LA PASCUA FLORIDA Y FECUNDA

 

Nota.- El Domingo de Pascua parece más el final de la Semana Santa que el principio de cincuenta días empapados en el mensaje de resurrección y vida. Releí este texto que se publicó en “El Economista” el 5 de abril de 1991. Estamos dentro de estos cincuenta días. No lo envío, pues, fuera de tiempo. Conserva, creo, su frescura y perfume.

Pbro. Dr. Manuel Olimón Nolasco.

 

  Recuerdo la impresión que me causó, a los catorce años, una antigua acuarela que representaba al viejo emperador Francisco José de Austria buscando, en compañía de sus nietos y bisnietos, huevos multicolores de Pascua en el jardín del palacio de Schönbrunn. Esos huevos pintados y los conejos, signos de fecundidad y vida, apuntaban hacia el fruto novedoso de la resurrección de Cristo, fórmula de vida nueva, esperanza luminosa y alegría florida que sobrepasa toda tristeza. En el hemisferio norte la plenitud de los días cercanos al equinoccio de primavera abre paso a las flores, el calor y el amor. La poetisa estadounidense Emily Dickinson escribió: “[…] en marzo [y abril] está tan cerca el sol…que llega el calor al alma.”

  Si recordé esa remota escena de los jardines de Austria es porque en México cuesta reconocer por medio de signos el poder que ha sobrepasado la muerte en Jesucristo resucitado. Tal parece que la crucifixión con su dolor y sangre llena nuestros espacios geográficos y nuestros tiempos históricos. Largos via crucis, entre devotos y folklóricos, recorren muchos caminos. La noche de Pascua pocos son quienes encienden sus luces del fuego nuevo y más pocos los que en la mañana de la resurrección meditan en el sepulcro vacío, señal máxima de la vida, con las mujeres de Jerusalén que llevaban perfumes para embalsamar a Jesús y recibieron a cambio el más agradable olor de la buena nueva: “¿Por qué buscan entre los muertos al que vive?”

  El mensaje cristiano integral culmina con el anuncio de que Dios, encarnado en Jesucristo, acompaña las rutas humanas que no pueden dirigirse sino a la luz.

  La tradición sembrada en México nos enseñó a reconocer, partiendo de los datos bíblicos, cierto sentido especial a la cuaresma. Más debilidad que fuerza tiene la costumbre de no comer carne los viernes y vale la pena preguntarse sobre su sentido cuando la mayor parte de nuestro pueblo difícilmente puede aspirar a comer carne alguna vez.

  Pero la misma atención que hemos dado a la cuaresma, debemos darle a los elementos de los evangelios que fundamentan la presencia y compañía pedagógica de Jesús resucitado durante cuarenta días con sus discípulos, tiempo de confirmación en la fe y en la esperanza. Los discípulos que --seguimos la narración de San Lucas—se dirigían con pesadumbre ante el fracaso de su Maestro, de Jerusalén al cercano poblado de Emaús, comentaron al regreso: “¿Qué no ardían nuestros corazones cuando hablábamos en el camino y nos explicaba las Escrituras?”

  La Pascua florida y fecunda está siempre a nuestro alcance y la atención a las señales que la misma naturaleza pone ante nuestros ojos puede conducirnos no sólo a una experiencia estética—el cielo estrellado, la luna brillante, los campos en flor—sino al corazón del mundo, que late al ritmo de la redención de Cristo.

  En la celebración litúrgica de la Pascua es nuevo el fuego que se enciende como hoguera de esperanza y realidad de vencimiento no sólo de las tinieblas de la noche sino de la oscuridad del mal aún presente en la casa de los hombres; es nueva el agua que, derramada en el bautismo, será dintel de plena y misteriosa vida; es nuevo el pan, que formado por muchos y pequeños granos de trigo, se entregará en ofrenda y será el mismo Cuerpo de Cristo, ofrenda máxima que hace girar hacia la gloria del Padre el destino de la humanidad. Los signos sencillos y cotidianos –a nuestra vera están el agua, el pan y el fuego—se hacen profundos cuando dejamos que su mensaje intenso toque nuestros andares, lejos de la distracción y la irresponsabilidad. El apóstol Pablo escribió: “El Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios.”

  El Padre Teilhard de Chardin, fallecido un domingo de Pascua en 1955, expresó en El fenómeno humano: “Nada hay tan parecido a un camino de la cruz que la epopeya humana” y experimentamos que así es. El novelista francés Julien Greene dijo: “El más grande explorador de esta tierra no realiza viajes tan largos como el que desciende al fondo de su corazón.”

  Vale la pena intentarlo con la intensidad del fuego primordial, con la viva esperanza de flores y frutos que proviene de la resurrección de quien parecía haber terminado su misión en el fracaso y la ignominia