravillas de la vida, pero que también están amenazados por una adultez prematura y falsa, por la vulgaridad y la grosería, por el consumismo y la introducción en sus mentes de la violencia y el cansancio que desgasta el porvenir, no pocas veces por medios de “juegos” electrónicos que son tolerados por sus padres y no tienen reglamentación por parte de la autoridad pública. De ahí el riesgo de un crecimiento con cierta atrofia en la posibilidad de distinguir entre el bien y el mal.

  En el encuentro en el interior de la casona virreinal, el Papa le obsequió al presidente una de las hermosas reproducciones de códices antiguos y medievales que la Biblioteca Apostólica Vaticana ha impreso en los últimos años, de una calidad extraordinaria. Se trató de un Liber Pontificalis, ceremonial de la liturgia papal, cuyo original es un regio manuscrito iluminado hecho para el Papa Bonifacio IX entre 1398 y 1400. En sus páginas contiene, además de las indicaciones jurídicas de las celebraciones, el sentido alegórico de los indumenta et ornamenta, es decir de las vestiduras y los objetos sacros. Por ejemplo, se relaciona la casulla con “vestirse de la caridad.”[24] Además de su evidente valor como obra de arte, es una fuente básica para el estudio de la liturgia romana.

  Trascendió que los regalos de la familia de Calderón fueron: una estola bordada por mujeres purépechas de parte de Margarita, cuentos clásicos y leyendas mayas de parte de la hija María y el pequeño Juan Pablo le dio al Papa su cinta de karate, recuerdos de su primera comunión y playeras de la selección nacional de futbol.[25]

  Las esperadas palabras papales dirigidas a los niños fueron directas, sinceras y sencillas: de la alegría verdadera nace la paz; de ella, la ruta del bien y para permanecer y crecer en ella, están los lugares de encuentro con Dios, misteriosos pero auténticos: la oración, el conocimiento de la fe, la solidaridad con los demás. La palabra clave en este lugar fue: invitación, pues el Evangelio es eso, no la imposición de una costumbre.

  Les manifestó, pues, en primer lugar, su alegría de encontrarlos y de “ver sus rostros alegres.” Afirmó cómo ellos “ocupan un lugar muy importante en el corazón del Papa” y de modo especial “los que soportan el peso del sufrimiento, el abandono, la violencia o el hambre.” “He venido para que sientan mi afecto. Cada uno de ustedes es un regalo de Dios para México y para el mundo.” Y tras el afecto, el mensaje: “[…] Dios quiere que seamos siempre felices. Él nos conoce y nos ama. Si dejamos que el amor de Cristo cambie nuestro corazón, nosotros podremos cambiar el mundo. Ese es el secreto de nuestra felicidad.” “[…] Él quiere escribir en cada una de sus vidas una historia de amistad. Ténganlo, pues, como el mejor de sus amigos. Él no se cansará de decirles que amen siempre a todos y hagan el bien. Esto lo escucharán si procuran en todo momento un trato frecuente con Él, que les ayudará aun en las situaciones más difíciles.”

  Esa apertura del corazón lleva a habituarse en la vida en el camino del bien, “un estilo de vida cristiano”: “[…] Participen en la Misa del domingo, en la catequesis, en algún grupo de apostolado, buscando lugares de oración, de fraternidad, de caridad…Los invito a rezar continuamente, también en casa; así experimentarán la alegría de hablar con Dios en familia.”

  Exhortó a todos los que se encuentran cerca de los niños a responsabilizarse de ellos y de su lugar en la patria diciendo: “[…] Su familia, la Iglesia, la escuela y quienes tienen responsabilidad en la sociedad, han de trabajar unidos para que ustedes puedan recibir como herencia un mundo mejor, sin envidias ni divisiones.” Y, al final, subrayó su presencia cercana: “[…] Yo rezaré por ustedes, para que México sea un hogar en el que todos sus hijos vivan con serenidad y armonía. Los bendigo de corazón y les pido que lleven el cariño y la bendición del Papa a sus padres y hermanos, así como a sus demás seres queridos. Que la Virgen les acompañe.”

  Mensaje breve, pero digno de ser meditado con delicadeza y calma.

  6.- Un domingo pleno y profundo.

  El acto principal de la visita pastoral a México fue la celebración eucarística del domingo 25, señalado en el calendario litúrgico como quinto de cuaresma, enmarcado en las lecturas bíblicas de Jeremías 31, 31-34 –“Esta será la alianza nueva…Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”--, el Salmo 50 con la antífona: “Crea en mí…un corazón puro” y el evangelio de San Juan, 12, 20-33: “El que se ama a sí mismo, se pierde…Cuando yo sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí.” Por consiguiente, el mensaje tomó la forma de homilía, término que en griego significa simplemente: conversación y que con sencillez la Instrucción General del Misal Romano la describe así: “[…] es parte de la Liturgia…pues es necesaria para alimentar la vida cristiana.”[26] Como alimento, pues, de  vida cristiana, había y hay que tomar las palabras de Benedicto ese día en la explanada “Bicentenario.”

  El ambiente de espera era por demás festivo: el amplísimo espacio lleno de gente pero sin sensación de opresión de multitudes o de anonimato: tal parecía que todos se hubieran conocido antes y formaran –como de hecho formaban-- una gran comunidad. El cielo de un azul espléndido y la luz del día radiante y trasmisora de calidez. En el fondo la “montaña de Cristo Rey”, el centro geográfico de México, testigo pétreo de la defensa histórica de la libertad religiosa. Dominaban entre la gente los colores claros, las camisetas con letreros alusivos a Jesucristo, al Papa y a la Iglesia, a la juventud presente, que levantaba la voz con júbilo auténtico. Orden, espacios amplios, servicios de emergencia y sanitarios, elementos necesarios para pasar largo tiempo. Sólo en la sección de invitados especiales había formalidad en el vestir. Si la prensa le dio publicidad a la presencia de los candidatos presidenciales: López Obrador de guayabera, Josefina Vázquez Mota de vestido oscuro al lado de su esposo y Peña Nieto sonriente y bien peinado, para la asamblea reunida ahí pasaron desapercibidos. Si algunos que parecen vivir en el siglo XIX consideraron lastimados sus ojos al ver comulgar al presidente y a su familia, a quienes formaban ahí la comunidad fue señal positiva que dio confianza.

  En el silencio expectante antes de la llegada del pontífice, pudimos apreciar el escenario, el presbiterio efímero para la celebración: blanco por todas partes, blanco interrumpido por el frontal de plata del altar. La plata de Guanajuato, la plata para el arte que no solamente muestra la habilidad artesanal sino se vuelca en gloria a Dios. En una pared blanca nueva un crucifijo de viejas reminiscencias, detrás de cuyos brazos y cabeza inclinada podía verse, como por una ventana, el azul del cielo. A un lado –“junto a la cruz de Jesús” dice el Evangelio—una imagen guadalupana enmarcada bellamente, de antes de la coronación de 1895, pues lleva sobre sus sienes la corona pintada.

  El color morado de la celebración en las casullas de los concelebrantes daba a la escena un tinte reflexivo. El Papa en el centro, flanqueado solamente por el cardenal Bertone, Secretario de Estado, Don José Guadalupe Martín Rábago, arzobispo de León y los diáconos.

  El prelado leonés tomó la palabra para saludar y dar la bienvenida al Santo Padre. No pude dejar de recordar la ecuanimidad con la que habló en mayo de 1993 en Guadalajara a la hora del asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas y dejar ahora de reconocer la aguda mirada teológica del pastor maduro sobre el paso de la historia por la generación que vive hoy y la que adviene.

  Calificó, en primer lugar, el día que transcurría como un “acontecimiento de gracia” y a quien presidía la Eucaristía como “[…] mensajero de buenas nuevas [que] viene a reanimarnos, a invitarnos a conseguir metas superiores de vida cristiana…a alentarnos…Es muy claro que el afán que…lo trajo hasta nuestra tierra no es sino realizar el oficio de amor que como Sumo Pontífice le corresponde: hacer presente con sus palabras y ejemplo al supremo Pastor y guardián de nuestras almas.”

  Asumió en términos de los profetas bíblicos la situación de México: “veo en la ciudad dolor, dentro de ella calamidades, penosa sensación de temor, impotencia y duelo.” Y se asomó a sus “raíces perversas: la pobreza, la falta de oportunidades, la corrupción, impunidad, la deficiente procuración de justicia”

 y al ámbito más amplio de esas situaciones: “el cambio cultural  que lleva a la convicción de que esta vida sólo vale la pena ser vivida si permite acumular bienes y poder rápidamente, sin importar sus consecuencias y costo.” Es una “grave crisis de moralidad, porque se ha debilitado y relativizado la experiencia religiosa en algunos sectores de nuestro pueblo, con graves consecuencias en la vivencia y educación de los valores morales.

 “Sin embargo –subrayó— la inmensa mayoría de nuestra gente no quiere caminar por caminos de muerte y destrucción; anhela más bien vivir en paz y gozar de la felicidad en Cristo. Para alcanzar tan legítimos deseos necesitamos predicar el evangelio de la conversión que nos lleve a realizar gestos concretos de reconciliación, justicia y paz y fortalecer la convicción en una espiritualidad que sana, fortalece y humaniza, que lleva a forjar una sociedad con rostro humano y solidario.” Por consiguiente –concluyó—“no obstante las dudas, esperamos el desenlace positivo de la vida.”

  Tras las palabras del arzobispo, Benedicto XVI le entregó una obra artística realizada en el taller de mosaico del Vaticano, lugar donde se ha rescatado y dado modernidad al antiguo arte musivo, tan propio de las iglesias románicas y orientales, las basílicas romanas y las iglesias prerrománicas y románicas del vasto Occidente europeo. Representa, con elementos tradicionales y modernos, a Cristo Rey del universo y estará, como don pontificio, en algún lugar del santuario del “cerro del Cubilete.” El peso evocador y proyectivo, dulce y amargo, de la historia del catolicismo mexicano en el siglo XX quedó ahí en silenciosa representación.

  La Misa transcurrió según su ritual propio, con cantos participados por el pueblo en alternancia con los coros y una orquesta bien provista. Las lecturas bien leídas expresaron la diferencia entre la proclamación de la palabra divina en la asamblea y la lectura privada de cada uno.

   Recibió el Papa el texto de su homilía y la inició con una invitación a prepararse a la Pascua ya cercana: “[…Exclamar:] ‘Crea en mí, Señor, un corazón puro’…nos ayuda…a mirar muy dentro del corazón humano, especialmente en los momentos de dolor y de esperanza a la vez, como los que atraviesa en la actualidad el pueblo mexicano y también otros de Latinoamérica.”

  En el itinerario del pueblo de Israel –continuó—se tomó “conciencia de la persistencia del mal y del pecado…como un poder prácticamente implacable e imposible de superar.” Al lado de esa conciencia se afianzó la de  recurrir a la confianza en “la misericordia infinita del Señor, que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.” Israel, “a la hora de afrontar su…destino más decisivo, la salvación, más que en sus propias fuerzas, pone su experiencia en Dios, que puede recrear un corazón nuevo, no insensible ni engreído.” De esta experiencia podemos extraer que “cuando se trata de la vida personal y comunitaria en su dimensión más profunda, no bastarán las estrategias humanas para salvarnos.”

  A propósito del deseo de algunos griegos de ver a Jesús, expuesto en el Evangelio, hizo ver cómo “[…] al que quieren ver…lo verán levantado en la cruz, la cual atraerá a todos hacia sí…Allí comenzará la ‘gloria’, a causa de su sacrificio de expiación por todos, como el grano de trigo caído en la tierra que muriendo, germina y da fruto abundante.”

  Mencionó la cercanía con el monumento a Cristo Rey, “este lugar emblemático de la fe del pueblo mexicano”, el deseo de su predecesor de haber estado ahí y, en referencia al signo escultórico dijo: “[…] las coronas que le acompañan, una de soberano y otra de espinas, indican que su realeza no es como muchos la entendieron y la entienden…Se funda en un poder más grande que gana los corazones: el amor de Dios que él ha traído al mundo con su sacrificio y la verdad de la que ha dado testimonio.”  Y en alusión, sin duda, a que en el monumento se han realizado en los últimos años concentraciones de coloración política integrista, subrayó la vocación del sitio: “[…] es justo que, por encima de todo, este santuario sea un lugar de peregrinación, de oración ferviente, de conversión, de reconciliación, de búsqueda de la verdad y acogida de la gracia.” ¡Todo un programa de fe puesta en práctica!

  Concluyó la homilía recordando la Misión continental propuesta en la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Aparecida que se está llevando adelante y el Año de la fe con motivo de los cincuenta años del inicio del Concilio Vaticano II, “[…] invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo [pues]…la fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo.”

  En medio de gritos entusiastas, Su Santidad se retiró a descansar. Un lazo mariano, sin embargo, quedó tendido entre el rezo del “Ángelus”, acostumbrado domingo a domingo en la Plaza romana de San Pedro y las vísperas que habrían de entonarse en la Catedral Basílica de Nuestra Señora de la Luz en León a la caída de la tarde.

  Allí, en un ambiente también festivo aunque con signos de mayor compostura, se encontró con un buen número de miembros del Episcopado mexicano y de Latinoamérica. Para saludarlo, tomó la palabra de modo sobrio y abierto, Monseñor Carlos Aguiar Retes, presidente de la Conferencia Mexicana y del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM).

  Éste saludó al Papa recordando, ante todo, los trabajos realizados cinco años atrás en Aparecida, Brasil y los desafíos que el siglo XXI plantea a la Iglesia que peregrina en este continente. Habló de que ya se experimentan algunos frutos, el primero de ellos, “el compromiso misionero de los creyentes”, originado en la actitud atenta ante “la roca de la palabra de Dios”. Se mostró convencido de que “la fe se fortalece creyendo”, que de “la intimidad con el Señor de la historia crecen los valores evangélicos ante los nuevos escenarios” y que la “Iglesia está viva…y hemos de sumarnos a la persona y el ministerio de Jesucristo, dejarnos conducir por Él.” “[…] Sabemos que la Iglesia, al dejarse conducir fielmente por el Espíritu Santo cumple con creces su misión” En 2009 en México se renovó la consagración al Espíritu Santo: “[…] Nos motivó hacerlo la fe y esperanza que mostraron los obispos de México al inicio del siglo XX, cuando nuestro pueblo sufría una violenta revolución social y un dramático y trágico conflicto religioso entre la Iglesia y el Estado. Hoy también confiamos que el auxilio divino se derrame en este país para afrontar y superar los nuevos y complejos problemas que nos aquejan.” Para ello habrá que “reavivar el celo apostólico y ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto para la vida.”

  Dio comienzo la celebración: el pausado canto recitativo de los salmos, la “lectura breve” y enseguida, la homilía del romano pontífice.

  Rompió el silencio con una alabanza a la Virgen, venerada en ese lugar con el bello nombre de “María Santísima de la Luz”. A ella –dijo--: “la imploramos frecuentemente como ‘esperanza nuestra’, porque nos ha mostrado a Jesús y trasmitido las grandezas que Dios ha hecho y hace a la humanidad, de una manera sencilla, como explicándolas a los pequeños de casa.”

  Después de un acercamiento somero al contenido de los salmos y de la lectura breve, que expusieron el no reconocimiento a Cristo de los habitantes de Jerusalén y cómo “la piedra de tropiezo se transformó en ‘piedra angular’”, se dirigió a los obispos en términos que expresaron un auténtico afecto colegial y el cumplimiento de la misión petrina de “confirmar en la fe a los hermanos”:

  “[…] Al ver en sus rostros el reflejo de las preocupaciones de la grey que apacientan, me vienen a la mente las Asambleas del Sínodo de los Obispos, en las que los participantes aplauden cuando intervienen quienes ejercen su ministerio en situaciones particularmente dolorosas…Ese gesto brota de la fe en el Señor, y significa fraternidad en los trabajos apostólicos…El sucesor de Pedro participa de estos sentimientos y agradece su solicitud pastoral paciente y humilde. Ustedes no están solos en los contratiempos, como tampoco lo están en los logros evangelizadores. Todos estamos unidos en los padecimientos y en la consolación…”

  Hizo mención de los primeros evangelizadores que “dieron todo por Cristo, mostrando que el hombre encuentra en él su consistencia y la fuerza necesaria para vivir en plenitud y edificar una sociedad digna del ser humano, como su Creador ha querido.” De estas raíces proviene que “la fe católica ha marcado significativamente la vida, costumbres e historia de este Continente, en el que muchas de sus naciones están conmemorando el bicentenario de su independencia.”

  Encomendó de modo especial a los obispos el cuidado “con gran esmero, de los seminaristas” y, hacia los presbíteros, “la cercanía”, pues “nunca debe faltar la comprensión y el aliento de su obispo y, si fuera necesario, también su paterna admonición sobre actitudes improcedentes.” De igual manera, a los miembros de la vida religiosa y, desde luego, a los fieles laicos, “[cuya] formación en la fe es crucial para hacer presente y fecundo el evangelio en la sociedad de hoy…No es justo que se sientan tratados como quienes apenas cuentan en la Iglesia, no obstante la ilusión que ponen en trabajar en ella según su propia vocación, y el gran sacrificio que a veces les supone esta dedicación.”

  Concluyó la homilía con una invocación y deseos de bendición: “[…] Que la Madre de Dios, en su advocación de María Santísima de la Luz, disipe las tinieblas de nuestro mundo y alumbre nuestro camino, para que podamos confirmar en la fe al pueblo latinoamericano en sus fatigas y anhelos, con entereza, valentía y fe firme en quien todo lo puede y a todos ama hasta el extremo.”

  Había caído la noche. Las líneas fecundas de los mensajes papales y la profundidad de los signos de sus manos, como un cálido abrazo, pedían asimilación, reflexión, proyección. En particular, las invitaciones, henchidas de contenido, de darle vida a la fe y a los carismas que el Señor ha repartido a manos llenas en el pueblo al que ha convocado.

  Siguió una cena, que podríamos calificar de fraterna. Al término de ella, en nombre del Santo Padre, habló el cardenal Secretario de Estado, Tarsicio Bertone.

  Como prólogo, observó cómo esos pocos días, profundos en significado, eran “[…] ocasión de profunda alegría al ver cómo esta querida Nación ha abierto una vez más de par en par sus puertas al Sucesor de Pedro, manifestando así la grandeza de espíritu de sus hijos, su fina hospitalidad y la recia fe católica arraigada en ellos.” ¡Tres elementos que, más que enorgullecernos, habrán de convocarnos a analizarlos y potenciarlos!

  El tema central de sus palabras, en congruencia con su oficio propio en el ámbito de las relaciones internacionales, se tejió sobre el papel de la diplomacia, la libertad religiosa y el compromiso a favor de los derechos humanos y la cultura.

  Conmemoró los veinte años de las relaciones diplomáticas entre México y la Santa Sede e hizo hincapié en que “[…] tanto la Iglesia como el Estado tienen la común tarea, cada uno desde su misión específica, de salvaguardar y tutelar los derechos fundamentales de las personas.” En el punto de la libertad religiosa expuso: “Es de desear que en México este derecho fundamental se afiance cada vez más, conscientes de que…va mucho más allá de la mera libertad de culto, [pues] impregna todas las dimensiones de la persona humana, llamada a dar razón de su propia fe, y anunciarla y compartirla con otros, sin imponerla, como el don más preciado recibido de Dios.”

  A propósito de quienes ejercen funciones públicas, recalcó: “[…] La Iglesia no deja de exhortar a todos para que la actividad política sea una labor encomiable y abnegada a favor de los ciudadanos y no se convierta en una lucha de poder o una imposición de sistemas ideológicos rígidos, que tantas veces dan como resultado la radicalización de amplios sectores de la población.”

  Y haciéndose eco de las enseñanzas de Benedicto XVI, habló del compromiso de los obispos hacia la dimensión social de la pastoral, hacia: “[…] los más variados proyectos de solidaridad que han alentado a tantos a salir del egoísmo para ayudar en las necesidades sociales más básicas y urgentes y…a las iniciativas dirigidas a la promoción de los derechos de cada hombre y cada pueblo, la defensa de su libertad y el cultivo del arte y la cultura.”

  Finalizó: “Si en esta misión ha habido alguna sombra, eso no empaña el esplendor del Evangelio, siempre presente para purificar y alumbrar nuestro camino, que hoy pasa por [la] revitalización de la fe.”

  7.- La despedida a un pueblo esperanzado.

   El lunes 26 de marzo amaneció en Guanajuato con un cielo despejado, sin una sola nube.

   El aeropuerto del Bajío lleno bajo la luz del día. Mariachis y cantos. No habría de faltar la canción propia de las despedidas: “Las golondrinas”, cantada en sus orígenes por los sefarditas expulsados de España por los Reyes católicos en el Norte de África y en el Levante y trasplantada y aclimatada a estas tierras americanas hace muchísimo tiempo.

  Su Santidad llegó en el “papamóvil” y se dirigió al estrado. Ahí estaba el presidente y su esposa, Doña Margarita, vestida ahora en combinación de azules.

  Felipe Calderón, después de los saludos de rigor, resumió los hechos vividos: “[…] tres días de intensa emoción, en los que se han encontrado el profundo pensamiento y el afecto de un líder espiritual, con la entrega de un pueblo que expresa su fe en plena libertad…Al recibir a Su Santidad…lo hemos hecho con profunda alegría y con lo mejor de nuestra hospitalidad…Tenga siempre presente a México y abogue por él.”

  Y siguió: “[…] Estoy seguro que su visita hará que el alma de muchos compatriotas pueda superar, como usted lo ha buscado, el cansancio, recuperar la alegría y la felicidad interior…Coincidimos con usted en el anhelo de que en cada hogar se fortalezcan los valores de familia, de respeto a la libertad y a la dignidad de la persona, de justicia…Ha quedado…claro su mensaje de que esos valores pueden evitar que los jóvenes caigan en la ambición del dinero fácil e ilimitado, a través de caminos falsos de violencia o de delincuencia…Le agradecemos sus oraciones por los mexicanos y, en especial, por nuestros niños, sus gestos de consuelo por los que sufren. Sus palabras que han reencendido el aliento de muchas de las almas que lo han visto y lo han oído.”

  “Espero que durante estos días…haya constatado que el pueblo mexicano, a pesar de las difíciles circunstancias que ha vivido, no está ni estará desesperanzado…”

  Antes de estrechar las manos para despedirse del gabinete presidencial, del gobernador de Guanajuato y de otros funcionarios, Benedicto expresó lo que bien puede considerarse su legado para el porvenir de México. Mensaje profundamente religioso y profundamente motriz, cuyas palabras fueron expresadas –como lo dijo él mismo—con energía y claridad, como ardiente aliento:

  “[…] Deseo reiterar con energía y claridad un llamado al pueblo mexicano a ser fiel a sí mismo y a no dejarse amedrentar por las fuerzas del mal, a ser valiente y trabajar para que la savia de sus propias raíces cristianas haga florecer su presente y su futuro.

  “[…Comparto] tanto las alegrías como el dolor de mis hermanos mexicanos para ponerlos en oración al pie de la cruz, en el corazón de Cristo, del que mana el agua y la sangre redentora.

  “[…] Aliento ardientemente…a no ceder a la mentalidad utilitarista que termina siempre sacrificando a los más débiles e indefensos…Para los católicos, [la] contribución al bien común es también una exigencia de esa dimensión esencial del evangelio que es la promoción humana, y una expresión altísima de la caridad.”

  Y dio fin a sus palabras: “[…] les digo ¡adiós! en el sentido de la bella expresión tradicional hispánica: ¡Queden con Dios! Sí, adiós, hasta siempre en el amor de Cristo, en el que todos nos encontramos y nos encontraremos. Que el Señor los bendiga y María Santísima los proteja.”

  El eco de lo dicho y del intercambio sincero entre los mexicanos y el sucesor de san Pedro quedó en Guanajuato y en el país entero: palabras para los oídos, pero sobre todo para el corazón que late y las manos que trabajan. La Iglesia es un edificio que se construye y no una casa solitaria. Ese momento fugaz de adiós pareció trascender la cárcel del tiempo y situarse en el horizonte de la eternidad, abrazado por el Señor de la historia, Jesucristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre.

  El avión “Sestriere” de Alitalia tardó en encontrar el lugar de la partida, tal como si la pista fuera un laberinto; los ojos de todos, deslumbrados por el sol de mediodía, lo siguieron hasta que su blanca estela se perdió al buscar su ruta hacia la isla de Cuba. El cielo mostraba el mejor de sus azules, el de la cercanía de la Pascua, el azul que Miguel Ángel Buonarroti supo darle al mural del Juicio Universal de la Capilla Sixtina que queda fijo en la memoria visual para siempre.

II

EN CUBA: LA ALEGRÍA DE LOS CANTOS Y EL ANSIA DE LIBERTAD.

   1.-  Cuba, nación de sufrimientos y esperanzas.

  De Cuba no es fácil hablar con propiedad, pues puede caerse en los extremos. La politización casi automática de toda referencia afecta la visión serena que fácilmente se transforma en partidista, como en los años de la “guerra fría.” Lo expresó de modo excelente en noviembre de 1998, el poeta y escritor cubano Eliseo Alberto, “Lichi”, fallecido en México en 2011: “[…] He vivido siempre en la revolución cubana. Y he leído lo que muchos escriben sobre ella…Los divido en dos grandes grupos: los apologistas de la virtud y los apologistas del defecto. En ambos casos, caen en la misma trampa…”[27]

  Y precisamente de esta dificultad nace la delicadeza que merece el hecho de la presencia de Benedicto XVI en marzo de 2012, que, más que en el caso mexicano, está ligada intrínsecamente a la de Juan Pablo II en enero de 1998.[28]

  Había, pues, que tener los ojos y los oídos atentos a imágenes y palabras  de esta visita y sus circunstancias y evitar lo más posible las comparaciones, aunque teniendo en cuenta la larga duración de un régimen político, de un modo de vida en sociedad y de una vivencia difícil de las expresiones religiosas. Por tanto, no era posible una recepción aséptica, pero tampoco prejuiciada o reductivamente política, sobre todo porque esos días se habían preparado desde meses atrás con una peregrinación fervorosa por todos los rincones del país con la imagen de Nuestra Señora de la Caridad. Esta peregrinación recorrió 8,000 kilómetros y tocó a 5’500,000 de cubanos, porción mayoritaria de los habitantes de la isla. El arzobispo de La Habana, cardenal Jaime Ortega Alamino, en una entrevista a la Radio Vaticana la calificó como “una primavera” y como “recuperación del sentido de lo sagrado.” A la vez en cardenal veía la venida del “peregrino de la caridad” como un acontecimiento que iría “más allá del sentimiento.” Las imágenes del paso de la venerada imagen por todos los rincones de la isla, que pueden verse en internet, los cantos nuevos y antiguos y el fervor son impresionantes.[29]

   El viaje que surcó el aire sobre el golfo de México se retrasó unos veinte minutos, tal vez por los vientos en contra. Este retraso permitió que la trasmisión del Centro Televisivo Vaticano, que fue la que seguí en todo momento, ocupara este tiempo con la melodiosa y rítmica  Misa cubana a la Virgen de la Caridad del Cobre estrenada en 1996, exvoto a ella de su autor, el célebre José María Vitier, en la grabación con las voces de Amaury Pérez, Bárbara Llanes y el Coro “Exaudi” de Santiago, que ha rescatado también la música virreinal, comparable con cualquiera europea del tiempo del Padre dominico Esteban Salas.

  Al oír los inspirados acordes, imaginamos sin dificultad la barca con el indio, el negro y el español a bordo–los tres Juanes-- que, según la tradición, encontró en medio de una feroz tormenta que amainó con el hallazgo, hace cuatrocientos años, de la imagen: “[…] Déjame tomar asiento en tu preciosa canoa y volar al cielo pronto, navegando por el viento.

  “Muéveme el divino aliento y súbeme a los albores, donde ángeles ruiseñores abren las albas al día…

  “…pues que parece que vacía, la ingrávida barca vuela, llevando impoluta estela por donde pasa María.

  “…Madre de Dios, paz de tempestad surgida, fe de mi alma prendida…llévame…”

  Se diluyeron las notas y se anunció el arribo del pontífice. El firmamento sobre Santiago de Cuba mostraba nubes aborregadas en un azul metálico que parecía discontinuo con el intenso azul de Guanajuato; era, sin embargo, el mismo cielo que cubre el mundo.

  La recepción en el aeropuerto, como todo en Cuba, contrastante. A pesar de que el presidente Raúl Castro (General de Ejército, Presidente de los Consejos de Ministros y de Estado, como lo menciona la papelería oficial) acudió vestido de civil, el ambiente era militar: hasta los pilotos y azafatas de la nave papal se colocaron en fila. Veintiún cañonazos para recibir a un jefe de Estado, desfile de tropa, presentación de armas, saludo a las banderas e himnos nacionales. No obstante, hubo también un ambiente de fiesta, exclamaciones alegres con marcado acento caribeño y cantos igualmente alegres: “¡Benedicto, hermano, quédate conmigo aquí en Santiago! “El Papa llegó a Santiago ya, a peregrinar por la caridad” Se leía en una manta: “¡Bienvenido a Cuba, peregrino de la caridad!”

  El rostro del pontífice al pisar la tierra cubana demostraba rasgos de cansancio. ¡Las jornadas mexicanas habían sido pesadas, no cabía duda! Conforme transcurrió el tiempo, el cansancio se disipó, sin duda por la contagiosa alegría de un pueblo que sabe mostrar con espontaneidad el afecto y entregar el corazón. Después de saludar a un grupo de niños  --cuando se dirigió a uno se oyó a pregunta: “—¿Ya hiciste tu primera comunión? y su respuesta afirmativa-- al arzobispo local, a obispos cubanos y a miembros del gobierno, se dirigió el Papa a un cobertizo bajo el cual estaban dos grandes sillones de mimbre, aptos para el clima tropical. Tomó la palabra Raúl Castro; un discurso largo y complejo, muy diferente al que hace catorce años pronunció su hermano Fidel con frases cortadas a la medida --según se dijo-- por Gabriel García Márquez.

  Comenzó: “Cuba lo recibe con afecto y respeto y se siente honrada con su presencia. Encontrará aquí un pueblo solidario e instruido que se ha propuesto alcanzar toda la justicia y ha de lograrla con sacrificio.

  “De Martí aprendimos a rendir culto a la dignidad plena del hombre y heredamos la fraterna fórmula que seguimos hasta hoy: ‘con todos y por el bien de todos’…El verdadero rostro de la Patria es el de la justicia y el de la libertad.”

  Y dirigió sus palabras contra Estados Unidos, “[…] la potencia que ha intentado despojarnos y quitarnos el derecho legítimo cuando seguimos nuestro propio camino…A Cuba se le calumnia, [pero] la verdad siempre se abre paso…El bloqueo persiste, decidido en Estados Unidos para causar hambre, desesperación…

  “Hemos enfrentado carencias, pero no hemos claudicado…Decenas de miles de médicos han trabajado…se ha devuelto la visión a 2’200,000…se ha  enseñado a leer a millones…

  Se refirió después al “hallazgo y presencia” de la Virgen de la Caridad, que lleva “bordado en su manto el escudo nacional.” “[…] La peregrinación ha unido a los cubanos, creyentes y no creyentes…sobre todo en Santiago, donde se hizo la liberación de los esclavos ochenta años antes que en el resto del país.”

  En cuanto a la Iglesia católica, apuntó que las relaciones diplomáticas con la Santa Sede no se han interrumpido jamás desde que se establecieron y que en el interior son “buenas…de plena libertad religiosa.”

  Aludió hacia el final a la problemática mundial actual: “[…] Hace casi veinte años Fidel habló de las crecientes amenazas a la paz: el agua y los alimentos…podría eliminarse la pobreza con mucho menos de lo que se gasta en armamento…Las finanzas son un poder opresivo: sigue el consumo irracional…mientras crecen los marginados, los ‘indignados.’”

  Y concluyó, agradeciendo la presencia papal y subrayando que la problemática mundial tiene “una dimensión moral…la falta de verdadera democracia…el sueño bicentenario de la justicia.”

  Tras un apretón de manos al presidente cubano, Su Santidad dio principio a su discurso de llegada.

  Ante todo, un saludo y la explicación del sentido de su presencia: “[…] Vengo a Cuba como peregrino de la caridad, para confirmar a mis hermanos en la fe y alentarlos en la esperanza…”

  Hizo memoria de la “huella imborrable” de la visita, catorce años atrás, de Juan Pablo II: “[…] su ejemplo y sus enseñanzas constituyen una guía luminosa que les orienta…Su paso por la isla fue como una suave brisa de aire fresco que dio nuevo vigor a la Iglesia en Cuba, despertando en muchos una renovada conciencia de la importancia de la fe, alentando a abrir los corazones a Cristo, al mismo tiempo que alumbró la esperanza e impulsó el deseo de trabajar audazmente por un futuro mejor.”

  Tocó el tema de “una nueva etapa, [aunque todavía imperfecta] en las relaciones entre la Iglesia y el Estado cubano,”, que se viven “con un espíritu de mayor colaboración y confianza.”

  A propósito de “la entrañable figura” de la Virgen de la Caridad del Cobre, “verdadera madre del pueblo cubano,” subrayó el sentido de la devoción a ella, “la Virgen Mambisa”, que ha sostenido la fe y alentado la defensa y promoción de cuanto dignifica la condición humana y sus derechos fundamentales.” Y dijo para finalizar: “[…] Estoy convencido de que Cuba…está mirando ya al mañana y…se esfuerza por renovar y ensanchar sus horizontes, a lo que cooperará ese inmenso patrimonio de valores espirituales y morales que han conformado su identidad más genuina y que se encuentran esculpidos en la obra y la vida de muchos insignes padres de la patria, como el Beato José Olallo y Valdés[30], el siervo de Dios Félix Varela o el prócer José Martí.”

  La mención del Padre Varela, nacido en La Habana en 1787 y muerto en Nueva York en 1853, es obligada si se trata de aludir a la historia de la cultura en Cuba, de las líneas políticas confusas del siglo XIX hispánico, de la inspiración cristiana de la vida profesional y de la pedagogía de la juventud. Su trayectoria, abierta en todo momento a la reflexión sobre el papel del pensamiento en la realidad cotidiana, abrió caminos a los cubanos del siglo XIX para aspirar a la independencia y oponerse al despotismo fuera éste de corte conservador o liberal. Enseñó “a pensar con cabeza propia” –“mi único orgullo es oír hablar a mis discípulos con ideas propias” dijo[31]-- y ello le acarreó incomprensiones, persecuciones y destierro. El derrotero de su vida singular lo describió así una de sus mejores estudiosas, la pedagoga Perla Cartaya Cotta: “[…] El inolvidable mentor de la juventud cubana fue siempre un ejemplar sacerdote y hombre de batalla…Fue siempre hombre de criterio propio y sólidas convicciones personales. Y supo vivir de acuerdo con ellas. La defensa de nuestra Iglesia, la católica, y a su patria, estaban en su sentimiento indisolublemente unidas. Sabía que en el amor estaba la fuerza necesaria para salvar a Cuba, porque sólo el amor da valor y entereza para vencer todos los escollos.”[32]

  Benedicto XVI indudablemente llevaba todo esto en su maleta de viaje a Cuba, pues pocos como él han captado la importancia de la cultura como cuna de la auténtica libertad, nacida del descubrimiento y cultivo de la verdad.

  Después de la recepción en el aeropuerto de Santiago, fueron las calles, repletas de hombres y mujeres de todas las edades pero principalmente jóvenes, vestidos con ropas ligeras de colores llamativos, las que le dieron la acogida popular a quien venía a hacerse uno con ellos en su peregrinación hacia el lugar bendito de la patrona de los cubanos que viven en la isla y de los que forman una amplia diáspora y no siempre comprenden la valía de los que han permanecido a pesar de la dureza de la vida.

  Descanso, preparación para continuar el esfuerzo iniciado, diálogos privados. En las cercanías del Papa estuvo en todo momento el Padre Carlos María de Céspedes, descendiente del prócer de la independencia, artífice primordial y paciente de la difícil recuperación de la confianza entre el gobierno revolucionario cubano –y en concreto de los hermanos Castro—y la Iglesia católica así como de mantener encendida la antorcha de una pequeña pero significativa intelectualidad católica en las últimas décadas. Pocos conocen su papel, pues ha cubierto su acción con la modestia.

 El lunes 26 tuvo lugar la celebración eucarística en la plaza “Antonio Maceo” –“la más socialista de todas las plazas del mundo” ha dicho alguno-- de Santiago. Llovía, primero ligeramente, después con más fuerza, pero en ningún momento como lluvia torrencial. La gente se cubrió con lo que pudo pero no abandonó su puesto. Las melodías alegres y los cantos daban testimonio de que Santiago, la antigua capital y la sede del arzobispo primado es una ciudad musical desde tiempos remotos, música que es fusión armónica de culturas, como lo dijo el compositor José María Vitier a propósito de la Misa a la Virgen de la Caridad del Cobre, que “recoge el legado europeo de la música sacra, la tradición de la música cubana culta y popular y los ritmos e instrumentos de la herencia africana.” ¿Se tratará de un adelanto de la armonía, de la reconciliación entre los cubanos, manifestada proféticamente en las tres raíces de los ocupantes de la barca de la Virgen? Ojalá. Se escuchaba y casi se bailaba al ritmo alegre: “Cantamos con alegría…cantando nos iluminas con tu mirada, con tu palabra…” “Todos tus hijos a ti cantamos, Virgen Mambisa, haznos hermanos.”

  Al oír la música de esa tarde santiaguera, no pude menos que recordar lo que hacia el final de la Misa que celebró Su Santidad Juan Pablo II en Santa Clara el 22 de enero de 1998, me preguntó Jacobo Zabludowsky, con quien compartía el estudio en La Habana, impresionado por los ritmos: “--¿qué podremos decir ahora que nos toque hablar?” Le contesté: “…que la rumba, el danzón y el son han sido canonizados.”

  Y al empezar a escuchar las palabras de Monseñor Dionisio García Ibáñez en su saludo al pontífice y sobre todo con el aplauso de la asamblea al mencionar el nombre de su antecesor Don Pedro Meurice Estiú, fallecido en 2011, recordé el vigoroso discurso de saludo al Papa Wojtyla de este último en esa misma plaza el 24 de aquel enero de 1998 estando presente Raúl Castro en representación del gobierno. Transcribo algunas líneas a causa de la enorme importancia que han seguido teniendo desde entonces hasta hoy y porque los conocedores de la evolución reciente de la sociedad cubana y de las relaciones entre los de la isla y la diáspora le conceden la categoría de idea motriz y a su autor de factor de unidad: “[…] Esta es una tierra indómita y hospitalaria, cuna de libertad y hogar de corazón abierto…Este es un pueblo noble y también un pueblo que sufre. Éste es un pueblo que tiene la riqueza de la alegría y la pobreza material que lo entristece y agobia hasta casi no dejarlo ver más allá de la inmediata subsistencia.

  “Este es un pueblo que tiene vocación de universalidad y es hacedor de puentes de vecindad y afecto, pero cada vez está más bloqueado por intereses foráneos y padece una cultura del egoísmo debido a la dura crisis económica y moral que sufrimos.

  “Nuestro pueblo es respetuoso de la autoridad y le gusta el orden, pero necesita aprender a desmitificar los falsos mesianismos.

  “Éste es un pueblo que ha luchado largos siglos por la justicia social y ahora se encuentra, al final de una de esas etapas, buscando otra vez cómo superar las desigualdades y la falta de participación.

  “…Cuba es un pueblo que tiene una entrañable vocación a la solidaridad, pero a lo largo de su historia ha visto desarticulados o encallados los espacios de asociación y participación de la sociedad civil, de modo que le presento el alma de una nación que desea reconstruir la fraternidad a base de libertad y solidaridad.

  “…Toda Cuba ha aprendido a mirar en la pequeñez de esta Virgen bendita…que la grandeza no está en las dimensiones de las cosas y las estructuras, sino en la estatura moral del espíritu humano.

  “Deseo presentar –seguía diciendo dirigiéndose al Papa-- a todos aquellos cubanos y santiagueros que no encuentran sentido a sus vidas, que no han podido optar y desarrollar un proyecto de vida por causa de un camino de despersonalización que es fruto del paternalismo.

  “Le presento además, a un número creciente de cubanos que han confundido la Patria con un partido, la nación con el proyecto histórico que hemos vivido en las últimas décadas y la cultura con una ideología…”

  “Durante años este pueblo ha defendido la soberanía de sus fronteras geográficas con verdadera dignidad, pero hemos olvidado un tanto que esa independencia debe brotar de una soberanía de la persona humana que sostiene desde abajo todo proyecto como nación.”[33]

  El saludo del arzobispo García Ibáñez inició con la profesión del “sano orgullo y la alegría de celebrar juntos la fe” y la seguridad de que la celebración “llegaría al corazón.” Habló igualmente del camino, no exento de dificultades de hacer de Cuba “una república próspera…para el bien de todos, como lo deseaba Martí…proceso que nunca termina, pues para ser un solo pueblo se puede ser diferente, pero es necesario luchar contra los egoísmos y la incapacidad de diálogo, contra la violencia entre cubanos y hay que superar las divisiones.”

  Apuntando al santuario de la Virgen dijo: “[…] el pueblo viene aquí buscando la vida, la paz, la esperanza. Que nuestro pueblo no tenga miedo de encontrar a Cristo y que camine con la certeza cristiana de que sólo el amor construye…Los cubanos suplicamos a la Madre y ofrecemos, junto al Cordero inmaculado, todas las luchas del pueblo cubano.”

  La Misa transcurrió con sus pasos habituales, salpicados con la música rítmica y festiva y la liturgia fue la del día: la Anunciación a María, la Encarnación del Divino Verbo. En torno a ese misterio “central de la fe cristiana” giró la homilía del Santo Padre, de una densidad teológica y pastoral extraordinaria. Cabe reflexionar sobre el peso de estas palabras, pronunciadas en un ambiente en el que se programó la educación sobre el ateísmo sistemático y donde aún no es posible la libertad educativa:

  “[…] El apóstol san Juan [dice]: ‘Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros.’ La expresión ‘se hizo carne’ apunta a la realidad humana más concreta y tangible. En Cristo, Dios ha venido realmente al mundo, ha entrado en nuestra historia, ha puesto su morada entre nosotros, cumpliéndose así la íntima aspiración del ser humano de que el mundo sea realmente un hogar para el hombre. En cambio, cuando Dios es arrojado fuera, el mundo se convierte en un lugar inhóspito para el hombre, frustrando al mismo tiempo la verdadera vocación de la creación de ser espacio para la alianza, para el ‘sí’ del amor entre Dios y la humanidad que le responde. Y así hizo María como primicia de los creyentes con un ‘sí’ al Señor sin reservas.

  Con el pensamiento en la obediencia de la Virgen, continuó: “[…] Esta obediencia a Dios es la que abre las puertas del mundo a la verdad, a la salvación. En efecto, Dios nos ha creado como fruto de su amor infinito; por eso vivir conforme a su voluntad es el camino para encontrar nuestra genuina identidad, la verdad de nuestro ser, mientras que apartarse de Dios nos aleja de nosotros mismos y nos precipita en el vacío. La obediencia en la fe es la verdadera libertad, la auténtica redención, que nos permite unirnos al amor de Jesús en su esfuerzo de conformarse a la voluntad del Padre. La redención es siempre este proceso de llevar la voluntad humana a la plena comunión con la voluntad divina.

  Y dejó caer un programa de acción para la comunidad eclesial: “[…] la Iglesia, al igual que hizo la Madre de Cristo, está llamada a acoger en sí el misterio de Dios que viene a habitar en ella…sé con cuánto esfuerzo, audacia y abnegación trabajan cada día para que, en las circunstancias concretas del país y en este tiempo de la historia, la Iglesia refleje cada vez más su verdadero rostro como lugar en el que Dios se acerca y encuentra con los hombres. La Iglesia, cuerpo vivo de Cristo, tiene la misión de prolongar en la tierra la presencia salvífica de Dios. Vale la pena…dedicar toda la vida a Cristo, crecer cada día en su amistad y sentirse llamado a anunciar la belleza y bondad de su vida a todos los hombres, nuestros hermanos.

  Concluyó: “[…] Ante la mirada de la Virgen de la Caridad del Cobre deseo hacer un llamado para que den nuevo vigor a su fe, para que vivan de Cristo y para Cristo, y con las armas de la paz, el perdón y la comprensión, luchen para construir una sociedad abierta y renovada, una sociedad mejor, más digna del hombre, que refleje más la bondad de Dios.”

  Como eco de la homilía y como programa de vida quedaron las palabras: “Sentirse llamado a anunciar la belleza y bondad de la vida de Cristo”, “construir una sociedad abierta y renovada…”

  Llovía más fuerte al terminar la celebración eucarística, se abrieron paraguas como en muestrario de colores, unos se cubrieron con gorras y sombreros; muchos levantaron el rostro y dejaron que se mojara con la fresca lluvia. Oscureció; el Papa ofrendó a la Virgen la “rosa de oro”, esa insignia que en sus albores medievales fue trofeo para los príncipes cristianos que defendían a la sede de Pedro y en el siglo XX se reservó para los santuarios marianos de mayor relevancia. Se retiró después a descansar; no cabía duda que deseábamos verlo al día siguiente con semblante descansado, como fue.

  La mañana del martes 27  fue de un sol esplendoroso, radiante. Mañana casi silenciosa para Benedicto; mañana de signos, de su visita orante al santuario de la Caridad, a ese lugar de la petición y la ofrenda del pueblo necesitado, en donde no hace mucho tiempo se vigilaba a quienes entraban para considerarlos enemigos de la revolución y por eso miembros prominentes del Partido Comunista llegaban como Nicodemo, velados por las sombras; en donde el escritor estadounidense Ernest Hemingway, nacido protestante, llevó su medalla del premio Nobel de literatura, recibida sobre todo por su relato “El viejo y el mar”, en señal de gratitud al pueblo que cooperó en su inspiración.

  Al llegar el pontífice, había música a la entrada, festiva, alegre. Ya en el santuario, sobriedad máxima: sonaban las notas de cantos marianos de raíces romanas, de raíces universales, cantados in urbe et in orbe: Ave maris stella, Salve Regina…vita, dulcedo et spes nostra…illos tuos misericordes oculos, ad nos converte…

  Plegaria silenciosa y antes de salir, una breve conversación que se alcanzó a oír, en alemán, con su secretario particular Monseñor Georg Gänswein y ante todo, algunas frases sentidas, muy sentidas: la alabanza al don de la imagen, “un regalo del cielo a los cubanos.” El agradecimiento por el amanecer florecido de la Iglesia: “a los campesinos que ofrecen sus casas como templo.” La encomienda: “el futuro de su patria.” “Que nada ni nadie les quite la alegría tan propia del alma cubana.”

  Acabada esa acción humilde, de hijo espiritual de María, se dirigió al aeropuerto en medio de un camino poblado de manos que saludaban y aplaudían. Cerca del avión, donde lo despidieron las autoridades eclesiásticas y civiles pudo apreciar, aunque rápidamente, la actuación de un ballet entre clásico y contemporáneo, de la escuela cubana, famosa en el mundo.

  2.- En La Habana: por los fueros de la verdad.

  Después de un corto vuelo, el Boeing 777 aterrizó en la capital del país. Raúl Castro parecía ubicuo, pues estuvo ahí para recibirlo, junto con el cardenal Ortega, el obispo auxiliar, el Padre Céspedes y autoridades locales.

  Por la tarde, la visita oficial, protocolaria, al Jefe de Estado. El lugar: el “Palacio de la Revolución”, edificio de una arquitectura que tal vez podría llamarse “socialista tropical”: bloques enormes de apariencia cuartelaria como en el Moscú soviético o en la Varsovia de posguerra, pero con tal cantidad de ramas de palmas en su interior que a ratos parecía que se adelantaba el Domingo de Ramos. Entre el Papa y Castro una intérprete que le pasaba al primero los dichos del presidente en italiano; siempre cerca, el Padre Céspedes.

  De la conversación privada trascendió la solicitud de Benedicto de que fuera el Viernes Santo día feriado en el país, completando la petición que Juan Pablo hizo a Fidel Castro y que fue atendida, de que lo fuera el día de Navidad.

  La parte semipública de la reunión consistió en el intercambio de regalos. Raúl Castro obsequió una escultura de bronce, de magnífica hechura, de la patrona de Cuba. Su Santidad, una reproducción excelente de la Geographia de Tolomeo, que en la Biblioteca Vaticana está clasificada como el Códice Urbino latino n. 274.[34] Castro se detuvo varios minutos contemplando el ejemplar en conversación animada con Don Carlos María de Céspedes: “—Está en latín. Tendrá usted que ayudarme.”

  El miércoles 28, entre aclamaciones, se dirigió el Papa a la “Plaza de la Revolución José Martí”, para celebrar la Eucaristía con una multitud de fieles presente. En un lado de este enorme espacio, la estatua silenciosa en un marco en verdad monumental, del prócer Martí, el poeta de “Guantanamera” y el luchador por las libertades esenciales reconocido en toda la gran patria latinoamericana, realizada por Juan José Sicre; en otro lado, en metal sobre paredes blancas, los rasgos del “Che” Guevara y Camilo Cienfuegos de la autoría de Enrique Ávila con sus frases características: “¡Hasta la victoria siempre!” de Guevara y la más enigmática de Cienfuegos, líder nato desaparecido a pocos meses de la entrada de los revolucionarios a La Habana en 1959: “¡Vas bien, Fidel!” Para este día, en la pared de otro edificio, destacaba una enorme imagen de la Virgen de la Caridad, con su reluciente vestido dorado de princesa española.

  La liturgia fue la del día, martes de la quinta semana de cuaresma y las lecturas de la celebración las propias, impregnadas de la cercanía de la celebración de la Pasión del Señor.

  El cardenal Ortega, con emoción apenas contenida, introdujo la celebración con el saludo al pontífice. Recordó sobre todo la magna peregrinación de la imagen mariana ea lo largo de la cual la gente, feliz y fervorosa, “pedía la bendición” y presentó a un pueblo “mayoritariamente creyente” que está pendiente de su palabra.

  El marco del espacio del presbiterio, donde quedaron los obispos y sacerdotes revestidos de ornamentos morados, era sobriamente elegante: una especie de retablo de madera con incrustaciones doradas semejante al de muchas iglesias españolas, daba realce a la sede principal que ocupó el Papa. Entre los obispos de fuera, dos cercanos por muchas razones: Don Emilio Berlie, arzobispo de Yucatán y el de Miami, Thomas Wensky, este último acompañado de cientos de peregrinos de su arquidiócesis.

  La homilía tocó primero el texto del profeta Daniel en su capítulo tercero, acerca de los tres jóvenes israelitas arrojados al horno por haberse negado a idolatrar la estatua del soberano babilonio: “[…Ellos] prefieren afrontar la muerte abrasados por el fuego antes de traicionar su conciencia y su fe…encontraron la fuerza de ‘alabar, glorificar y bendecir a Dios’ en la convicción de que el Señor del cosmos y la historia no los abandonaría a la muerte y a la nada.” Y más adelante, el evangelio de San Juan en su capítulo octavo: “Si os mantenéis en  mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.” Estas líneas evangélicas, sirvieron de plataforma para un reflexión seria acerca de ese concepto fundamental que parece haberse ido del mundo en el que vivimos, la verdad. “La verdad—señaló—es un anhelo del ser humano, y buscarla siempre supone un ejercicio de auténtica libertad. Muchos, sin embargo, prefieren los atajos e intentan eludir esta tarea. Algunos, como Poncio Pilato, ironizan con la posibilidad de poder conocer la verdad proclamando la incapacidad del hombre para alcanzarla o negando que exista una verdad para todos. Esta actitud, como en el caso del escepticismo y el relativismo, produce un cambio en el corazón, haciéndolos fríos, vacilantes, distantes de los demás y encerrados en sí mismos. Personas que se lavan las manos como el gobernador romano y dejan correr el agua de la historia sin comprometerse.”

  Y abogó el Papa por los fueros de la razón, tantas veces obnubilada por las nieblas de la manipulación: “[…] quien actúa irracionalmente no puede llegar a ser discípulo de Jesús. Fe y razón son necesarias y complementarias en la búsqueda de la verdad. Dios creó al hombre con una innata vocación a la verdad y para esto lo dotó de razón. No es ciertamente la irracionalidad, sino el afán de verdad, lo que promueve la fe cristiana. Todo ser humano ha de indagar la verdad y optar por ella cuando la encuentra, aun a riesgo de afrontar sacrificios.”

  De este encuentro, posible cuando se mira desde cualquier ángulo el patrimonio ético de la humanidad, surge la auténtica libertad. En esta parte de la homilía fue por un camino de reflexión filosófica y colocó pilares para la construcción de una ética universal. La importancia de esta orientación en Cuba, para una transición social y cultural bien cimentada, es patente, pero no menos para otras regiones del mundo, inmersas en la perplejidad cultural y al tedio de la inacción a la que ha llegado el ser humano tras el mareo del progreso del siglo XX que ha mostrado sus límites y sobre todo su sabor amargo e insatisfactorio: “[…] la verdad sobre el hombre es un presupuesto ineludible para alcanzar la libertad, pues en ella descubrimos los fundamentos de una ética con la que todos pueden confrontarse, y que contiene formulaciones claras y precisas sobre la vida y la muerte, los deberes y los derechos, el matrimonio, la familia y la sociedad, en definitiva, sobre la dignidad inviolable del ser humano. Este patrimonio ético es lo que puede acercar a todas las culturas, pueblos y religiones, las autoridades y los ciudadanos, y a los ciudadanos entre sí, a los creyentes en Cristo con quienes no creen en él.”

  Invitó más adelante a la búsqueda y el encuentro con Jesucristo, “la verdadera medida del hombre”: “[…] Deseo anunciarles abiertamente al Señor Jesús como Camino, Verdad y Vida. En él todos hallarán la plena libertad, la luz para entender con hondura la realidad y transformarla con el poder renovador del amor.” Y a reflexionar sobre el papel de la Iglesia católica para edificar una sociedad reconciliada, desde el tesoro de su tradición, con arraigo en el pensamiento y en línea de futuro: “[…] Es de reconocer con alegría que en Cuba se han ido dando pasos para que la Iglesia lleve a cabo su misión insoslayable de expresar pública y abiertamente su fe. Sin embargo, es preciso seguir adelante…

  “El derecho a la libertad religiosa…manifiesta la unidad de la persona humana, que es ciudadano y creyente a la vez. Legitima también que los creyentes ofrezcan una contribución a la edificación de la sociedad. Su refuerzo consolida la convivencia…crea condiciones propicias para la paz y el desarrollo armónico, al mismo tiempo que establece bases firmes para afianzar los derechos de las generaciones futuras…

  “[…] la Iglesia…no está reclamando privilegio alguno. Pretende sólo ser fiel al mandato de su divino fundador, consciente de que donde Cristo se hace presente, el hombre crece en humanidad y encuentra su consistencia. Por eso, busca dar este testimonio en su predicación y enseñanza, tanto en la catequesis como en ámbitos escolares y universitarios. Es de esperar que pronto llegue aquí también el momento de que la Iglesia pueda llevar a los campos del saber los beneficios de la misión que su Señor le encomendó y que nunca puede descuidar.”

  Al final de su intervención presentó como modelo la figura insigne del Padre Félix Varela: “[…Él] ha pasado a la historia de Cuba como el primero que enseñó a pensar al pueblo…nos presenta el camino para una verdadera transformación social: formar hombres virtuosos para forjar una nación digna y libre, ya que esta transformación dependerá de la vida espiritual del hombre, pues ‘no hay patria sin virtud.’”

  Estaba cercana ya la hora de la despedida. Un coro cantaba el himno eucarístico latino Panis angelicus, con el que han vibrado las fibras interiores de los cristianos en tantos lugares y tiempos. Un grupo de seminaristas insistió hasta que lo logró, tomarse una fotografía con el sucesor de Pedro, el pescador de Galilea transformado en pescador de hombres.

  Antes de la partida, tuvo lugar un encuentro que, en realidad, no era inesperado, pues bastante se había especulado sobre su realización: una charla con el viejo revolucionario y por años presidente de Cuba, Fidel Castro, en la casa de la Nunciatura Apostólica. Estos minutos recibieron amplia cobertura en los medios de comunicación masiva en el mundo entero y la fotografía del anciano líder, encorvado y envuelto en ropas invernales oscuras en plena primavera dio la vuelta al mundo y envió un claro mensaje de que el pasado no puede volver. El escueto boletín de la oficina de prensa de la Santa Sede describió de este modo esos minutos: “[…] ‘He tomado la decisión de pedir algunos momentos de su tiempo, que sé está lleno de compromisos –había dicho Castro—cuando supe que le habría agradado este modesto y sencillo contacto’…El ex presidente dijo al Santo Padre que le había agradado mucho la beatificación de Madre Teresa de Calcuta, gran benefactora de Cuba, y la de Juan Pablo II, ‘un hombre que al entrar en contacto especialmente con los niños y los humildes del pueblo suscitaba invariablemente sentimientos de afecto.’ Por su parte, Benedicto XVI habló de su alegría por estar en Cuba y de la cordialidad con que había sido acogido.

             “Fidel Castro planteó al Papa algunas cuestiones sobre los cambios en la liturgia y papel del pontífice. Benedicto XVI respondió hablando de los encuentros con los pueblos y del servicio a la Iglesia Universal. El ex presidente abordó también la difícil situación de la humanidad en nuestra época, y el Papa se refirió a la falta de reconocimiento de la presencia de Dios y a la importancia fundamental de la relación entre fe y razón. Al final, Castro pidió al pontífice que le enviase algunos libros para profundizar mejor los temas afrontados en el encuentro y Benedicto XVI respondió diciendo que pensará qué textos mandarle. Por último, el ex presidente presentó al Papa a su mujer y dos de sus hijos.”[35]

              Trascendió de ese encuentro y evidentemente que no puede comprobarse, que Fidel le dijo al pontífice que “quería morir en la Iglesia católica en la que sus padres lo educaron” y que Su Santidad le respondió, como abriéndole el camino: “—Usted no está excomulgado.”

  Las calles de La Habana se llenaron de gente que despedía al pastor. Atmósfera húmeda; los caminos se mojaron con una lluvia persistente que no cesó e hizo que en el aeropuerto “José Martí” se tuviera que improvisar la despedida oficial en un salón interior. Parecía que se hubiese montado un escenario que mostrase el típico nublado nostálgico de los aeropuertos.

  El presidente Raúl Castro dijo un discurso corto, muy corto. Manifestó “los afectuosos sentimientos de todos los cubanos” y deseó al Papa un viaje feliz y la continuidad próspera de su ministerio.

  Benedicto leyó en las páginas que le entregó Monseñor Gänswein sus líneas de despedida: “[…] Me llevo en lo más profundo de mi ser a todos y cada uno de los cubanos, que me han rodeado con su oración y afecto, brindándome una cordial hospitalidad y haciéndome partícipe de sus más hondas y justas aspiraciones.

  “Vine aquí como testigo de Jesucristo, convencido de que, donde él llega, el desaliento deja paso a la esperanza, la bondad despeja incertidumbres y una fuerza vigorosa abre el horizonte a inusitadas y beneficiosas perspectivas…”

  “El camino que Cristo propone a la humanidad, y a cada persona y pueblo en particular, en nada la coarta, antes bien, es el factor primero para su auténtico desarrollo. Que la luz del Señor, que ha brillado con fulgor en estos días, no se apague en quienes la han acogido y ayude a todos a estrechar la concordia y a hacer fructificar lo mejor del alma cubana, sus valores más nobles, sobre los que es posible cimentar una sociedad de amplios horizontes, renovada y reconciliada.”

  Y, en continuidad con algunas preocupaciones expuestas por el presidente Castro, añadió: “Que nadie se vea impedido de sumarse a esta apasionante tarea por la limitación de sus libertades fundamentales, ni eximido de ella por desidia o carencia de recursos materiales. Situación que se ve agravada cuando medidas económicas restrictivas impuestas desde fuera del país pesan negativamente sobre la población.”

  Antes de terminar acentuó una vez más el tema del diálogo y la comprensión en relación con el futuro cubano e hizo para ello una invitación a la vez suplicante y esperanzada: “[…] Las eventuales discrepancias y dificultades se han de solucionar buscando incansablemente lo que une a todos, con diálogo paciente y sincero, comprensión recíproca y una leal voluntad de escucha que acepte metas portadoras de nuevas esperanzas.

  “Cuba, reaviva en ti la fe de tus mayores, saca de ella la fuerza para edificar un porvenir mejor, confía en las promesas del Señor, abre tu corazón a su evangelio para renovar auténticamente la vida personal y social.”

  La lluvia no cesaba. Por un pasadizo cubierto semitransparente, Benedicto XVI subió al avión. Éste tardó todavía unos minutos en encontrar la ruta de salida, corrió por la pista y apuntó hacia el Océano Atlántico: unas horas más tarde aterrizaría en Ciampino con más peso que como había salido, días atrás: el peso del cariño entrañable de los católicos de México y Cuba y el de las esperanzas que no podrán resultar frustradas si de veras signos y palabras son tomados en serio con corazón abierto y mirada franca en quien dijo: “Conocerán la verdad y la verdad los hará libres.”

III

BALANCE DE UNA VISITA PASTORAL.

  1.- En Cuba, pasos lentos con rumbo definido.

  En la historia moderna del papado son pocos los viajes realizados por los Pontífices antes de Paulo VI, con quien se inauguró ese nuevo modo de ejercer el servicio de pastor universal presentándose en persona en distintos lugares del orbe, principal pero no únicamente en países de tradición católica. De su peregrinación a la Tierra Santa en enero de 1964 a la presencia de Benedicto XVI a fines de marzo de 2012 en México y en Cuba han pasado poco más de cuarenta y ocho años, marcados por la impronta pastoral del Concilio Vaticano II y facilitada por los medios contemporáneos de locomoción que permiten los viajes aéreos con rapidez y seguridad. No podríamos ya imaginar, sobre todo después de la impresionante red que formaron las rutas de Juan Pablo II, a un Papa “prisionero del Vaticano” como lo fueron los pontífices de Pío IX a Pío XI o viajes de carácter casi totalmente políticos como el de Pío VI a Viena en 1782 para concertar acuerdos con el emperador José II o el de Pío VII en 1804 a París para la coronación de Napoleón y menos aún, destierros como el del mismo Pío VI en 1799, prisionero de los franceses o de Pío IX a Nápoles, expulsado por los revolucionarios que habían proclamado una “República Romana.” La pérdida del poder temporal, contrariamente a los vaticinios de quienes no pudieron ver sus resultados, le trajo al papado un prestigio nuevo en el ámbito internacional, desligado de bloques y partidos y sobre todo de riesgos bélicos y ante todo la libertad para expresar también su palabra no sólo a los fieles de la Iglesia católica sino a quienes se han conocido como “hombres de buena voluntad.” El discurso de Paulo VI en la asamblea general de las Naciones Unidas en Nueva York el 4 de octubre de 1964, día de San Francisco de Asís, dio la pauta para las intervenciones papales en los ámbitos de la política internacional, importante en sus perfiles multilaterales sobre todo después de la posguerra de 1945, etapa en la que todavía vive el mundo en sus rasgos fundamentales. Además –y no menos importante—el Papa es el único líder que tiene una verdadera perspectiva universal, sin concentrarse en un punto geográfico con grande que pudiera ser, lo que le da al mismo tiempo libertad de acción y responsabilidad especialísima.[36]

  Estos días en México y en Cuba pueden observarse desde distintos puntos de vista y en esa observación encontrar también varios niveles.

  La dimensión internacional, siempre presente teniendo en cuenta la condición de la Santa Sede en el derecho internacional y la propia postura del papado, quedó más destacada en el caso de la visita a Cuba, pues no pueden dejar de tomarse en cuenta la singularidad del régimen cubano después de la caída del socialismo real a partir de 1990 y el anquilosamiento de posturas como la de muchos cubanos exiliados en Estados Unidos que presionan al gobierno de Washington para que continúe con sanciones económicas obsoletas que más que ayudar a una transición fluida y estimulante para la población, la entorpecen. Analistas agudos, incluso en las cercanías de los centros de decisión estadounidense prevén, que de no darse la cooperación internacional justa, puede acontecer lo que ha acontecido en la antigua Unión Soviética, donde las “maffias” del crimen organizado han tomado buenas porciones del poder político y la derrama económica procedente de la economía de mercado en lugar de favorecer el mejoramiento de las masas populares y de crear una clase media que pudiera ser factor de paz social, ha creado un grupo de magnates distantes de querer compartir su riqueza.

  La Iglesia cubana, sometida a una dura y larga prueba desde antes de la revolución triunfante en 1959, tanto en sus pastores como en sus laicos, ha tomado conciencia de su papel histórico sobre todo a partir del Encuentro Eclesial Nacional Cubano celebrado del 17 al 23 de febrero de 1986 en presencia del cardenal Eduardo Pironio, enviado por Su Santidad Juan Pablo II, que marcó un parteaguas en la vida de la Iglesia en Cuba. El 11 de ese mes, el Papa, en una carta leída por el propio Pironio, decía lo siguiente: “[…] Veo en este Encuentro un fruto significativo y concreto del Concilio Vaticano II…seréis estimulados interiormente por la experiencia de la gracia, madurada a lo largo de años difíciles en la oración, en el sacrificio y en el abnegado compromiso de vida cristiana de numerosos católicos.” El episcopado estadounidense y en particular el arzobispo de Chicago, cardenal Bernardin y el de Boston, Bernard Law así como el mexicano, especialmente los cardenales Posadas y Suárez Rivera, la Madre Teresa de Calcuta y otras personalidades religiosas internacionales, estuvieron pendientes y activos de los tímidos pero definidos pasos que se fueron dando para salir de la condición de “Iglesia del silencio.” A los veinte años del Encuentro, Benedicto XVI, en carta dirigida al arzobispo de La Habana el 2 de febrero de 2006 recordaba: “[…] Cuando en este año reflexionen sobre lo vivido, tendrán que acercarse a esta realidad como camino de promesas y salvación, que han de recorrer con paso cuidadoso y compasivo, para descubrir en las experiencias, los signos y las señales del Dios vivo que camina con ustedes.” Y en realidad, la vida de la Iglesia cubana en estos ya más de veinticinco años ha sido ese recorrido “con paso cuidadoso y compasivo” que ha ensanchado el número de los caminantes y éstos han llegado de otros ámbitos, principalmente de entre las gentes de pensamiento y de cultura, además, desde luego, de los habitantes de ciudades, pueblos y aldeas que han recibido sobre todo, gestos de auténtica caridad de sus hermanos en el mundo.

  Durante el viaje de Roma a León, Su Santidad respondió a algunas preguntas de periodistas. La pregunta y respuesta referente a Cuba, planteada la primera por la española Paloma Gómez Borrero, acerca de la continuidad del mensaje con el que catorce años atrás había dejado Juan Pablo y de la validez actual del modelo marxistaleninista. Dijo Benedicto: “[…sus] palabras son todavía actualísimas. Esa visita del Papa inauguró un camino de colaboración y diálogo constructivo; un camino que es largo y exige paciencia, pero que va adelante. En la actualidad es evidente que la ideología marxista, como estaba concebida no responde más a la realidad; de esa manera no se puede más responder y construir una sociedad; deben encontrarse nuevos modelos, con paciencia y de manera constructiva. Para este proceso se exige paciencia pero también decisión, debemos ayudar con espíritu de diálogo a fin de evitar traumas y para ayudar en el camino hacia una sociedad fraterna y justa como la deseamos para todo el mundo y queremos colaborar en ese sentido. Es obvio que la Iglesia siempre está de parte de la libertad: la libertad de conciencia, la libertad de religión. En tal sentido contribuimos y contribuyen también los fieles en este camino hacia adelante.”[37]

  Un agudo editorial de la revista católica inglesa The Tablet[38] escrito al término de la visita pontificia trae estas líneas que merecen ser reflexionadas: “[…] El Papa fue cuidadoso de no ser abiertamente político. Pero sus llamados a que la Iglesia católica tenga más libertad para contribuir a la vida de Cuba, en realidad significaban la petición de que terminara la represión a los disidentes de todo tipo, pues fue en efecto un llamado a la apertura hacia la sociedad civil, libre del control del gobierno o del partido…

  “Si ha de darse una reconciliación entre Cuba y Estados Unidos, ha de terminarse uno de los obstáculos principales para su estabilidad…No favorece al presidente Barack Obama el hecho de que el embargo sobre el comercio con Cuba esté llegando a su 40° año. Hace mucho tiempo que Europa y América Latina han vuelto a recibir a Cuba dentro de la comunidad internacional. El embargo…aumenta el aislamiento de Cuba precisamente en un tiempo en que necesitaría reducirse.

  “La Iglesia católica no deja de tener influencia en Washington y puede ayudar al avance de la causa de la esperanza y la renovación en Cuba si presiona por el fin de este injusto embargo. Si el presidente tiene que pagar un precio político en Florida, donde decenas de miles de exiliados anticastristas todavía ejercen su influencia, podrá ganar apoyo entre la población hispana, grande y en aumento en todo el territorio estadounidense.

  “La Iglesia católica en Cuba tiene muchos problemas que exacerban las restricciones gubernamentales, sobre todo en cuanto a la necesidad de una respuesta pastoral frente el aumento del sincretismo…y el crecimiento del pentecostalismo. Necesita libertad de acción, por ejemplo, en la educación. Pero lo mismo requiere el resto de la población. Por consiguiente, lo que es bueno para la Iglesia, es bueno para todo el país.[39]

  El surgimiento de la sociedad civil en una nación dominada por el estatismo y la propaganda es fundamental, como lo había ya dicho hace catorce años Monseñor Meurice. El relevo de las generaciones también lo es, pues la permanencia de más de cincuenta años de dos miembros de la misma familia en la cúspide no sólo es anormal, sino dañino.

  No pueden preverse cambios espectaculares ni movimientos telúricos en la ideología y la cultura, pero el camino no se ha torcido desde hace más de veinte años y conduce, con el impulso del sucesor de Pedro y el silencioso apoyo del cayado del Modelo de Pastores, Jesucristo, “hacia verdes praderas.” La concesión por el gobierno de la solicitud hecha en orden a que el Viernes Santo fuera día feriado en el país, fue un paso de más trascendencia que la que puede concedérsele a primera vista. Según se informó unos días después, también la Comisión Pontificia “Justicia y paz” otorgó un apoyo significativo para que en dos diócesis cubanas se lleven a cabo proyectos de desarrollo agrícola.

  2.- México y sus esperanzas.

   Casi como algo monotemático surgió desde que se anunció el viaje pontificio a México la situación de la violencia que en los últimos años se ha desencadenado en todos los rincones del país y no faltaron incluso las ironías acerca de si una visita podría hacer milagros. El Papa sabía que las soluciones milagrosas (o más bien milagreras) no están en el quehacer cotidiano de la Iglesia y de los cristianos y que es la reflexión tranquila, la conversión sincera y la perseverancia y congruencia de vida las que producen los cambios y éstos a la manera de la semilla que germina. Casi desapercibido por los medios y no aludido por los comentaristas, pasó la intención, anunciada al término del encuentro privado con el presidente Calderón en Guanajuato de que la Santa Sede y México harían un esfuerzo conjunto para la firma del propuesto tratado internacional  contra el tráfico de armas pequeñas, paso importante de carácter moral para el combate al crimen organizado y sus secuelas.[40] Ni espectacular ni milagrero, pero necesario para avanzar en civilidad a nivel nacional e internacional.

   Sabía también el Papa que el lugar del convencimiento definitivo es la conciencia moral, ese “santuario –lo dice el Concilio Vaticano II—donde el hombre dialoga a solas con su Dios.” Y la formación de la recta conciencia es el deber primordial de todas las instancias eclesiales. A una pregunta realizada sobre el océano por la periodista María Collins, respondió el pontífice de esta manera absolutamente clara: “[…Mi viaje a México] es una gran alegría y responde a un deseo que he tenido desde hace mucho tiempo. Para expresar los sentimientos que me invaden, me vienen a la mente las palabras del Vaticano II: gaudium et spes, luctus et angor, gozo y esperanza, pero también luto y angustia. Condivido los gozos y las esperanzas, pero también el luto y las dificultades de este gran país. Voy para animar y para aprender, para confortar en la fe, en la esperanza y en la caridad, para confortarlo en su compromiso con el bien y en la lucha contra el mal.” Y a la hecha por Valentina Alazraki, calificada por el Padre Lombardi como “una veterana de nuestros viajes a la que Usted conoce bien”, que abrió el horizonte hacia Latinoamérica y a la problemática de su andar cristiano, incluyendo a la teología de la liberación, contestó: “[…] Hay que educar las conciencias tanto en la ética individual como en la ética pública. Se percibe en América Latina, pero también en otras partes, en no pocos católicos una cierta esquizofrenia entre la moral individual y la pública…hace falta superarla…y tratamos de hacerlo con la doctrina social de la Iglesia, porque naturalmente, esta moral pública, capaz de ser compartida también por los no creyentes, es una moral de la razón…No sé si la palabra ‘teología de la liberación’, que puede interpretarse también muy bien, nos ayudará. Lo importante es la racionalidad común, a la que la Iglesia ofrece una contribución fundamental y debe siempre ayudarnos en la educación de la conciencia sea para la vida privada como para la pública.”

  Ese itinerario de la formación de la conciencia fue la línea fundamental de las palabras de Benedicto en este viaje, la trama compacta de su mensaje y, al mismo tiempo, la línea motriz de la tarea que dejó a las Iglesias locales.

  El talante filosófico y teológico de las intervenciones de estos días es evidente y característico de su magisterio. Este talante está clarísimo, sobre todo, en las respuestas dadas a los interrogantes en el vuelo hacia México y en las homilías en la catedral de León, en Santiago y en La Habana que contienen elementos programáticos para una cultura fincada en valores universales. A pesar de lo profundo de los contenidos, nadie puede decir que se trate de palabras “elevadas” o sólo aptas para intelectuales europeos. Nada más errado o quizá malintencionado que ese tipo de juicios sobre la intensa actividad magisterial del actual pontífice. Cuando dijo en el avión que venía a América “a animar y a aprender”, quedó retratada de cuerpo entero su personalidad. La incomprensión, marginación y hasta el desprecio a sus posiciones, así como la recepción tibia de parte de muchos católicos que tienen flojera de pensar, difícilmente puede dejar de calificarse como obras del prejuicio y hasta de la ignorancia en el primer caso y de incomprensión de la propia vocación en el mundo para los segundos.

  La nostalgia de la presencia de Jesús, la Iesu dulcis memoria del himno de la fiesta de la Transfiguración, junto con la seguridad de su cercanía, forman parte de la condición orante del cristiano. Es, pues, en una actitud de oración, como han de recibirse los pasos de Benedicto estos días entre nosotros. En las últimas páginas de su segundo libro sobre Jesús de Nazaret, el Papa dejó esta reflexión, que conviene asumir: “[…] ¿Podemos orar por la venida de Jesús? ¿Podemos decir con sinceridad, ‘Maranatha: ¡Ven, Señor Jesús!?’ Sí, podemos y debemos. Pedimos anticipaciones de su presencia renovadora en el mundo. En momentos de tribulación le imploramos: Ven, Señor Jesús, y acoge mi vida en la presencia de tu poder bondadoso. Le rogamos que se haga cercano a los que amamos o por los que estamos preocupados. Pidámosle que se haga presente con eficacia en su Iglesia.

  “Y, ¿por qué no le pedimos también que nos dé hoy nuevos testigos de su presencia, en los que Él mismo se acerque a nosotros?”[41]

  Ciertamente –y así podemos concluir—Benedicto XVI es más humilde que sus críticos o, dicho aún de mejor manera: Benedicto XVI es humilde; sus críticos no lo son.

Jala, Nayarit, 16 de abril de 2012.

Cumpleaños LXXXV de Su Santidad Benedicto XVI.

Nota acerca de la escritura de este texto.

  Al no ser posible estar presente en los lugares físicos que tocó el Santo Padre en su peregrinación pastoral, estuve pendiente únicamente de la señal del Centro Televisivo Vaticano (CTV), que cubrió todos los eventos sin anuncios comerciales ni comentarios y dejó que se escucharan de vez en cuando frases que no estaban destinadas al público.

  Hice apuntes y observaciones conforme corría la transmisión, incluyendo las celebraciones litúrgicas, las homilías y los discursos.

  Los textos de las intervenciones del Papa los obtuve de la página electrónica de la Santa Sede y tuve a la vista los boletines diarios de VIS (Vatican Information Service) News.

Los discursos del presidente Calderón los cité conforme a los publicados por el Servicio de Prensa de la Presidencia de la República y los del presidente Raúl Castro, según la publicación (no completa) del gobierno cubano.

El saludo al Papa de Monseñor Aguiar lo obtuve por cortesía de la Secretaría General de la CEM y el de Monseñor Martín Rábago lo cité de acuerdo a la revista Cultura cristiana de abril de 2012. (En ambos casos no hubo coincidencia completa con los apuntes que tomé a vuelapluma durante la transmisión televisada)

  Igualmente, tuve a la mano notas y editoriales aparecidos en los diarios mexicanos La Jornada, Milenio, Excélsior, El Universal, Reforma y La Razón de la ciudad de México y A.M. de León, Guanajuato, así como en los diarios internacionales L’Osservatore Romano (Ciudad del Vaticano), Le Monde (París), The New York Times, El País (Madrid), El Nuevo Herald (Miami) y la revista The Tablet (Londres). Ello principalmente a través de las respectivas páginas electrónicas.

  También, desde luego, consulté libros, revistas y documentos de mi biblioteca y archivo personales.


 

[1] N. 19.

[2] Un vínculo consolidado, entrevista de Mario Ponzi, L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 11 al 17 de febrero 2012.

[3] 23 de marzo de 2012.

[4] III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, enero de 1979, nn. 64. 68. 69.

[5] Benedicto…¿viaje de negocios?

[6] Concilio Vaticano II, Constitución Dei Verbum, n. 2.

[7] A qué vino el Papa, La Jornada, 26 marzo 2012.

[8] Id.

[9] La Jornada, 18 enero 2012.

[10] A qué vino…

[11] Se encuentra Ratzinger con víctimas del delito, El Universal, 25 marzo 2012.

[12] Benedicto XVI. Uno de los hombres más importantes, Cultura Cristiana, LXXX/3, marzo 2012, p. 5.

[13] Grijalbo, México 2010.

[14] Nota manuscrita, Ciudad del Vaticano, 3 enero 2012.

[15] Foca, Madrid 2001.

[16] Tusquets, México (2) 2006.

[17] Grijalbo, México 2012.

[18] Lo que calló…

[19] Leyendo entre líneas la Historia del sínodo de América de Javier García González L. C. (Editorial Nueva Evangelización, México 1999), dedicada “al P. Marcial Maciel L.C. por su servicio a la nueva evangelización de América”, puede darse con la relevancia de Maciel. Su intervención en el sínodo fue acerca de solidaridad y evangelización, dando a conocer proyectos de financiación de microempresas y de una “red de evangelizadores laicos.” La admiración a la obra de los Legionarios y el número de sus vocaciones la demostró el teólogo estadounidense Richard John Neuhaus en su libro sobre el sínodo, Appointment in Rome. The Church in America awakening, Herder & Herder, New York 1999: “[…] aunque les sobrevienen las acostumbradas críticas, no hay nada que delatar o barrer de los legionarios.” (p. 110) (!) (Texto original en inglés.)

[20] Publicada en Milenio, 2 diciembre 2010.

[21] La fidelidad de esta entrevista a sus palabras me la confirmó Monseñor Mullor en la conversación que sostuve con él en Roma el 22 de octubre de 2011. En el número correspondiente al 8 de abril de 2012 de Milenio semanal, se publicó un artículo que contiene básicamente lo publicado en 2010 por Alazraki. Ahí se lee: “[…] Mientras caminaba por la Plaza de San Pedro, donde se le encontró, [Don Justo Mullor dijo]: <El caso de Maciel ‘marcó parte de mi carrera, porque tuve que enfrentarlo…Maciel se encontró conmigo y yo con Maciel.’>” (Reportaje de E. Ortiz).

[22] Sobre la visita pastoral de Juan Pablo II a México en 1990 escribí varios artículos en los diarios nacionales El Universal y El Economista que se publicaron junto con algunos más en: La segunda visita del Papa a México, IMDOSOC, México 1990. Sobre la realizada en 1999: Signos y palabras de la IV visita pastoral de Juan Pablo II a México, La Cuestión Social 7/1 (marzo-mayo 1999), pp. 35-46. (Este artículo me fue solicitado originalmente para la revista Ixtus, en la cual se publicó por ese mismo tiempo.)

[23] La atribución a este “Conde Rul” es equívoca aunque histórica. La casa fue construida por el famoso arquitecto Francisco Eduardo Tresguerras para Don Antonio de Obregón, primer Conde de la Valenciana, minero en el siglo XVIII, Justicia Mayor y Regidor en Guanajuato. El título le fue otorgado el 20 de marzo de 1780 y a su muerte lo heredó su hijo Antonio Obregón Alcocer quien murió joven y sin haberse casado. El título, por consiguiente, pasó a su hermana María Ignacia quien lo trasladó a su esposo Diego Rul, que en 1804 obtuvo el título de Conde de Casa Rul. (Datos del Diccionario Porrúa. Historia, Geografía y Biografía de México, Porrúa, México (6) 1995, pp. 3661s.)

[24] Un estudio sobre este códice: Bernhard Schimmelpfennig, Liturgie und Recht. Riten, Roben und Farben (Liturgia y derecho. Ritos, vestiduras, colores). (Página electrónica: dspace-roma3.caspur.) (Consulta: 7 de abril de 2012). Los Códices Vaticanos Latinos se encuentran microfilmados y catalogados en la Saint Louis University (Saint Louis, Missouri, E.U.A): Codices Vaticani Latini. A Research Bibliography for Vatican Library’s Manuscripts, Vatican Film Library, 2006. General Topical Research Bibliography. A guide to source material of Microfilmed Ms. From the Vatican Library’s Collection located in the Vatican Film Library at Saint Louis University, 2010. (Página electrónica: slulink.stu.edu/special). (Consulta: 7 de abril de 2012).

[25] Nota de El Universal, 24 marzo 2012.

[26] N. 65.

[27] Nadie ama más a Cuba que Eliseo Alberto. Entrevista de Gabriel Contreras, Monterrey, noviembre de 1998. Publicada en: Espéculo 10 (1998). (Universidad Complutense de Madrid).

[28] Sobre esta visita pastoral, conviene releer lo que escribí: Cuba es un pueblo con sed de Dios, La Cuestión Social (IMDOSOC) 6/1 (primavera 1998), pp. 72-75. Entonces tuve la oportunidad de participar en La Habana en la trasmisión de la visita papal en el equipo de Televisa con Jacobo Zabludowsky y Valentina Alazraki. Además del citado, escribí un artículo en la revista Época dirigida por Rafael Cardona y presenté al regresar dos conferencias, una en la ciudad de Puebla y otra en el Instituto Tecnológico Autónomo de México, que no fueron bien aceptadas por la Embajada cubana en México. Tuve en cuenta ahora tres libros que, situados a la distancia de veintiséis años el primero del último, dan testimonio del difícil reconocimiento y ejercicio de las libertades en Cuba: Armando Valladares, Contra toda esperanza. 22 años en el “Gulag de las Américas”, Kosmos Editorial, Panamá 1985. Eliseo Alberto, Informe contra mí mismo, Alfaguara, México 1997 y VV. AA., El otro paredón. Asesinatos de la reputación en Cuba, Eriginal Books, Miami 2011. La vida y el pensamiento del Padre Félix Varela son básicos para comprender la cultura cristiana cubana. Un estudio fundamental: Perla Cartaya Cotta, El legado del Padre Varela, Buena Prensa, México 1998. Ahí se cita completo uno de sus discursos fundamentales, de alto valor y actualidad, el pronunciado al ser admitido como socio de número en la Sociedad Patriótica de “Amigos del país” el 20 de febrero de 1817, (pp. 147-157). Una comprensión menos imperfecta de la situación previa a la revolución la obtuve en: John Paul Rathbone, The Sugar King of Havana. The rise and fall of Julio Lobo, Cuba’s last tycoon, The Penguin Press, New York 2010.

[29] Entre todo el material que puede consultarse, destaca un documental hecho por Radio Nederland, especialmente completo.

[30] Nació en La Habana en 1820 de padres desconocidos. Lo criaron en una “Casa de cuna” y a la edad de 17 años ingresó como religioso a la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios. Fue un religioso de superior abnegación, ejemplar caridad que, a causa de los conflictos políticos de España, que repercutían en su colonia de Cuba quedó como único miembro de la orden. Atendió por igual a enfermos de todas las facciones en los distintos conflictos bélicos y a víctimas de epidemias como el cólera y la viruela. Falleció en 1883. El 29 de noviembre de 2008 fue beatificado en Camagüey por el cardenal José Saraiva Martins, prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos. (Datos tomados de VISNews, Ciudad del Vaticano).

[31] El legado del Padre Varela, p. 89.

[32] Id., p. 122.

[33] Cité el texto publicado en: Dichoso el mensajero. Homilías y mensajes de S.S. Juan Pablo II en su visita pastoral a Cuba, Ediciones Vitral, Pinar del Río 1998, pp. 22s. Puede leerse también el texto completo en la página electrónica de El Nuevo Herald de Miami (21 de julio de 2011). A la muerte de Don Pedro, El País de Madrid publicó un artículo titulado: Pedro Meurice, el azote de la Iglesia cubana al régimen, 31 de julio de 2011.

[34] El autor original fue Claudio Tolomeo (Ptolomeus), erudito alejandrino que publicó sus observaciones geográficas en el año 150 d.C. El ejemplar de la Biblioteca Apostólica Vaticana es una reproducción iluminada medieval que perteneció a la Biblioteca del Ducado de Urbino, dependiente de los Estados Pontificios entre 1423 y 1631, cuyo titular fue entre 1516 y 1519 Lorenzo II de Medici. Existen diversas ediciones antiguas, manuscritas y posteriormente impresas como, por ejemplo, la de la British Library (manuscrito n. 7182), la impresa en Lyon en 1541 (Claudii Ptolomei Alexandrini, Geographicae enarrationis libri octo, apud Hugonem a Porta, (sin ilustraciones a color) que puede consultarse en la página electrónica de la Biblioteca Virtual del Patrimonio Bibliográfico del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte de España y una impresa en Basilea en 1542: Geographia Universalis Vetus et Nova Complectans, apud Henricum Petrum, MDXLII. Un ejemplar de esta última que no contiene partes iluminadas pero sí grabados cartográficos, perteneciente al Istituto Cartografico Català de Barcelona, puede consultarse completo en la página electrónica de la Cartoteca de Catalunya: cartotecadigital.icc.cat. Véase también la nota 24 del presente escrito que alude a las copias microfilmadas en la Universidad jesuita de Saint Louis, Missouri, E.U.A.

[35] VISNews 120329, pp. 2s.

[36] Algunos elementos sobre este tema se encuentran en mi escrito El papado y la comunidad internacional, IMDOSOC, México 1988.

[37] Traduje del texto italiano publicado en la página electrónica de la Santa Sede: Intervista concessa dal Santo Padre Benedetto XVI ai giornalisti durante il volo verso il Messico, Volo Papale, Venerdì 23 marzo 2012.

 

[39] From the editor’s desk, The future for Cuba, 31 march 2012. (Original en inglés. El subrayado final es mío).

[40] Nota de la agencia internacional EFE, 25 marzo 2012.

[41] Joseph Ratzinger. Benedicto XVI, Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, Planeta/ Encuentro, Madrid (2)2011, p. 338.