CINCO LLAGAS SOBRE EL MUNDO

- EL PALIO DE BENEDICTO XVI -

  Con el deseo íntimo de que las frases que he hilado para conversar con ustedes en esta ocasión reflexiva para su congregación religiosa, Hijas Mínimas de María Inmaculada, sean motivo precisamente de reflexión, instancia primera e ineludible de toda acción, formulo ante todo mi agradecimiento por haber sido invitado a compartir con ustedes estos minutos. Los comparto con el gozo de estar seguro del valor único e indiscutible de la vida religiosa femenina para el futuro de nuestra Iglesia. Y por ello, como aportación a la vez seria y afectuosa.

  Me parece importante decir desde este momento que tal vez la primera impresión que produzcan mis palabras no sea la de inmediata comprensión, pues aunque no usaré –así lo creo—términos extraños ni rebuscados, poseen una densidad que requiere una lectura pausada y meditativa que sugiero hagan en los momentos libres que les queden en estos días del Capítulo o después, de regreso a sus casas. También expreso que esta intervención no responde a un propósito práctico e inmediato, ni a ponerse al corriente de noticias o de tendencias en política o economía. En esta misma mañana, sin embargo, existirá la posibilidad de una sesión de preguntas y respuestas en donde se pueda tal vez dar cauce a ciertas inquietudes, que recomiendo vayan anotando conforme se desarrolle esta intervención.

  Hace unos meses tuve la oportunidad de escuchar en la ciudad de México al Cardenal Oscar Andrés Rodríguez, Arzobispo de Tegucigalpa, a quien conocí hace ya casi treinta años en Colombia donde participamos juntos en un curso de más de dos meses de asimilación de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano que había tenido lugar en Puebla en enero de 1979. Desde entonces me ha gustado seguir sus reflexiones sobre los acontecimientos mundiales ante los cuales ha tenido una situación privilegiada, pues a solicitud tanto del Papa Juan Pablo II como de Benedicto XVI, ha expuesto la postura de la Iglesia católica primordialmente sobre las cuestiones sociales y económicas que afronta el mundo en sitios de la importancia del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional o el Foro Económico de Davos.

  Él expuso entonces, con datos de primera mano, las enormes dificultades que la humanidad tiene que afrontar en los tiempos que corren, pues en el mundo se privilegian  el comercio y la economía por encima de las personas y sus necesidades. Cómo mientras se abrían las fronteras por medio de tratados internacionales de libre comercio, se cerraban al tránsito de las personas, a las migraciones que a lo largo de los siglos, han enriquecido a los pueblos.  En 1989 fue grande el júbilo cuando se derribó el muro que dividía en dos a la ciudad de Berlín, frontera simbólica del distanciamiento de concepciones del mundo y del ser humano. Ese momento intenso se interpretó como punto de arranque de un mundo diferente, donde la libertad, por fin, impregnaría la vida de pueblos y naciones. Hoy vemos, sin embargo, levantarse nuevos muros, y ya no entre entidades políticas regidas por ideologías encontradas, sino por el miedo a compartir y a buscar caminos de solidaridad humanas. Basta voltear la vista a la frontera entre México y Estados Unidos o a la que separa a Israel de Palestina para darnos cuenta y escuchar las mismas “razones” que en otro tiempo daban los regímenes comunistas: la seguridad, para ver que en ello no hay verdad.  Él subrayó también la frustración acompaña las vidas de grupos humanos cada vez más grandes y cómo esta situación afecta especialmente a los jóvenes, dada también la baja casi generalizada de la calidad de la educación. En América Latina son cada vez menores las oportunidades para salir de la pobreza y las políticas públicas  son muchas veces sólo distracciones de problemas que requieren solución a fondo. La tan anhelada democracia que parecía haber por fin llegado se deforma día a día con dosis crecientes de demagogia. Las celebraciones artificiales del fin del milenio y las expectativas que despertaron en algunos sin más base que una especie de creencia mágica de que el nuevo estaría exento de guerras, rencillas y divisiones, a una distancia  de alrededor de ocho años, se ha esfumado, mientras que las experiencias de violencia y la ampliación de la distancia entre la riqueza acumulada y la pobreza extendida continúan presentes. De igual manera, puso de relieve el avance lento pero seguro de la falta de respeto a la vida humana, manifestado en la aprobación, siempre sin suficiente reflexión, bajo presión de grupos minoritarios y de manera emotiva, de leyes favorecedoras del aborto legal. Lo que hasta hace poco parecía fenómeno de naciones lejanas, es en la actualidad realidad cercana en estas tierras de fundación y tradición católicas. Esas son señales de un cambio de cultura profundo pero negativo.

  Pensando a partir de lo escuchado, me acordé del optimismo que hace ya casi treinta años, en 1979, nos embargaba en América Latina al considerarnos “el continente de la esperanza” casi como un título que nos merecíamos y al sentir que las opciones pastorales que había señalado la Conferencia de Puebla, recién iniciado el pontificado del Papa Juan Pablo II, tendrían un dinamismo casi autónomo para trazar caminos de mejoramiento generalizado.

  El tiempo ha pasado y, a juzgar por las noticias que nos invaden de manera cotidiana, las situaciones, sea que las miremos desde el marco de una nación –México en nuestro caso--, del continente o del mundo entero, si se analizan desde los enfoques de las ciencias sociales, la economía o la política, parecen apuntar a un horizonte oscuro y ciego, a debilitar las fuerzas morales más que las físicas de nuestros pueblos, así como a dejarse llevar por un pesimismo generalizado. Esta situación, observada desde el pensamiento cristiano, permite una visión más profunda y puede diagnosticarse como un avance del reino del Mal, del “enemigo de la naturaleza humana”, del demonio, que de acuerdo a la palabra del apóstol San Juan es “el padre de la mentira,” el homicida y el maestro de la confusión. La crisis económica que ha sobrevenido recientemente y que según los conocedores es la mayor desde 1929 ha puesto al descubierto, más que una falla en mecanismos financieros, la sobrevaloración de las ganancias sin ningún freno moral, es decir, se trata de una problemática humana.

  Por todo lo dicho, una mirada sobre nuestro tiempo presente no puede quedarse en la superficie ni en la simple acumulación de datos, encuestas o declaraciones. Tampoco puede apuntar hacia una posición meramente pasiva, providencialista o que busque que los cristianos nos encerremos en espacios de seguridad a la manera de una secta. Ha de ir hacia la intimidad de las cosas, de los sucesos y del camino de nuestras vidas; transformarse en una mirada meditativa, propositiva y abierta a la esperanza. Ha de poner en práctica el mandamiento máximo que Jesús propuso como resumen del decálogo: “amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo.” Ha de sostener, en modo inverso al dicho de Caín, a la hora que fue interrogado sobre la ausencia su hermano Abel: “--Sí soy el guardián de mi hermano.”

  Iniciar un camino con estas características es algo así como una aventura. Pues en realidad la fe viva y la pertenencia a la Iglesia consciente y afirmativa sólo pueden compararse con una aventura. Como la que han realizado en el largo tiempo de la Iglesia, ya bimilenario, los apóstoles, los santos, los fundadores de familias religiosas, que han enriquecido al pueblo de Dios con rostros, vocaciones e historias diversas pero unidas en un amor común.

  Estoy seguro que los tiempos que corren, leídos en sus “signos” primeramente por el Concilio Vaticano II que fue, como lo expresó en su momento el Papa Juan XXIII, nada menos que “un nuevo Pentecostés” y más tarde, tratándose del mundo por los Pontífices Paulo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II y el actual Benedicto XVI y en el  caso de nuestro continente latinoamericano por las Conferencias Generales del Episcopado, no piden otra actitud sino la de la realización de una tarea creativa, riesgosa y “de aventura”, misión que se realiza –y ahí reside su peculiar fortaleza-- en la compañía de quien ha redimido al mundo del pecado y de la muerte y está vivo y resucitado en medio de su pueblo.

  Hace unos días, también oí a un amigo, Monseñor Carlos Aguiar, Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, en una entrevista para la televisión en la que se habló, entre otros puntos de la acción del narcotráfico en nuestro país, definir la misión de la Iglesia en el mundo como la de “afrontar la superación del mal.” Y efectivamente, la labor de todos los miembros de la gran comunidad convocada por Jesucristo  ha de portar el sello de sembrar el bien, de erradicar el mal y no confundirse con la acción de un partido político o de una facción que sólo enfrenta “enemigos.” Ojalá siempre pudiera ser reconocida en la intimidad de los corazones de todos los hombres el ejercicio de la tarea eclesial como fue definido el tránsito de Jesús en su vida pública: “…pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo porque Dios estaba con él” (Hechos 10, 38b)

  Teniendo en cuenta lo dicho, quiero acercarme de una manera más espiritual y meditativa que científica y analítica al espíritu del documento conclusivo de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe celebrada en Aparecida, Brasil, el año pasado (2007) y a algunas enseñanzas de Su Santidad Benedicto XVI en torno a él.  Es, sin duda tarea pendiente para todos y de modo especial para las comunidades religiosas que se detienen a pensar su camino para los años que vienen. Conscientemente he usado los términos “espíritu” y “espiritual”, pues estoy convencido que la mejor manera de acercarnos a los documentos eclesiales es formulando un acto de fe en la presencia y acción del Espíritu Santo, a quien nos dirigimos en el credo como “Señor y dador de vida.” Asumir una actitud espiritual es ponerse en sintonía con el “Consolador”, el Espíritu Santo que Jesús había de enviar para fortalecer a su pueblo y arrancarle de su corazón tantas veces apocado sus miedos e incertidumbres.

   Pido su especial atención, pues generalmente nos referimos a las palabras que pronuncia el magisterio citando sus versiones escritas y hablamos de “documentos” (encíclicas, constituciones, decretos y otros) cuando deberíamos más bien referirnos a acontecimientos, o sea, a hechos significativos y relevantes que, en nuestro caso, son ante todo acontecimientos del Espíritu, algo así como dejarse arrastrar por el viento de Pentecostés, que no sólo sopló en una feliz mañana en Jerusalén, sino que sopla todos los días en el corazón de la comunidad.

  En el título mismo de la Conferencia de Aparecida se definió su línea más característica. Fue una mirada impulsada por la fe, dirigida no tanto a una “realidad” exterior en busca de soluciones prácticas, sino a una realidad interior, a reencontrar el sendero de la vida eclesial en lo que tiene de singular y la distingue de tantas instituciones que dicen tener soluciones a la mano. Nos define y define nuestras tareas: “Discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan vida.”

  El eje, pues, de la vida y del quehacer de la Iglesia en los tiempos que corren,  no es otro sino el encuentro con Jesucristo. Un encuentro que, desde luego, ha de reconocerse a la manera de los encuentros que, a lo largo de sus páginas han dejado impresos los evangelios y que han cambiado la orientación de las vidas de sus sujetos, los convirtieron a una vida diferente de cara a la luz y a la novedad. Son muchos y muy diferentes: el anciano Simeón a la entrada del Templo, la mujer de Samaria a la vera del pozo de Jacob, Pedro y Andrés que pescaban en el lago, Santiago y Juan, los discípulos y los invitados presentes en las bodas de Caná, los ciegos, los leprosos, los paralíticos, la mujer que iba a ser apedreada, Zaqueo el rico, la mujer que enjugó sus pies con un bálsamo precioso, Lázaro y sus hermanas, el centurión que tenía a su criado enfermo, Mateo en el banco de cobrador de impuestos, la viuda de Naím, Simón de Cirene, el “buen ladrón” que estuvo a su lado en su propia cruz, Saulo en el camino de Damasco.

  De alguna manera cada uno de los humanos –nosotros, por ejemplo-- puede identificarse con alguno de estos personajes, con su actitud de vida, con sus historias, con la impresión que recibieron al encontrarse con el rostro de Cristo, con la invitación que les dirigió a no tener miedo, con su deseo de paz, con el efecto saludable del perdón en su proyecto vital posterior.

  El encuentro con Jesucristo, visto tanto como la admiración primera que hace que la persona despierte a una vida distinta al modo de una chispa que se enciende e impulsa –al que la tradición eclesiástica llama el “kerigma” o primer anuncio—o como una línea de continuidad y perseverancia que se prolonga por mucho tiempo, es algo que se reconoce fundamental para el hoy y el porvenir de nuestras comunidades eclesiales, para trasmitir la fe a las generaciones venideras que cada vez más tendrán que arrancar desde el principio a causa de las trasformaciones de la cultura circundante y la atrofia de la transmisión por la vía de la tradición. Las generaciones que han nacido en los últimos decenios son, aunque aún las reconozcan sus padres cristianas y católicas, en realidad son neófitas que requieren el anuncio y el testimonio que hace brotar el acto de fe primordial.

  En el repaso histórico de la existencia de casi cinco siglos del primer anuncio de la buena nueva y de la fundación de las primeras comunidades en el continente americano y en México, se suele subrayar la forma en que la fe se arraigó en pueblos receptivos, a causa de su sentido de lo sagrado y cómo a través de la religiosidad o piedad popular,  sensible de modo particular a los sufrimientos de Cristo y a la maternidad mariana, se ha trasmitido. Sin embargo, ya en la Conferencia de Medellín de 1968 y sobre todo en la de Puebla de 1979, se hizo notar que, de la mano de los cambios culturales y de la manera como las sociedades latinoamericanas  pasaban con rapidez de rurales a urbanas y se pluralizaba la captación de los valores y el mismo sentido de la existencia, la transmisión  tradicional de los valores iba quedando relegada y requería del encuentro vivo de cada uno de los miembros de la Iglesia. Esta conciencia se hizo explícita en la V Conferencia.

  En Puebla se palpaba como realidad válida y de muchas maneras vigente como integrante básico de la cultura que “[…]la evangelización constituyente de América Latina…respondió con una capacidad creadora cuyo aliento sostiene viva la religiosidad de la mayoría del pueblo…Nuestro radical sustrato católico fue establecido y dinamizado por una vasta legión misionera de obispos, religiosos y laicos…”[1]  En Aparecida se habló en tono más modesto: “[…] El don de la tradición católica es un cimiento fundamental de la identidad, originalidad y unidad de América Latina…”[2] Un cimiento, no el cimiento. Cambio de enfoque importantísimo.

  En su discurso inaugural, Benedicto XVI dijo: “[…] Se percibe…un cierto debilitamiento de la vida cristiana en el conjunto de la sociedad y de la propia pertenencia a la Iglesia católica debido al secularismo, al hedonismo, al indiferentismo y al proselitismo de numerosas sectas, de religiones animistas y de nuevas expresiones seudorreligiosas.”[3] Me parece que el Papa, al enumerar un grupo de fenómenos como los citados, no los consideró causas culpables del debilitamiento y del sentido de pertenencia que mencionó al principio, sino que los mencionó como elementos que inciden en un cambio cultural con perfiles negativos y positivos, cambio en el interior de la configuración de la cultura que entendido en el modo como lo entiende la carta magna de la evangelización, Evangelii Nuntiandi de Paulo VI, afecta líneas de pensamiento, puntos determinantes, criterios de juicio y modelos de vida que contrastan con el anuncio evangélico. Esta afectación a la cultura que viene a ser la atmósfera en la que la Iglesia y sus miembros respiran resulta, como se muestra de manera patente, el área de respuesta en la que se debe centrar la tarea evangelizadora. No se trata de culpar, sino de comprender y responder. Por ello, en tono de invitación a la conversión pastoral,  los obispos en el texto de Aparecida exponen que “[…] hemos de reforzar en nuestra Iglesia:…a) La experiencia religiosa…Debemos ofrecer a todos nuestros fieles un “encuentro personal con Jesucristo”, una experiencia religiosa profunda e intensa, un anuncio kerigmático y el testimonio personal de los evangelizadores, que lleve a una conversión personal y a un cambio de vida integral.”[4]

  Esos renglones son una invitación a pasar de la conservación de tradiciones católicas y de instituciones eclesiásticas a la configuración de comunidades de discípulos  cristianos en autenticidad, o sea, decididos a optar por Cristo e iniciados en sus rutas en medio del mundo. No parece que vivamos tiempos propios para mediocridades o para una pastoral lánguida. La dinámica de la vida religiosa, por ejemplo, desde el Concilio Vaticano II ha de mirar tanto a su carisma originario como a las circunstancias cambiantes de los tiempos. Y ha de dirigir esta mirada teniendo en cuenta las condiciones concretas de las obras y el personal con que se cuenta sin miedos y con valentía.

  La voz de Dios que se escucha en la actualidad, pues, llama nuestra atención en puntos centrales de la identidad cristiana. Por ello se presenta a todos los miembros de la Iglesia el reto fundamental de ser discípulos, es decir, de escuchar las palabras de vida que provienen de la sabiduría encarnada y proyectar la existencia conforme a ellas. Todo cristiano, de acuerdo a esta propuesta, ha de situarse en una postura contemplativa ante Jesucristo, a la manera de María de Betania, a quien el evangelio ve a los pies de Jesús y la alaba porque “escogió la mejor parte.” Dice el texto de Aparecida: “…Los cristianos necesitamos recomenzar desde Cristo, desde la contemplación de quien nos ha revelado en su misterio la plenitud del cumplimiento de la vocación humana y de su sentido. Necesitamos hacernos discípulos dóciles, para aprender de Él, en su seguimiento, la dignidad y plenitud de la vida.”[5]

  Esas líneas tienen tal densidad que merecen ser divididas y profundizadas concepto por concepto, pues en su telón de fondo se encuentra un caudal de sabiduría bíblica y la preciosa síntesis del maravilloso intercambio que en el Verbo Encarnado se ha dado entre Dios y el ser humano que el Concilio Vaticano II en su Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo moderno, Gaudium et Spes expresó de esta manera: “[…] Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo a fin de que pueda responder a su máxima vocación y que no ha sido dado bajo el cielo otro nombre bajo el que sea necesario salvarse. Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se halla en su Señor y Maestro. Afirma además la Iglesia que bajo la superficie de lo cambiante hay muchas cosas que permanecen, que tienen su último fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y para siempre. Bajo la luz de Cristo, imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación, el Concilio habla a todos para esclarecer el misterio del hombre y para cooperar en el hallazgo de soluciones que respondan a los principales problemas de nuestra época.”[6]

  Aparecida convoca, en primer lugar, a recomenzar desde Cristo, a darle lugar a un “nuevo nacimiento” que, trayendo a la memoria la escena del diálogo entre Jesús y Nicodemo, el discípulo que venía a verlo de noche, no es un nacimiento carnal sino espiritual, por el poder del Espíritu. Ese nuevo nacimiento, desde luego,  se manifiesta en una conversión. Y la conversión es una tarea que se realiza en el diálogo entre el cristiano y la obra divina de la gracia. Es como la puesta en acción del dinamismo del bautismo, del nuevo nacimiento del que Jesús le habló a Nicodemo, efectuado a partir “del agua y del Espíritu” (Jn 3, 5b) y que germinalmente quedó impreso desde el día glorioso en que recibimos ese primer sacramento. Si alguna dirección tiene de forma concreta esta exhortación a ponerse en camino a recomenzar en un número muy elevado de cristianos y tal vez más de cristianos consagrados en la vida sacerdotal o religiosa, es la que se orienta al impulso a salir de la mediocridad, del paso rutinario, de la repetición  de acciones que no pocas veces dan color a una existencia anclada en el tedio y la depresión. ¡Qué panorama más distante del fuego que arde en el corazón de quien recibe la fuerza de la palabra de Dios, explicada por el Señor! ¡Qué distancia con los discípulos que regresaron de la aldea de Emaús a encontrarse con sus amigos en Jerusalén después de haber experimentado el conocimiento de Jesucristo “al partir el pan” y que no tuvieron rastro alguno de desaliento u oscuridad en su ánimo, dispuesto ahora a afrontar lo que la vida les presentara! Tal vez podemos preguntarnos con fruto: ¿qué efectos tiene en nosotros la lectura cotidiana de la palabra divina y la participación en la Eucaristía, “fuente y cumbre de la vida cristiana”?

  Las palabras que siguen son también de peso y nos señalan hacia la contemplación del “misterio” de Cristo en el que se revela  “el cumplimiento pleno de la vocación humana y de su sentido.”

  Misterio en el lenguaje del Nuevo Testamento indica el conjunto de realidades que rodean la historia y el destino futuro del paso de Jesús por en medio de la humanidad y, por consiguiente, la voluntad de Dios de realizar la salvación del género humano por medio de Jesucristo. Tiene que ver, pues, con la situación de caída, de soledad y de distanciamiento de los hombres con Dios, de la necesidad de redención a la que ahora se responde, y si bien había sido intuido por los santos y los profetas del pueblo de Israel y desde el comienzo de los tiempos podía modelarse en esperanza, “en la plenitud de los tiempos” fue revelado en toda su integridad y extensión. Contemplar el misterio, pues, viene a ser algo así como el reconocimiento de que Jesucristo es el redentor y consumador de los planes divinos sobre la humanidad. Al reconocer lo anterior, se ve a plena luz la importancia capital del diálogo silencioso entre el cristiano y su redentor, diálogo que  tiene como escenario natural la oración, esa respiración del corazón que  lo ensancha en una medida tal que deja atrás los rastros del egoísmo que estrecha la mirada e impide amar de verdad.

  Es innegable que nuestra época, globalizada, tecnificada y con exceso de información, está agobiada por el uso del  tiempo que nunca parece alcanzar, por la prisa que invade todo menos lo superficial y lo frívolo  y por la persecución de la eficiencia y de resultados que se expresen en peso y medida. El lugar para la oración, para la calma que da lugar a la admiración y a la asimilación paciente de los dones que se reciben a través de la acción de Cristo queda, cuando mucho, en un rincón que quizá se activa cuando llega una crisis existencial. Tal parece que esta época nuestra, a pesar de que en escritos y discursos expresa lo contrario, está más pronta a los rompimientos que a la comunión, a comentar obsesivamente los signos de cansancio y de envejecimiento con los que se tropieza, que  las señales de dinamismo y juventud. San Ignacio de Loyola en un punto de sus Ejercicios Espirituales, comentando la diferencia entre llenarse de información y experiencias y de integrarlas a nuestro centro vital dijo: “[…] No el mucho saber harta y satisface el ánima, sino el gozar de las cosas internamente.” En el ejercicio de la oración se aprende a admirar y admirar es acción de juventud.

   En la Iglesia somos invitados a vivir esta admiración animados por el testimonio de nuestros hermanos, así hayan estado presentes hace siglos o convivan a nuestro lado.

   El misterio de Cristo se ha revelado de manera gradual y una de las formas de reconocer esta gradación es observando cómo evolucionan en las escenas que presenta el evangelio las manifestaciones de poder –los milagros que permitieron a los contemporáneos de Jesús, miembros casi siempre del pueblo judío y formados en esa imagen de Dios, asomarse a la omnipotencia divina—hacia las manifestaciones de amor, la mayor de todas, sin duda, el legado de su presencia en la Eucaristía para todos los siglos, iniciada sacramentalmente en la cena de Pascua con sus amigos. A base de esta contemplación pudo quedar escrito en el Nuevo Testamento y grabado en la existencia de los cristianos la exclamación admirada: “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo Único…” Y a base de esta contemplación puede nacer y fortalecerse nuestra admiración, la de cada uno y la de las comunidades cristianas que están sembradas por los confines del mundo. Sólo de esta manera pueden responderse las grandes preguntas que en voz alta o en silencio la humanidad se hace, sobre todo en relación con el sentido de la vida: ¿Vale la pena vivir? ¿Es mejor vivir que no vivir? ¿Para qué se sufre? ¿Por qué el trabajo, la enfermedad el cansancio? ¿Por qué la injusticia, el desamor y el abandono? ¿Por qué parece que Dios se ausenta?

   Es fundamental continuar nuestro camino a la aldea de Emaús, darnos cuenta con conciencia abierta de todas las huellas que ha dejado el mal consejero, para dar con la luz y con el rostro de Cristo, reconociéndolo frente a nosotros, en la fracción del pan:  “¿No era necesario que el Mesías sufriera todo esto para entrar en su gloria? Y empezando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que decían de él las Escrituras…” (Lc 24, 26s)

  El programa propuesto a los cristianos de América Latina por la Conferencia de Aparecida invita a transformarse en discípulos y agrega al concepto el adjetivo dóciles, pues sólo la docilidad, que en su sentido auténtico no es sumisión o abajamiento sino reconocimiento de que nuestra libertad tiene que seguir una ruta congruente y esta congruencia se encuentra en la sabiduría que brota de la Palabra hecha carne, es la que realmente puede liberarnos de las ataduras y las cadenas que nos oprimen. Siendo, o más bien  llegando a ser discípulos dóciles, podremos “[…] aprender de Él, en su seguimiento, la dignidad y la plenitud de la vida.” Y si bien en este aprendizaje infinidad de puntos oscuros y de interrogantes van aclarándose, la manifestación cumbre de la docilidad a la Palabra es, sin duda, el perdón, y éste no es un acto de la sensibilidad sino de la libertad. Y si hablo del perdón aparentemente fuera de lugar, es porque la pedagogía de la docilidad, es decir, el aprendizaje que se requiere para ser dócil ha de llegar hasta ese punto para fincar con solidez la dignidad humana, la propia y la de los demás. Hoy se habla mucho, quizá a veces demasiado de dignidad humana, de derechos humanos, de respeto y de tolerancia, pero en muchas ocasiones se trata de palabras e incluso de expresión de una venganza sutil, no de un camino de reconciliación.

  Aparecida no se queda, en su proyecto de cristiano para los tiempos que corren, solamente en la etapa del discipulado, base fundamental, desde luego. Propone que los discípulos se trasformen en misioneros, es decir, en heraldos, en obreros de la mies, en apóstoles para la humanidad. “[…] Necesitamos—se lee en el documento--…que nos consuma el celo misionero para llevar al corazón de la cultura de nuestro tiempo aquel sentido unitario y completo de la vida humana que ni la ciencia, ni la política ni la economía ni los medios de comunicación podrán proporcionarle. En Cristo Palabra, Sabiduría de Dios (cf. 1 Cor 1,30), la cultura puede volver a encontrar su centro y su profundidad, desde donde se puede volver a encontrar su centro y su profundidad, desde donde se puede mirar la realidad en el conjunto de todos sus factores, discerniéndolos a la luz del evangelio y dando a cada uno su sitio y su dimensión adecuada.”[7]

  Es importante reconocer que se trata de un párrafo difícil de comprender. Toma como punto de atracción la cultura, concepto tan amplio que puede resultar ambiguo y polivalente. La invitación a ser “misioneros de la cultura” y a encontrar un centro integrador de la dispersión de conocimientos especializados, llámense ciencia positiva, política, economía o proclamación en los medios, es sin embargo fundamental y ha de comprenderse, me parece, como actualización de lo que, en la fulgurante y clarísima exhortación apostólica  Evangelii Nuntiandi se decía del contacto entre la cultura dispersa de nuestros tiempos y la proclamación vital del evangelio. El documento de los obispos latinoamericanos emitido en Puebla en 1979 presenta de forma excelente esta cuestión: “[…] Cristo envió a su Iglesia a anunciar el Evangelio a todos los pueblos. Puesto que cada hombre nace en el seno de una cultura, la Iglesia busca alcanzar, con su acción evangelizadora, no solamente al individuo sino a la cultura del pueblo. Trata de ‘alcanzar y transformar, con la fuerza del Evangelio, los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación…lo que importa es evangelizar no de una manera decorativa, como un barniz superficial, sino de manera vital, en profundidad y hasta sus mismas raíces la cultura y las culturas del hombre.’ (Evangelii Nuntiandi 19-20)…La Iglesia, al proponer la Buena Nueva, denuncia y corrige la presencia del pecado en las culturas; purifica y exorciza los desvalores. Establece por consiguiente, una crítica de las culturas. Ya que el reverso del anuncio del Reino de Dios es la crítica de las idolatrías, esto es, de los valores erigidos en ídolos o de aquellos valores que, sin serlo, una cultura asume como absolutos. La Iglesia tiene la misión de dar testimonio del ‘verdadero Dios y del único Señor.’ Por lo cual, no puede verse como un atropello la evangelización que invita a abandonar falsas concepciones de Dios, conductas antinaturales y aberrantes manipulaciones del hombre por el hombre. La tarea específica de la evangelización consiste en anunciar a Cristo e invitar a las culturas no a quedar bajo un marco eclesiástico, sino a acoger por la fe el señorío espiritual de Cristo, fuera de cuya verdad y gracia no podrán encontrar su plenitud. De este modo, por la evangelización, la Iglesia busca que las culturas sean renovadas, elevadas y perfeccionadas por la presencia activa del Resucitado, centro de la historia, y de su Espíritu.”[8]

  Ser misioneros, transformar a la Iglesia en sus múltiples espacios en comunidades en movimiento, supone comprender la cultura dentro de la que se está inmerso, y la cultura no como ocupación de unos pocos, como si se tratara por ejemplo de la literatura, del arte o de la elaboración de obras científicas. La cultura entendida como una red de elementos que componen el entorno de los valores que determinan las acciones y las omisiones, de los criterios con los que se juzgan los acontecimientos y las personas y de los modelos de vida que se proponen para el seguimiento a los seres humanos y de modo especial a quienes, como los niños y los jóvenes, se encuentran en proceso de maduración y están más expuestos a los efectos manipuladores de las visiones parciales del mundo, de la persona humana y del sentido mismo de la existencia. Supone tener claro el proyecto de Dios sobre la realidad y sobre nuestro puesto y tarea en el mundo.

  Leyendo los signos de nuestro tiempo presente por medio de los instrumentos de búsqueda que nos deja entre líneas el documento de Aparecida existen algunas áreas que requieren atención de la Iglesia y que son los retos más profundos y difíciles de asumir. Los propongo ante ustedes como tarea a largo plazo, pero para no olvidar o postergar.

  Una de ellas es la que tiene que responder a la pregunta: ¿qué es la realidad, qué es lo real, qué es lo verdaderamente existente? Pues de tal manera en la cultura cada vez más dominante se ha borrado la frontera entre lo que puede ser apreciado por los sentidos corporales en contacto con el exterior (tocado, olido, gustado, oído, visto) y lo que tiene una realidad “virtual”, es decir que sólo tiene existencia por medio de la comunicación  electrónica que necesariamente edita y distorsiona lo que acontece. Y este borrarse de fronteras ha ido más adelante y hace crecer cada vez más la dificultad de comprender las diferencias entre el ser humano, los animales y las “cosas”. ¿Qué puede esperarse para que se reconozca la dignidad singular y la diferencia absoluta entre el ser humano dotado de interioridad espiritual y libre de muchos juguetes que están al alcance de un número cada vez mayor de niños que lo mismo son una máquina (un avión o un vehículo terrestre), una especie de animal monstruoso o algo que parece un ser humano? ¿Y en los juegos en los que se exterminan enemigos virtuales? Y si no se reconoce la diferencia entre el ser humano y el resto de los seres del universo, no se podrá reconocer la espiritualidad en sí mismo, la dignidad única que proviene de ella y por tanto la que hay que respetar en los demás; no podrá formarse en la propia conciencia el sentido de la responsabilidad en el uso de la libertad y, más adelante y como en la cumbre, la relación de los seres humanos con Dios y la misma existencia de Dios y su presencia y amor cotidianos en medio de nuestra historia. Habrá que escuchar y anunciar con novedosa apertura, me parece, la palabra del Concilio Vaticano II: “[...] No se equivoca el hombre al afirmar su superioridad sobre el universo material y al considerarse no ya como partícula de la naturaleza o como elemento anónimo de la ciudad humana. Por su interioridad es, en efecto, superior al universo entero; a estas profundidades retorna cuando entra dentro de su corazón, donde Dios le aguarda, escrutador de los corazones, y donde él personalmente, bajo la mirada de Dios, decide su propio destino. Al afirmar, por tanto, en sí mismo la espiritualidad y la inmortalidad del alma, no es el hombre juguete de un espejismo ilusorio provocado solamente por las condiciones físicas y sociales exteriores, sino que toca, por el contrario, la verdad más profunda de la realidad.”[9]

  En el discurso inaugural de la Conferencia de Aparecida, Su Santidad Benedicto XVI fue claro a este respecto: “…Ante la prioridad de la fe en Cristo y de la vida ‘en Él’, formulada en el título de esta V Conferencia, podría surgir también otra cuestión. Esta prioridad, ¿no podría ser acaso una fuga hacia el intimismo, hacia el individualismo religioso, un abandono de la realidad urgente de los grandes problemas económicos, sociales y políticos de América Latina y del mundo, y una fuga de la realidad hacia un mundo espiritual?

  Como primer paso podemos responder a esta pregunta con otra: ¿Qué es esta ‘realidad’? ¿Qué es lo real? ¿Son ‘realidad’ sólo los bienes materiales, los problemas sociales económicos y políticos? Aquí está precisamente el gran error de las tendencias dominantes en el último siglo, error destructivo, como demuestran los resultados tanto de los sistemas marxistas como incluso de los capitalistas. Falsifican el concepto de realidad con la amputación de la realidad fundante y por esto decisiva, que es Dios. Quien excluye a Dios de su horizonte falsifica el concepto de ‘realidad’ y, en consecuencia, sólo puede terminar en caminos equivocados y con recetas destructivas.”[10]

  Para ser “discípulos y misioneros para que nuestros pueblos tengan vida” hace falta, después de reconocer con ardor y valor esa identidad propia de los cristianos de esta hora, reconocer con actitud de caridad y no de violencia, esos “caminos equivocados” y esas “recetas destructivas” que están en nuestras cercanías y tal vez en nuestros propios planes de vida.

  La dispersión y la multiplicidad de rutas humanas, que se cubren en muchas ocasiones con el pretexto del respeto a la pluralidad, son también un reto a asumir. Es necesario emprender tareas de discernimiento y de presentación de una verdad central que, además de responder a posibles inquietudes intelectuales, responda a esa sed de “algo más” que radica en todo ser humano que peregrina sobre la tierra. Aparecida señala una guía a propósito de lo que parece definir a la sociedad contemporánea, la  lluvia de información que viene a resultar paralizante: “[…] La sociedad que coordina sus actividades sólo mediante múltiples informaciones, cree que puede operar de hecho como si Dios no existiese. Pero la eficacia de los procedimientos lograda mediante la información, aún con las tecnologías más desarrolladas, no logra satisfacer el anhelo de dignidad inscrito en lo más profundo de la vocación humana. Por ello, no basta suponer que la mera diversidad de puntos de vista, de opciones, y finalmente, de informaciones, que suele recibir el nombre de pluri o multiculturalidad, resolverá la ausencia de un significado unitario para todo lo que existe. La persona humana es, en su misma esencia, aquel lugar de la naturaleza donde converge la variedad de los significados en una única vocación de sentido. A las personas no les asusta la diversidad. Lo que les asusta, más bien, es no lograr reunir el conjunto de todos estos significados de la realidad en una comprensión unitaria que le permita ejercer su libertad con discernimiento y responsabilidad, La persona busca siempre la verdad de su ser, puesto que es esta verdad la que ilumina la realidad de tal modo que pueda desenvolverse en ella con libertad y alegría, con gozo y esperanza.”[11]

  Así de profundos son los retos que hoy y en el cercano porvenir  tiene la Iglesia fundada por Jesucristo presente en el pueblo de Dios que peregrina en medio de tantos avatares que le presenta la historia. Estos retos son nuestros retos. Pueden parecer  complejos y difíciles,  superiores a nuestras fuerzas. Y desde luego que lo son si los recibimos como tarea sólo de esfuerzo humano. Pero, para una comunidad tan llena de dones múltiples y variados, son retos que se han de asumir con el auxilio de la gracia de un Dios que “es mayor que nuestro corazón.”

  Resumiendo la posición atenta y amorosa frente a los retos que nos ha presentado sobre todo la Conferencia del Episcopado Latinoamericano de Aparecida, Brasil,  puede decirse que consiste en hacer realidad estas ideas fuerza que el evangelio propone como proyecto de vida a los discípulos de Jesucristo: ser “luz del mundo”, “sal de la tierra” y “levadura en la masa.” Y ese proyecto de vida, que toma diversas formas de acuerdo a nuestras diferenciadas y complementarias vocaciones y que, sin duda, ha estado presente en ustedes desde que reconocieron la ilusión de consagrarse al servicio de Dios y de su pueblo es, más que difícil, fascinante.

 Tepic, Nayarit, 24 de diciembre de 2008.

León, Guanajuato, 28 de diciembre de 2008.


 

[1] III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Puebla), nn. 6s.

[2] V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (Aparecida), n. 8.

[3]  Santuario de Aparecida, Brasil, 13 de mayo de 2007.

[4]  Aparecida, n. 226.

[5] N. 41.

[6] Gaudium et spes, 7 de diciembre de 1965, n. 10.

[7] N. 41.

[8] Puebla, 394. 405-407.

[9] Gaudium et Spes, 14.

[10]  Santuario de Aparecida, Brasil, 13 de mayo de 2007.

[11] Aparecida, n. 42.