1931: UN AÑO DE FUERTES CONTRASTES

   La historia, recibida en un primer momento como un cúmulo de acontecimientos vividos por los seres humanos y con el paso del tiempo --en un segundo momento-- como impresión reflexiva en la memoria y relato que se trasmite a las nuevas generaciones, se integra, vista desde la óptica cristiana, por una mixtura sólida entre las decisiones humanas nacidas del uso del don de la libertad y la Providencia divina, amorosa y atenta de esa gran familia que nació de un acto creador, fue redimida del pecado y tiene como destino la felicidad sin límites.

  Sin embargo, para que pueda captarse el plan de la Providencia, que no se presenta a simple vista ni puede confundirse con la manipulación de un titiritero sobre sus marionetas, pues el don de la libertad constituye la “imagen y semejanza” de Dios en el hombre, hace falta seguir el ejemplo mejor que puede conocerse, la Virgen María que “guardaba estas cosas en su corazón.”

  “Guardar en el corazón” es mucho más que simplemente esconder en un cofre y sobre todo es mucho más que rememorar sentimientos que con facilidad pueden reconocerse como rencores, causantes de daños a veces irreparables para la paz interior.

  Esta será la línea que, a lo largo de este 2011, con la excelente razón de conmemorar ochenta años de la publicación ininterrumpida de “Cultura cristiana”, órgano difusivo, perseverante y activo de la Obra Nacional de la Instrucción Religiosa (ONIR), ligado a la idea y realidad de la Acción Católica Mexicana, llevaremos en las colaboraciones mensuales. La historia no solamente es, como lo dijo el sabio romano Marco Tulio Cicerón, “maestra de la vida” sino también, como San Agustín reflexionó: “el camino donde el pueblo de Dios marcha entre los consuelos de Dios y las tribulaciones de este mundo.” Y en esa frase queda resumida, mejor que en cualquiera otra, la historia de las ocho décadas de la marcha del pueblo de Dios que en México peregrina en esta tierra.

  1931 comenzó para los católicos mexicanos bajo un signo ambiguo: decepción y cierta esperanza.

  Decepción porque, como se lo hizo saber Monseñor Leopoldo Ruiz y Flores, arzobispo de Morelia y Delegado Apostólico al Presidente Pascual Ortiz Rubio en carta del 7 de abril de 1930, lo acordado en 1929 para darle vigencia a un espacio limitado pero válido de libertad religiosa no había tenido cumplimiento. Incluso, sobre todo en los estados de Tabasco, Chiapas y Veracruz, la persecución a los católicos había subido de intensidad con actos de barbarie: quema de imágenes, leyes limitantes a la acción de los sacerdotes calificando a éstos en ocasiones como “malvivientes” y en toda la geografía de la república los seminarios para la preparación de sacerdotes continuaban cerrados, no todos los obispos habían podido regresar a sus ciudades sede y los planes para programar la “educación socialista” en las escuelas públicas y prohibir de modo definitivo la educación religiosa seguían adelante.

  Un poco como “en sordina”, además, tanto el arzobispo de México Don Pascual Díaz y el Delegado Ruiz y Flores, recibieron recriminaciones de algunos obispos y de laicos que habían sido prominentes en la Liga Nacional de la Defensa de la Libertad Religiosa por lo que consideraron erróneamente “traición” a los católicos que habían resistido con armas o sin ellas la dura persecución. A pesar de que esta actitud puede entenderse en el contexto de las tensiones de la época y de cierta natural desesperación, vista a ochenta años de distancia fue francamente injusta y causa de dolor innecesario sobre todo para Díaz y Ruiz.

  Cierta esperanza, porque al menos en las ciudades más visibles y principalmente en la capital del país, se notaba un clima de cierta tolerancia y dentro de él se prepararon a lo largo del año las celebraciones para que la memoria agradecida de los mexicanos no fuera a pasar de largo con motivo del inminente cuarto centenario de las apariciones guadalupanas, el 12 de diciembre. El episcopado, desde los comienzos de 1931 exhortó a todos con ese fin y, además de las celebraciones populares y litúrgicas que se programaron, se pensó en una campaña nacional de oración, de instrucción catequística y de acercamiento a los sacramentos para renovar el fervor que, lógicamente, había decaído durante el tiempo de la suspensión del culto.

  En diciembre de 1931 tuvieron lugar los festejos que, de acuerdo a crónicas de la época pudieron compararse con los de la coronación de la imagen en 1895. El arzobispo de México puso de nuevo la corona a la Virgen, que había permanecido en custodia como la imagen misma durante el tiempo del cierre de los cultos. Del 5 al 10 del mes citado se tuvo un congreso en el que tomaron la palabra, entre otros, el Padre Mariano Cuevas, historiador jesuita y el intelectual católico Alfonso Junco.

  Jornadas de devoción y de aire fresco, de contacto vivo con las raíces cristianas de nuestra patria. Jornadas, por otra parte, que renovaron las iras en cierto modo reprimidas de los que insistían en perseguir en nombre de la “libertad” y de la “revolución”.

  Transcribo, a manera de línea de seguimiento del ambiente en que nació “Cultura Cristiana”, lo que escribí como “Casi un epílogo” en mi libro “Paz a medias. El ‘modus vivendi’ entre la Iglesia y el Estado y su crisis (1929-1931):”[1] […] Las celebraciones guadalupanas fueron un estallido de auténtica devoción y, a un tiempo, respiro a muchas emociones contenidas. Fueron también una demostración de la poderosa convocatoria eclesial, evidente a pesar de las opiniones encontradas en el seno de la propia Iglesia que, desde luego, no afloraban demasiado hacia la feligresía general. No podían, por tanto, ser pasadas por alto a los que, sin que nadie se los solicitara, se habían constituido en custodios de un ‘orden legal’ donde lo religioso sólo podía tener lugar en el ámbito de la intimidad…”


[1] IMDOSOC, México 2008, p. 125. Este libro y otros que abarcan el período de la historia de la Iglesia en México de 1926 a 1938 con la aportación principal del archivo del Episcopado estadounidense (“Diplomacia insólita”, “Confrontación extrema”, “Asalto a las conciencias”, “Hacia un país diferente”, pueden adquirirse en: Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC), Pedro Luis Ogazón 56.- Col. Guadalupe Inn.- 01020 México, D.F. (Tel. (55) 56614465) (Página electrónica: www.imdosoc.org.mx.)