TIEMPO DE MEMORIA Y GRATITUD

Más de algún lector dirá que insisto demasiado en mencionar el Concilio Vaticano II y de ponderarlo. Es cierta mi insistencia, pero no me parece demasiada, pues siento que el silencio sobre él es silencio sobre algo fundamental pues el magisterio pontificio de los últimos cincuenta años y el de las Conferencias del Episcopado Latinoamericano, de Medellín a Aparecida, tienen como punto de referencia ese que fue el acontecimiento máximo para la Iglesia de todo el siglo XX.

  Falta poco para que se llegue la conmemoración de los cincuenta años del inicio del Concilio –11 de octubre de 1962--  que fue para la Iglesia católica en todos los confines del mundo lo más parecido a un movimiento telúrico. Pues tan infundió miedo en no pocos, que de una manera velada y como con sordina, se ha desarrollado en distintos ambientes, sobre todo en las últimas dos décadas, una oposición a sus principios y a su espíritu. Se ha llegado a pensar que se trató de un optimismo exagerado en el mundo que surgió con ímpetu después de la experiencia amarga de la Segunda Guerra Mundial y que el papel de los cristianos debía ser defensivo ante la carcoma del mundo y de los espacios de vida de los seres humanos.

  Nada hay más contrario no a la voluntad del Concilio, sino a la esencia misma de la Iglesia, que esa posición, pues si por algo se encarnó el Hijo de Dios y “pasó haciendo el bien”, es para dar a la humanidad el servicio de la palabra que salva y de la gracia que purifica. Y el papel de la comunidad cristiana, que prolonga en el tiempo y en el espacio esa tarea de Jesucristo es también la de ser servidora de la humanidad; estar en el sitio de la forja de los valores y del peso de las dificultades. El documento conciliar sobre la Iglesia en el mundo actual tiene este arranque que es a un tiempo desafío y programa: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón.” ¡Cuánto bien nos hará repasar palabra por palabra estas líneas que no envejecen! ¡Cuánto bien recibiremos de considerarlas un proyecto de vida laical o sacerdotal!

  Y es que los miembros de la Iglesia de Cristo no podemos convertirnos en una secta que se autoalimenta, que se goza en pequeños triunfos en pequeños espacios, sino que hemos de ensanchar el corazón a la amplia medida del mundo. Alejar los temores y convertirlos en retos que aunque parecen superiores a nuestras fuerzas y lo son en medidas humanas, con la gracia infaltable de Dios pueden ser asumidos con la frente en alto.

  Hace unos meses, el 1° de julio, en una breve reflexión que Su Santidad Benedicto XVI hizo con el Colegio Cardenalicio a propósito de sus sesenta años de sacerdote, dijo: “En estos años todo ha cambiado, pero ha permanecido la fidelidad al Señor. Él es el mismo ayer, hoy y siempre: ésta es nuestra certeza, la que nos indica el camino hacia el futuro. El momento de la gratitud y de la memoria es también el momento de la esperanza.”  Estas palabras que merecen ser esculpidas en mármol son las que podemos aplicar a la memoria viva del Concilio, mostrando gratitud a quienes ahí sostuvieron con sinceridad sus posiciones y a quienes sintieron la necesidad urgente de quitar de la casa de la Iglesia las telarañas y los nidos de murciélagos que empañaban su calidad de habitación acogedora, en especial los Pontífices Juan XXIII y Paulo VI. Si le damos vida a “un momento de gratitud y de memoria” con estos puntos en la mente, podremos darle consistencia a la esperanza que es, tal vez, la virtud que más falta le hace a nuestro mundo, pues no bastan para darle forma reuniones en las que se hable de la seguridad e incluso de los valores, sino dejar que el Señor purifique nuestro corazón, lo haga valiente y decidido y a la vez abierto a la tarea del Espíritu Santo. Vuelvo a citar al Papa Benedicto, ahora en su encíclica “Spe Salvi”: “El que reza ha de aprender que no puede pedir cosas banales que desea en ese momento, la pequeña esperanza equivocada que lo aleja de Dios. Ha de purificar sus deseos y sus esperanzas. Debe liberarse de las mentiras ocultas con las que se engaña a sí mismo. Dios las escruta y la confrontación con Dios obliga al ser humano a reconocerlas también.”

  Al sentir el paso de la historia de estos cincuenta años sobre nuestro México y su Iglesia al servicio de la humanidad que aquí goza y sufre, conviene revisar el peso de realidad que las enseñanzas conciliares tienen en nosotros.