UN NUEVO PENTECOSTÉS

 No me atrevo a afirmarlo como algo general, pero la impresión que me queda de lo que viví hacia 1962, es que la llamada de Su Santidad Juan XXIII a la realización de un Concilio Ecuménico nos tomó por sorpresa a los mexicanos. Recuerdo las opiniones y afectos encontrados entre quienes estábamos en la escuela secundaria sobre las bondades o maldades de la revolución cubana y sobre el papel de Kennedy y su “alianza para el progreso” así como la línea a seguir en México cuando el presidente López Mateos habló de “la atinada izquierda.” Estoy ahora convencido que los estudiantes de entonces teníamos un grado de politización mucho mayor que el de los actuales, ¿será porque no veíamos televisión? También recuerdo que la Acción Católica estaba comprometida en una campaña que bajo el lema: “Cristianismo sí, comunismo no”, llamaba la atención acerca del riesgo de exportación a América Latina del “castrocomunismo” y de las asechanzas del “oso ruso”. Vicente Leñero y otros intelectuales católicos escribían al respecto en la revista “Señal”, que tenía muchísimos lectores. Queda en mi memoria la impresión de cuando oí en varias misas dominicales sucesivas la lectura de una carta pastoral del Señor Obispo de Tepic Don Anastasio Hurtado sobre “los peligros del comunismo.”

  En plena campaña anticomunista, pues, nos sorprendió la convocatoria al Concilio: repique de campanas el 11 de octubre de 1962 en todo el orbe y noticias que llegaron a cuentagotas sobre las puertas y ventanas abiertas para que entrara aire fresco a las vetustas habitaciones de la venerable Iglesia. Las metáforas para indicar el cambio que se venía y hacía falta abundaron: la Iglesia limpia su rostro, la Iglesia sale de su enclaustramiento, la fase menguante de la Iglesia (la luna que refleja la luz del sol, Cristo) da el paso a su fase creciente. Se oía que ante la sorpresa y apenas disimulados preocupación y disgusto de miembros de la Curia Romana, Juan XXIII había dicho: “—Es cierto que al abrir las ventanas para dejar entrar aire fresco más de alguno sufrirá un resfriado, pero si permanecen cerradas todos sufriremos asfixia.”

  Ahora, preparándome para el cincuentenario del inicio del Concilio que se avecina el año entrante, me he puesto a releer los cuatro tomos de “Un periodista en el Concilio”, el diario que el Padre José Luis Martín Descalzo llevó sobre las cuatro etapas conciliares que fue en su tiempo un “best seller” y que leí en el Seminario de Montezuma a las horas de “lectura espiritual” a pesar de que a algunos les parecía poco adecuado utilizar ese tiempo para leer “notas periodísticas.”

  Ciertamente nos hemos dado cuenta que las expectativas del Concilio que se llegaron a pensar a corto o mediano plazo lo son a largo. Que la tarea ecuménica, por ejemplo, tiene más obstáculos de los que tal vez se previeron, que la descentralización eclesial y la confianza en las Iglesias particulares ha estado y está amenazada por una ola centralizadora olvidadiza de la colegialidad episcopal, que la mayoría de edad de los laicos no ha sido reconocida en su integridad, que la reforma litúrgica sigue siendo para muchos sólo un cambio en el idioma y en ritos y ceremonias y no el contacto vivo con el misterio de Cristo presente. Existen muchos otros elementos que convendrá  reconocer y evaluar en variados ambientes de la Iglesia y de la sociedad.

  Sin embargo, existen realidades sólidas que se han adquirido con la asimilación de las enseñanzas del Concilio: la importancia fundamental de la Sagrada Escritura a la hora de reflexionar sobre la vida; el reconocimiento que el mundo circundante posee, junto con antivalores, valores patentes que han de tener lugar en el ámbito cristiano y eclesial: el respeto a las opiniones divergentes, el diálogo, la urgencia no sólo de sacramentalizar sino de evangelizar, los nuevos “areópagos” de la civilización contemporánea: los medios de comunicación, los espacios internacionales, los anhelos de la paz, la urgencia de reconocer los mecanismos generadores de la pobreza y los desequilibrios en cuanto a educación y acceso al bienestar integral. Pero sobre todo, me parece que al pensar en el Concilio, sus frutos recibidos y las tareas aún pendientes, nos corresponde dar gracias a Dios por ese “nuevo Pentecostés”, esa efusión abundante de los dones del Espíritu Santo sobre el pueblo de Dios peregrino para continuar la tarea que el Señor puso en nuestras manos a pesar de la patente insuficiencia y fragilidad de cada uno.

  El comunismo pasó; el oso ruso no llegó; la revolución cubana es un elemento arqueológico que padece el pueblo de la isla. Los retos han evolucionado: la urbanización, las ideologías del gozo momentáneo y de la no necesidad de Dios, el desprecio a la persona y su valor, la violencia y el hambre en galopante expansión y principalmente la secularización de la cultura que invade la vida cotidiana y las decisiones.

  Del Concilio, de sus palabras y de su impulso podemos y debemos obtener luces, derroteros y ánimo. No podemos olvidar sin embargo que las tareas a la vista no son fáciles, pues como San Agustín recordó a sus fieles en el sermón “sobre los pastores”: “[…] tú, ¿pretendes que el cristiano puede vivir exento del sufrimiento? Por el solo hecho de ser cristiano el hombre sufrirá en este mundo más que sus semejantes.”