UN PROVIDENCIAL HOMBRE DE IGLESIA

Un libro que todos los mexicanos deberíamos leer o volver a leer es “Humor con agua bendita” del Padre Joaquín Antonio Peñalosa, sabio sacerdote potosino ya fallecido. Pues entre líneas jocosas y anécdotas festivas late la vida de la Iglesia de México de una época muy especial, la de la década de 1950, que ahora podemos ya apreciar con mirada histórica.

  Entre las ocurrencias y sucedidos ahí referidos, bastantes tienen como protagonista a un providencial hombre de Iglesia: Monseñor Luis María Martínez, michoacano de feliz trayectoria que fue arzobispo de México entre 1937 y 1956. Todavía corren por ahí narraciones sobre su buen humor y sus salidas ingeniosas de más de algún atolladero, de su modo especial pero muy efectivo de hacer llegar el mensaje cristiano a masones, librepensadores y políticos “revolucionarios”, resistentes, al menos exteriormente, a la palabra salvífica que les parecía entrometida y negadora de la “libertad” y de algunos otros “logros de la revolución”.

  Esa fama, muy bien ganada, de humorista contagioso fue, indudablemente, la fachada exterior de un hombre de Dios y de la Iglesia, íntegro y completo. Ya había dicho San Agustín en ese precioso tratado sobre la catequesis, “De catechizandis rudibus” (“Del modo de catequizar a los rudos): “[…] un buen anuncio de la Palabra ha de provocar en quien la recibe, la ‘hilaritas’,” es decir, la recepción alegre, sonriente, pues sólo el ser humano es capaz, entre las criaturas todas del universo, de reír, pues la risa es señal de la posesión y uso de una inteligencia racional.

  El interior de Don Luis María poseía mucho más: desde luego, una formación humana delicada y bien orientada, construida no sólo de palabras y discursos, sino de silencios más o menos prolongados, pues quien no sabe escuchar corre el riesgo de hablar sin ton ni son. Tuvo una habilidad extraordinaria para intuir sobre tendencias, más allá de las experiencias singulares y dentro de esas tendencias captó con claridad la distancia entre los dichos de los políticos y la letra de las leyes así como la poca congruencia de los primeros y la distancia para la aplicación práctica de las segundas. Cuando por disposición del Santo Padre Pío XI y con la anuencia del presidente Lázaro Cárdenas, Monseñor Guillermo Piani hizo una visita ultrasecreta a México en el verano de 1936 para informar sobre la situación de la Iglesia, el visitador refirió en detalle lo que dijo Monseñor Martínez, entonces arzobispo coadjutor de Morelia: “[…] El obispo Martínez sostiene que las leyes en México no siempre se aplican. La ley sobre la educación socialista evidentemente muestra la mala voluntad del gobierno, pero en muchos lugares no se observa tanto por la mentalidad de las autoridades locales, de los maestros de la escuela, o de la población de la jurisdicción…

  “[Recomienda por tanto que no se prohíba tajantemente asistir a los niños católicos a la escuela] pues…el mismo obispo considera que [de sostenerse la prohibición] en el futuro muchos católicos no tendrán educación y se verán obligados a ocupar las posiciones más bajas…el obispo Martínez insiste en que no hay memoria de que una ley promulgada contra la Iglesia haya sido cambiada. El gobierno podrá olvidarse de una ley o suspender la exigencia de su cumplimiento, pero jamás la cambiará.”

  En ese realismo y equilibrio, sin duda vio Piani el mejor perfil para encabezar el arzobispado de México y asumir el liderazgo del episcopado mexicano, pues aún no se organizaba una Conferencia Episcopal propiamente tal.

  Ese realismo y equilibrio presidieron su actuación como arzobispo primado y le ayudaron a obtener para los organismos de la Iglesia espacios menos injustos de labor dentro y a favor de la sociedad mexicana que vertiginosamente se transformaba. Pues en los años de su encomienda vio cómo la ciudad de México se hacía una metrópoli de dimensiones crecientes y cómo las zonas rurales que también habían sido parte de la gran arquidiócesis se reducían y la mentalidad de las gentes, con los nuevos medios de comunicación, la profusión de los electrodomésticos y el nuevo papel de la mujer en las áreas de trabajo así como el crecimiento exponencial de la clase media cambiaba radicalmente. Reto para la labor eclesial y para los métodos de evangelización y catequesis.

  Su interés por la Acción Católica y el impulso que sostuvo frente al reto de la difusión de la cultura cristiana están fuera de toda duda. Puede decirse que con él y junto a él se vivió una época de oro.

  Sobre todo lo anterior, Monseñor Martínez fue un hombre de Dios, profundamente espiritual, cobijado sin duda por el Espíritu Santo: apegado a la oración, singularmente dedicado a la dirección espiritual de sacerdotes, religiosas y laicos, autor de tratados de ascética y mística que lograron tirajes extraordinarios y que todavía son buscados no sólo en monasterios contemplativos sino entre círculos católicos de Europa y América del Sur. Es de esta fuente de la que mana el interés de que, después de los debidos trámites y pruebas, pueda contársele entre los santos canonizados.

  Así lo esperamos.