Solemnidad de la Asunción de la Virgen María 2010

 

Homilía

  Hermanos:

  Hemos cerrado el libro de la palabra de Dios y todavía resuena en nuestros oídos su voz suave y exigente. Abre esta palabra caminos de luz sobre la vida a través del recorrido de María Santísima por este mundo y de este mundo a la gloria. Ella es “causa de nuestra alegría” pues en su Hijo, el nuevo Adán, fue restaurado el ser humano a la medida y más allá del modelo primero destinado al paraíso.

  Al leer la ruta de la Virgen María desde su concepción inmaculada hasta su asunción gloriosa, podemos leer también nuestra historia, que aunque ha sido tocada por el daño del pecado, a partir de nuestro bautismo ha sido orientada de nuevo a la resurrección. Y si en este “valle de lágrimas”, diarias son las luchas, la libertad con la que asumimos la fe por medio del seguimiento de Cristo y la obediencia generosa a su palabra, nos llevará al gozo que no termina, en compañía de “la esclava del Señor” que permitió que se realizara en ella “su palabra.”

  Por consiguiente, esta fiesta de la Asunción de María es a la vez fiesta suya y fiesta nuestra, pues la Virgen, como primicia de abundante cosecha, como arras de matrimonio entre Dios y la humanidad, como “nueva Eva”, ha recibido en plenitud, en su cuerpo y en su alma, los frutos de la resurrección de Cristo. Hemos escuchado a San Pablo: “[…] Cristo resucitó como primicia de todos los muertos. Porque si por un hombre [Adán] vino la muerte, por un hombre [Cristo] vendrá la resurrección.” (1Cor 15,20).

  Esos frutos, los del triunfo de la vida sobre la muerte nos esperan si al madurar la semilla sembrada en nuestro corazón, nuestros caminos se convierten en ascenso constante por la confianza y la esperanza y se acrisolan contra las fuerzas que en nuestras historias se asemejan a la horrible figura color de fuego que acecha al Hijo de la Mujer envuelta en el sol con sus pies sobre la luna y coronada de estrellas.

  Para enfrentar esa lucha, nuestro pecho de niños fue signado con el óleo santo en el bautismo y se dejó oír sobre esa puerta del corazón la palabra serena: “Que sea tuya la fuerza de Cristo el salvador.” Y al final de la lectura que hoy hemos hecho del Apocalipsis ha surgido la voz de la esperanza viva: “Ha sonado la hora de la victoria de nuestro Dios, de su dominio y de su reinado, y del poder de su Mesías.” (Apoc 12, 10).

  Por ello un día como éste, en el que celebramos año con año a María elevada al cielo en los brazos de ángeles ligeros, nos sentimos muy felices y nos unimos a la fiesta de 1686 en que Sor Juana Inés de la Cruz, levantando al cielo los ojos dijo: “[…] ¡Dios te bendiga!, ¡qué linda!/ hoy a ver a Dios te vas!/ Cierto que me has parecido/ jícara de Michoacán…Os prometo que corréis/ con tanta velocidad/ como en mi lugar la cierva/ que la fuente va a buscar.”[1]

  En un día como éste, además, la alegría nos lleva a reflexionar la escena y el contenido del canto de María en su visita a Santa Isabel expuestos en el evangelio. La Virgen, a unas cuantas horas de la experiencia más luminosa que persona alguna haya tenido, el anuncio feliz del arcángel de que había de ser elegida “entre todas las mujeres”, no se quedó en éxtasis y gozo sino que “se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea” (Lc 1,39), es decir, transformó su experiencia del amor de Dios intenso y exultante en amor al prójimo, en caridad operante, llegando a casa de su prima para servirla en el período de espera de su hijo Juan, el precursor..

  De esta manera la fiesta de María es nuestra fiesta. Y esta fiesta en la parroquia de Jala, que desde tantos años atrás hemos celebrado, es fiesta de la Madre y de los hijos. Pues si nuestros tributos de cariño, nuestros cantos, flores, luces y dones, no se coronan con acciones a favor de nuestros hermanos necesitados en lo espiritual y en lo corporal, en cambios efectivos desde los que se tribute culto “en espíritu y verdad” al verdadero Dios y no a los falsos ídolos, nos quedaremos a medio camino. Pues no podemos cerrar los ojos y no ver cómo el alcohol es en medio de nuestra comunidad como el “dragón color de fuego con siete cabezas y diez cuernos” (Apoc 12, 3) que carcome y destruye el valor mayor que nuestra tradición auténtica nos ha legado: la familia. Cómo deriva su nefasta acción en menosprecio de la mujer pero dejándole a ella cargas y responsabilidades, abandono de los hijos, pereza, irresponsabilidad, mala educación, ausentismo e inconstancia en el trabajo, baja productividad y egoísmo concentrado. Es en esa lucha que no debemos evadir, en la que la Mujer elevada al cielo, superior a cualquiera en dignidad y fortaleza ha de estar de nuestra parte como “refugio de pecadores” y “auxilio de los cristianos,”  pues con su pie pisó a la serpiente del engaño y desde su corazón enciende la llama inextinguible del amor divino con el que se acaba el falso poder del odio sobre los redimidos por Cristo y llamados a resucitar.

  Elevemos ahora la mirada y digamos a nuestro Dios lo que han dicho tantos devotos en esta basílica al finalizar la novena a “Nuestra Madre Santísima de la Asunción”: “¡Bendito sea, Señor, tu magnífico poder! ¡Bendita sea tu poderosa mano que tan liberal y pródiga se mostró engrandeciendo a la sin par Virgen María!...Dígnate recibir nuestro corazón que, aunque miserable, es lo que tenemos en nuestra pequeñez para ofrendarte en señal de nuestro sincero reconocimiento y eterna gratitud. Que este corazón santificado en tus sacrosantas manos sea en adelante tuyo para siempre. Amén.”       


 

[1] Obras completas (Ed. Alfonso Méndez Plancarte), II: Villancicos y letras sacras, FCE, México 1953, pp. 314s), Asunción 1686. Villancicos atribuibles, líneas 9-12. 21-24.