NOCHE DE NAVIDAD

HOMILÍA.

24 DE DICIEMBRE DE 2011

PARROQUIA DE NUESTRA SEÑORA DE LA ASUNCIÓN

JALA, NAYARIT.

 

  Hermanos:

     Anochecido ya este día nos reunimos para celebrar la Eucaristía en la que nace la Luz que la vieja humanidad de los hijos de Adán esperó por siglos y que nos llega como don en el humilde portal de Belén. La oración que ha precedido las lecturas de la palabra divina nos ha abierto a recibir el regalo de los regalos: “Dios nuestro, que hiciste resplandecer esta noche santísima con el nacimiento de Cristo, verdadera luz del mundo, concédenos que, iluminados en la tierra por la luz de este misterio, podamos también disfrutar de la gloria de tu Hijo…”

   La oscuridad, pues, va a ser vencida esta noche no por medio de la fuerza o de manifestaciones de poder, sino por la fragilidad de un niño pequeño. Lo anunció en la esperanza de Israel el profeta Isaías: “El pueblo que caminaba en las tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz resplandeció.” Y el evangelista San Lucas lo anuncia apuntando a un día en la historia humana: “…le llegó a María el tiempo de dar a luz y tuvo a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no hubo lugar para ellos en la posada…unos pastores pasaban la noche en el campo…Un ángel del Señor se les apareció y la gloria de Dios los envolvió con su luz…”

  Hemos llegado a esta noche buena, noche de bondad desbordante. La palabra de Dios y algunos signos de la tradición nos han preparado: antes de iniciar la primera Misa de los cuatro domingos anteriores, los de Adviento, es decir, de espera gozosa y reflexiva hemos encendido en la “corona de Adviento” una vela cuyo color se ha ido atenuando desde el morado fuerte hasta el blanco para indicar la purificación interior de nuestras vidas para estar preparados para resistir la intensidad de la Luz que hoy llega. Hemos también “pedido posada” durante algunas noches en recuerdo a la peregrinación de José y María por los rumbos de la Tierra Santa y los niños se han alegrado al golpear al pecado significado en la dureza de las piñatas y al ver caer dulces al modo de la dulzura de la gracia de Dios.

  Por ello ésta es noche de limpieza, de iluminación, de gozo y esperanza. Es noche también de reflexión y mirada hacia adelante. La alegría que viene a traer Jesús no se desborda en excesos ni tiene como referencia el libertinaje y el desenfreno, los gritos desaforados de quienes saben tal vez organizar fiestas rumbosas pero no vivir la verdadera alegría. El apóstol San Pablo en su carta a su discípulo Tito que se leyó también hoy nos anuncia que la verdadera alegría va acompañada de la sobriedad: “La gracia de Dios se ha manifestado…y nos ha enseñado a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, para que vivamos, ya desde ahora, de una manera sobria, justa y fiel a Dios…[pues] Cristo Jesús, nuestra esperanza…se entregó por nosotros para redimirnos de todo pecado y purificarnos, a fin de convertirnos en pueblo suyo, fervorosamente entregado a practicar el bien.”

  Justo es, pues, sin perder de vista ni por un instante el resplandor de la Luz que nace, asomarnos a las oscuridades que en donde vivimos afean el ambiente de vida y distorsionan las renuncias al mal y la profesión de fe que hemos hecho en la vigilia de Pascua y en las celebraciones bautismales:

  Hace unos días pude entrar a la vieja capilla de la Inmaculada y San Francisco, que perteneció a las “Hijas de María”, quienes la cuidaron por muchos años y llevaba mucho tiempo cerrada. La impresión que tuve al ver el descuido, la suciedad, los trazos de vuelos sin rumbo dentro de ella de palomas grises me llevó a pensar en un mal en el alma de Jala, pues el descuido de lo que nos han legado los antepasados es casi siempre signo del poco cuidado de los valores centrales que le dan a la existencia humana dignidad y presencia. Y poco antes escuché con atención lo que se dijo en una reunión a propósito de los problemas de salud de este lugar y sus áreas aledañas: enfermedades respiratorias, enfermedades relacionadas con poca higiene, enfermedades emergentes más de nuestros tiempos: diabetes, obesidad infantil y juvenil, así como úlceras, gastritis y colitis, manifestaciones estas últimas de desajustes emocionales cada vez más presentes: ausencia paterna muy extendida y consecuentemente deterioro en la autoridad y desintegración familiar; miedo ante la violencia, depresión y angustia en aumento galopante. No queremos ver algunas de sus raíces: éstas están en los videojuegos de contenido violento cada vez más accesibles a los niños y adolescentes sin control de tiempo ni de contenidos, en el culto a la personalidad de los “narcos” por medio de corridos y canciones, en la pornografía barata en internet y la falta de control de las horas frente a la televisión que crea frustraciones crecientes ante la distancia de los modelos de vida idealizados en la pantalla. Éstas son realidades que minan el tejido social que formamos. Mi observación de un año y medio me ha llevado a reconocer en el alcohol y en lo que he llamado “Su Majestad la cerveza”, una fuente inagotable de daño a la salud corporal y moral de las familias y la comunidad entera. Son bastantes las Misas exequiales o “de cuerpo presente” que me ha tocado celebrar para despedir a personas de muy distintas edades que han arruinado su vida y puesto en riesgo a sus familias por los efectos del alcohol. Y lo más preocupante es que éste, primeramente como “prueba” de dejar de ser niño, después como vicio y más tarde como enfermedad mortal se ha extendido a las jovencitas, a muchas que cursan el bachillerato y algunas la secundaria. Es en la calle y en vehículos más que en las cantinas donde se bebe sin control y con nefastas consecuencias. La droga ya no sólo pasa por aquí en ruta a otras partes, sino que su consumo crece. No son pocos los embarazos de muchachas de secundaria y de preparatoria y el miedo o indiferencia de los padres y el hecho que muchas escuelas sólo dan sin seriedad “información” y no formación con ética y valores sobre la sexualidad está activo. Tal parece que la educación para la libertad, la que consiste en conocer, guardar y enseñar los límites entre el bien y el mal –pues libres nos ha hecho Dios y por tanto responsables—se ha abandonado en todos los niveles.

  La corrupción de funcionarios ha llevado a que no se respete ni siquiera un reglamento de alcoholes mal redactado y a que se faciliten los trámites para abrir “depósitos” de licores que en tiempo de fiestas crecen como hongos; la ingestión de bebidas en la vía pública y la falta de disciplina en la prohibición de vender a los menores de edad en “depósitos” y locales de festejos es escandalosa. El orden público, que debe estar regido por un bando de policía y buen gobierno es permisivo y custodiado débilmente.

  Sobre esas sombras, no teóricas, sino palpables en nuestra comunidad, ha de brillar la Luz de Jesucristo, la fuerza que proviene de la fragilidad de haber asumido en el vientre de la Virgen María nuestra carne y de ser en todo semejante a nosotros, “menos en el pecado.” Celebrar la Navidad a fondo y en serio comienza con el  reconocimiento de las áreas de sombra en nuestro interior, en nuestras decisiones cotidianas y en el ambiente de la comunidad en la que vivimos y decidirnos a desterrarlas día a día con paciencia y perseverancia.

  La lucha contra las tinieblas del mal no es fácil ni rápida. Exige prudencia y valentía, alejar temores y tomar en serio el dinamismo de la fe y la esperanza y exige actuar comunitariamente y no de modo individual. Me llega desde lejos la voz de San Pablo al escribir a los Corintios. El apóstol dirige sin duda también a nosotros esta reflexión: “…Dios ha elegido lo que el mundo considera necio para confundir a los sabios; ha elegido lo que el mundo considera débil para confundir a los fuertes; ha elegido lo vil, lo despreciable, lo que no es nada a los ojos del mundo para aniquilar a quienes creen que son algo. A él deben ustedes su existencia cristiana, ya que Cristo fue hecho para nosotros sabiduría que procede de Dios, salvación, santificación y redención.” (1 Cor 1, 27-30).

  Al pasar a besar al Niño Jesús, llevemos en nuestra mente y corazón estas palabras para hacerlas proyecto de vida: que la sabiduría escondida en el pesebre nos enseñe y nos ayude a ser sensibles a los límites entre el bien y el mal, a encontrar y desterrar la acción del pecado en medio de nuestros caminos.