UN PASTOR SÍNTESIS DE OCHENTA AÑOS DE LA IGLESIA MEXICANA

   Me he puesto a pensar quién podría ser propuesto como pastor modelo y síntesis de los últimos ochenta años de la vida de la Iglesia mexicana y he encontrado sin gran dificultad  la figura del Cardenal Adolfo Suárez Rivera, nacido en San Cristóbal de Las Casas en 1927 y fallecido en Monterrey, como arzobispo emérito, en 2008.

  Su modestia natural lo alejó de los reflectores y cuando lo entrevistaba algún periodista, sus palabras reflejaban equilibrio, respeto y lucidez evangelizadora. En una conversación que tuve en Quito hace dos años con el Cardenal Raúl Vela Chiriboga, él resumió la presencia de quien había sido su amigo en esta frase: “Donde entraba Adolfo Suárez entraba la paz.”

  Y efectivamente, la suya fue una misión de paz. Y no solamente porque tuvo que afrontar el levantamiento del “subcomandante Marcos” en enero de 1994 como Presidente de la CEM o llevar adelante “contra viento y marea” y a un altísimo precio la defensa de la integridad amenazada de Monseñor Samuel Ruiz. En todo momento, desde su infancia, buscó el entendimiento y la paz entre los humanos.

  Don Adolfo fue obediente a la voluntad de Dios, que lo condujo por caminos de renovación de la Iglesia. Encontró en su familia, en los sacerdotes chiapanecos y en el obispo Torreblanca, ambiente propicio para desarrollar su vocación. En su paso por el Seminario de San Cristóbal, el de Jalapa y el de Montezuma, palpó de cerca las necesidades de un país que salía de la persecución cruenta pero que entraba casi inerme a la modernidad. En Roma se encontró con corrientes de renovación, con el luminoso magisterio del Papa Pío XII y con la reflexión acerca de las necesidades pastorales específicas de América Latina, “el continente de la esperanza.” A poco tiempo de regresar a Chiapas fue enviado a Chile precisamente a conocer los nuevos rumbos de la pastoral. Ahí le quedaron grabadas dos líneas que habrían de acompañarlo: la necesidad de hacer pastoral de conjunto y la importancia fundamental de un laicado adulto y maduro no sólo para “ayudar” al clero, sino para realizar su vocación nacida en el bautismo.

  Se integró a un equipo pionero en México dirigido a las diócesis necesitadas y a fomentar la pastoral de conjunto: la Unión de Mutua Ayuda Episcopal (UMAE) de la que formaron parte, bajo la guía de Monseñor Alfonso Sánchez Tinoco, obispo de Papantla, un grupo selecto de sacerdotes de distintas partes de la república. En ese tiempo entró en contacto con el pastoralista número uno del mundo: Monseñor Fernando Boulard, canónigo de la catedral de París, quien sería guía en la renovación de muchas Iglesias particulares en Latinoamérica. Fue el tiempo del Concilio y del inmediato posconcilio: frescura primaveral para la Iglesia; tareas enormes para los agentes de pastoral.

  Monseñor Suárez no participó en el Concilio, pero bebió su espíritu como pocos y su corazón quedó iluminado por él.

  En estas circunstancias llegó a Tepic como su quinto obispo en agosto de 1971. Iba a suplir a Don Anastasio Hurtado, prelado desde 1936, quien con honestidad ejemplar había renunciado por sentir que no tenía fuerzas para aplicar el Concilio. Se entregó de lleno a abrir todas las puertas a la renovación. Cambió muchos estilos y dio oportunidad de hablar y de proponer. Su paso fue definitivo para el rumbo que todavía hoy está señalado y que convendrá no olvidar. Permaneció hasta 1980, año en que fue llamado a asumir la diócesis de Tlalnepantla a la que calificó entonces “como una cruz más pesada”, pero que en poco tiempo mejoró y limpió su rostro.

  En enero de 1984 llegó a Monterrey como arzobispo y ya para entonces, además de las tareas diocesanas eran muchas las que le correspondían en la CEM y en el CELAM. Conforme el tiempo pasaba y se veía madurar el momento en que había que impulsar, con delicadeza y tino, la normalización de las relaciones entre la Iglesia y el Estado y el pago de la deuda que este último tenía con el pueblo mexicano, su carácter parecía hecho a propósito para asumir el liderazgo en este asunto. Así, a pocos días de que asumiera la presidencia de la república el Licenciado Carlos Salinas de Gortari, Don Adolfo asumió la presidencia del Episcopado Mexicano. Condujo, en cercanía crítica con Monseñor Girolamo Prigione y con la comprensión y la incomprensión de muchos en la Iglesia, la enorme tarea de llegar, en 1990 y 1991 a un cambio en la constitución mexicana y al año siguiente a las relaciones diplomáticas con la Santa Sede.

  Esas difíciles misiones las realizó sin dejar de actuar en Monterrey y de afrontar ahí no pocos retos que trataron de lastimar su persona y su entrega a Dios y al prójimo. En silencio siguió adelante y en noviembre de 1994 recibió el capelo cardenalicio de manos de Su Santidad Juan Pablo II.

  Hombre de Dios, hombre de Iglesia y patriota mexicano fue el Cardenal Suárez, especialmente estimado en ONIR, la Acción Católica y entre los laicos mexicanos más despiertos.

  Sólo he anotado aquí algunos débiles rasgos. Tengo en espera de la publicación un libro de 300 páginas al que titulé Servidor fiel. Con apuntes escritos por él mismo, con anotaciones mías y documentos, traté de reflejar una biografía de Don Adolfo que es a un tiempo memoria contra el olvido e impulso a no cejar en la empresa que nos ha encomendado el propio Pastor Supremo, Jesucristo. A Él la gloria.