SAN BLAS DE NAYARIT…MÁS ALLÁ DE LA NOSTALGIA

 

Para la celebración en San Blas de la festividad de la Virgen del Rosario “La Marinera”. 7 de octubre de 2010

   Para los que pasamos nuestra infancia en Tepic, San Blas era la playa, las olas amenazantes, el agua de coco y el regreso a veces más temprano porque el arroyo El Palillo amenazaba con subir.

  En la adolescencia curiosa el lugar aportó además la sensación de un pueblo adormecido que tenía en su extremo un valladar rocoso con la ruina de un fuerte con cañones pesados y callados, muros de piedra que insinuaban lo que había sido tal vez una iglesia en que vibraron ecos de cantares barrocos y un cementerio fantasmal del que más valía salir antes de que el sol cayera y se ocultara detrás del mar.

  Poca diferencia había, pues, de lo que el poeta estadounidense Longfellow había visto –o tal vez oído-- en medio del siglo XIX: las campanas derrumbadas y silenciosas que a nadie convocaban, pues había pasado el tiempo en que ellas tenían voz dirigida “[…] to the ships that southward pass from the harbour of Mazatlán,” “[…] and the priest was the lord of the land”. (“…para los barcos que pasaban al sur desde la bahía de Mazatlán…y el fraile era el señor de la tierra.”)

  Esta posición predominantemente sentimental dificulta aún la mirada más o menos objetiva al pasado de San Blas y de algún modo también la que tiene que vislumbrar a su vida futura como espacio humano y como mensaje.

  Y es que el tiempo mejor para el puerto, documentado hasta en minucias hace cuarenta y dos años por Don Enrique Cárdenas de la Peña en su excelente y ahora rarísimo libro San Blas de Nayarit publicado por la Secretaría de Marina en 1968, a doscientos años de la fundación, fue el tiempo en que el dominio español sobre los mares se acercaba a su crepúsculo. El poderío de la Armada inglesa, las exploraciones holandesas con propósitos de ruptura del monopolio comercial hispánico y el desgaste en Europa de la economía española a causa de guerras constantes y absurdas, alianzas efímeras y rupturas dinásticas, no podían ser evaluadas y tal vez ni siquiera conocidas en el puerto recostado en la costa nayarita. Los pobladores que en 1768 llegaron a habitarlo y que consideraron al hecho como un privilegio, no podían tampoco sentir, como lo sentían los de las poblaciones de la fase primera del asentamiento español, el impacto desconcertante de las reformas borbónicas, “ilustradas” y modernizantes pero despóticas. Éstas dejaron caer sobre los novohispanos impuestos y préstamos forzosos para causas extrañas y lejanas y el golpe más sentido: la expulsión de los jesuitas que de pronto desamparó a estudiantes de nivel superior y a los indígenas de las sierras del Nayar, la Pimería y la Tarahumara bajo la desconocida razón que Carlos III se “guardó en su real pecho.”

  La época del auge de San Blas y de las hazañas exploradoras que llevaron las naves a lugares tan remotos como Alaska donde se reconoce una bahía natural con el nombre de Valdez, pues, coincidió con el declive del poderío marítimo español y de la posibilidad misma de que España pudiera sostener la inmensidad territorial con que contaba, cuyas posesiones limítrofes apenas eran superficialmente conocidas y casi despobladas. Sin embargo, tampoco puede afirmarse que se tratara de una nación en decadencia o que las fuerzas de su gente estuvieran decaídas del todo.

  Prueba de ello fueron las expediciones de altura profesional que salieron del novel puerto en las décadas de su mayor utilidad y que tuvieron el carácter de descubrimiento, insólito en el mundo a casi dos décadas de que terminara el siglo XVIII.

  A modo de ejemplo, tomemos una carta que el 3 de noviembre de 1774, ya en calma en San Blas, el piloto Juan Pérez escribió al virrey Antonio Bucareli y Ursúa, las peripecias de la navegación emprendida hacia las costas situadas mucho más al norte de la Alta California en junio del mencionado año. Escribió: “[…] El día 11 de junio me puse a la vela, y no fue posible ponerme en derrota [es decir, en ruta] hasta el 18 del mismo mes por haber experimentado en este tiempo los vientos flojos e inconstantes, con algunas calmas y neblinas. Puesto en derrota…con el viento al Noroeste, fui disminuyendo altura hasta el 24 que observé en la de 33 grados 44 minutos; desde este día me fueron los vientos más favorables  para seguir al norte. Pero, Señor, experimenté los tiempos tan neblinosos [y]  oscuros que causaban horror y gran recelo por navegar por mares no conocidos aunque los vientos eran favorables…para elevarme al norte, pero cada vez más cubiertos el cielo y horizonte con la neblina, pues parecía que continuamente llovía según la fuerza con que se dejaba caer, causando en la tripulación mucha novedad, por no estar acostumbrados a temperamentos fríos…el día 15 de junio…en la altura de 51 grados 42 minutos norte…determiné con acuerdo del piloto don Esteban José Martínez y demás oficiales, ponerme en derrota en solicitud de la costa para descubrirla.

 “…el día 18 del mismo mes descubrí la costa y habiendo observado (que no fue poca dicha) en la altura de 53 grados 43 minutos seguí costeando…a fin de encontrar algún abrigo para fondear y hacer agua y también tomar posesión, según y cómo Vuestra Excelencia me ordena en la instrucción, pero en toda ella no encontré sitio donde hacer lo que tanto deseaba.

 “Continué…subiendo para el Norte sin observación del sol, ni estrellas, porque éstas pocas se han visto en todo el viaje, hasta llegar a un paraje adonde estuve algunos días viviendo con la esperanza cierta de encontrar lo que apetecía.

 “Este sitio o paraje está en altura de 55 grados Norte, y aquí encontré mucha multitud de indios, que me salieron al encuentro en sus canoas. Gente por cierto hermosa así los hombres como las mujeres, siendo su color blanca, pelo rubio, ojos azules y pardos, muy dóciles, según manifestaron los que se llegaron al costado, que en 21 canoas hasta el número de doscientos y más indios, sin contar dos canoas llenas de mujeres y niños pequeños. Trataron con la tripulación comerciando varias cositas y yo también regalé y me regalaron algunas fresadas [frazadas] hechas de sus propias manos, las que remitiré a Vuestra Excelencia a mi llegada.”[1]

  Para saciar nuestra curiosidad geográfica, anoto que los 33° 44’ latitud Norte se encuentran entre San Diego y Los Ángeles; 39° 56’ (mencionados también en la carta) al norte de San Francisco; 51° 42’ arriba de la bahía de Vancouver; 53° 43’, es la actual región de pesca de salmón en la Columbia Británica llamada Pcima y los 55°, donde tuvo lugar el encuentro con los “indios” (¿o serían rusos?) está a la entrada de la bahía de Alaska.[2]

  Y si ese fue el impulso explorador, no menor fue el misionero, alentado por el fervor franciscano intensificado por el celo de los miembros de los Colegios de Propaganda Fide de la Santa Cruz de Querétaro y Guadalupe en Zacatecas, cuyo personaje central fue el Presidente de la Misión, Fray Junípero Serra, cuya justa fama continúa hasta el día de hoy. Desde San Blas se hizo a la vela varias veces el Padre en plan de fundación de asentamientos y, después, para reforzar y avituallar los fundados. Dice su biógrafo Fray Francisco Palou a propósito de su salida a finales de 1773: “[…] poniendo el fervoroso Padre toda su confianza en Dios, emprendió su viaje de doscientas leguas por tierra y llegaron sin novedad a Tepic, donde hubieron de demorarse hasta enero del siguiente año, por no estar cargados los barcos en disposición de salir… Dispúsose la salida y se embarcó con el religioso que lo acompañaba el día 24 de enero de 1774 en la nueva fragata nombrada Santiago de la Nueva Galicia.”[3] A pesar de lo reciente de la apertura de San Blas, se hablaba ya de un posible abandono del puerto. A este propósito refirió Palou un diálogo sostenido por Serra y los marinos. Uno de éstos, sin duda  el de mayor graduación, le dijo: “[…] ‘Padre Presidente, ya se cumplió la profecía que Vuestra Reverencia nos echó cuando vino de Monterrey, diciéndonos que cuanto antes acabásemos esta fragata, pues se había de volver en ella a aquel puerto: entonces nos reíamos porque no se pensaba sino en quemarla para aprovechar el hierro, supuesto que se iba a despoblar el puerto; pero vemos ahora verificado su vaticinio y que se va en la fragata. Dios lleve a Vuestra Reverencia con bien y le dé feliz viaje.’ Sonrióse el siervo de Dios con su religiosa modestia y procuró desvanecerle el pensamiento diciéndole: ‘Los grandes deseos que tenía de ver un grande barco que pudiese llevar mucho que comer para aquellos pobres me hicieron pronunciar lo que dije; pero supuesto que ya Dios me los ha cumplido, démosle muchas gracias y yo se las doy a usted y a los demás que han trabajado con tanto afán en beneficio de los pobrecitos de Monterrey.’”[4]

  El arraigo de la fidelidad al rey y a las instituciones españolas de los habitantes y la marinería establecida en San Blas parece claro en toda la documentación guardada tanto en el Archivo de Indias de Sevilla, en el Museo Naval de Madrid y en el General de la Nación de México. La audaz incursión insurgente llevada a cabo el 1 de diciembre de 1810 por el párroco de Ahualulco, José María Mercado y sus perentorias proclamas redactadas en lenguaje determinante y arrojado produjeron que casi sin ninguna resistencia, se negociara la capitulación del puerto. La sorpresa, el miedo y el desconcierto general ante los rumores de que se trataba de un levantamiento de miles de indios feroces estuvieron entre sus causas. Sin embargo, muy pronto los realistas recuperaron la plaza en la que murió el propio Mercado y sometieron a largos interrogatorios a las autoridades que habían capitulado. Lucas Alamán, poco afecto sobre todo a Hidalgo y a otros sacerdotes insurgentes comentó en su Historia de Méjico: “[…] mucho llamó la atención que Mercado tomase parte en la revolución porque gozaba de mucha reputación de virtud y era director de los ejercicios espirituales en Guadalajara, cuando en lo general, los eclesiásticos que se alistaban bajo las banderas de la insurrección solían ser los más corrompidos de cada lugar.”[5] Quizá no estamos acostumbrados a ese lenguaje en estos días del bicentenario, pero el informe indignado que Vicente Garro, administrador de correos de Guadalajara envió al Brigadier José María Calleja el 8 de febrero de 1811 fue aún más duro. Decía: “[…] el Gibraltar de América [el mejor piropo que se le ha dado a San Blas, exagerado sin duda alguna] se rindió [a pesar]…de la impericia y desorden del ejército que lo atacó, compuesto de unos cuantos lanceros y mayor número de indios inexpertos que habrían encontrado su ruina si cualesquiera de las baterías de la plaza al acometerla les hubiese hecho fuego, que sin duda habría destruido a Mercado, su infame chusma y su quijotesco proyecto, que atendidas todas las circunstancias estaba muy fuera de lo posible que la hubiera realizado sin haber disparado más tiros que los vergonzosos que se emplearon en el saludo que se hizo cuando entró en ella el despreciable Mercado, escoltado de una indecente chusma, que Vocalán [el comisionado de la plaza] la hacía subir en el campo a tres o cuatro tantos más de los que se vio entrar, que no pasaba de dos o tres mil indios y algunos pocos cientos de lanceros a caballo, siendo así que el comisionado Vocalán aseguraba a su vuelta del campo enemigo que además de la fuerza que en él existían esperaban muy breve refuerzo de mucha consideración…en la del comandante de San Blas obró tanto la abultada relación del enviado, que creyéndolo veraz, se persuadió no poder mantener la plaza; y por tal principio se precipitó a la entrega de ella a la despreciable fuerza que la intimaba, bajo la capitulación acordada entre Vocalán y Mercado, que acaso pudo interesar al primero con la promesa de respetar un pequeño rancho y algunos bienes suyos que tenía en su poder; causa, en el concepto de muchos y no infundada, para creer que la villa fue sacrificada al vil interés de la conveniencia, haciendo víctima al honrado comandante que tuvo la desgracia de dejarse alucinar de su enviado.”[6]

 

  “El Gibraltar de América” –acepto esa bella exageración-- vio, pues, tiempos y acontecimientos cambiantes: su norte y su estrella no fueron especialmente favorables: ya en 1817, todavía dentro del régimen español, la corrupción y el contrabando habían tomado posesión de lo que ahí había sido. Un norte y una estrella mantuvieron su rumbo fijo, impulsados de vientos benignos: el norte y la estrella de la Virgen del Rosario, “la marinera”, compañía y amparo de navegantes y de quienes, en tierra, esperaban retornos, augurios y bienes. La fecha del 7 de octubre, evoca aquella de 1571, “[…] ocasión que no vieron los pasados siglos ni verán los venideros” en frase de Miguel de Cervantes, en que la armada cristiana cuyo almirante fue Don Juan de Austria, el hijo natural de Carlos V y “Jeromín” de la novela del Padre Coloma, venció de manera definitiva a la marina turca y detuvo el que parecía imparable avance del Islam a las puertas de Europa. Ese día, en Roma, el Papa Pío V, religioso dominico de origen rezaba el rosario, ese resumen mariano de los 150 salmos de David y atribuyó la victoria en la bahía de Lepanto a María, “auxilio de los cristianos,” como se le invoca en las letanías de Loreto. La imagen fue, desde ese día de luz, “marinera” por vocación; ella vería en San Blas, desde el Cerro de la Contaduría la salida y llegada de los barcos y oiría las plegarias de quienes se iban y de quienes quedaban.

  No fue el agua sino el fuego el que se dejó ir sobre la imagen marinera. Informó al virrey Revillagigedo el párroco Hijosa el 17 de mayo de 1787: “[…] en el día de ayer, a las 9.30 puntualmente de la mañana, estándose celebrando el santo sacrificio de la misa, resultó fuego en el tinglado de la misma iglesia que, tomando incremento violentísimo, sin embargo de las más eficaces providencias que por el comandante y por mí se tomaron sin cesar, no dio lugar a libertar otra cosa que el sol de la custodia, el copón, un cáliz, un misal, la cruz y los ciriales y el ornamento con que los padres estaban celebrando, quemándose íntegramente la iglesia, los demás vasos sagrados, los ornamentos, la imagen de bulto de Nuestra Señora del Rosario que se hallaba colocada en el altar mayor y todas las demás imágenes y utensilios sin excepción…”[7]

  De nuevo el fuego atacó a la iglesia y a la imagen venerada. El mismo párroco informó al Virrey Núñez de Haro y Peralta el 14 de agosto de 1793: “[…] se descolgó en este departamento una tormenta de rayos en seco que habiendo caído tres o cuatro en espacio de un minuto, hirió el uno de ellos en la iglesia parroquial de este puerto, y abriendo la pared por cerca de la bóveda, en el presbiterio, echó abajo varios maderos del colateral, quitó la mano derecha a una imagen de Nuestra Señora del Rosario, arrancó la chapa y llave del sagrario sin tocar ni a la custodia ni a los vasos sagrados, convirtió en menudos trozos el ara y quemó manteles y palio, y después de haber hecho varias horadaciones, salió por una ventana estropeándola, se introdujo por el techo de la sacristía abriendo una gran brecha, y lastimando la propia pared de la iglesia…se sepultó allí, dejando con el estrépito cubierta toda la iglesia y sacristía de la cal y piedra que arrancó del templo.”[8]

  La ruina y el fuego quedan atrás en este día feliz y festivo.

  Nuestra Señora del Rosario “La Marinera” ha vuelto aquí hace diez años, gracias a generosidades transmarinas. Ha vuelto, o más bien, jamás se ha ido su aliento materno que anima a los hijos de esta tierra a vislumbrar tiempos mejores.

   El silencio de las edades  parece romperse con las palabras del salmo bíblico:

“[…] Los que surcaban el mar con sus barcos

y comerciaban atravesando el inmenso mar

contemplaron las obras del Señor,

sus maravillas en medio del océano.

Entonces él ordenó que se levantara un temporal

e hizo que las olas se encresparan.

Subían a los cielos, bajaban al abismo;

atormentados por el mareo,

tropezaban y se tambaleaban como borrachos;

de nada les servía su pericia.

Pero clamaron al Señor en su angustia,

y él los salvó de la aflicción;

redujo el temporal a suave brisa,

hizo que se calmara el oleaje.

Se alegraron de ver las aguas en calma,

y el Señor los llevó hasta el puerto deseado.”

(Salmo 107, 23-30)


 

[1] Enrique Cárdenas de la Peña, San Blas de Nayarit, vol. II (Documentos), Doc. n. 12, pp. 48s.

[2] Datos en la cartografía de Google Earth. (United States Department of State Geographer).

[3] Relación histórica de la vida y apostólicas tareas del venerable padre Fray Junípero Serra y de las misiones que fundó en la California Septentrional y nuevos establecimientos de Monterrey, (ed. Miguel León-Portilla, Porrúa, México 1970, p. 111.

[4] Id., p. 112.

[5] Historia de México desde los primeros movimientos que prepararon la independencia en el año de 1808 hasta la época presente, vol. I, ed, original, Méjico 1849, p. 11.

[6] Cita en: Cárdenas de la Peña, I, 215.

[7] Hijosa a Revillagigedo. Documento en el Archivo General de la Nación, México, Californias, 42, f. 408. Citado en: Cárdenas de la Peña, I, p.171.

[8] Hijosa a Núñez de Haro y Peralta. Documento en el AGN, Provincias internas, 89, ff. 424s.