CELEBRACIÓN DE LOS “HIJOS AUSENTES”

PARROQUIA DE JALA, NAYARIT 2012

Homilía

  Queridos hermanos:

  Este mediodía llega a nosotros la palabra de Dios como fuente de reflexión y alegría. Ella no es solamente el libro escrito por ambos lados y de sabor dulce al paladar que impulsó al profeta Ezequiel a anunciarla y a no tener miedo a los poderes terrenales. Es un encuentro personal que llega en el centro de la Eucaristía, el sacramento de la Palabra hecha carne en el seno de la Virgen María. Ella, en su Asunción gloriosa a los cielos garantiza al cristiano que nada puede derrotarlo en su camino, pues ya está junto a su Hijo en la verdadera patria, a la que todos estamos llamados. Desde allá mira con entrañable cariño a sus hijos y sin duda a los miembros de esta comunidad, presentes y ausentes, quienes desde hace siglos la han venerado.

  La liturgia nos presenta en este día la figura de San Maximiliano María Kolbe, sacerdote franciscano mártir del odio a la fe durante los años sombríos del dominio nazi en Polonia. Su palabra profética señalaba, frente a los intentos de suprimir la frontera entre el mal y el bien, el valor de la libertad de la conciencia y sólo dejó de pronunciarse cuando fue llevado al campo de concentración y exterminio de Auschwitz. En ese lugar de oscuridad y muerte brilló la luz de su testimonio. En el año de 1941 los nazis, ante el intento de escape de un preso quisieron hacer un escarmiento asesinando a alguno; escogieron a un joven padre de familia. El Padre Kolbe, libre a causa de su fe y de su voto de castidad, se ofreció en su lugar. Los carceleros lo encerraron en una celda y le negaron todo alimento. Ahí entregó su vida terrena para encontrar la vida verdadera. Cuando fue beatificado en Roma, en la primera fila estuvo ese hombre salvado de la muerte con su familia cercana. Hace unos años tuve la fortuna de ver la celda que ocupó, punto de luz entre tantas sombras y encontrar en su centro un cirio pascual que el Beato Juan Pablo II dejó cuando visitó el lugar.

  El testimonio de los mártires es el máximo que puede dar un seguidor de Cristo, pues lo hace semejante a Él, que derramó su sangre en la cruz para la redención de la humanidad. Los mártires son también signo de la madurez de la Iglesia y de sus comunidades. En la parroquia de Jala hace más de trescientos años se venera a los santos Cosme y Damián, los santos médicos, cuya vida a favor de la salud de los fieles de su tiempo quiso ser suprimida por el poder romano y lo que obtuvo éste fue que siguieran implorando a su Señor la salud de los fieles al paso del tiempo y ensanchando su horizonte. La Iglesia de México tuvo hace ya cuatro siglos a su primer mártir, San Felipe de Jesús, flechado en su corazón inundado de amor divino y crucificado como su Modelo. La oración que rezamos el día de su fiesta lo define como “primicia de la fe de nuestro pueblo.” El siglo pasado fue ocasión de martirio también para muchos mexicanos, sacerdotes y laicos, que resistieron los intentos de impedir el reinado de Cristo Rey, único Rey y Soberano nuestro.

  En los días que vivimos ha llegado el tiempo de la prueba para los católicos de Estados Unidos, una Iglesia que ha acompañado a esa nación desde los tiempos de su independencia y se ha enriquecido con inmigrantes del mundo entero que han vivido en un ambiente difícil pero, hasta hace poco, libre para expresar las convicciones religiosas. Los católicos estadounidenses durante la persecución religiosa en México ayudaron tanto que tenemos hacia ellos una deuda de gratitud que casi nadie reconoce. El fruto mayor de esa ayuda fue la ordenación sacerdotal de más de 2,000 mexicanos que estudiaron en el Seminario de Montezuma dentro de Estados Unidos. Sin esa institución providencial, la Iglesia en México se habría empobrecido enormemente.

  Hace dos años, en la primera ocasión que como párroco recibí esta peregrinación dije: “Díganle a sus hijos y nietos que se comprometan con la parroquia del lugar en que viven, que no se escondan ni se sientan inferiores; que se comprometan con los organismos de defensa y promoción de los derechos humanos y sobre todo que vivan su fe públicamente, acudan a los sacramentos y no piensen que basta peregrinar cada año para ser auténticos cristianos.”

  Ahora, con mayor razón, los invito a comprometerse con la Iglesia católica allá, en Estados Unidos.

  Sus obispos, en un documento de marzo del presente año, han advertido de los intentos de violentar las conciencias. Son temas que pretenden ser leyes: Tratan de obligar a que los centros de salud católicos paguen anticonceptivos, esterilización y drogas abortivas; que den en adopción niños a parejas homosexuales; que no den ningún servicio, albergue, auxilio legal ni los sacramentos a inmigrantes indocumentados. Tratan desde el gobierno de obligar a actuar contra la conciencia cristiana rectamente formada.

  Con la valentía que da la verdad, los obispos han afirmado que no pueden negar lo que es fruto de la caridad cristiana y que una ley que no se basa en la justicia no es ley y no tiene que obedecerse. Citan al Doctor Martin Luther King, quien, desde su fe en Cristo defendió los derechos civiles. Él dijo: “la Iglesia no es ama ni esclava del Estado sino su conciencia, su guía y su crítica.” Y desde la posición firme que da “saber en quién han puesto su esperanza”, han invitado a los fieles a luchar por su fe y sus convicciones: “el Señor Jesús vino a liberarnos del pecado. La libertad de conciencia y de expresión religiosa es la primera de las libertades…nuestra fe nos obliga a defender esta libertad dada por Dios.”

  Quiero de manera muy especial convocar a quienes están hoy aquí y sobre todo a quienes viven en Estados Unidos y tienen la condición de ciudadanos, a comprometerse conociendo y haciéndose solidarios con la llamada de atención de los obispos de allá. A conocer quién es en realidad el presidente Obama, aliado de muchas fuerzas que abiertamente se oponen a la moral basada en la religión y aunque aparentemente abogan por la libertad individual, tratan de borrar los efectos sociales y públicos de ésta.

  Los católicos estadounidenses ayudaron a nuestros padres y abuelos en condiciones difíciles. Ahora nos toca no hacernos indiferentes sino escuchar esa palabra: “Los invitamos a que la solemnidad de Cristo Rey, una fiesta que nació por la resistencia al totalitarismo contra la libertad religiosa, sea un día dedicado por obispos y sacerdotes tanto aquí como en el extranjero, a predicar sobre la libertad religiosa.” Aquí en esta parroquia lo haré, Dios mediante.

  Hemos escuchado en el evangelio: “si no cambian y no se hacen como los niños, no entrarán en el reino de los cielos.” ¿Qué quiere decir el Señor con esas palabras?: que hemos de ser lo suficientemente humildes para esperar de Dios lo que necesitamos pero, al mismo tiempo, defender con la claridad de la palabra de un niño, lo que se ve y no está de acuerdo con aquello en lo que se cree.

  Con fervor pedimos a Nuestra Señora, mujer comprometida con su pueblo y quien dijo: “derribó del trono a los poderosos y exaltó a los humildes” que nos dé la sencillez y la fuerza para ser auténticos discípulos de su Hijo divino.