HOMILÍA.

Misa exequial. Berta Nolasco de Olimón.

Capilla San Francisco Xavier, Universidad Iberoamericana.

Ciudad de México. 23 de febrero de 2005.

 La palabra de Dios, con el peso liberador de la Verdad y con el trazo luminoso de la esperanza, ha llegado hoy a nosotros y ha sido aliento e invitación a la reflexión.

 Pues al haberse trasformado en silencio la que fue durante años palabra ágil, oportuna y a veces hasta filosa y cortante, la vida de quien en esta celebración recordamos después de que ha sido devuelta a la tierra sembrada como grano de trigo, se trasforma en entrega, en sacrificio que, unido al maravilloso de Jesucristo, Señor amoroso de nuestras vidas, arroja abundantes frutos sobre nuestros caminos.

 El tiempo, así como le fue dando vestido de silencio a sus palabras, conforme apagaba la luz de sus ojos a los paisajes del mundo, le daba una limpísima luz espiritual y una valoración distinta y profunda al gozo y al dolor, al tropiezo y el éxito. Sus pasos no tenían ya la firmeza de la juventud ni de la plena salud, pero eran firmes porque siempre se dejó llevar, como Tobías ciego del arcángel Rafael, de la mano de Dios.

  Celebramos, por consiguiente, en el corazón de la Eucaristía, una entrega y una ofrenda. Agradecemos al Creador el don de una larga vida, que es siempre una bendición. Agradecemos la siembra que supo hacer de sabiduría, entretejida tantas veces de refranes populares y de advertencias captadas en el río de la existencia. Agradecemos la firmeza de sus convicciones y la profundidad casi insondable de su fe, ante las cuales no cabía la sombra de la mentira o la hipocresía.  Agradecemos que su partida no haya dejado ni la mínima huella de rencor o de interrogantes abiertos, sino una estela nítida y clara de paz y amor. En las últimas semanas tuve la ocasión de comentar con varias personas que preguntaron por ella, que la sentía cada vez más cercana a su Creador que a las criaturas y que su ansia de descanso y amor ya sólo podía satisfacerse en la dulzura y la paz del jardín del Paraíso que había probado desde el día glorioso de su bautismo.

  Por eso, más allá del sentimiento –real, verdadero—de una ausencia, está presente también nuestra ofrenda, el sincero ofrecimiento que hacemos de una vida completa y fecunda. Sembramos en la tierra un grano de trigo.

 Berta fue una niña que abrió los ojos a la belleza en un valle de montañas cruzadas por aguas limpias, el de Río Blanco y Orizaba, en Veracruz. Ahí convivió con sus padres y hermanos, con muchos amigos y amigas de múltiples nacionalidades, no siempre en armonía completa. En más de tres décadas en ese singular lugar, pequeño pero cosmopolita, adquirió todo lo necesario para no vivir inútilmente. En 1943 pasó por ahí el Coronel Jorge Olimón, que había enviudado dos años antes, cuidando que se cumplieran ciertas disposiciones con motivo de la Guerra Mundial y aunque éstas no eran bien cumplidas por el abuelo, sirvieron para que a poco tiempo se celebrara el matrimonio. Dejó su casa y peregrinó a Veracruz, la ciudad de México, Zacatecas y finalmente a Tepic, donde vivió casi 55 años más.

 Estos años, largos, fueron más de intensidad y profundidad que de ruido o manifestaciones exteriores. Formó a sus hijos con una mezcla de libertad y exigencia; fue sensible a las necesidades de los pobres y a las obras de la Iglesia sobre todo en tierras lejanas de misiones; cuando alguien le pedía que rezara ella lo hacía de veras. En sus prolongadas enfermedades acrisoló su fe y su esperanza. Estas últimas nada tuvieron qué ver –y me alegro—con credulidades o devociones enfermizas ni con una religión de temores o de amenazas. Su devoción se centró siempre en la Eucaristía y en los sacramentos y su cercanía a la Virgen María fue madura y equilibrada. No se me olvida cómo me enseñó a comportarme dentro de una iglesia: “--...primero hay que saludar al Señor, al Dueño, y después a la sierva y a los siervos (la Virgen y los santos).” Por algo en el día de la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes (11 de febrero), la que dijo: “...he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra,” la condujo de su mano ante el Trono de Jesucristo Resucitado y glorioso, que un día nos resucitará con el poder de su Espíritu. A él le oímos decir: “...sierva buena y fiel, pasa al gozo de tu Señor.”