FIESTA TITULAR DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA.

15 DE AGOSTO DE 2012.

Homilía

       Queridos hermanos:

       A nadie se le oculta en este día luminoso que celebramos una fiesta. Una fiesta grande que desborda los límites de los muros de este templo dedicado a la Asunción de la Virgen María y heredero de una tradición que viene desde antes que fuera parroquia; desde los tiempos de la presencia franciscana ha habido aquí una devoción a ella, tierna y a la vez sólida, confiada en su maternidad ejemplar y en la intercesión constante dirigida a su Hijo como en las bodas de Caná: “hagan lo que Él les diga.”

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  La mujer del Apocalipsis, “vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre la cabeza” es la imagen limpia de la “Jerusalén del cielo” esperada por el pueblo de Israel y hecha realidad en la Iglesia de la que formamos parte. Su esplendor y brillo contrasta con el “enorme dragón color de fuego con siete cabezas y diez cuernos” que representa al mal que se agita contra los hijos de Dios. Pero a pesar del intento homicida contra el Hijo recién nacido de esa mujer única, ella lo venció, primeramente “yendo al desierto”, a la prueba de la soledad, el hambre y la sed y finalmente siendo arrebatada al cielo para estar junto al trono de Dios. La Asunción de la Virgen como primicia de la humanidad queda reflejada de cuerpo entero en esas imágenes en movimiento.

  El mal, sin embargo, aun después de que el “Hijo de la mujer” resucitó sigue estando presente y requiere ser vencido en nuestro interior y en los caminos del mundo y de la historia. El apóstol San Pablo cuya palabra oímos abre una puerta segura a la esperanza al recordarnos a quienes somos hijos de Adán y hemos heredado de él la muerte, que “así como en Adán todos mueren, así en Cristo todos volverán a la vida…primero Cristo como primicia; después, los que son de Cristo.” Él vencerá al “último de los enemigos, la muerte.” En su asunción la Virgen ya lo ha vencido por el impulso divino y podemos acogernos con seguridad a su amparo, protección y auxilio maternal.

  La muerte, sin embargo no es sólo la aniquilación de nuestro cuerpo ni podemos reconocerla nada más en el silencio del cadáver y en la despedida en el cementerio. Existen hechos y conductas que al ser pecado y dejar huella de pecado en los lugares donde vivimos son huellas de muerte que requieren redención y piden antes reconocimiento y petición de perdón.

  Aquí en la comunidad de Jala y no sólo aquí, existe una huella de muerte que se hace cada vez más notoria y da a entender que a pesar de tantos actos de piedad externa, de devoción a los Santos Médicos y a la Madre de Dios el mal penetra en muchas familias. Me refiero a la violencia patrimonial, es decir, a las situaciones en que se encuentran muchos ancianos padres y madres de familia frente a la avaricia de algunos de sus hijos que desean despojarlos de sus bienes. Casos en que los ancianos se llevan a una casa pequeña sin cuidados y con poca higiene después de toda una vida de esfuerzos y trabajo. Casos en que por medio de la falsificación de firmas, engaños y a veces con la complicidad de abogados, obtienen escrituras y se adjudican abusivamente algunos hijos los bienes que podrían corresponderle a todos. Casos en que entre hermanos se dan rencillas y pleitos amargos, se retiran la palabra o se demandan en los juzgados. Casos en que se trata de formular o forzar la voluntad testamentaria de determinada manera, generalmente contraria a la del legítimo dueño de los bienes o sin su consentimiento. Casos en que hijos que han permanecido lejos por años a veces sin comunicación con sus padres llegan cuando está cercana la agonía y la muerte y provocan división en la familia. Casos de hipocresía al solicitar un ataúd de lujo y un funeral con mariachis o bandas para encubrir remordimientos y sentimientos de culpa. Esto último desde luego no disculpa y menos redime el mal hecho.

  Esas son huellas de muerte que claman al cielo y tienen que ser redimidas. Son, en el nivel humano, abusos de confianza e injusticias abiertas. Son, desde nuestra fe cristiana, violaciones a la ley de Dios que desde el Antiguo Testamento manda “honrar al padre y a la madre.” Son, sin duda alguna, pecados mortales que no sólo quiebran la comunión familiar y de la comunidad, sino que enrarecen el ambiente en que se vive y contribuyen a que la religión quede como una simple apariencia y el Evangelio sea “barniz superficial.”

  Llamo la atención ante estas situaciones porque ponen a prueba nuestra fe en Cristo y nuestra devoción a la Virgen. El mismo Jesucristo exhortó a que si tenemos diferencias con nuestros hermanos y llevamos una ofrenda al altar, dejemos a un lado la ofrenda y vayamos a reconciliarnos con ellos. Y si con los hermanos, con mayor razón con los padres.

  ¿Qué podremos hacer, pues cruzarnos de brazos no es actitud recta y cristiana y puede llegar a ser pecado de omisión? Debemos insistir a las autoridades civiles a que faciliten la elaboración de testamentos proporcionando asesoría y solicitando un pago proporcionado a la situación económica de la mayoría o de forma gratuita. Debemos insistir en la rectitud de los profesionales de la ley y en la defensa de los derechos humanos. A la Iglesia en su célula primera que es la parroquia corresponde advertir las conciencias de los fieles despertándolas a esta situación y orientar y ayudar a quienes se acerquen o buscar a quienes no pueden acercarse en ésta y otras situaciones semejantes. No acaban las obligaciones de la comunidad parroquial en la puerta del templo ni únicamente consisten en distribuir la palabra divina y los sacramentos.

 El compromiso es con la persona integral, con su dignidad humana, corporal y espiritual. Me voy a comprometer personalmente en ayudar a que algunos abogados católicos jóvenes ofrezcan la asesoría necesaria, a fin de que se encienda una luz en medio de la oscuridad.

  En este día de especial veneración a María elevada a los cielos, imploramos que ella mire a sus hijos y haga participar de su ternura y compromiso a quienes han endurecido su corazón y mienten a su vocación cristiana de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismos.

  Que la oración de esta Santa Misa sea petición firme al Padre y garantía de solidez de nuestra fe: “…que vivamos en este mundo sin perder de vista los bienes del cielo y con la esperanza de disfrutar eternamente de su gloria.”