Ahora, ustedes son mis amigos

 

La fecha del 29 de junio trae a todo corazón cristiano, en Oriente y Occidente, la memoria de las “columnas de la Iglesia”: los santos apóstoles Pedro y Pablo. Ellos son el contacto directo con dos estilos diversos de anunciar el Evangelio y con las fuentes bíblicas de nuestra confesión de fe. En el libro de los Hechos de los Apóstoles, construido sobre las dos vías de su testimonio iluminado, podemos encontrar todo lo que necesitamos para saber lo que es una Iglesia viva en el mundo en que habitamos.

  Si el recuerdo de esos grandes testigos es común para la cristiandad entera, para Su Santidad Benedicto XVI, en este año se unió el de lo que hace sesenta aconteció en la catedral de Freising, en Alemania: su ordenación sacerdotal junto con su hermano Georg y una veintena de sacerdotes compañeros suyos. La estampa que repartió su familia el día que Josef Ratzinger celebró su primera misa, llevaba impresa una escueta frase guía del apóstol San Pablo: “[…] Porque, ¿qué es Apolo y qué es Pablo? Simples servidores por medio de los cuales ustedes llegaron a la fe, cada uno según el don que el Señor le concedió.” (1 Cor. 3, 5).

  En la homilía de este 29 de junio hizo alusión al  día de su ordenación, ampliando lo que en 2006 había dicho durante su visita a la ciudad y catedral en que recibió el sacerdocio.

  Recordó, en primer lugar, al cardenal Michael von Faulhaber, arzobispo de Munich y Freising, quien ese día les impuso las manos. Se trataba de un hombre recio y recto, que en sus pláticas de adviento de 1933 denunció con valentía la falsa visión del ser humano que propugnaba el nazismo y que fue conocido como “la conciencia de Alemania” en la dura y dolorosa resistencia que tanto dolor y muerte sembró entre los propios alemanes. Levantó la voz a la hora de que el jesuita Rupert Mayer fue llevado por los nazis a un campo de concentración a causa de su predicación; se opuso a la propaganda del régimen que quería “separar lo inseparable”: el Antiguo y el Nuevo Testamento y colocó la estrella de David amarilla en las esculturas de Cristo y María en toda su arquidiócesis, pues “[…] golpear a los judíos es como golpear a los cristianos”.

  De esa reciedumbre recibió sin duda el joven sacerdote Ratzinger lo que ha sido la columna vertebral de su ministerio desde sus comienzos.

  En la homilía romana, Benedicto trajo a la memoria las palabras de quien lo ordenó, a propósito del dicho evangélico de despedida de Jesús: “Ya no los llamo siervos, sino amigos.” Y expresó: “[…] Él –el Señor—me llama amigo…Me otorga la facultad, que casi da miedo, de hacer aquello que sólo Él, el Hijo de Dios, puede decir y hacer legítimamente… ‘Yo te perdono los pecados’… Me confía las palabras de la consagración en la Eucaristía. Me considera capaz de anunciar su Palabra, de explicarla rectamente y de llevarla a los hombres de hoy.”

  Semejante peso y responsabilidad, que llevó a algunos grandes santos como Francisco de Asís a no sentirse dignos de compartir el sacerdocio de Jesucristo, sólo puede ser llevado con el impulso de la gracia divina. Supone para quien se anima a ejercer el ministerio un programa de vida que lleva a conocer mejor al Señor, con quien puede, por dignación Suya, hablar cara a cara. Supone igualmente “ponerse en camino”, es decir, atravesar por los senderos de la historia que le ha tocado vivir y sembrar en ellos con discreción y no con violencia, las semillas de la Palabra que no muere o descubrir cómo en muchas partes esas semillas están ya sembradas y sólo requieren del rocío del Espíritu para abundar en flores y frutos.

  En la visita de hace cinco años a Freising, el Papa reflexionó acerca de que él mismo como pontífice y cada sacerdote en el lugar en que se encuentra no puede realizar todo lo que tendría qué hacer. No obstante –dijo—hay que contar con que es el “dueño de la mies” el que trabaja sin descanso, rotura los surcos, hace de los corazones de piedra corazones de carne y jamás olvida su viña amada. Recordó que la grey no es de los pastores, sino del Modelo de Pastores que vigila con constancia y riega hasta con acciones milagrosas el campo del mundo y de la Iglesia. Palabras vivas y consoladoras.

  Después de tener en cuenta tales conceptos, sólo queda decir que el sacerdote es un misterio para el mundo, para los cristianos y también para sí mismo, pues jamás llegaremos a comprender por qué el Señor ha depositado su absoluta confianza en corazones y manos tan frágiles.