PLÁTICA PARA EL MARTES SANTO. 2010

 

Al presbiterio de la diócesis de Tepic, 30 de marzo de 2010.

   Este Martes Santo, que anticipa en parte la solemnidad del Jueves de la Cena del Señor, lleva consigo una referencia directa y fuerte a la Eucaristía, “fuente y cumbre de la vida cristiana” y por ello mismo al sacerdocio del Nuevo Testamento, del que Jesucristo es el Único Sacerdote, a su ejercicio en la Iglesia y, a partir de ella, “para vida del mundo.” Si todos los años esta referencia es obligada y feliz, en el presente, “año sacerdotal” para la Iglesia universal por convocatoria del Santo Padre, es fundamental hacerla con mayor cuidado. La conmemoración de los 150 años de la muerte del “cura de Ars”, apóstol ferviente de la penitencia, que definió su ministerio en términos de su época como “el amor del Sagrado Corazón de Jesús”, es ocasión propicia para adentrarnos en este ámbito donde la fe es la brújula y la línea de nuestro ministerio en la Iglesia local de Tepic el objetivo.

  Si la Iglesia, en su dimensión más real y profunda es misterio de fe, por lo cual afirmamos en el Credo, “creo en la Iglesia”, el sacerdocio, vinculado de tal modo a la Eucaristía –sacramento, presencia, alimento y celebración—que sin él no se daría, es también misterio de fe, es decir: la comprensión íntegra de su realidad no es objeto de la experiencia sensible sino don, promesa y búsqueda perseverante. Como a Abraham, a Moisés, al pueblo de Israel en el desierto, como a San José, la fe es la única puerta que se nos abre a la seguridad de alcanzar los bienes definitivos por medios que son a la vez humildes y sublimes.

  En este espíritu, la invitación que nos hace la solemnidad presente, conduce con naturalidad a reflexionar acerca del don del sacerdocio, que siendo uno solo, el de Jesucristo, pues uno solo y definitivo fue el sacrificio que inundó a la humanidad con los frutos de la redención, se hacen presentes y activos en el tiempo y en el espacio, es decir, tienen lugar de manera tangible en personas y grupos humanos a lo largo de la historia y en lugares y “areópagos” de lo más variados. Es la realización de la participación que Jesús hizo con sus apóstoles en aquella cena pascual en Jerusalén y que, a través de sus sucesores, ha realizado con nosotros, los presbíteros de su Iglesia.

  Esta verdad, que brota de la fe, es de tal peso, que cuesta trabajo expresarla y llevarla como señal de ruta. Pues la comprobación cotidiana de lo que San Pablo descubrió en su propia existencia, de que “llevamos un tesoro en vasijas de barro”, puede inhibirnos y no dejar que con toda humildad –y “la humildad es la verdad”—palpemos la grandeza de esta participación y, desde luego, nos veamos tentados a huir de la responsabilidad que conlleva. Pues si el pueblo de Dios entero lleva sobre sus hombros la tarea de ser “ciudad sobre el monte” y “lámpara encendida” y en cuanto identificado con Cristo ha de ejercer una misión sacerdotal, por medio de un sacramento específico, diferente al bautismo, algunos hemos recibido la especial encomienda, impregnada en la benevolencia y la misericordia divinas, de hacer presente en el mundo y en medio del pueblo de Dios a Cristo en cuanto cabeza del Cuerpo. La enseñanza paulina que compara al nuevo pueblo con el cuerpo humano, nos da amplio campo para confirmarnos en esta convicción. Pues nuestra misión no termina en el respeto y promoción de los carismas de los fieles, sino que es necesario situarnos en el lugar propio que nos corresponde como presbíteros ante la porción encomendada de la grey de Jesucristo y como presbiterio, a la mayor que integra “una Iglesia particular que se confía al obispo…y constituye la Iglesia de Cristo que es una, santa, católica y apostólica.”[1]

  Recientemente el Papa Benedicto XVI ha sintetizado de modo extraordinario el envío y la misión del sacerdote en una visión teologal que merece ser meditada línea a línea. Dijo: “[…] Si toda la Iglesia es misionera y si todo cristiano, por el impulso del bautismo y de la confirmación casi ex officio recibe el mandato de profesar públicamente la fe, el sacerdocio ministerial…se distingue ontológicamente y no sólo por el grado, del sacerdocio bautismal, llamado también sacerdocio común…La dimensión misionera del presbítero nace de su configuración sacramental a Cristo cabeza; ésta lleva consigo, como consecuencia, una adhesión de corazón y total a lo que la tradición eclesial ha identificado como apostolica vivendi forma, forma de vida apostólica. Ésta consiste en la participación en una ‘vida nueva’ entendida espiritualmente en ese ‘nuevo estilo de vida’ inaugurado por el Señor Jesús y hecho propio por los apóstoles. Por la imposición de manos del obispo y la oración consecratoria de la Iglesia, los candidatos vienen a ser hombres nuevos, vienen a ser ‘presbíteros.’ Bajo esta luz aparece con claridad como los tria munera, [los tres oficios de santificar, enseñar y gobernar] son primeramente un don y sólo como consecuencia un oficio, son antes la participación en un estilo de vida y por ello una potestas, una potestad, [el ejercicio de la concesión de un bien a los demás.] Es cierto que la gran tradición de la Iglesia ha desvinculado justamente la eficacia sacramental de la concreta situación existencial del sacerdote individual y de ese modo se salvaguardan adecuadamente las expectativas legítimas de los fieles. Pero esta justa precisión doctrinal no suprime nada a la necesaria, es más, a la indispensable tensión hacia la perfección moral, que debe residir en todo corazón auténticamente sacerdotal.”[2]

   La asimilación práctica y vital de estas grandes verdades, que sin duda hemos llevado adelante no sin distracciones, pruebas y tentaciones, desde los primeros días de vida en el seminario, más o menos lejanos, tiene como resultado el peculiar grado de madurez al que apunta la misma etimología de la palabra presbítero, esa capacidad de discernir la bondad y la maldad en el corazón de los hombres de la que Dios dotó, por ejemplo, al joven Daniel. Es ésta una delicada encomienda que tiene que realizarse día a día en intercambio fecundo entre nuestra libertad y la gracia de Dios. Pues difícilmente –diré mejor, es imposible—realizar un apostolado portador de frutos sin intentar transitar por el camino del estilo de vida apostólico. Todo sacerdote, antes que estar volcado hacia el exterior, aun en agobiantes esfuerzos de entrega a los demás, ha de ser hombre de vida interior, capaz de pensar a fondo, de meditar, de reflexionar, de aportar creatividad, de “convertir en oración todas las experiencias de la vida.”[3] Ya el Papa Pío XII advertía acerca de la “herejía práctica de ‘la acción’” y Juan Pablo II expresó: “un minuto de verdadera adoración es más fecundo que el más intenso apostolado.” Y el documento conclusivo del Sínodo de nuestra diócesis subraya: “[…] La vida espiritual se entiende como un estilo de vida o vida según el Espíritu o vida interior, por ser un conjunto de actitudes del corazón que se articulan en convicciones, motivaciones y decisiones firmes. Los compromisos sacerdotales nacen de estas actitudes profundas a modo de disponibilidad, generosidad y fidelidad, como respuesta a la gracia de Dios.”[4]

  En esta línea, traigo a la memoria la correspondencia que intercambié durante mis estudios en Roma de 1974 a 1976 con Don Adolfo Suárez Rivera, entonces obispo de Tepic. Contándole las experiencias del esplendor de la liturgia papal, de las grandes concentraciones de fieles sobre todo con motivo del Año Santo, de la luminosidad natural que invadía a la ciudad en la cercanía de la Pascua florida, me contestaba con sobriedad: “guarda esas imágenes para las ‘horas negras’ de la vida sacerdotal.” Desde luego, así ha sido y ha funcionado.

  Cada uno lleva en su interior, sin duda, experiencias luminosas que, puestas a trabajar, cubrirán espacios sombríos, atenuarán pulsiones sentimentales, invitarán al diálogo con los demás y harán a un lado la fabricación de rencillas casi siempre absurdas que entorpecen el camino y lesionan la eficacia del apostolado. Que, ante todo, empañan el testimonio no de alguien aislado sino del presbiterio en un punto de la historia en que el mundo “tiene más necesidad de testigos que de predicadores” como subrayó el Papa Paulo VI.

  Siendo hombre de vida interior y precisamente desde esa entraña, es también hombre para los demás. Y esta orientación para ser y estar para los demás, escasea en nuestros tiempos, donde las vocaciones de servicio palidecen frente a los impulsos hacia la ganancia fácil sin tomar en cuenta la ética, el éxito de oropel, la competencia salvaje, la primacía del consumo. He ahí el fondo de la crisis vocacional que, aunque no lo expresamos sino en voz baja, afecta a nuestra diócesis. En diferentes circunstancias, quizá muy diferentes, dos antiguos obispos analizaron la situación: Monseñor Manuel Azpeitia en 1922 y Monseñor Anastasio Hurtado en 1950. Hoy convendrá intentar un discernimiento de los signos de nuestros tiempos, pues la drástica transformación de la cultura (o sea de los valores, “las líneas de pensamiento, los puntos determinantes, los criterios de juicio y los modelos de vida”)[5], la pérdida de referentes a la tradición motivada sobre todo por la omnipresencia de la televisión y su predilección por la violencia de toda índole (los mexicanos tenemos la marca más alta de consumidores de horas frente a la pantalla), las nuevas condiciones laborales cada vez más distantes de las propuestas humanistas de la doctrina social de la Iglesia y la dispersión de la familia y la pérdida del lazo central del principio de autoridad paterna dentro de ella y por consiguiente en la sociedad entera, están ahí, como problemática pero, sobre todo, como reto. No es este el lugar para bajar a detalles de la más reciente exhortación de la Conferencia del Episcopado Mexicano, “Que en Cristo, nuestra paz, México tenga una vida digna” del 15 de febrero del presente año, pero no podemos soslayar su llamado a emprender la tarea de reconocer lo que ella dice y propone, ni arrinconar sus páginas en un lugar donde en poco tiempo ni siquiera las podamos encontrar. A propósito de esa “drástica transformación de la cultura” a la que aludí, hace poco tuve ocasión de ver cerca de trescientos documentos de preinscripción a una escuela secundaria. Para mi sorpresa, los nombres de esos candidatos a estudiantes están lejos de cualquier alusión cristiana: se trata de sílabas reunidas con sonidos extraños que no permiten en algunos casos ni siquiera encontrar la diferencia entre el masculino y el femenino. Ni siquiera se hacen presentes los tomados de las telenovelas, en boga hace algunos años o aquellos que, para no asumirlos del santoral, cierto radicalismo político tomó de la historia prehispánica o del lenguaje libertario: Cuauhtémoc, Nezahualcóyotl, Xóchitl, Huitzílin o Soila Libertad. Una solitaria “Lupita” y algún Santiago y un Ramón apuntan a vestigios cristianos. ¿Dónde están los modelos de vida de los santos que nuestra Iglesia ha dado en sus siglos?

  La vocación al sacerdocio cristiano y el ejercicio ministerial sólo puede comprenderse como vocación de servicio y el servicio es, en primer lugar, apertura a los demás, espíritu de comunión. Esta realidad pide que nuestra libertad se abra al punto de vista del prójimo y, a la vez, que pueda trasparentar la presencia del Señor en medio de su pueblo para exponer y proponer la “vía del evangelio”, la que puede discernir, reorientar y consagrar las estructuras humanas, con tantos aspectos positivos pero afectadas por la huella del pecado.

  Si el sacerdocio está referido íntimamente a la Eucaristía en toda su plenitud y grandeza, no lo está menos a la obra culminante del ministerio de Jesús y de los apóstoles y sus sucesores: el perdón de los pecados. Si sólo por la confianza en la palabra de Cristo podemos atrevernos a llamar Padre a Dios, si sólo por esa confianza osamos decir en su nombre y persona las palabras de la consagración, aún más confianza y fuerza de fe necesitamos para creer que por nuestro medio los pecados son perdonados por el amor misericordioso del Padre que “ha reconciliado al mundo en la muerte y resurrección de Jesucristo y ha enviado al Espíritu Santo para el perdón de los pecados.” Teniendo en cuenta estas realidades de forma vital, cobra sentido una frase que repercute en mi memoria como estímulo y preocupación desde que la leí en la primera carta que el Papa Juan Pablo II envió a los sacerdotes el Jueves Santo de 1980: “ustedes son necesarios.”

  Esta vinculación misteriosa, sacramental, es el nudo que nos ata suavemente a la misión de Cristo en la Iglesia y que requiere una constante renovación que desde nuestro corazón vaya a nuestra mente, a nuestros labios, a nuestras manos y pies en un caudal de fervor que dé color y fecundidad a ese “tesoro que llevamos en vasijas de barro.”

  Nuestros ojos de pastores están llamados a ver más allá de las apariencias exteriores, a reconocer, en medio de la gran peregrinación humana que parece no llevar rumbo ni llevar inscrito un sentido en la vida que corre, “las puertas que Dios abre desde dentro de los corazones.”[6]

  Desde este eje del mundo que es la Eucaristía, que desde su humildad brilla espléndidamente como “sol del amor”, cuya “luz inflama el corazón de México leal”, afirmamos que más allá de los problemas y obstáculos que parecen instalarse por todas partes, “nuestro mundo…[tan] lleno de injusticias…tiene nostalgia de Dios y de la casa paterna [y por eso] tiene esperanza en la Iglesia y en nosotros.”[7]


 

[1] Concilio Vaticano II, Christus Dominus.

[2] Discurso a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Congregación para el Clero. Vaticano, 16 de marzo de 2009.

[3] Paulo VI, alocución en un domingo a la hora del “Ángelus.”

[4] Presbíteros, Iluminación, Formación espiritual en: I Sínodo Diocesano, Expresión viva de unidad, Diócesis de Tepic, 2000-2005, p. 72.

[5] Cf. Paulo VI, Evangelii Nuntiandi, 18.

[6] Mons. Fernand Boulard, Evangelización, 1ª Jornada de revisión y planeación pastoral, Tepic, septiembre de 1973. (Boletín eclesiástico diocesano, 4-5 (octubre de 1973), p. 163).

[7] Adolfo Suárez Rivera, obispo de Tepic. Homilía de clausura de la 1ª Jornada de revisión y planeación pastoral, Tepic, 6 de septiembre de 1973. (Boletín eclesiástico, p. 187).