CELEBRACIÓN DE LOS “HIJOS AUSENTES”. PARROQUIA DE JALA, NAYARIT 2010

 

Homilía

  Hermanos:

  Hemos dado comienzo, con la atenta escucha de la palabra divina, a la celebración feliz de la Asunción de la Virgen María al cielo en cuerpo y alma, anuncio del triunfo de la vida sobre la muerte y anticipo de nuestro propio triunfo sobre ese enemigo si somos capaces de escuchar la palabra con atención y la hacemos norma y línea de nuestra vida. Afirma el evangelio: es dichosa la mujer que llevó en su seno al salvador del mundo pero son “[…] dichosos todavía más los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica.” (Lc 11, 28).

  Al celebrar hoy “el día de Nuestra Señora”, como lo llamaron las antiguas generaciones, lo hacemos unánimes y solidarios con los cristianos de Oriente y Occidente que desde el tiempo en que pudieron ser libres para expresar su fe públicamente, no han dejado de alabar a Dios por las gracias y dones con que colmó a María como anticipo y prenda de las gracias y dones que contiene la vida cristiana en plenitud. En Oriente se ha subrayado y subraya la paz que trajo al mundo la “dormición” de la Virgen, es decir, su tránsito a las moradas celestiales desde la tumba florida, su pascua tranquila de este mundo al Padre. En Occidente es su asunción, su partida de esta tierra que a la vez enamora y angustia en brazos de los ángeles la que se proclama, como invitación a que, por encima de las preocupaciones en que vivimos los hijos, levantemos la vista a lo alto, desde donde la Madre, triunfadora, sigue prodigando su protección y aliento.

  El mensaje es claro: la muerte no triunfó sobre ella, la Purísima, la Madre de Dios inmaculada. Y de esa verdad espléndida se deriva otra, menos mencionada pero también real. Así como la muerte está lejos de la Virgen, estará, un día, lejos de nosotros, pues “[…] cuando –como hemos oído de labios de San Pablo—nuestro ser corruptible y mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra de la Escritura.” (1 Cor 15,54).

  En nuestros días y muy cerca de nuestros pasos, sin embargo, la muerte está al acecho y cuida sus espacios de poder. Porque ahí donde se hace presente el pecado en sus múltiples formas –en el desprecio a los demás, en la soberbia y la vanidad, en el desenfreno, en la idolatría del sexo y del abuso del alcohol—actúa la muerte como aliada del Enemigo de la naturaleza humana, de Satanás, el espíritu del mal al que hemos renunciado en el bautismo por medio de nuestros padres y padrinos.

  Nuestro acercamiento a María en su Asunción ha de ser impulso para hacer verdad la palabra santa: “¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?” (1 Cor 15, 55). Nuestra devoción ha de atravesar sin miedo los dominios del pecado y arrasar con la fuerza de los dones que Cristo ha concedido a la humanidad esos poderes que son más bien aparentes. Pues María, que llevó en su seno al Hijo de Dios es –como la invocamos en el santo rosario-- la verdadera arca de la alianza, favorecida con una bendición más grande que la que David dio al viejo pueblo de Dios.

  Aquí festejamos en este día a la titular y patrona de esta parroquia en compañía de los “hijos ausentes”, quienes en realidad están muy presentes en la memoria y el afecto de todos. Y así como los hijos no se olvidan de la Madre, ella mucho menos olvida a sus hijos: sus “ojos misericordiosos” los alcanzan en California, Tejas, Nevada, Nebraska, Carolina del Norte, Idaho, Kentucky, Illinois, Alaska, Georgia y en mil partes más. Ella hace, como dice el Salmo, “fluir como un río la paz.”

  Sin duda María Santísima los reconoce como parte de esta comunidad de Jala y los abraza con ternura. Les recuerda sus orígenes y, al mismo tiempo, los invita a enraizarse donde viven y donde casi seguramente vivirán y echarán raíces sus hijos, nietos y bisnietos. Háblenles de parte suya en nuestro bello idioma español y no dejen que se escape la riqueza de nuestra cultura, de nuestras tradiciones y gozos pero también que sean conscientes de nuestras carencias y preocupaciones. Díganles que se comprometan con la parroquia del lugar en que viven, que no se escondan ni se sientan inferiores; que se comprometan con los organismos de defensa y promoción de los derechos humanos y sobre todo que vivan su fe públicamente, acudan a los sacramentos y no piensen que basta peregrinar cada año para ser auténticos cristianos. Díganles que la familia sigue siendo el valor más grande y que no piensen que el trabajo y su justa retribución económica son el fin de la existencia sino sólo un medio. Díganles y díganse, háganlos pensar y piensen ustedes, que el mejor signo de la madurez de la fe son las vocaciones sacerdotales y religiosas. La Iglesia católica que vive en Estados Unidos cuenta, gracias a Dios, con bellas vocaciones procedentes de la joven Iglesia de Vietnam. ¿Cuántos de los “hijos ausentes” adolescentes, jóvenes y adultos de esta comunidad cristiana que viene por lo menos desde 1584 están dispuestos a oír el llamado de Dios para ser sacerdotes o religiosas? Mientras sólo piensen en mostrar en su venida la opulencia de sus camionetas, el orgullo de llevar botas vaqueras, derrochar en bailes cuyo final coincide con el rosario del alba rezado por muy pocos y en “pasearse con la banda” con la razón atrofiada y la dignidad perdida, no estará clara la madurez de la fe y la llama de la devoción aquí encendida, a pesar de las apariencias, permanecerá débil y mortecina.

  Levantemos, pues, nuestro corazón a Dios nuestro Padre en este felicísimo día de gracia y amor con una plegaria sincera: “Dios todopoderoso y eterno, que hiciste subir al cielo en cuerpo y alma a la inmaculada Virgen María, Madre de tu Hijo, concédenos vivir en este mundo sin perder de vista los bienes del cielo y con la esperanza de disfrutar eternamente de su gloria.”