UMBRAL

BENEDICTO XVI Y LAS FUENTES DE LA ALEGRÍA.

 

 

Manuel Olimón Nolasco.

 

Para el periódico “La Senda” de la Diócesis de Tepic

  Nota previa.- El título que encabeza estas líneas que, con el favor divino escribiré cada mes, tiene una historia propia. Lo usamos por primera vez, como estudiantes en el Seminario de Montezuma, Mario Espinosa, actualmente obispo de Mazatlán y un servidor, para un periódico mural efímero que hacíamos de manera artesanal. Su primer número, del 8 de diciembre de 1969, conmemoró el centenario de la apertura del Concilio Vaticano I. Escribí entonces un artículo sobre los obispos mexicanos que habían participado en ese Concilio y Mario preparó para ese periódico y para los sucesivos, un resumen de noticias que mañana a mañana escribía en su máquina “Olivetti” portátil.

  Simultáneamente comencé a enviar, y lo hice hasta 1977, escritos casi semanales bajo ese mismo nombre, a “El Sol de Tepic.”

  En una tercera etapa, ésta de 1988 a 1995, volví a usar ese título para mis colaboraciones en el diario nacional “El Economista.”

  Ahora, en 2011, en respuesta a una cordial invitación que agradezco, haré Umbral para La Senda.

  ¿Por qué Umbral? Umbral es el espacio sombreado y fresco que se encuentra antes de las puertas de una casa, iglesia o edificio. Ese espacio ha de ser, me parece, el de quien escribe al ritmo de la vida de la Iglesia, cuya tarea es estar al servicio de la humanidad. Ese es y ha sido, pues, mi espacio.

  Sin menoscabo de otras temáticas, que los ritmos y los signos de los tiempos presenten, fijaré la mirada sobre todo en las luces del magisterio del Papa Benedicto XVI.


Tal parece que el nombre Benedicto tuviera una especie de sordina o de muro de sombra. Hace unos diez años, por ejemplo, se publicó en Londres un libro muy bien documentado sobre Benedicto XV (Pontífice de 1914  a 1922) con el título “El Papa desconocido”. Y a juzgar por lo que veo y oigo, bien podría describirse así al actual Benedicto quien está a punto de cumplir seis años en el encargo de “confirmar a sus hermanos en la fe.”

  Al asomarnos a ciertos signos de su presencia y acción, a sus intervenciones en foros internacionales y leer sus escritos, descubrimos no sólo una personalidad recia, un sólido caudal de intelectualidad, sino el núcleo de una fe “que mueve montañas.”

  A muchos les ha llamado la atención que sus viajes no hayan incluido a México, Colombia, Centroamérica y otros lugares donde seguramente sería aclamado por multitudes. Sin embargo, la idea motriz de AREÓPAGO, que remite a la presencia de San Pablo en Atenas, ciudad insignia en su tiempo de la pluralidad de ideas y del relativismo religioso –y por eso fundamental para la época de la historia que nos ha tocado vivir-- es la que forma la columna vertebral de su compromiso.

  Por ello, como se ha observado, Juan Pablo II fue un Papa para ser visto, mientras que Benedicto XVI es para ser leído. Pero en un mundo en el que, a pesar de que la alfabetización ha alcanzado niveles casi totales, los analfabetas funcionales (es decir los que nunca o rara vez leen textos de más de dos líneas) abundan, Su Santidad parece lejano.

  No obstante, el Papa Benedicto ha realizado acciones simbólicas de mucha trascendencia que no debían pasar desapercibidas: su oración casi silenciosa en la “zona cero” de Nueva York; su presencia en el Parlamento de Londres, sitio de la condenación de Tomás Moro y de la exclusión del vínculo con Roma de la Iglesia de Inglaterra; su paso por las cercanías del “muro del miedo” implantado por el gobierno de Israel para continuar la marginación del pueblo palestino; la contemplación de la obra magna del arquitecto Gaudí en la iglesia de la Sagrada Familia de Barcelona…

  Tampoco debían pasar desapercibidas sus rupturas valerosas de “zonas de silencio” que pesaban mucho sobre el mundo y la Iglesia: la persecución a los cristianos en Irak, Pakistán y Egipto; las presiones sobre la comunidad católica de China y su episcopado; la intolerancia sistemática y en aumento ante los lineamientos éticos y morales cristianos del ámbito público; la insistencia en la búsqueda de la santidad en la vida sacerdotal.

  A pesar de estas sombras que presenta la vida en el mundo de hoy, la posición del Papa está lejos del pesimismo pues está anclada con fuerza en la esperanza, fuente de la verdadera alegría: “[…] Se pueden organizar fiestas, pero no la alegría… Al anunciar con la fuerza del Espíritu Santo la Palabra de Dios, queremos comunicar la fuente de la verdadera alegría, no de una alegría superficial y efímera, sino de aquella que brota de ser conscientes de que sólo el Señor Jesús tiene palabras de vida eterna.” (Exhortación postsinodal Verbum Domini, 30 de septiembre de 2010, núm. 123).