EN ESPERA DE LA VISITA PAPAL.

 

BENEDICTO XVI Y EL DOLOROSO ANUNCIO DE LO ESENCIAL.

 

 He terminado de leer un libro en italiano en referencia al Papa Benedicto de Marco Politi: José Ratzinger. La crisis de un papado.[1] De sus páginas afloran una ironía poco dulce e insistencias periféricas: Su “desgaste físico” –no era posible hablar de desgaste mental--,  “perplejidad”, “inseguridad”, “ultraconservadurismo” y “sordera de la humanidad ante sus mensajes”. En las últimas líneas, con el estilo aterciopelado propio de muchos escritores italianos, “profetiza” su salida silenciosa de este mundo, su renuncia al papado: “[…] José Ratzinger seguirá su camino y tomará decisiones en su intimidad. Ahí donde ora y ‘mendiga’ encontrar la voz que lo guíe.”[2]

  No pude dejar de recordar el final  pesimista de Su Santidad. Juan Pablo II y la historia secreta de nuestro tiempo, firmado también por Politi en compañía de Carl Berstein: en 1996 anunciaron el fracaso del Papa Wojtyla mediante una figura extrañamente sombría situada, sin embargo, en una procesión del Corpus: “[…] En medio de un río de luces avanzaba con lentitud un carro sobre el que había un sillón y un reclinatorio. El viejo Papa estaba arrodillado con la cabeza apoyada en las manos en oración: gesto de cansancio, abandono y confianza. En las sombras de la tarde que caía Karol Wojtyla avanzaba, místico e irreal, como Osiris en la barca que lo llevaba a Occidente.”[3] Y Occidente, el punto del ocaso del sol, es el reino de la oscuridad.

  En esas líneas casi poéticas no hay nada nuevo. Presagios sombríos han difundido cíclicamente “analistas” y “vaticanistas” casi en cada pontificado y cíclicamente también han sido superados por la luz de una palabra y una presencia que lleva la auténtica fuerza del ministerio de Pedro: “confirma en la fe a tus hermanos.” Pocos recuerdan los vaticinios de “Paris Match” a la muerte de Pío XII y menos aún –pues es dominio sólo de algunos historiadores-- el tremendo trance del cónclave de Venecia en 1800 cuando en plena efervescencia revolucionaria francesa se creyó que los días de la Iglesia católica habían terminado al morir Pío VI y se pronosticó su inutilidad y su “muerte natural.”

-----

  Al acercarse la visita de Benedicto a nuestra tierra, no han faltado voces que han expresado grises vaticinios en la línea antes señalada: visita en el ocaso de un pontificado, un Papa con fuerzas disminuidas, una agenda con pocas actividades. He leído, por ejemplo, estos renglones de Bernardo Barranco: “No debemos imaginar un Papa mediáticamente populista, que llegue a improvisar y ganarse el aclamo (sic) de las multitudes con gestos y expresiones arrebatadores…El talante de Benedicto XVI es de ser un Papa teólogo sobrio, con planteamientos profundos que requieren ser meditados.”[4]

  Tiene en parte razón Bernardo. Pues creo que nadie está en espera de “gestos arrebatadores.” Pero si el “populismo mediático” hace referencia a las presencias de Juan Pablo II, es injusta su aplicación, pues profunda fue su enseñanza aunque no atendida como él esperó a causa, entre otros elementos, de nuestra débil intelectualidad. No hace falta más que recordar las palabras a “los hombres y mujeres de la cultura” en mayo de 1990: invitó entonces a forjar una actitud cultural que superara, tras la caída del muro de Berlín, el binomio socialismo-capitalismo y dejó la tarea precisamente a los intelectuales mexicanos.

-----

  De Benedicto esperamos, por consiguiente, confirmación en nuestra fe desde el anuncio de lo esencial, proclamación que no provoca aplausos a causa de su peso de compromiso. Habremos de tener atentos los oídos y preparado el corazón pues –como lo expresó Barranco—nos llegarán de sus labios “planteamientos profundos que requieren ser meditados” y la costumbre de esforzar la mente para dejar entrar al centro de la existencia “la sangrienta flor del cristianismo” y hacer brotar desde ese núcleo actitudes de transformación no está muy arraigada entre nosotros. Sin embargo, es tiempo de que entre en nuestra agenda cotidiana el esfuerzo de pensar y decidir a partir de la fe que un pueblo bautizado como el nuestro tiene en semilla y pide ser regada con el rocío del Evangelio. Se menosprecia a los mexicanos cuando se les considera aptos solamente para ser manipulados por los destellos efímeros de la televisión o por moralismos baratos, pues se plantean entre nosotros y especialmente entre los jóvenes preguntas profundas, interrogantes de vida o muerte; hay una búsqueda a veces serena y a veces en rebeldía de la verdad. No es, pues, planteamiento únicamente europeo, el que el Papa hizo hace unos días a propósito de la fe y la verdad: “[…está presente] la opinión cada vez más difundida de que la verdad no es asequible al hombre, por lo que sería necesario limitarse a encontrar reglas capaces de mejorar el mundo…la fe se sustituye por un moralismo sin fundamento profundo.”[5]

  La violencia y la falta de respeto a la vida humana que preocupan, no tienen como respuesta y remedio una guerra sin cuartel o exhortaciones y promesas, pues sus raíces están en el corazón humano. No son problemáticas económicas o políticas las que están en juego sino éticas. Para avanzar hacia la paz hace falta transitar por los senderos de la justicia y este avance es ante todo trabajo educativo, de paciencia pedagógica, quehacer de formación de la conciencia, de señalamiento de límites, de generosidad que transforma la frase de Caín dicha en la tarde sombría de su acción fratricida: “¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?, en la iniciativa comprometida del amor fraterno: “Sí. Yo soy el guardián de mi hermano.”

-----

  Benedicto XVI sobrio y lejano de la espectacularidad es esperado con el corazón abierto y las manos dispuestas a tomar el arado para roturar la tierra y depositar en ella la buena semilla. Habrá que poner atención y cuidado a sus palabras, meditarlas y llevarlas a la vida, no dejar que se las lleve el viento.

  Cuando escuché que vendría a México y que tendría el encuentro con los mexicanos en un lugar que no hubiese sido visitado por su antecesor, pensé en Michoacán, en la huella de Don Vasco de Quiroga y su esperanzada visión de futuro henchida de paz y armonía. Cuando supe que estaría en Guanajuato, en las cercanías del monumento a Cristo Rey, centro geográfico de México y testigo pétreo de las pruebas a las que la fe fue sometida en el siglo XX, me alegré, pues ahí podrán evocarse no sólo las primicias de los próceres del Evangelio del siglo XVI, sino el fruto de ellas por encima de los embates que han lastimado el camino de un pueblo fiel congregado y sostenido por el Pastor Supremo de las ovejas, Jesucristo.

  Bienvenido, Benedicto; tu paternidad anciana y la juventud luminosa de tu mente alegran la espera activa de tu guía, erguida sobre el doloroso anuncio de lo esencial.


 

[1] Joseph Ratzinger. Crisi di un papato, Laterza, Roma/Bari 2011.

[2] Pág. 306.

[3] Sua Santità. Giovanni Paolo II e la storia segreta del nostro tempo, Rizzoli, Milán 1996, p. 558.

[4] Bernardo Barranco en La Jornada, 18 de enero de 2012.

[5] A la Asamblea Plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe, 27 de enero de 2012.