LA PASCUA FLORIDA Y FECUNDA

  Cuando alguna rara vez la conversación se dirige a los años de 1934 a 1940 –y subrayo lo de “rara vez”, pues casi nunca las conversaciones toman como tema nuestra historia—a la gente le suena extraño que se hable de una prolongación, con características distintas pero más duras de la persecución religiosa puesto que se dirigían a las mentes y a las ideas.

  Durante los años mencionados, lo que más destaca es que, por primera vez en el tiempo posrevolucionario el período presidencial  quedó fijado en seis años y desde sus comienzos se trazaron sus líneas principales por medio de un “plan sexenal.” El General Lázaro Cárdenas realizó una campaña muy larga visitando, durante los meses finales de 1933 y casi todo el año siguiente, lo mismo las ciudades más importantes que recónditos rincones del país. Para muchos, la persona y los programas de Cárdenas olían a “colectivismo”, a “bolchevismo” y aun a comunismo. El fantasma de la “educación socialista”, idealismo extremo del secretario Bassols asustó a bastantes y causó daños, pero su fracaso era previsible, pues era cuesta arriba preparar de pronto maestros limpiamente “socialistas”.

  Por otra parte, estudios más recientes sobre esta etapa nos han abierto los ojos hacia una realidad mucho menos simple, también en materia de libertad religiosa. Este nuevo acercamiento nos ha permitido descubrir dos fases en el régimen cardenista: la primera, que entre 1934 y 1937 estuvo muy influenciada todavía por Calles, Bassols y Garrido Canabal, el tabasqueño radical y la segunda de mayor realismo pues entre otras realidades, reconoció el Presidente la importancia de los católicos y la conveniencia de dialogar con algunos miembros de la jerarquía, que, a pesar de los prejuicios difundidos, de ninguna manera eran “enemigos” de México.

  Para 1936 el gobierno mexicano había tenido que asimilar la sorpresa de que los maestros y estudiantes que defendían la autonomía universitaria y la libertad de cátedra, coincidían con los católicos militantes en su postura contra la imposición de la “educación socialista” y presentaron un frente común de oposición. Por ese mismo tiempo, además, la muerte del arzobispo de México, Pascual Díaz y del de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez y la sustitución en esas sedes por Monseñor Luis María Martínez y Monseñor José Garibi Rivera, hombres de conocida moderación, volvió insostenibles ciertos pretextos que continuaban repitiéndose. La necesidad, ante el ascenso de Franklin Roosevelt a la presidencia de Estados Unidos y la sospecha en crecimiento de que podía avecinarse una nueva guerra mundial, de definirse por el lado de las “democracias”, moderó el radicalismo revolucionario y sentó las bases para un arreglo definitivo de las cuestiones religiosas que continuaban en punto de conflicto.

  En 1936 y en absoluto secreto, el salesiano Monseñor Guillermo Piani, en ese momento Delegado Apostólico en Filipinas, quien había estado en México durante la presidencia de Madero y había también conocido a Carranza, viajó a México por encargo del Papa Pío XI para conocer la situación de la Iglesia, sin duda con el conocimiento del Presidente. El informe que envió a Roma es de altísimo interés para darnos cuenta de los latidos del corazón de la Iglesia en las adversas circunstancias de su vida y, entre líneas, por medio del eco de las palabras de Don Luis María Martínez, abiertas a la conciliación presentadas por Piani, podemos entrever la posición providencial que este prelado, michoacano como Cárdenas, tendría para el país entero.[1]

  Todavía en 1937 Su Santidad tuvo palabras fuertes sobre la situación mexicana, pero en un tono que presentaba esbozos de esperanza. Ese año, ante la continuidad del cierre de muchos seminarios para la formación de sacerdotes, en territorio de Estados Unidos y como corona de la colaboración de los católicos de la nación vecina solidarios desde que se sintieron los primeros golpes persecutorios y que habían elegido el apoyo para la formación y no para la compra de armas, abrió el Seminario Nacional Mexicano de Santa María de Guadalupe, en Montezuma, al pie de las montañas del norte de Nuevo México, institución también providencial que salvó el futuro del sacerdocio en México.

  Al llegar 1938 y presentarse la actitud soberbia de los propietarios de las empresas que explotaban el oro negro en México, el Presidente decidió la expropiación. El apoyo contundente a esa acción de parte del episcopado, fue el campanazo que comenzó a marcar tiempos diferentes para los católicos mexicanos: tiempos de espacios abiertos pero también, sin duda, de crecientes responsabilidades.

  La Acción Católica Mexicana, sin arredrarse ante las dificultades, trabajaba sin cansancio. En el citado informe de Monseñor Piani se dijo: “[…] Es enormemente placentero para mí poder informar que a pesar de las graves dificultades, los obispos, sus celosos sacerdotes y el buen laicado están dedicándose a la Acción Católica con determinación y constancia…

  “En muchas diócesis, con excepción de cuatro, están organizadas dos o tres ramas…Ha habido congresos, reuniones, jornadas y ‘semanas’ de Acción Católica en muchos lugares…Se han publicado artículos muy importantes y existen secciones especializadas en revistas y periódicos.”[2]


[1] Este informe era desconocido hasta que lo di a conocer en la traducción española de la versión en inglés depositada en el archivo de la Conferencia Episcopal estadounidense: Hacia un país diferente, IMDOSOC, México 2008, pp. 314-319.

[2] Hacia un país…, pp. 317s.