DÏA DE NAVIDAD

HOMILÍA.

25 DE DICIEMBRE DE 2011

PARROQUIA DE NUESTRA SEÑORA DE LA ASUNCIÓN

JALA, NAYARIT.

 

    Hermanos:

   El profeta Isaías, testigo de guerras, violencia y división entre hermanos, lleva su mirada al horizonte y ve un signo revelador de alegría y esperanza: un mensajero llega corriendo desde el campo de batalla donde ha cesado el estrépito de las espadas y se ha detenido el derramamiento inútil de sangre. Difícilmente los pies polvosos y el cuerpo sudoroso del mensajero podrían ser hermosos, pero el gozo del anuncio de la paz hace que así parezcan: “¡Qué hermoso es ver sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz…que trae la buena nueva, que pregona la salvación, que dice a Sión: ‘¡Tu Dios es rey!’!”

  De igual manera, la mirada sobre la tierra de los hombres que habitamos, sólo si pasa a través de Jesucristo, “imagen de Dios invisible y primogénito de la creación”, puede ver la hermosura que brota de la imagen de Dios sembrada en cada uno de nosotros. Pues detrás de la fragilidad y el deterioro tan visibles en el mundo, está el poder de quien “en el principio ya existía”, “la Palabra que estaba con Dios y era Dios.” El “niño que nos ha nacido” “es el esplendor de la gloria de Dios, la imagen fiel de su ser y el sostén de todas las cosas con su palabra poderosa.”

  Hoy, después de haber oído la palabra divina que se ha mostrado espléndida y vibrante, elevada a las alturas pero a la vez cercana y afectuosa como una caricia de Dios, todo nos lleva a contemplar la luz que, apuntada en la estrella de Belén que guió a los magos de Oriente, brilla sin mancha alguna en el Niño que adoramos en la pobreza del pesebre: “Ya en el principio él estaba con Dios. Todas las cosas vinieron a la existencia por él y sin él nada empezó de cuanto existe. El era la vida y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no lo recibieron…Aquel que es la Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba; el mundo había sido hecho por él y, sin embargo, el mundo no lo conoció.”

  Y bien podemos decir: el mundo no lo conoce y tantas veces prefiere la oscuridad a la luz.

  Hoy conviene preguntarnos si en verdad somos “hijos de la luz”, si podemos reconocernos con sinceridad como quienes hemos recibido al Hijo de Dios que se ha hecho carne, es decir debilidad, para nuestro bien y “nos ha concedido poder llegar a ser hijos de Dios.” Pues, lo dijo también el apóstol San Juan: “quienes son de la luz hacen las obras de la luz.”

  En este día luminoso, día en que nos felicitamos mutuamente por el gran regalo del nacimiento de Jesucristo en el corazón de la humanidad doliente, día de esperanza verdadera, conviene poner sobre la mesa del altar del sacrificio los “tres deseos” que Su Santidad el Papa Benedicto XVI formuló para la comunidad cristiana dispersa en el mundo entero al encender por medio de un dispositivo electrónico el 7 de este mes, las luces de un gigantesco árbol de Navidad en el norte de Italia: “Cuando lo miramos—dijo—nuestros ojos se dirigen hacia arriba, hacia el cielo, hacia el mundo de Dios.

  “Mi primer deseo es, por tanto, que nuestra mirada, la de la mente y la del corazón, no se detenga solamente en el horizonte de este mundo, en las cosas materiales, sino que sea de alguna forma como este árbol, que tienda hacia arriba, que se dirija a Dios. Dios nunca nos olvida, pero también nos pide que no nos olvidemos de Él.

  “El evangelio narra que en la noche de Navidad una luz envolvió a los pastores anunciándoles una gran alegría: el nacimiento de Jesús, de Aquel que nos trajo la luz, más aún, de Aquel que es la luz verdadera que ilumina a todos…

  “El segundo deseo es que nos recuerde que también nosotros necesitamos una luz que ilumine el camino de nuestra vida y nos dé esperanza, especialmente en esta época en que sentimos tanto el peso de las dificultades, de los problemas, de los sufrimientos, y parece que nos envuelve un velo de tinieblas. Pero, ¿qué luz puede iluminar verdaderamente nuestro corazón y darnos una esperanza firme y segura? Es el Niño que contemplamos en la Navidad santa en un pobre y humilde pesebre, porque el Señor que se acerca a cada uno de nosotros y pide que lo acojamos nuevamente en nuestra vida, nos pide que lo queramos, que tengamos confianza en Él, que sintamos su presencia que nos acompaña, nos sostiene y nos ayuda.

  “Pero este árbol tan grande tiene muchas luces. El último deseo es que cada uno de nosotros aporte algo de luz en los ambientes en que vive: en la familia, en el trabajo, en el barrio, en los pueblos, en las ciudades. Que cada uno sea una luz para quien tiene al lado; que deje de lado el egoísmo que, tan a menudo cierra el corazón y lleva a pensar sólo en uno mismo; que preste más atención a los demás, que los ame más. Cualquier pequeño gesto de bondad es como una luz de este gran árbol: junto con las otras luces ilumina la oscuridad de la noche, incluso de la noche más oscura.”

  En el santuario de nuestra conciencia, en los espacios de convivencia de la familia, de las áreas de trabajo y recreación, de las comunidades a las que pertenecemos, resultará excelente ocupar un tiempo en reconocer en qué sentido soy luz o, por el contrario, oscuridad. Y también pedir perdón y pedir más fuego en el corazón para derramar auténtico amor, no de aquél que se confunde con el egoísmo y el placer efímero, sino el que consiste en darse a la construcción del Reino de Dios, un reino de justicia, de libertad y de paz.

  Es fundamental para construirlo mirar hacia los pobres; los pobres económicos, desde luego, pero también los pobres en valores, en encontrarle sentido a la vida. Hemos de aprender y enseñar a responder a las preguntas fundamentales de la existencia, a las que dan seguridad y aplomo ante los embates del mal: ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy?, ¿qué busco en mis caminos? Estas preguntas son urgentes para los jóvenes que han vivido oyendo hablar y viviendo tiempos de crisis y no pueden tener claro el porvenir.

  Las palabras de la Carta a los Hebreos que escuchamos fueron muy claras: “En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros padres… Ahora, en estos tiempos…nos ha hablado por medio de su Hijo.” Y su Hijo nos sigue hablando por medio de los acontecimientos benignos y también por los dolorosos que encontramos al pasar por la vida. Para ello, a la hora de nuestro bautismo, el sacerdote, tocando nuestra orejita de niño y después nuestros pequeños labios pronunció este deseo: “El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar su palabra y profesar la fe, para alabanza y gloria de Dios Padre.”

  Que hoy y todos los días, con nuestra respuesta libre al amor de Dios, transformemos los deseos en realidades. Que sepamos responder sin dudas ni titubeos: “El Señor es mi pastor, nada me falta.” Él es “lámpara para mis pasos”, “luz en mi sendero.”