LA CELEBRACIÓN GUADALUPANA COMO PREPARACIÓN A LA NAVIDAD.

Escrito a solicitud del P. Humberto Meda Lomelí. Compostela, Nayarit

 

   El mes de diciembre suele tener noches despejadas en las que pueden contemplarse las estrellas; los días son más cortos y el clima más frío que en el resto del año con excepción tal vez de enero y febrero en algunos lugares.

  Esas disposiciones de la naturaleza abren la puerta a permanecer en casa, a la calma reflexiva, a la meditación.

  Sin embargo, desde que la luz eléctrica ha hecho posible en cierto modo hacer de la noche día, los ojos humanos con mayor dificultad se levantan para contemplar la belleza del cielo estrellado y la luminosidad artificial de muchos espacios cerrados hace olvidar la necesaria reflexión sobre el paso mismo de la vida.

  El manto estrellado de Nuestra Señora de Guadalupe, la corona de luz que enmarca su silueta y la luna oscura abatida bajo sus pies apuntan a la luminosidad que brota de dentro, del Niño, “fruto bendito de tu vientre” que ha de nacer para señalar en medio de los pasos de la humanidad una presencia profunda y a la vez sutil. El Niño que espera la Virgen y que esperamos litúrgicamente año con año en este tiempo invernal es el mismo que se identificó a su tiempo con palabras contundentes: “Yo soy el camino, la verdad y la vida,” “Yo soy la Luz del mundo.”

  Un mirada tranquila a la imagen guadalupana, que es casi parte de nuestra manera de asomarnos al mundo, nos lleva a encontrar, cerca de su cuello, una pequeña cruz enmarcada en un relicario, signo inequívoco de su relación íntima con su Hijo, el que había de redimir al mundo en el sacrificio del Calvario, anunciado a María por el anciano Simeón al presentarlo al Templo. A principios del siglo XIX, el arzobispo de México Francisco Javier Lizana y Beaumont notó este detalle e invitó a tomarlo como punto de partida para reconocer a la Virgen como seguro camino para llegar a la señal fundamental de nuestra redención, bajo cuya bendición iniciamos cada día de nuestra existencia: “Por la señal de la santa cruz...”

  Y otra mirada bajo sus manos juntas nos pone en contacto con un lazo oscuro, una “cinta”, que es elocuente aviso de que la Virgen está “encinta”; en espera de la llegada de su Hijo.

  Por consiguiente, la celebración guadalupana queda enmarcada perfectamente dentro del tiempo de Adviento, es decir, las semanas de preparación espiritual, a base de la escucha de la palabra divina y del paso de personajes fundamentales de la historia de la salvación –el profeta Isaías, Juan el Bautista, Zacarías e Isabel, José, “el hombre justo” esposo de María--.

  El Adviento, poco apreciado entre nosotros, confundido por algunos con una especie de “cuaresma extraña” e “interrumpido” con el novenario guadalupano y las “posadas”, es el tiempo de la espera gozosa, de la apertura del corazón a recibir el regalo de los regalos que se mece en la cuna del pesebre de Belén y que con su Luz intensa. Si tenemos la creatividad suficiente para integrarlo con las celebraciones tradicionales antes indicadas, no habrá “interrupción” sino continuidad, pues como cantamos en el Himno Guadalupano: “…de la santa montaña en la cumbre, apareció como un astro María, ahuyentando con plácida lumbre, las tinieblas de la idolatría.” Y son las tinieblas de toda índole, las que producen las llagas del mal en nuestro mundo humano: las guerras fratricidas, el egoísmo y  toda clase de daños al prójimo, las que requieren de esa luz maravillosa.

  “Dios es luz, en Él no hay tiniebla alguna”, recuerda San Juan en su Carta a los primeros cristianos.

  Y recientemente, el 7 de diciembre de 2011, Su Santidad Benedicto XVI, al encender electrónicamente las luces del que se califica como “el árbol de Navidad más grande del mundo” en Gubbio, Italia, formuló para el universo de los cristianos tres deseos que nos corresponde indudablemente hacer vida: “…Cuando miramos este árbol nuestros ojos se dirigen hacia arriba, hacia el cielo, hacia el mundo de Dios.

  “Mi primer deseo es, por tanto, que nuestra mirada, la de la mente y la del corazón, no se detenga solamente en el horizonte de este mundo, en las cosas materiales; sino que sea de alguna forma como este árbol, que tienda hacia arriba, que se dirija a Dios. Dios nunca nos olvida, pero también nos pide que no nos olvidemos de Él.

  “El evangelio narra que en la noche santa de Navidad una luz envolvió a los pastores…

  “El segundo deseo es que nos recuerde que también nosotros necesitamos una luz que ilumine el camino de nuestra vida y nos dé esperanza, especialmente en esta época en que sentimos tanto el peso de las dificultades, de los problemas, y parece que nos envuelve un velo de tinieblas…¿qué luz puede iluminar verdaderamente nuestro corazón y darnos una esperanza firme y segura? Es el Niño que contemplamos en la Navidad santa, en un pobre y humilde pesebre…

  “El último deseo es que cada uno de nosotros aporte algo de luz en los ambientes en que vive: en la familia, en el trabajo, en el barrio, en el pueblo, en las ciudades. Que cada uno sea luz para quien tiene a su lado; que deje de lado el egoísmo que tan a menudo cierra el corazón y lleva a pensar sólo en uno mismo; que preste más atención a los demás, que los ame más. Cualquier pequeño gesto de bondad es como una luz de este gran árbol: junto con las otras luces ilumina la oscuridad de la noche, incluso de la noche más oscura.”

  Nuestra Señora de Guadalupe, la Virgen de la esperanza, la Madre del Amor Hermoso, Consuelo de Nuestra Patria, nunca ha dejado de estar a nuestro lado como luz: ella no pensó en sí misma sino en aquellos que, en su Hijo, seríamos también espiritualmente hijos suyos.

  ¡Que resuene en nuestro corazón el eco de sus palabras en el alba de la fe de los mexicanos desde la santa montaña: ¿Qué no estoy yo aquí que soy tu madre..?!