LA EUCARISTÍA CREIDA.

-- Meditación en la esperanza --

  FE es, sin duda, el concepto que en nuestra lengua se expresa con la palabra más breve: una sola sílaba; una vocal y una consonante.

  Esa brevedad sorprendente contrasta con la profundidad con la que el ser humano reconoce y vive lo que la fe significa.

  Pues fe es mucho más que simple creencia y algo muy diferente a la aceptación de una autoridad, de una fuerza quizá implacable que se impone desde fuera, por más sincera que pudiera ser esta actitud.

  No puede identificarse con la repetición, tal vez surgida de una buena memorización, de una lista, breve o larga de “verdades de fe.” Quizá lo que más se parece a ella en el plano humano son las convicciones, ese conjunto de ideas motrices, de rutas guía que integran un recio tronco sobre el que se funda la reciedumbre humana. Se sostienen a partir de la conciencia y no son moneda de cambio bajo ninguna circunstancia.

  Sin embargo, la fe, más que consistir en el resultado de un esfuerzo es un don que se recibe de lo alto y que, por tanto, es motivo de agradecimiento. Y el agradecimiento no puede nacer sino de la humildad auténtica, la que no abate la dignidad sino, por el contrario, la eleva.

   Toda reflexión sobre la fe –y reflexionar sobre ella es hacer teología y hacerla a la manera de San Juan Evangelista a quien en la antigüedad cristiana apellidaban “el teólogo”, uniéndola a la contemplación y no como ejercicio de entramados mentales—parte del Credo, sea que recitemos el “largo”, el símbolo nicenoconstantinopolitano, que fijó la ortodoxia el año 325 o el “corto”, el viejo y ahora casi olvidado “símbolo de los apóstoles” de procedencia inmemorial y que actualmente se propone como optativo para la celebración dominical de la Eucaristía.

  El credo es un símbolo, el símbolo de la fe, es decir, mucho más que de palabras pronunciadas al vacío, se trata de la relación íntima y silenciosa entre dos realidades: la propia, la que nos confronta desde lo más hondo de nuestro ser personal, con otras que nos preceden y desbordan y que son a la vez históricas –“nació de María la Virgen”; “padeció y fue sepultado”, “en tiempos de Poncio Pilato”--, metahistóricas (es decir que no pueden verificarse por el método histórico usual)—“resucitó al tercer día según las Escrituras” “…y subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre…”—y absolutamente trascendentales –“Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible.”

  El misterio central del cristianismo, que diferencia su esencia y dinamismo no sólo del judaísmo sino del concepto mismo de religión en general, es la Encarnación del Verbo. Algo que desborda la imaginación y que plantea una manera diferente de ver al mundo,  al hombre y a Dios mismo. En una frase sintética, San Ireneo de Lyon, Padre de la Iglesia del siglo II que fue discípulo en segunda generación de San Juan intentó presentar esa realidad: “Al venir el Verbo en carne trajo consigo toda novedad.”  Al unir carne con Verbo, se genera y reconoce precisamente esa novedad que, si se pretende comprender con los instrumentos de la lógica resulta una contradicción y nada más.  Pues carne conlleva el peso de subrayar la debilidad, la fragilidad,  la condición precaria que rodea a la humanidad. Mientras que Verbo brilla como la Palabra activa, la voz poderosa que, pronunciada en el alba del mundo, le ha dado ser al universo. La Palabra ha estado desde el principio al lado de Dios: “En el principio el Verbo existía y el Verbo estaba junto a Dios” (Juan 1,1). “…Y dijo Dios”, es decir, expresó su palabra, es el estribillo de los días de la creación que pinta el libro del Génesis. Novedad aparentemente contradictoria, pues nada hay más ajeno para la concepción de Dios que la debilidad, puesto que Dios es el poderío, la gloria, la exaltación.

  El misterio central del cristianismo es –lo repito—la Encarnación: que Dios se hizo hombre, uno de nosotros.

  Unas líneas maravillosas del evangelio de San Juan (Juan 1, 14) nos revela, a la manera de una lámpara encendida para guiar nuestros pasos, la grandeza y a la vez la sencillez de ese gran misterio. Dice: “…Y el Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.”

  No nos hace falta más que meditar con espíritu sereno esas líneas, poniendo como telón de fondo algunas de las escenas del Antiguo Testamento en las que se vislumbra un poco Quién es Dios, para interiorizarnos en una grata contemplación: “…Puso su morada entre nosotros” trae a la memoria la larga espera del pueblo de Israel en el desierto en campamentos propios de los nómadas: habitaban en tiendas de campaña. ¡Qué gozo habría surgido de darse cuenta que Dios mismo había colocado su tienda en medio del campamento! Pero, a pesar de que ahí estaba, “…los suyos no lo recibieron.” (Juan 1,11). Una vez construido el templo de Jerusalén el arca nómada de la alianza ocupó un lugar fijo, fue el Tabernáculo central que marcaba con fuerza la presencia divina. Pero, a diferencia del Verbo encarnado en Jesús de Nazaret, el “judío marginal”, “el cordero de Dios que quita los pecados del mundo”, esa presencia era, a un tiempo, invisible, velada, entre sombras y producía temor: era el “misterio tremendo” (o sea, que produce temblor) que los historiadores de las religiones han reconocido en sus investigaciones. ¿Quién puede temblar ante la dulzura de Jesús,  ante su amor, su “paso haciendo el bien” (Cf. Hechos 10)?

  También la gloria, que había hecho temblar a Moisés cuando la vio pasar de espaldas era algo así como un resplandor temible, un relámpago que asusta o bien, la nube que aparecía de día y la columna de fuego que se presentaba por la noche en el largo itinerario por el yermo.

  La gloria se manifiesta, desde luego, en el Verbo divino encarnado, pero es precisamente su carne la que le sirve de tamiz, de velo para que el resplandor de esa gloria no atemorice ni nos arroje al suelo como a Moisés. ¿Quién puede temer ante la dulzura de Jesús, ante su amor, su perdón infinito?

  Entre nosotros, pues, está la gloria escondida de Dios. Con nosotros está alguien que se ha revestido en el seno de la Virgen María de nuestra carne para caminar delante de nosotros por los senderos del mundo y de la vida. Delante de nosotros, como nuestro pastor, pero junto a nosotros en cuanto que ha compartido en plenitud nuestra condición de fragilidad y quebranto. San Ireneo de Lyon, a quien hemos citado antes, también dejó escrito ese maravilloso intercambio: “La gloria de Dios es que el hombre viva y la gloria del hombre es la visión de Dios.” Ni Abraham, ni Moisés, ni Elías o Isaías pudieron aspirar a lo que nosotros no sólo podemos aspirar sino gozamos.

  De estas fuentes abundantes y limpias procede nuestra fe en la Eucaristía, en la que me atrevo a denominar la presencia de las presencias o la presencia por encima de todas las demás. Es la presencia que supera la de la palabra escrita y celebrada, la de la acción del sacramento del bautismo o de la presencia de Jesucristo, según su promesa, “…donde dos o tres se reúnen en mi nombre”. A esta presencia la adjetivó el Concilio de Trento de esta forma: verdadera, real y sustancial, como si dijera, superando el mismo análisis conceptual que puede hacerse: muy, muy pero muy presente.

  Si creemos en la Eucaristía, en la presencia de Jesucristo en ella, si podemos hablar de “Eucaristía creída” ,es porque Dios ha estado y está presente entre nosotros en Jesucristo, “Dios y hombre verdadero,” como lo manifiesta el Credo.

  Y ese creer, ese manifestar la fe se desarrolla en una tensión histórica que abarca la historia de nuestras comunidades a lo largo de más de veinte siglos y nuestra historia personal, a lo largo de todas las etapas, vicisitudes y acontecimientos que van dejando huellas con el paso del tiempo sobre nuestra propia fragilidad. Como que esa misma fragilidad se transforma en fortaleza. Ciertamente en las historias de los mártires de las más diversas épocas la Eucaristía se encuentra como realidad central que los ha fortalecido y que, a la manera de lo que expresa el salmo, ha hecho “brotar una alabanza de los niños de pecho”, es decir de los más débiles entre los débiles.

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  La Eucaristía es un sacramento, es decir, una acción salvífica concreta de Dios entre nosotros. Es Jesucristo el que actúa cuando hacemos memoria de lo que Él hizo un día. De ese día remoto nuestro hoy no solamente revive un recuerdo, al modo como podemos recordar a nuestros padres en vida o a los héroes cívicos e incluso a los santos en sus conmemoraciones, sino que derriba las murallas del tiempo. En el centro de la celebración eucarística, en la parte sublime que conocemos como “la consagración” o a veces y mejor como “la institución”, se hace una y otra vez, día con día y en todos los confines de la Tierra el relato, el “memorial” de la Cena de Pascua de Jesús con sus discípulos antes de partir de este mundo. El sacerdote debidamente ordenado revive el relato histórico que se transforma en realidad presente. Hace memoria: “…Acabada la cena tomó el pan en sus santas y venerables manos…” (Canon romano). Y no repite lo dicho por Jesús en tercera persona, no dice: “este es el cuerpo que será entregado…” sino: “…este es mi cuerpo que será entregado…” Y si en la historia de hace dos mil años fue entregado a la muerte “bajo el poder de Poncio Pilatos” para más tarde resucitar, en nuestra historia contemporánea  se entrega en forma de comunión a fin de que “tengamos vida y la tengamos en abundancia.”  El Concilio Vaticano II ha permitido el uso de las lenguas vernáculas en las celebraciones litúrgicas y así ha privilegiado la comprensión de lo que se desarrolla y realiza en ellas, pero en algunas liturgias orientales, como por ejemplo la maronita, absolutamente católica, el relato de la institución y las palabras de la consagración se pronuncian todavía en arameo, la lengua propia de quienes las pronunciaron por vez primera. ¡La emoción al decirlas que siente cualquier sacerdote es impresionante! ¡Pronunciar con la propia voz y en el idioma de los tiempos vivos del Nuevo Testamento esas palabras que en cierta manera vuelven a crear al hombre en la inocencia original!

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  La fe en la presencia eucarística y en su acción santificadora es algo que ha acompañado a las comunidades cristianas desde los primeros tiempos.

  Una acción ritual que se tiene en la celebración de la misa (conocida como la “commixtio” o “inmixtio”) consiste en depositar en el cáliz con el vino consagrado un fragmento pequeño del pan eucarístico poco después de haber sido partido. Es un rito casi imperceptible, pues mientras se realiza la comunidad canta o recita el “Cordero de Dios.” No obstante, su historia se remite a los primeros años de la expansión del cristianismo. El pequeño fragmento que se depositaba en el cáliz en la celebración en una sede episcopal, procedía de la fracción del pan realizada en otra comunidad presidida por un obispo. Era signo de comunión, de unidad de las iglesias, de comunicación de la común presencia y capitalidad de Cristo, el mismo “ayer, hoy y siempre” y, desde luego, si es lícito extender la frase en una línea más espacial que temporal: “aquí, allá y más allá”. Esta alusión nos conduce a reconocer que desde entonces era una verdad creída y sostenida la presencia permanente de Jesucristo en las especies consagradas después de la celebración de la misa.

  Asimismo, el lugar del depósito de esas especies, que hace referencia al depósito que en las sinagogas judías se tenía y se tiene de la “Torah”, es decir de la Ley en un tabernáculo y que tuvo al principio la forma de la “paloma eucarística”, manifiesta esa fe en la presencia prolongada mientras las especies no se corrompieran. La razón de ese depósito tenía, desde luego, como fines básicos la participación de los que no podían estar físicamente en la celebración, los enfermos, los encarcelados, los ascetas y ermitaños, pero lentamente fue también un foco de atracción para la adoración silenciosa de los fieles.

  Estas dos pequeñas referencias a puntos de irradiación y atracción que  encontraron su lugar y su condición de signos a través de la historia y la construcción de los espacios religiosos, forman el núcleo de la especificidad católica dentro del cristianismo. Pues muchas y complejas circunstancias que fueron entretejiéndose a lo largo sobre todo de la Baja Edad Media (siglos XI al XIV) y que llevaron a algunas muestras enfermizas de religiosidad eucarística o de mezcla de ésta con vanas creencias relacionadas con supersticiones y pretendidos actos mágicos, alienaron la recta devoción y favorecieron que los reformadores protestantes interpretaran de modo meramente simbólico la realidad de la Eucaristía. Con el tiempo y el cambio continuo entre las comunidades surgidas de la reforma, se fue esfumando la centralidad de la Eucaristía y su valor sacramental, como puede comprobarse en las comunidades que sobreviven. Sólo en el siglo XX, la comunidad calvinista de Taizé, en Francia, con su vivo estudio de las fuentes bíblicas y de los Padres de la Iglesia, recuperó esa referencia que impregna la tradición eclesial en horizontes universales y no solamente del Occidente católico.

  El Concilio de Trento, no sólo en la línea contrarreformista de oponerse a lo que decían los protestantes, sino en la de reformista, fijó dogmáticamente lo que hay que creer en materia eucarística y privilegió la presencia de Jesucristo en ella. Alrededor de esa creencia se fomentaron y purificaron las devociones, algunas de las cuales se habían forjado en la larga Edad Media.

  Las iglesias construidas durante el renacimiento y el barroco, pusieron en el centro el sagrario, el “sagrado depósito” y la presencia irradiante de “Nuestro Amo” en ese preciso lugar, fomentaba el silencio reverencial en la nave principal. Si las paredes se llenaron de retablos poblados de santos, el fiel rectamente formado sabía que mientras esas figuras eran más que todo catequéticas, el tesoro magnífico estaba escondido dentro del sagrario que, a pesar de todo, parecía en no pocas ocasiones, soporte del apabullante retablo.

  La celebración eucarística se prolongaba con la “exposición del Santísimo”  dentro de la iglesia o, con frecuencia por medio de procesiones que al paso triunfal de la hostia consagrada contenida en custodias de riqueza extraordinaria, bendecía calles, plazas. En España e Hispanoamérica sobre todo, el esplendor de las procesiones, principalmente la del Jueves de “Corpus” y la preciosidad de los metales y las joyas que engalanaban las custodias fue singular, prenda de una fe que se expresaba también en el arte y en cierto exceso y boato. Las custodias que acompañaban la procesión en Toledo, Sevilla, México, Lima e inclusive Manila son todavía dignas de admiración. Y una en especial, que se puede ver en el Museo del Banco de la República (¡vaya lugar!) de Santa Fe de Bogotá, llamada “la lechuga” por el color verdoso que tomó el oro al mezclarse con el polvo de esmeralda, revela la grandiosidad de las celebraciones. En el recuerdo y no pocas veces en los labios de los mexicanos, está el canto procesional que escribió el Padre Julio Vértiz para el Congreso Eucarístico de 1924: “Hostia, sol del amor / Tu luz inflama / El corazón de México leal / El corazón de un pueblo que te aclama / En tu paso triunfal.”

  Algo que también caracterizó la piedad hispánica en la presencia eucarística fue el acompañamiento del viático –la prenda eucarística para el paso de este mundo al definitivo--que se llevaba a los moribundos. Una carroza no demasiado engalanada jalada por una o dos mulas (“las mulas del Santísimo”) servía de transporte al sacerdote que llevaba el viático. Una narración trasmitida oralmente en España y más tarde en América, cuenta que el Rey Felipe II, autoritario como pocos, encontró a su paso por las calles de Madrid la carroza del viático. Bajó de la carroza real, invitó al sacerdote  a que subiera a ella y el monarca, bajándose, siguió a pie a un lado de la misma llevando en la mano una pobre vela. Ejemplo de los grandes para el pueblo, se decía entonces. Nosotros podemos decir más bien: fe profunda compartida por todo un pueblo.

  La verdad creída de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía ha sido y es timbre de identidad de los miembros de la Iglesia católica, sobre todo después del desgarrador rompimiento de la reforma protestante y sus efectos.

  Solamente un enfoque erróneo y una mirada superficial pueden identificar al catolicismo como una Iglesia plagada de devociones a los santos, de culto a reliquias, escapularios y medallas. El centro de la vida católica –su “fuente” y su “cumbre”, para usar las palabras del Concilio Vaticano II—es Jesucristo, presente y actuante en el misterio eucarístico.

  Sin embargo, reconocer vitalmente esa presencia y actuación, en los tiempos que corren y hacia donde parece apuntar el futuro, llenos de imágenes distractivas e inclusive de vías plurales de sentido, es tarea de ejemplo y de catequesis. Pues no se puede enseñar una “doctrina” si ésta no se acompaña con el testimonio y, como lo expresó en una ocasión el Papa Paulo VI, “nuestro mundo tiene hoy más necesidad de testigos que de predicadores.” Además, ¿cómo puede ser factible, en un mundo en el que son tantas las imágenes y las frases que circulan y nos enfrentan cotidianamente, dar con el valor único de la Eucaristía? ¿Cómo, ante una oferta tan abundante de “comida chatarra”, puede valorarse ese alimento único, “supersustancial” como lo llama la versión griega del Padre Nuestro al pedirlo? ¿Cómo puede reconocerse la sacralidad y el amor más profundo, ese “sol del amor”, cuando la naturaleza parece haberse alejado de la existencia de todos los días y ha perdido su carácter de don, de regalo y parece que todo puede comprarse?

  Para reconocer la presencia activa de Jesucristo en medio de nuestro mundo y en nuestras vidas, primeramente hay que reconocer nuestra propia dignidad, la de seres humanos creados con un acto especial de Dios que ha brotado de su amor. Convencernos de que, a pesar de las miserias que reconocemos en nuestra persona y en la humanidad entera, Dios no se arrepiente de haber impreso su imagen en su criatura, la ama por sí misma y la mira con un amor que es más que ternura, más que predilección, con un amor que es misericordia. De esa misericordia brota la elevación jamás imaginada ni por los mismos santos del Antiguo Testamento, de la criatura a la dignidad de hijos de Dios. Y como lo expresó el apóstol San Pablo, “…si hijos, también herederos.”

  Este convencimiento al que invito, además de ser para nosotros, es una invitación para el ejercicio del apostolado y más concretamente para el apostolado en la catequesis, para el apostolado en la formación de la fe, pues la fe es capaz de recibir enriquecimiento.

  El catecismo del Padre Jerónimo Ripalda, escrito a finales del siglo XVI como introducción y resumen del gran Catecismo del Concilio de Trento y que sirvió de puerta amplia para la ilustración de la fe de muchísimas generaciones, no era solamente una lista de respuestas doctrinales a preguntas religiosas. En un primer momento, le pedía al niño su nombre, es decir, lo invitaba a reconocer su identidad única e irrepetible. Y exponía, a la par con las verdades sobre Dios, Jesucristo, la Iglesia, la vida conforme a los mandamientos y el destino eterno, quién era el ser humano, relacionado con el mismo Dios y con el mundo del entorno a través de los singulares instrumentos  que tiene a su alcance: los cinco sentidos corporales enlistados en orden de dignidad e importancia: ver, oír, oler, gustar y tocar y las tres potencias del alma, ordenadas dinámicamente: la memoria, el entendimiento y la voluntad, pues el solo recordar o el solo comprender son inútiles y no emprenden la tarea de trasformar el mundo sin la decisión de la voluntad de realizarlo.

  La dificultad más grande que padece hoy la humanidad para superar esa especie de neblina que le impide ver la claridad y la luz en el mundo que la rodea y en su propia interioridad, es conocer y admirar quién es el hombre y cuál es nuestra dignidad.  El pueblo de Israel empapó su existencia y no cayó en la tentación del desaliento, meditando el primer capítulo del Génesis, donde reconoció la belleza y grandeza de la naturaleza y el amor de Dios que la diseñó y diseñó especialmente al ser humano, todo por amor y bondad: “…y vio que era bueno”. El pueblo de Israel, al dirigir una mirada de admiración a la naturaleza, no por ello dejó de subordinarla a su Creador al modo de los idólatras: no es el sol ni la luna, ni los astros, ni el mar inmenso ni las fuerzas del rayo y las tormentas quienes le dan sentido a la vida del hombre. De esa manera se fijó claramente la lejanía que debe existir entre la ciudad de los humanos y la superstición y la idolatría, males mayores que las catástrofes, porque tienen su principio y su fin en el espíritu que Dios insufló sobre el barro de la tierra.

  El pueblo israelita oró, ora  y oramos con ese pueblo los cristianos, por medio del salmo 8, fijado por escrito contemporáneamente al relato del Génesis.

  Es cierto que es admirable el cielo, admirables son la luna y las estrellas, pero es más admirable el nombre de Dios, pues el cielo es “obra de tus dedos” y Tú has creado “la luna y las estrellas.” Delante de la grandeza de los astros, sin embargo, surge la pregunta: “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para que cuides de él?” Y la respuesta conduce al día en que Dios mismo, llevando de la mano, a la manera de un padre cariñoso al primero de los hombres, le dio la capacidad de ponerle nombre a todas las realidades del universo que lo rodeaba. Y si le dio la capacidad de nombrarlas es porque le dio dominio sobre ellas, porque le hizo entender que no debía subordinarse a ninguna.: “…le diste poder sobre la obra de tus manos, todo lo pusiste bajo sus pies: rebaños y ganados…y aun las bestias salvajes, los pájaros del cielo, los peces del mar y todo cuanto surca las sendas de los mares.” La admiración crece cuando se centra en quien de veras merece la alabanza: “¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!”

  En Cristo ese Dios admirable se hizo cercanía, “se hizo carne”, fue y es nuestro compañero de camino. Se hizo reconocible no ya en el poder y la grandeza, sino en signos  humanos no sólo de pobreza y pequeñez, sino también de dolor e ignominia. De esta manera la pedagogía y la catequesis del cristianismo nos ha ido poniendo enfrente, a lo largo de los siglos, escenarios poco gloriosos y esplendorosos, pero de un realismo impactante y en el fondo fortificante: el camino hacia el pesebre de Belén y la huida a Egipto, el camino de la cruz hacia la muerte sin gloria. Pero también nos ha puesto delante la amplia escena que se encuentra cerca del final de la narración evangélica de San Lucas (Lc 24, 13-35), que refiere el camino hacia la aldea de Emaús la tarde del día de la noticia no escuchada de la resurrección. Los discípulos peregrinos hacia ninguna parte, pues en realidad huían del dolor, de la frustración y del temor a ser reconocidos como seguidores del crucificado, se encuentran con el desconocido. Éste, explicándoles con paciencia los pasajes de la Escritura donde el siervo de Dios padeció, fue humillado y vilipendiado, hizo que ardieran sus corazones, es decir, como Isaías lo había profetizado, “no apagó la mecha que aún humeaba” ni extinguió el calorcillo del rescoldo, sino que encendió de nuevo la llama maravillosa de la fe, para que ardiera como antorcha y como faro, para que aquellos discípulos apesadumbrados y deprimidos pudieran ser “luz del mundo”. Sin embargo, si leemos con cuidado, línea a línea esa exquisita narración, no pudo el Señor Resucitado revelarse a los caminantes sino cuando estos fueron capaces de salir de su curiosidad y sobre todo de su egoísmo diciéndole: “—Quédate con nosotros, porque es tarde y está anocheciendo.” Fue esa acción de caridad, de amor desinteresado, de chispa brotada del fuego que se había intensificado en sus corazones, la que hizo que Él manifestara su amor inmenso en la “fracción del pan”, es decir, en la Eucaristía, fuente y cumbre de toda vida cristiana. Es la caridad, la gracia que habita en el corazón humano y aleja las sombras del egoísmo y del mal, la que entra en contacto con la grandeza del don eucarístico. Al modo del samaritano que fue capaz de arriesgar su tiempo, su dinero y su mismo plan de vida para ayudar al que había sido asaltado en su camino por los bandoleros, al modo del niño que llevaba en su canasto cinco panes y dos peces y los ofrendó sin pretender guardarlos para sí mismo o para venderlos a alto precio dada la escasez, haciendo que el Señor los multiplicara para que comiera una multitud, los discípulos salieron de sí mismos al ofrecer posada al peregrino. Fue entonces, y sólo entonces, cuando “se les abrieron los ojos y los reconocieron.” A partir de ahí perdieron el miedo, se liberaron de la esclavitud de la depresión y el tedio y se lanzaron a anunciar la enorme verdad de que no adoramos “a un Dios de muertos sino a un Dios de vivos.”

   Esa unión entre la salida de nuestro egoísmo, que a veces toma formas de rebeldía irracional y de barbarie y nuestro acercamiento a la Eucaristía, es la que pone en consonancia nuestro ser de hijos de Dios con el del Hijo de Dios encarnado que murió y resucitó para borrar del mundo la huella de la soledad vacía y del sufrimiento sin sentido.

  En el mundo que hoy vivimos, no se habla ya de idolatría a la manera de cómo se hablaba en otros tiempos; no vemos a los ídolos de barro, de piedra o de metales preciosos a nuestro paso por las ciudades o por los campos. No vemos tampoco, al menos en países que se autonombran “civilizados”, las persecuciones que en etapas distintas de la historia eclesial han dejado mártires y sangre derramada. Vemos, sin embargo, la vigencia de nuevos ídolos; la propaganda del placer inmediato como recompensa, la exaltación de la “libertad” individual sin la correspondiente responsabilidad, la admiración a los poderosos, a quienes se hinchan de dinero. Vemos igualmente la marginación creciente de los símbolos cristianos, de la manifestación pública de la fe y de la expresión de un pensamiento que, asimilado a lo largo de los siglos y compartido casi en su totalidad por las comunidades judías y por muchas corrientes filosóficas, se quiere botar al cesto de la basura junto a las grandes aportaciones históricas del cristianismo a la humanidad en general.

  Las supersticiones parecen, entre muchos grupos humanos, estar de regreso, incluso después de los avances del conocimiento científico y de la generalización de una educación informativa sobre múltiples aspectos del mundo y de la vida. Se acude a brujos, se pertrecha mucha gente con amuletos, “limpias” y rituales extravagantes frente a las amenazas de las sombras, se ha llegado al extremo de rendir culto falsamente religioso a efigies de narcotraficantes supuestamente benéficos y a la muerte, calificada de “santa”, representada en una figura cubierta con un manto de estrellas y una inclinación de la cabeza que evoca de manera blasfema a la Virgen de Guadalupe?¿Cómo encontrar en medio de esos fenómenos a un Dios de gracia, de vida, de bondad y no, por el contrario, amenazas, azotes y castigos? Urge encontrarlo y lo encontramos en Jesucristo, aquel que en todos sus encuentros con los tristes, con los marginados, con los pobres y con los abandonados los saludó con la frase: “--¡No tengas miedo!” Él es, Dios y hombre verdadero. Él, como lo testimonió el discípulo Felipe, dijo: “—El que me ve a mí ve al Padre.” Y el Concilio Vaticano II expresó: “…el misterio del hombre se esclarece en el misterio del Verbo encarnado.”

  Esa doble verdad que es de hecho una sola, esa realidad que el Concilio de Nicea definió como “unión hipostática”, es decir no un Dios disfrazado de hombre ni un hombre adoptado por Dios, está ante nosotros para ser creída y ha de surgir desde nosotros para ser transformada en catequesis, testimonio y en proclamación viva.

  La verdad sobre Dios, es cierto, está velada en nuestro mundo. Entre las clases sociales altas, también en México y en Latinoamérica, se diluye en un budismo barato y sintético, que confunde al ser humano con la naturaleza y no le reconoce su verdadera dignidad y puesto en el universo. Entre las clases populares se extiende el reinado de la superstición.

  Hay un cielo nublado, pues, que impide ver más allá del color grisáceo.

  Pero, si a Dios se le ha puesto un velo, éste también se ha arrojado sobre la faz del hombre. Lo dijo el Papa Paulo VI en una de sus catequesis semanales: “La noche de Dios es también la noche del hombre.”

  Aunque suene extraño, hoy es necesario comprender y anunciar quiénes somos, cuál es nuestro puesto en el universo y cuál es nuestro puesto en la vida. Y prefiero decir “quiénes somos” y no “quién es el ser humano”, pues se trata de algo vital y no teórico.

  Un número creciente de niños forma su imagen de lo que lo rodea por medio de medios audiovisuales y no por el contacto personal, por la palabras que toca el oído y resuena en el corazón. Las imágenes que recibe y buen número de juegos en los que participa, tantas veces de ensimismamiento y soledad mediada por la electrónica, no ayudan a diferenciar los elementos tecnológicos de los seres de la naturaleza—los “reinos” de lo mineral, lo vegetal y lo animal--, la realidad virtual de la que podemos llamar “real” y, sobre todo al ser humano del resto de los seres y de las “cosas.” ¿Cómo puede formarse el aprecio a la singularidad humana cuando se juega con una máquina que se transforma en una especie de animal monstruoso y más adelante en algo que parece humano? ¿Cómo puede respetarse la dignidad propia y la de los demás cuando apretando un botón se puede destruir “virtualmente” lo que se quiera?

   Habrá que encontrar, con otros instrumentos verbales, la manera de integrar una iniciación conceptual como la que hizo en su tiempo el Padre Ripalda invitando a aprehender (no sólo a aprender) la dinámica de los cinco sentidos corporales y las tres potencias del alma. Su intuición de atender a la niñez y proveerle de esos conocimientos fundamentales es punto de atención reflexivo para nuestra actualidad, pues no sólo parece que la cultura que nos rodea está hecha para adultos, sino que a los niños se les quiere tratar como adultos, suponer que automáticamente van a ser buenos sin formación moral y del carácter, sin catequesis de iniciación o con un rápido barniz a los que han sido bautizados siete, nueve u once años antes, y no son pocos entre ellos los que de hecho llevan cargas afectivas y emocionales que difícilmente un adulto querría llevar y requieren una fuerza tal que no puede provenir sino de la gracia de Jesucristo y no de terapias humanas. “--Dejen que los niños se acerquen a mí, no se los impidan” resuena en nuestro entorno como urgencia. Más que nunca los niños modernos requieren la cercanía de Jesucristo, persuadiéndonos de que, aunque estuviesen en algún modo muertos, como el hijo de la viuda de Naím, Él “se los devolverá a su madre” con fortaleza y vida.

  Hace algunos años, en 1978, viendo ya en su patria, Francia, los efectos de la secularización de la cultura en los niños, el pensador católico Jean Guitton se decidió a escribir un catecismo para ellos, en la forma tradicional de preguntas y respuestas. En una de sus páginas escribió: “Niño: Pero si Jesús es verdaderamente lo que usted dice, ¿por qué no me hablan de él en el colegio? ¿Por qué mis compañeros no le conocen? ¿Por qué, esto que me dice, no lo dice nadie?

  Yo: La pregunta que me haces ya se la hacían los amigos de Jesús cuando le decían: ‘¿Pero por qué no haces milagros para manifestarte a toda la tierra?’ Jesús se muestra a todos los hombres pero los deja libres para rechazarlo, para conocerlo o para ignorarlo. Es una suerte la que tú tienes a tu edad, antes de entrar en la vida: saber que Jesús existe, que es tu amigo, que lo encontrarás todos los días para ayudarte. Y este es el motivo por el cual la conversación que tenemos los dos es importante para tu felicidad.” (Mi pequeño catecismo, 2ª ed. en español, Herder, Barcelona 1983, 32s.)

  De la fe en Jesús, de la observación de la vida de alguien “que pasó haciendo el bien”, brotan los elementos para una pedagogía del amor, que en los niños está a flor de piel, o para decirlo con mayor propiedad, “a flor de espíritu.” Escribió también Guitton su “pequeño catecismo”: “Hacer algo por amor es hacerlo sin pensar en el interés, por la sola belleza de la cosa en sí. Los más bellos actos de amor son aquellos que nadie conoce, porque han sido realizados en el secreto del corazón…No darás solamente cosas materiales, sino también tu espíritu y tu corazón…Dar el propio corazón es consolar. Los niños tienen un gran poder para consolar a las personas mayores cuando están tristes. “Mamita, no quiero verte llorar.” Da a los demás esta alegría de vivir que hay en tu corazón de niño.” (Págs. 64s.)

   

   Además, es necesario, pues no forman parte de las enseñanzas que se trasmiten sobre todo a través de los medios de comunicación social, que tienden a hacer plano y homogéneo el papel de los seres humanos en el mundo, centrado principalmente en la acción y la utilidad, comprender y anunciar el derrotero de las misiones fundamentales de nuestro ser en comunidad que forman también las líneas de comprensión de un Dios actuante y no lejano o etéreo: la misión de la paternidad, la de la maternidad, la de la filiación y la esponsalidad. Además de ser quienes somos como individuos y además de la vocación profesional o de servicio a la que somos llamados, tenemos que ser, de muchas y diferentes formas padres, madres, hijos o esposos. Más que las tareas funcionales o profesionales, con las que actualmente tratamos de definirnos e identificarnos, éstas son las más grandes tareas, las cuales ni se desgastan ni perecen sino únicamente maduran y se acendran.

  Nuestra dignidad humana en sus más definidos y profundos perfiles, nuestra responsabilidad moral frente a lo que nos rodea, ha de ser expuesta sin miedos. Al Credo hay que unir el Decálogo, siempre sintetizado en el “mandamiento nuevo” de Jesús: “ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo.” Es mucha más gente de la que pensamos, la que la espera. Y la manera mejor de vivir estas misiones fundamentales es siendo acogidos en una comunidad, celebrando los dones divinos que reconocemos son más que nuestras preocupaciones y pérdidas, en una liturgia que a lo largo del año nos presenta fases o estaciones (primavera, verano, otoño e invierno), que se entrelazan con las de la vida: Adviento, Navidad, tiempo ordinario, Cuaresma, Pascua. Pero es en esta última donde está la plenitud, el eje desde el cual podemos afirmar, sin soberbia alguna, que nuestra fe ha vencido al mundo con sus miedos y sombras, ha vencido al Maligno, pues ha puesto luz donde había oscuridad, verdad donde había confusión y amor donde había ocio homicida.

  Jesucristo, no legó su vida y doctrina para uso individual y menos individualista. Las legó fundando una comunidad en torno a doce discípulos convertidos en apóstoles, a la manera como comunidad habían formado las doce tribus de Israel. Y es en el interior de esa comunidad, la gran comunidad de la Iglesia donde se escucha, medita y goza la palabra divina, se reciben los sacramentos, se ensancha la caridad y se nutre en la esperanza.

  Por ello, quienes hemos decidido ser cristianos dentro de la Iglesia católica, no solamente la apreciamos como una sociedad histórica o como una comunidad que, a pesar de todo, tiene espacios de acogida y de realización de tareas útiles o benéficas. No sólo tratamos de justificar los defectos de sus miembros en su larga trayectoria en medio de tantos pueblos y circunstancias o de aceptar pasivamente la exageración de ellos a causa de una supuesta actitud tolerante y respetuosa de la pluralidad. La Iglesia en su dimensión plena es objeto de fe, no simple comprobación visual. En el credo lo decimos: “Creo en la Iglesia que es una, santa, católica y apostólica.”

  El cristiano, alimentado con la Eucaristía, vértice de la fe, ve en la vida retos y oportunidades, puertas que se abren, horizontes que se ensanchan; convierte los males en bienes, siembra amor en medio del odio y ahuyenta el desaliento por medio de la esperanza. Y la esperanza no es ilusión sino profecía. Es, dicho en lenguaje llano y concreto, estar convencido de que vale la pena vivir la vida, que es mucho mejor vivir que no vivir, que aunque no encontremos la felicidad plena, tenemos de ella tantas señales que gozamos la existencia. Y la esperanza tendrá cumplimiento no a causa de nuestra credulidad o nuestro esfuerzo por entender el por qué de lo que nos sucede, sino por el amor divino derramado a manos llenas desde la primera hora del mundo y al que acogemos como una preciosa bendición. A ese amor, causa de que existamos, tenemos que dejarlo entrar a nuestra casa para que siembre en medio de nuestra existencia sus semillas fecundantes.

   Todo eso y más es acercarnos a la Eucaristía creída.

  Un poco de creer y un mucho de soltar las amarras de nuestro corazón, tan reacio a amar de verdad. Un poco de esforzarnos por comprender cerebralmente y un mucho de entrar en clima de oración de acción de gracias “por tanto bien recibido.” Orar, además, bien entendido, es equivalente a amar.

Ciudad de México, 6 de julio de 2008.

Ciudad Satélite, Edo. de México, 13 de julio de 2008.