La Pascua y nuestro camino bautismal

 

Al estar en contacto cotidiano con la vida parroquial desde hace algunos meses, me ha desconcertado un hecho que parece contradecir lo que se afirma sobre la fe de los mexicanos y la fuerza de la piedad popular y me hace pensar en que la secularización de la vida y la cultura, es decir, la marginación de los conceptos y valores religiosos y el puesto que tienen en las decisiones sobre el correr de la vida consideraciones ajenas a la profesión de fe católica, está mucho más presente que lo que se quiere reconocer.

  El hecho al que me refiero es el retraso de la recepción del sacramento del bautismo por meses y aun años y el nombre que se le da a los niños, muy lejano del santoral cristiano e incluso de la costumbre de prolongar por generaciones el del bisabuelo o la abuela. En las décadas de 1930 y 1940, sentimientos anticlericales de quienes se identificaron con el Partido Comunista y la “educación socialista” llevaron a algunos a imponer nombres tomados del indigenismo (Cuauhtémoc, Xóchitl, Tízoc). En la actualidad no existe ese sentimiento, sino –según creo-- la lejanía de la conciencia de que el nombre es un peso y un destino (“nomen est omen”, decían los latinos) y que en la tradición cristiana y aun antes, en la judía, la referencia a una persona santa o a un atributo divino es protección y cercanía. Los jóvenes judíos mexicanos siguen llamándose Abraham, José o Ismael y las jóvenes Sara, Shulamit, Ester o Raquel.

  Tiempo es, me parece, de reflexionar y, por qué no, de reaccionar, poniendo en el centro de la dinámica de nuestra vida el bautismo, arranque de nuestra identidad y dignificación. El Santo Padre Benedicto XVI nos ha dado pautas excelentes para ello en su Mensaje para la Cuaresma de 2011.

  Ha recordado: “El bautismo no es cosa del pasado sino el encuentro con Cristo que le da la forma a toda la existencia del bautizado, le da la vida divina y lo llama a una conversión sincera.” ¡Encuentro que da forma a la vida!

  Y pone delante, subrayando la profundidad del sacramento como “acto decisivo para toda la existencia”, un camino que, al modo del catecumenado que tiene lugar en las cinco semanas de la cuaresma, conduce a la noche pascual, uno de cuyos elementos centrales es la renovación consciente de las promesas bautismales. Esta renovación no ha de ser un distraído acto ceremonial, sino la reactualización de la decisión de seguir un camino o más bien, a quien es “EL CAMINO, la Verdad y la Vida.” “Camino”, palabra, encontrada muchas veces en los Libros Sagrados, tiene en ellos el inequívoco sentido de ESTILO DE VIDA. Podemos entonces decir: se trata de seguir, desde las variadas circunstancias de nuestro lugar en el mundo, el estilo de vida del Evangelio.

  En el mundo que vivimos, donde las huellas del dolor, del mal y de la división están en la superficie de manera hiriente, el impulso del bautismo nos lanza a “liberarnos del peso del vínculo egoísta con la ‘tierra’.” Y a fin de contraponer al egoísmo una vía de amor, los medios que tenemos al alcance son los de la tradición milenaria que han modelado santos: el ayuno, la limosna y la oración, conceptos que requieren ser revalorados para encontrarles su jugo y sustancia.

  Ayunar es vencer el amor propio. Desde luego, puede tomar la forma de mayor frugalidad en la mesa. Pero tal vez con mayor fruto, la de ordenar el ciclo de la alimentación; de pensar y atender a las causas psicológicas del creciente fenómeno de la obesidad: pues a la ansiedad nacida de la ausencia o el quebranto de la presencia paterna y de la atención materna puede deberse el desequilibrio en la alimentación. Ayuno será dejar el lenguaje soez que rebaja la dignidad, los juicios ofensivos y aun calumniosos sobre los demás, la vista fija en la pantalla de televisión, los oídos en los “narcocorridos”. En una palabra, abrirse a una vida sana.

  Limosna es “abrir los ojos a los demás”, pues “el afán de poseer provoca violencia e idolatría que defrauda.” Compartir no sólo dinero sobrante sino tiempo de calidad, de escucha, de consejo, la mayor necesidad en un mundo donde todos dicen: “no tengo tiempo” y posponen “hasta nunca” oír al prójimo.

  Oración es, sobre todo, “el tiempo para Dios que nos da la perspectiva de eternidad.” Tiempo de aparente inutilidad o de “palabras al silencio”, como el tiempo del amor, pero medicina infalible para vivir en el horizonte verdadero: la superación de la muerte, de toda muerte, en virtud de la resurrección gloriosa del Señor.

  Ese es el camino, el destino unido al nombre recibido en el bautismo.