BEBIENDO EN TRES FUENTES DE ESPIRITUALIDAD

  Los días de la cuaresma, cada vez más lejos de las penitencias corporales y el rezo intenso, nos siguen llamando a la reflexión que vaya más allá de la cotidianidad, al esfuerzo por introducirnos en los porqués más hondos y verdaderos, en la búsqueda del sentido de la existencia, de lo que  puede definir en nuestro ser y no sólo nuestro quehacer, que invita tantas veces a la melancolía y al tedio, estados poco propicios para la esperanza y la alegría honda, frutos de la Pascua.

  Por ello, como “hombre de libros” que soy, dediqué horas valiosas a leer, o, expresándolo mejor, a beber en tres fuentes de espiritualidad que se situaron cerca de mí en estos días de 2008. Transcribo aquí lo que bebí, más al modo de reflejo o espejo y menos como “reseñas de libros” hechas con propósito de crítica intelectual o literaria estricta.

  Se trata de mis reflejos a partir de la lectura de: Thomas Merton de Ramón Cao Martínez, Jesús de Nazaret de Joseph Ratzinger-Benedicto XVI e Y si no es ahora, ¿cuándo? de Marcelo Rittner.

 

 

1. EN EL VIENTRE DE UNA PARADOJA.

   Ramón Cao Martínez, Thomas Merton, (Colección Sinergia, Serie Verde, 31), Fundación Emmanuel Mounier/SOLITEC/ IMDOSOC, Madrid/Málaga/México 2008, 144 pp.)

 

   Si por infinitas causas e historias, el siglo XX fue un siglo atormentado, los navegantes humanos que lo atravesaron con inteligencia y conciencia, no podían sino realizar vidas atormentadas.

  Lo anterior es tan real y tangible que incluso se aplica a las vidas –extraordinarias desde cualquier punto de vista- de quienes buscaron la “vía mística,” tan a menudo identificada con la “huída del mundo” para encontrarse, de frente y sin estorbos, con el rostro de Dios. Uno de estos buscadores fue Thomas Merton, monje cisterciense que concentró en sí mismo todas las intensidades propias de la apasionada modernidad que, a pesar de su poderío tan expuesto y proclamado, no logra saciar la sed más interior del ser humano.

  El libro al que nos referimos recorre, a través de los escritos de Merton y de lo escrito sobre él, su itinerario interior, cuyo conocimiento, desde luego, lo debemos a la generosidad de él mismo, pues desde muy joven supo y quiso expresar por escrito, mediante poemas y prosa narrativa, lo que le sucedía: sus consolaciones y sus oscuridades, sus avances iluminados y sus apegos terrenales. Cómo le interesó saciarse de cultura, penetrar el complejo funcionamiento del mundo, dar con el meollo de la vida en medio de su continuo y desatinado flujo.

  Tomás fue, desde niño, un peregrino y, como tal, se movió como tal por el mundo cambiante de los tiempos modernos: Francia rural, Inglaterra, Estados Unidos fueron los lugares que dejaron huellas e imágenes en su fantasía y en su razón. Las palabras, pero sobre todo los silencios de sus padres, también imprimieron huellas e imágenes en Tom y dirigieron de alguna manera tanto sus dolores interiores como sus búsquedas de experiencias en la línea de la belleza. No en balde tuvo contacto desde pequeño en su propia casa con la inspiración artística y con el desprecio a la valoración únicamente económica de las realizaciones humanas. En esta línea no sólo aprendió a relativizar los “triunfos” de una carrera o los logros de dominio sobre los demás, sino que relativizó su propia vocación a ser intelectual, es decir, escucha e intérprete crítico de lo que se hace y dice en el entorno, dentro de la “academia” oficial, tal vez como profesor universitario, sino que se situó fuera de ella: en la calle, en los cruces de caminos, en los espacios donde, a menudo con dolor y sangre, se escribía la historia. De esta forma, como lo muestra el trazo de su existencia, Merton pudo ser solidario, desde su interior en ebullición constante, de experiencias situadas en extremos de la historia: los Padres de la Iglesia que buscaron la iluminación en la meditación de la palabra de Dios, el fuego ardiente de su tiempo y la soledad del desierto y de quienes, en la posguerra de 1945 que no condujo a la paz, buscaban a tientas la unidad de su alma dividida  y la de la humanidad igualmente fragmentada. El siglo XX –lo percibió muy bien—puso delante una multiplicidad de caminos, no solamente políticos, sino también éticos y religiosos, e incluso redescubrió algunos que estaban olvidados y empolvados. Thomas los escrutó con cuidado e invitó, desde esa multiplicidad, a encontrarse con su auténtico centro, con la cruz de Cristo, que, clavada en el centro de los claustros de tradición benedictina recuerda siempre: “Stat cruz dum volvitur orbis. La cruz permanece erguida mientras el mundo da vueltas.”  Especialmente audaz resulta su postura que, en un tiempo en que la centralidad del “yo” corría  galopante del brazo del existencialismo y el consumismo—si bien este último aún no “globalizado”-- se abrió al “nosotros” como vía certera para cohesionar fuerzas centrípetas y centrífugas. Escribió el 28 de abril de 1957: “Si soy capaz de unir en mí mismo, en mi propia vida espiritual, el pensamiento de Oriente y Occidente, de los Padres griegos y latinos, crearé en mí mismo una reunificación de la Iglesia dividida y, de esa unidad en mí mismo, podrá derivarse la unidad externa y visible de la Iglesia. Porque, si queremos que Oriente y Occidente alcancen la unidad, no lo conseguiremos haciendo que uno se imponga al otro. Hemos de dar cabida a ambos en nosotros mismos y trascenderlos a ambos en Cristo.” [1]

  La lectura de la ruta vital de Tomás Merton tal como nos la ha presentado sin pretensiones Ramón Cao viene a ser, sobre nuestra ruta difícil del siglo XXI, una enseñanza importante, a la vez que un recurso a la memoria y un incentivo a las posibilidades de una vida espiritual en medio del tráfago mundano.

  Los títulos dados a los capítulos resultan útil guía. Marcan, desde luego, etapas en el paso de las circunstancias existenciales y de las decisiones sobre Merton, pero también, aunque sin explicitaciones frecuentes, etapas en la historia contemporánea donde parece que los ideales, las utopías felices y la paz han emprendido la fuga.

  Los tiempos de cambios, conversión, superación de la ira y búsqueda de compromiso con la tierra y la humanidad en su espíritu –sintetizados en su sentimiento de estar como Jonás en el vientre de la ballena-- son coincidentes con los años de la gran hipocresía occidental después de la Primera Guerra. Años en que se creyó que con la humillación de un pueblo (el alemán) y la imposición de cargas por los vencedores, se lograría la paz y el equilibrio mundiales. Nada extraño resulta que en esta época, la del ascenso definido de Estados Unidos a la hegemonía mundial, un espíritu inquieto como el de Tomás se haya inclinado por el marxismo, con su dosis fuerte de preocupación por las masas y le haya llamado también la atención el psicoanálisis freudiano, aparente cura para los males modernos interiorizados en el corazón del hombre. Nada extraño es también, que en su caso, haya habido algo anterior y previo, muy personal, que más que filiación ideológica vino a ser convicción atada a su intimidad y que superó los tiempos. Escribió Ramón Cao: “…el anticapitalismo de Merton es previo a su breve sueño comunista –como hijo de artistas ha heredado el radicalismo antiburgués de éstos—y perdurará hasta los análisis de la sociedad americana de sus últimos días, inspirados en buena parte por la lectura de Fromm y Marcuse.” [2]

  En sus últimos años resultó evidente la vibración en su vida de los acontecimientos mundiales de signo diferente: por una parte, el despertar, sobre todo en la juventud estadounidense, de la conciencia de que su gobierno se enfrascaba en guerras injustas como la de Vietnam y,  por otra, el despertar de la Iglesia, con el Papa Juan XXIII, a una postura diferente, optimista, lejana al miedo al mundo moderno. Lo que padeció el propio Merton y lo que sufrieron otros protagonistas, mencionados marginalmente en el texto (Martin Luther King, Daniel Berrigan y Abraham Joshua Heschel, los dos últimos muy poco conocidos en ambientes de habla española), mirado desde una óptica teológica, habían de ser finalmente asociados a la redención de Cristo, para que no quedaran estériles. Observándolo en medio del “viaje de un ‘sin hogar,’” en Calcuta, puede decirse del religioso itinerante: “…Al igual que los hippies y los poetas…el monje se empeña en una búsqueda vital y renuncia a un estatus establecido. Acepta la esencial irrelevancia de la condición humana, manifestada sobre todo en el hecho de la muerte. Se enfrenta a ésta para ir más allá de ella, incluso en esta vida, convirtiéndose así en ‘un testigo de la vida.’ Caminando a través de la duda –en definitiva, eso es la fe—se asienta en Dios, la única realidad última. Su vida se convierte así en apertura a la gratuidad: es un don de Dios y de los otros. Aceptando su soledad es capaz de dar amor, pero también de recibirlo.”[3]

  Actualmente nos cuesta trabajo pensar así de los hippies. Y de los poetas, sabemos o queremos saber  tan poco que mejor callamos. Pero un discípulo de Thomas, Ernesto Cardenal, captó en un momento inspirado la vida y el tránsito del místico reflexionando su existencia vivida literalmente “en el vientre de una paradoja.” Señaló su muerte “marca ‘General Electric’” y la contradicción abierta, que rayaba el escándalo, de que su cuerpo inerte hubiera regresado de Bangkok al monasterio de Getsemaní en Kentucky en el vientre de un avión de la Fuerza Aérea Estadounidense que había partido de Vietnam.[4]

  Muchos años después (casi cuarenta para ser precisos) el sacerdote poeta nicaragüense volvió a reflexionar teniendo ante la vista los años de la Segunda Guerra y de su prolongada posguerra. (¿Por qué será que seguimos pensando etapas históricas partiendo de las guerras?): “…Digo saliendo del silencio: La guerra no está en el corazón del hombre; sí la paz…tengo una fe profunda, muy profunda, unida a la nostalgia por la revolución no realizada, ahogada tal vez por el egoísmo. El comunismo fracasó porque creyó en la muerte y no en la vida eterna…Los primeros que vieron la crisis de Occidente fueron los poetas…Se redescubrió la riqueza del libro del Génesis; la belleza espléndida de la creación con su cumbre, el ser humano, hombre y mujer. Se releyó el Éxodo y supimos que no sólo el antiguo pueblo de Israel, sino nosotros mismos, éramos un pueblo peregrino en el desierto llamado a llegar a una tierra que mana leche y miel. Estuvo a nuestro alcance no sólo el estructurado y brillante sistema de Santo Tomás de Aquino, sino las posturas sapienciales y de intimidad de San Ireneo, San Agustín y de decenas de cristianos que vivieron unos el martirio, otros la polémica con los paganos y otros más las dificultades unidas a la vida cristiana…

  También en estos años, oscuros para muchos, la mística vino de regreso y asentó sus reales en lugares insospechados…Tomás Merton, monje cisterciense, fue contemplativo en medio de la sociedad más pragmática y eficientista del mundo, la de Estados Unidos.” [5]

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   El formato del libro que ha sido objeto de estas líneas hace que se pueda llevar a la mano o en el bolsillo. Y buena falta hace, en los tiempos que corren, tener algo así en nuestras cercanías. Merton, como los místicos auténticos de todos los tiempos y latitudes, desconcierta a quienes lo leen a causa del tejido de sus palabras que, subrayando oscuridades, apunta hacia intensas luces, perceptibles en plenitud sólo por el corazón abierto al rocío del Espíritu, que da alegría a manos llenas. Partiendo de la perplejidad y el desconcierto pudo escribir lo que todos desearíamos, transformando el “yo” en “nosotros”: “En lo más hondo de la prueba y desintegración abismal de mi espíritu…de pronto descubrí recursos morales completamente nuevos, una fuente de nueva vida, una paz y una felicidad que no había sentido antes y que subsistían frente a mi innominado terror interior.”[6]

  No obstante, tal vez la frase que más perplejidad y desconcierto nos cause, pero que merece amplísima meditación, es una que dejó plasmada en El signo de Jonás: “(Estados Unidos) es un país digno de ser amado…con la bomba atómica y todo lo demás.”[7]

 

 

2. “EL QUE ME VE A MI, VE AL PADRE” [8]

  Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret. Primera parte: Desde el bautismo a la transfiguración, (Traducción de Carmen Bas Álvarez) Planeta, México/Bogotá 2007, 448 pp. (Título original: Jesus von Nazareth-Von der Taufe im Jorda bis zur Verklärung, Librería Editrice Vaticana, Città del Vaticano 2007).

 

  Regalo generoso es el que ha hecho en estas páginas el Papa Benedicto XVI: sus copiosos conocimientos bíblicos, su inequívoco lugar como intelectual de nuestro tiempo, su singular sentido teológico, pero sobre todo su misión de pastor de la grey católica, se patentizan en este libro. Es un texto no exento de erudición y en más de un lugar difícil de comprender en una primera lectura, pero constituye, en su dimensión plena, una enseñanza a la vez necesaria y esperada para los cristianos, aunque no solamente para ellos. Indudablemente abre horizontes amplios para superar las interpretaciones reductivas –muchas de ellas bien intencionadas, no cabe duda—que de Jesús se difunden en nuestro tiempo, algunas incluso de parte de teólogos católicos. El derrotero que sigue el escritor, sin embargo, a pesar de que sale al frente de objeciones y obstáculos culturales de muy variada índole no es apología o defensa, sino, sobre todo, presentación convencida de una fe ilustrada y abierta.

  ¿De quién más podría y debería hablar un pontífice? Desde luego que de quien constituye el punto focal de la fe cristiana y que, por otra parte, ha sido y es, con el transcurrir del tiempo, punto de controversia, “señal de contradicción.” Para hablar de él recurre, página tras página, a la lectura atenta y serena de la palabra de Dios: abre la Biblia en toda su extensión, desde el Génesis hasta el Apocalipsis y la abre con el espíritu que sugiere el Concilio Vaticano II, descubriendo en la revelación divina “hechos y palabras intrínsecamente ligados”[9]

   La forma como intercala los textos bíblicos en el desarrollo de sus argumentos, habla con elocuencia de su seguimiento personal al doble deber también recordado por el Concilio de en primera instancia “escuchar la Palabra devotamente” y, en segunda, “anunciarla con fidelidad.”[10] El Papa, pues, escribe desde su personal experiencia como devoto creyente y también desde su misión como maestro de la fe.

  Acercándonos a este libro como un todo, sus páginas revelan que su elaboración supone, más allá de su redacción concreta, la realización, por largos años, de dos tareas paralelas: la lectura creyente, diaria, que acoge la Palabra como un don -- la lectio divina medieval-- y el acto intelectual reiterado que recibe, pulsa, discierne y proyecta un arsenal de textos pertenecientes a la herencia reflexiva de veinte siglos de cristianismo vivido y pensado.

  Primeramente, los Padres de la Iglesia, manantiales abundantes de la manifestación magnífica de la providencia divina sobre la infancia de una comunidad frágil en su contacto, por un lado, con la impresionante cultura helenística y por otro, con el orgullo romano. Benedicto es un maestro a la hora de hacer referencia y traer a nuestro tiempo la herencia patrística. Desde que escuché la homilía del inicio de su pontificado, me llamó la atención, más que su conocimiento erudito, la manera como penetra, a través de ese conducto sapiencial, a la realidad contemplada y gozada de la cercanía de Dios en el mundo de los humanos. El acercamiento a Jesús de Nazaret desde esta óptica, se realiza con suavidad por un camino de luz, reconociendo el brillo de la Encarnación, donde la presencia de Dios y la misma realidad humana se transforman y acercan. San Ireneo de Lyon lo expresó sintéticamente: “Al venir el Verbo en carne trajo consigo toda novedad.” “La gloria de Dios es que el hombre viva y la gloria del hombre es la visión de Dios.”

  Es desde ese trasfondo contemplativo como realiza la lectura crítica de infinidad de escritos de exegetas y teólogos de los siglos XIX y XX, católicos, protestantes y judíos. Es impresionante el elenco bibliográfico que presenta en doce páginas y que recoge el filón enorme de la reflexión hecha a lo largo de los tiempos de la exégesis históricocrítica y sobre todo la teológica. Si nos fijamos en los títulos con cierto conocimiento, descubrimos que ahí se pasa revista a la evolución del pensamiento cristiano acicateado por la modernidad y sobre todo a los cuestionamientos centrales relacionados con el distanciamiento intelectual efectuado entre el “Jesús histórico” y el “Cristo de la fe” y acerca de la “construcción” de una figura por medio del estupor creativo de las primeras comunidades reconocidas como cristianas. Tras cuidadoso tratamiento del tema, reiterando que Jesús no fue un “moralista blando” expresa en pocas letras: “…Para llegar a un conflicto tan radical, para que se recurriera a aquel gesto extremo ―la entrega a los romanos― tuvo que haber ocurrido o haberse dicho algo dramático. Lo grandioso y provocativo aparece precisamente en los comienzos; la Iglesia naciente tuvo que ir reconociéndolo en toda su grandeza sólo lentamente, comprendiéndolo poco a poco y profundizando en ello con el recuerdo y la reflexión. A la comunidad anónima se le atribuye una sorprendente genialidad teológica:¿quiénes fueron las grandes figuras que concibieron esto? Pero no es así: lo grande, lo novedoso, lo impresionante, procede precisamente de Jesús; en la fe y la vida de la comunidad se desarrolla pero no se crea. Más aún, la ‘comunidad’ no se habría siquiera formado ni habría sobrevivido si no le hubiera precedido una realidad extraordinaria.” [11]

  El recorrido del libro abarca, por así decirlo, los “hechos y dichos” de Jesús: su “vida pública” a partir del bautismo en el Jordán y de las tentaciones: su peregrinar por Galilea y Samaria, su predicación, su caminar hacia Jerusalén. El contexto litúrgico, haciendo nueva la herencia de Israel, dándole hondura a sus fiestas cuyo origen está en el mundo natural, reforzando la memoria de las maravillas realizadas por Dios y alimentando la esperanza en medio del desierto y la desolación, está presente como incentivo a la celebración cotidiana y no sólo a la recordación intelectual. Nuestra lectura se detiene muy especialmente en el “Sermón de la montaña” y analiza las semejanzas y diferencias entre esa enseñanza y la del judaísmo tradicional incluso conversando con el rabino Jacob Neusner, autor de Un rabino habla con Jesús.[12]  A este propósito escribe Benedicto con sinceridad impar: “El diálogo del rabino con Jesús muestra cómo la fe en la palabra de Dios que en encuentra en las Sagradas Escrituras resulta actual en todos los tiempos: a través de la Escritura el rabino puede penetrar en el hoy de Jesús, a partir de la Escritura Jesús llega a nuestro hoy. Este diálogo se produce con gran sinceridad y deja ver toda la dureza de las diferencias; pero también transcurre en un clima de gran amor: el rabino acepta que el mensaje de Jesús es otro y se despide con una separación  que no conoce el odio y, no obstante todo el rigor de la verdad, tiene presente siempre la fuerza conciliadora del amor.” [13]

  Las partes de mayor sustancia del libro y las que son conductoras de una energía vital de enseñanza también mayor, son las que realizan el viaje por el legado magisterial que Jesús dejó a sus discípulos de todos los tiempos sea como “maestro de oración” – en “La oración del Señor. Padre nuestro…”—como a través del lenguaje parabólico –“El mensaje de las parábolas.”—El sabor de la lectura se torna exquisito cuando se llega al octavo capítulo: “Las grandes imágenes del Evangelio de Juan.” En él se saborea, puede decirse, la grandeza de lo pequeño, a la hora de penetrar en el sentido profundo y ejemplar del agua, la vid y el vino, el pan y el pastor, realidades primarias de la cultura histórica mediterránea y rural, pero abiertas a toda civilización, incluida la de los tiempos posmodernos. Vayan algunas “probadas” de este sabor: Después de referirse al episodio de las bodas de Caná dice: “¿Cómo podríamos olvidar que este conmovedor misterio de la anticipación de la hora se sigue produciendo todavía? Así como Jesús, ante el ruego de su madre, anticipa simbólicamente su hora y, al mismo tiempo, se remite a ella, lo mismo ocurre siempre de nuevo en la Eucaristía: ante la oración de la Iglesia, el Señor anticipa su segunda venida, viene ya, celebra ahora la boda con nosotros, nos hace salir de nuestro tiempo lanzándonos hacia aquella ‘hora’” [14]  Después de hacer referencia a la lectura sapiencial y rabínica que reconoce el “verdadero pan que baja del cielo” ya no como el “maná” histórico sino como la Ley (la “Torá”) que alimenta a Israel, expone: “…el hombre tiene hambre de algo más, necesita algo más. El don que alimente al hombre en cuanto hombre debe ser superior, estar a otro nivel. ¿Es la Torá ese otro alimento? En ella, a través de ella, el hombre puede de algún modo hacer de la voluntad de Dios su alimento (cf. Jn 4, 34). Sí, la Torá es ‘pan’ que viene de Dios; pero sólo nos muestra, por así decirlo, la espalda de Dios, es una ‘sombra.’ ‘El pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo’ (Jn 6, 33). Como los que le escuchaban seguían sin entenderlo, Jesús lo repite de un modo inequívoco: ‘Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed.’(Jn 6, 35).”[15] Desde muy dentro surge la reflexión sobre la plenitud del oficio del pastor; de la incursión histórica se llega a la plegaria: “..La figura del pastor se convirtió muy pronto –está documentado ya desde el siglo III—en una imagen característica del cristianismo primitivo. Existía ya la figura bucólica del pastor que carga con la oveja y que, en la ajetreada sociedad urbana, representaba y era estimada como el sueño de una vida tranquila. Pero el cristianismo interpretó enseguida la figura de un modo nuevo basándose en la Escritura; sobre todo a la luz del Salmo 23: ‘El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar…Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo…Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por días sin término.’ En Cristo reconocieron al buen pastor que guía a través de los valles oscuros de la vida; el pastor que ha atravesado personalmente el tenebroso valle de la muerte; el pastor que conoce incluso el camino que atraviesa la noche de la muerte, y que no me abandona ni siquiera en esta última soledad, sacándome de ese valle hacia los verdes pastos de la vida, al ‘lugar del consuelo, de la luz y de la paz.” (Canon romano). Clemente de Alejandría describió esta confianza en la guía del pastor en unos versos que dejan ver algo de esa esperanza y seguridad de la Iglesia primitiva, que frecuentemente sufría y era perseguida: ‘Guía, pastor santo, a tus ovejas espirituales: guía, rey, a tus hijos incontaminados. Las huellas de Cristo son el camino hacia el cielo.’ ( Paedagogus, III 12, 101;Frits van der Meer y Hans Sibbelee, Christus. Der Menschensohn in der abendländischen Plastik (Cristo. El ‘Hijo del Hombre’ en la plástica occidental) Herder, Friburgo 1980, 23)” [16]

   Jesús de Nazaret, el libro que nos ha regalado el Papa en su primera parte (pues no ha tocado y prometió hacerlo más adelante, por ejemplo, los “Evangelios de la infancia”), surge de una fe profunda que dialoga con el ejercicio intelectual, que lee la Escritura no únicamente para gozo y fruto personales sino “en la Iglesia y para la Iglesia,” es decir, como algo que viene de la comunidad y crea comunidad: “Los distintos libros de la Sagrada Escritura, como está en su conjunto, no son simple literatura…ha surgido en y del sujeto vivo del pueblo de Dios y vive con él…El pueblo de Dios –la Iglesia—es el sujeto vivo de la Escritura; en él, las palabras de la Biblia son siempre una presencia. Naturalmente, esto exige que este pueblo reciba de Dios su propio ser, en último término, del Cristo hecho carne, y se deje ordenar, conducir y guiar por Él.” [17]

  Y cuando me refiero a “ejercicio intelectual” no lo identifico con la elucubración mental estéril, con el lujo profesoral o el orgullo de tantos “intérpretes de la realidad.” Benedicto apunta hacia el compromiso ineludible del cristiano con la humanidad sufriente de hoy. Son bastantes los pasajes de Jesús de Nazaret en que esto último se pone en relieve. Citaré solamente dos- Insertado el primero al fin de la reflexión sobre la parábola del “buen samaritano” comenta “La actualidad de la parábola resulta evidente. Si la aplicamos a las dimensiones de la sociedad mundial, vemos cómo los pueblos explotados y saqueados de África nos conciernen. Vemos hasta qué punto son nuestros ‘prójimos’; vemos que también nuestro estilo de vida, nuestra historia, en la que estamos implicados, los ha explotado y los explota. Un aspecto de esto es sobre todo el daño espiritual que les hemos causado. En lugar de darles a Dios, el Dios cercano a nosotros en Cristo, y aceptar de sus propias tradiciones lo que tiene valor y grandeza, y perfeccionarlo, les hemos llevado el cinismo de un mundo sin Dios, en el que sólo importa el poder y las ganancias; hemos destruido los criterios morales, con lo que la corrupción y la falta de escrúpulos en el poder se han convertido en algo natural. Y esto no sólo ocurre con África.” [18]

  El segundo quedó a modo de reflexión después de hablar extensamente acerca del títulos de “Hijo del hombre,” “Hijo de Dios” o “Hijo” puestos en labios de Jesús y deslindarlos de la teología política vigente en el antiguo Oriente y más adelante a partir de César Augusto con el culto a la persona del Emperador. Escribió: “…en [ese] momento de la historia se encuentran por un lado la pretensión de la realeza divina por parte del emperador romano y, por otro, la convicción cristiana de que Cristo resucitado es el verdadero Hijo de Dios, al que pertenecen los pueblos de la tierra y el único que, en la unidad de Padre, Hijo y Espíritu Santo, le corresponde la adoración debida a Dios. La fe de por sí apolítica de los cristianos, que no pretende poder político alguno, sino que reconoce a la autoridad legítima (cf. Rm 13, 1-7), en el título de ‘Hijo de Dios’ choca inevitablemente con la exigencia totalitaria del poder político imperial, y chocará siempre con los poderes políticos totalitarios, viéndose forzada a ir al encuentro del martirio, en comunión con el Crucificado, que sólo reina ‘desde el madero.’” [19]

   Al cerrar este comentario sólo patentizo mi agradecimiento a este gesto de generosidad expresado en un libro, ese fabuloso instrumento de la cultura que aunque parece que se retira de los caminos del tiempo de hoy, en realidad puede seguir constituyendo uno de los mejores puntos de compromiso con la humanidad peregrina, con hambre y sed de “algo más.”

 

3 “FLORES RECOGIDAS EN LOS JARDINES DEL TIEMPO.” [20]

  Marcelo Rittner,  Y si no es ahora, ¿cuándo? Sobre la urgencia de vivir la vida, Grijalbo, México 2008, 280 pp.

 

  Lectura ligera y no densa, con rasgos de sano humorismo mas de ninguna manera superficial es la que, con pluma maestra y fe apasionada nos ha ofrecido el rabino Marcelo Rittner, líder espiritual indiscutible de la comunidad Bet-El de la ciudad de México, lugar desde el cual el judaísmo vivido no remite a la arqueología religiosa sino a los vientos que corren en nuestros tiempos, a la vez dramáticos y esperanzadores.

  Un rabino, por vocación, rasga el velo del tiempo. Se sitúa, en fidelidad a esa misma vocación, en los tiempos bíblicos, los de la lenta maduración del diálogo siempre sostenido de Dios con la humanidad y los de la configuración de un pueblo que entrelazó su destino a través de una Alianza “nunca derogada.”[21] Pero, a la vez, tiene que situarse en los tiempos actuales, los del apresuramiento y la provisionalidad, del individualismo penetrante, los fáciles olvidos y la reconciliación retrasada o considerada imposible, realidades del movimiento prometeico que ha caracterizado nuestros últimos siglos y que, al prometer libertad y “realización” sin límites, en realidad ha regresado al viajero del tiempo a la barbarie y a la soledad angustiosa, a la vida y muerte sin sentido.

  Las páginas escritas por Marcelo son el testimonio revelado de lo que se ha asentado en su espíritu a través de una experiencia pastoral de más de una treintena de años. En sus ágiles líneas se decanta el paso de la vida por él y su familia, pero también ese paso, que deja a veces heridas sin vendajes, de mucha gente concreta y, en realidad, de la humanidad que corre “por estos mundos de Dios” invadidos por la modernidad, con sus grandezas y sus límites. Detrás de los signos y las letras está el tejido sólido y magnífico de la herencia bíblica, de esa Palabra que, una vez pronunciada, no se arrepiente ni se aleja de quien la escucha. De esa Palabra que ha constituido un pueblo y lo lleva de la mano por “cañadas oscuras” hasta las “verdes praderas” donde ha de reposar con la verdadera paz rebosante en el corazón. (Cf. Salmo 23).

  El autor de este libro hace un llamado a abandonar las prisas, los olvidos, las postergaciones, las sustituciones irreflexivas del bienestar material y los logros profesionales en beneficio de lo que realmente vale y alimenta la intimidad humana. En su acercamiento creyente a las fuentes de la Escritura –sobre todo en esos abrevaderos insondables que son el Génesis y el Éxodo— propone a los lectores el encuentro o reencuentro con las vocaciones fundamentales que están en el seno de la institución básica de la sociedad que es, en realidad, de fundación divina y no convención humana: la familia. Propone un examen de conciencia que conduzca a un cambio existencial acerca del modo como hemos llevado adelante los derroteros esenciales y no funcionales de nuestro ser en el mundo: ser padres, ser hijos, ser hermanos, ser abuelos. Pero lo propone no partiendo de un esquema jurídico o como derivación de premisas filosóficas, sino interiorizándose en las difíciles condiciones de la vida en el mundo actual reflejándolas en las no menos difíciles decisiones de los personajes bíblicos. Preguntando al lector, “¿Qué tan buen padre eres?” reflexiona: “…los padres tocan a sus hijos cada vez menos. Cuando yo era niño, era razonable esperar crecer con el padre. Hoy, vivir con un padre ausente se ha convertido en una característica que define la niñez de muchas personas. ¿De qué sirve tener sus fotografías en la oficina o cargarlas en la billetera, si nos hemos convertido en desconocidos para ellos?”[22]

  De la comprobación vital, conduce al lector al hontanar bíblico y a su sabiduría intemporal.

  Me llamaron la atención algunos enfoques peculiares acerca de las actitudes de nombres de gran peso en la Biblia: la manera tan especial como Isaac vio la vida después de haber sido salvado de la muerte sacrificial que le iba a dar su propio padre. Dice Rittner: “…Por lo general, este pasaje se explica como un ejemplo de fe y como lealtad de Abraham. También se explica que sirvió para reafirmar que Dios no quiere sacrificios humanos. Sin embargo,…¿qué le pasó a Isaac ese día?...por un instante agonizante, antes de que el ángel interviniera, se enfrentó cara a cara con su muerte. A partir de entonces y durante el resto de su vida debe haber vivido consciente de ello, porque su vida fue más espiritual. Su padre y su hijo fueron hombres de acción, gente que dirigía grandes negocios, gente muy ocupada. No obstante, como lo manifiesta la Biblia, sólo Isaac dedicaba mucho tiempo a la meditación.

  De alguna forma, una vez que has vivido la experiencia, eres diferente, piensas y vives diferente. Ya no te preguntas: ‘¿cuánto tengo?,’ ‘¿cuánto puedo ganar?,’ ‘¿cómo puedo llegar primero?’ Te preguntas: ‘¿quién soy?,’ ‘¿qué hago con mis días?,’ ‘¿cómo puedo disfrutar mi vida?,’ ‘¿cómo la lleno de espiritualidad?’”[23]

  El rabino trae a la memoria la historia de Jacob, enfocada desde su encuentro con el faraón, el cual se pregunta sobre la longitud de “sus días.” El patriarca, a pesar de que contesta: “los días de mi peregrinación son 130 años”, agrega en modo pesimista: “los días de los años de mi vida han sido pocos y malos.”

  “…Jacob debe haber recordado los fracasos que sufrió. Debe haber recordado la traición a su hermano para obtener la bendición de su padre. Debe haber recordado su gran amor por Raquel y la traición de su suegro Labán. Debe haber recordado y lamentado su favoritismo por su hijo José, quien creó una barrera entre padre e hijos que de seguro afectó las relaciones familiares. Por sus palabras, parece que Jacob sentía que su vida era un fracaso total. Como había fallado algunas veces, él consideraba que toda su vida era un fracaso.

  …Muchos enfrentan su propia realidad y, tal como lo hiciera Jacob, declaran que los días de los años de su vida han sido pocos y malos. Parte del problema está en el hecho de que la sociedad en la cual vivimos está orientada al éxito. Todo lo que hacemos debe ser exitoso. La meta final es la victoria. Como lo escribiera un amigo, con sentido del humor, vivimos en una sociedad que enseña que toda cuestión tiene dos puntos de vista:

el equivocado y el nuestro; que los honestos son inadaptados sociales; que tener la conciencia limpia es síntoma de mala memoria y que lo importante no es ganar, sino hacer perder al otro. Estamos tan convencidos de que el éxito es lo relevante que, si fallamos, creemos que ya no tenemos más valor como seres humanos.” [24]

   Marcelo Rittner, en su crítica constructiva a algunos aspectos alienantes de la cultura circundante, postula no un regreso irracional a tiempos idílicos o el refugio en una quimera bucólica. Postula la reflexión sincera sobre los desfases de la cotidianidad.

  Me ha parecido especialmente valiosa su exhortación a tener en cuenta la importancia del silencio para vivir con solidez y sentido. Parte de un hecho cada día más invasor pero lo enfoca desde la experiencia religiosa y no desde el pragmatismo secular: “…Hoy hay personas que están disponibles y pendientes de un teléfono celular a cada instante, excepto al despegar, aterrizar o dentro de túneles largos. Esto es porque el mundo se ha transformado en una red interconectada, en una gran exageración de tecnología de tonos, de tal manera que las personas se han convertido en oficinas ambulantes…

  …la gente lleva su teléfono celular encendido al gimnasio o al restaurante…También en el cementero o en la iglesia. (¿Tal vez porque creen que Dios responderá de inmediato a sus plegarias?)…

  …soy telefonocelularfóbico porque creo que uno de los grandes placeres de la vida es tener momentos para estar fuera de contacto con el mundo…

  …en realidad se me ocurrió esta protesta al estudiar la Biblia; para ser más preciso, el relato de la creación del mundo que culmina con el mayor regalo de Dios al hombre: el día de descanso. Un día para pensar en el significado y propósito de nuestra forma de vida. Una reunión semanal con nosotros mismos. Un día para evaluar si no hemos sido transformados en esclavos de lo que creíamos que sería nuestro medio de mayor libertad…

  Será el Shabbat, será el domingo, será el viernes, pero, un día por semana, quiero sugerirte que, cuando vayas a caminar por el parque o participes en algún culto religioso…cuando vayas al cine o a un restaurante, por favor,…dejes tus cadenas inalámbricas en casa o, por lo menos, desconéctalas.” [25]

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  La lectura de Y si no es ahora, ¿cuándo? no puede dejarnos indiferentes. Resulta un ejercicio integral, no solamente una señal dirigida a nuestro lado intelectual. De hecho, al ir volteando sus páginas, su dosis de humorismo hace que, en algunos lugares, soltemos una carcajada y no sólo una leve sonrisa; y en otros, al tocar fibras sensibles que provienen de las experiencias propias, sobre todo de pérdida, se humedezcan los ojos y quizá  en algunos sobrevenga el llanto. Pienso que lo que se dice de Miguel de Cervantes cuando escribía “El Quijote,” que reía y lloraba en su dedicación a la escritura podrá decirse de Marcelo, si pudiéramos haberlo visto escribiendo. En una época en que las librerías con conocedores de lo que se ofrece están en extinción y los libros se ofrecen en estantes de tiendas de autoservicio, quizá el actual vaya a dar a la sección de “superación personal.” Su contenido, sin embargo, no está integrado por recetas de “autoayuda:” es sabiduría madurada en el pecho de un creyente, “flores


 

[1] Diarios, I (1939-1960). La vida íntima de un gran maestro espiritual, (Ed. Patrick Hart y Jonathan Montalvo), Paidós, Barcelona 2001, 167s. (Cita en  Cao, 88)

[2] P. 46.

[3] Pp. 128s.

[4] Ernesto Cardenal, Coplas a la muerte de Merton, a la manera de las de Jorge Manrique, 1968.

[5] Apuntes hechos después de escuchar la conferencia Somos polvo de estrellas de Ernesto Cardenal, Universidad Iberoamericana, Ciudad de México, 11 de junio de 2007.

[6] El signo de Jonás. Diarios (1946-1954)  (Ed. R. A. Díez Aragón,) Desclée de Brouwer, Bilbao 2007, 262s.

[7] Id., 76.

[8] Jn 14, 9.

[9] Constitución dogmática Dei Verbum, n. 2.

[10] Id., n. 1: “Dei Verbum religiose audiens et fidenter proclamans.”

[11]  P. 376.

[12] A Rabbi talks with Jesus. An intermillennial interfaith exchange, Doubleday, New York 1993.

[13] Jesús de Nazaret, p. 134.

[14]  P. 298.

[15]  Pp. 315s.

[16]  P. 334. Van der Meer fue un sacerdote católico holandés que destacó por sus estudios sobre el arte cristiano, sobre todo de la antigüedad. A propósito de la figura del “buen pastor” puede leerse también: Buen Pastor. Finales del siglo III d. C., en: Giovanni Morello (ed.), Tesoros artísticos del Vaticano. Arte y cultura de dos milenios, (Catálogo de exposición, México, Antiguo Colegio de San Ildefonso, nov. 1993-feb. 1994), Electa, Milán 1993, 45.

[17]  P. 17.

[18]  P. 239.

[19]  Pp. 392s.

[20]  Jacobo Zabludovsky  en el Prólogo, p. 15.

[21]  Juan Pablo II.

[22]  P. 184.

[23]  P. 120.

[24]  Pp. 146s.

[25]  Pp. 202-204.