JORNADAS DRAMÁTICAS A FINES DE 1931

Aún no se apagaba el esplendor de las luces y aún parecían escucharse los cantos festivos de la celebración guadalupana cuatricentenaria cuando el horizonte se pobló de nubarrones.[1]

  Al “Jefe Máximo de la Revolución Mexicana,” General Plutarco Elías Calles no le pareció que las manifestaciones populares de esos días hayan sido expresiones positivas, sino arcaísmos que no debían haber tenido lugar en una nación “moderna” y, desde luego, no pudo dejar de pensar que se trataba de vestigios del oscurantismo clerical que todavía tenía cierta vida. Poco a poco el disgusto de quien había dejado ya la presidencia pero no la autoridad efectiva fue tomando forma y creciendo como hoguera encendida.

  A unas horas de que se hubieron oído los últimos vítores a la Virgen, la edición matutina del diario “El Nacional”, órgano del Partido Nacional Revolucionario (PNR) proclamaba en su editorial: “[…] En cuanto se le otorgan libertades [al clero], abusa en forma escandalosa, viola nuestras leyes pretendiendo imponer su poderío y adueñarse de la situación como amo y señor, y también a la sombra de esas llamadas libertades organiza, a la moderna, la gran explotación de las multitudes.” Esas líneas que recogían la voz oficial fueron transformadas en acción cuando a pocos días y de manera simultánea a las discusiones que tuvieron lugar en las Cámaras legislativas, si es que discusiones podían llamarse, pues más bien fueron exclamaciones anticlericales, Calles, pasando por encima de la autoridad que al menos nominalmente le correspondía al Ingeniero Pascual Ortiz Rubio, presidente de la República, convocó a una reunión urgente con algunos miembros del gabinete, el presidente del PNR, General Treviño y el propio Ortiz Rubio.

  Se trató de una reunión de “regaño” y reclamación, alimentada por la información que Don Plutarco había recibido por medio de una red de espionaje bien montada:

  Le reclamó al Secretario de Comunicaciones, Ingeniero Gustavo Serrano, las facilidades y descuentos que había autorizado para los peregrinos que viajaron en los trenes de Ferrocarriles Nacionales desde distintos puntos del país para tomar parte en la “feria guadalupana”. Al Licenciado Luis Montes de Oca, Secretario de Hacienda, le expuso su disgusto porque el “órgano monumental” que había sido estrenado en el recinto guadalupana con ocasión de la Misa Pontifical del 12 de diciembre había entrado al país sin el pago de impuestos. A los Secretarios de Relaciones Exteriores y de Salubridad, respectivamente, Doctores Téllez y Silva, les dijo que “conocía de buena fuente” que habían acudido a la Villa de Guadalupe en compañía de sus familias en esa ocasión.

  A pesar del disgusto del “Jefe Máximo” y del clima frío y tenso de la junta, el valor civil de los increpados estuvo por encima de la fea situación.

  El Ingeniero Serrano respondió que los descuentos se le habían otorgado a los pobres y no a los que viajaron en los vagones “Pullman.” ¿No estaba el gobierno de la revolución a favor de los pobres?

  El Secretario de Relaciones, hombre dignísimo que había representado a México en Venezuela y había regresado de nuestra Embajada en Washington apenas unos meses antes, presentó ahí mismo su renuncia y reconoció que había estado con sus hijos en la celebración en el atrio de la basílica. Dijo: “[…]  Soy católico por convicción y porque en un país cuya constitución declara que son respetables todos los credos religiosos no estimo que tenga nada de reprochable que yo sea católico…Fui a que mis hijos conocieran lo que es una romería popular mexicana. Ustedes saben el dolor que siente un padre mexicano cuando tiene que educar a sus hijos en el extranjero y al regresar a la patria esos hijos hacen comparaciones en las que México no sale ganando. Llevé a mis hijos no para hacerlos clericales sino para que vayan conociendo, apreciando y amando lo que es México.”

  También el Licenciado Luis Montes de Oca, Secretario de Hacienda presentó su renuncia al cargo y argumentó: “[…] consideré que el órgano, por el hecho mismo de estar destinado a un templo, pasaba a ser propiedad de la nación.” Pero fue más adelante, haciendo una revelación que hizo que la reunión fracasara y que no se actuara en contra de ellos ni se aceptaran las renuncias: Dio a conocer que el General Treviño había solicitado el bautismo para un hijo suyo, Alvarito, que la celebración había tenido lugar en su propia casa a donde había acudido Monseñor Feliciano Cortés, abad de la Basílica de Guadalupe y que el padrino había sido el propio presidente Ortiz Rubio.

  Detrás de esas palabras siguió un prolongado y embarazoso silencio y después de él sólo la demostración de la debilidad del presidente, quien dijo: “[…] Si ustedes consideran conveniente que se expida una Ley de Cultos completamente anticlerical, estoy dispuesto a promulgarla, para que no quiero se diga que tengo miedo…He cuidado que mi gobierno haga respetar los acuerdos de mis antecesores con el clero, pero no está justificado que se diga que mi gobierno es clerical.”

  La gallardía de los ministros puso freno a las intenciones de Calles. No obstante, el secretario de Educación Narciso Bassols, salió de ahí decidido a radicalizar la línea educativa, pues “[…] había que educar a las nuevas generaciones en el anticlericalismo.” Y el 30 de diciembre se promulgó una ley archirrestrictiva en materia del número de sacerdotes. Las “razones” que se dieron para ello en las Cámaras fueron, entre otras que era innecesario que fueran “[…] muchos los parásitos, pues para decir mentiras bastaba con diez buitres.”

  ¡Así terminó 1931, el año en que comenzó a publicarse y a distribuirse “Cultura Cristiana”! ¡Alrededor de 80,000 ejemplares de ella llegaban en esos años a muchos más ojos ávidos de vida cristiana!

1] Basado en datos de los diarios de la época y del “Diario de los debates” de la Cámara de Diputados. Para mayores detalles, véase mi libro: Confrontación extrema, IMDOSOC, México 2008, pp. 17-30 y 191-211.