LAS PUERTAS DE LA FE

 Tengo vivo en la memoria el repique de las campanas de la catedral de Tepic el 11 de octubre de 1962 a la hora que en Roma daba inicio el acontecimiento más importante para la Iglesia católica en siglos: el Concilio Vaticano II. Y tengo vivas también las palabras vibrantes con las que Don Manuel Piña Torres, obispo auxiliar de Tepic y Padre conciliar exponía desde el púlpito de la catedral al término de cada una de las sesiones conciliares el contenido de las discusiones y acuerdos. De manera especial me llamaron la atención los conceptos acerca de la necesaria unidad de los cristianos, el sentido de la reforma litúrgica, el trato de pastor bueno que los sacerdotes habían de dar a los fieles, iguales a ellos en dignidad cristiana, la colegialidad y no el individualismo del ministerio episcopal y el lugar del pueblo judío y del Primer Testamento en la fe de los católicos. Cuando apenas a unos meses de concluido el acontecimiento inicié mis estudios de filosofía en el seminario de Montezuma, se respiraba en el ambiente el aire fresco del Concilio.

  El paso de los años, sin embargo, fue en muchos ámbitos de la Iglesia, olvidadizo y negligente con las enseñanzas conciliares. A no pocos les parecieron excesivos su optimismo frente al mundo contemporáneo y sus líneas que reconocían la autonomía del orden temporal, la mayoría de edad de los laicos y la primacía de la conciencia. No se trató de una oposición abierta, sino más bien de una especie de “conspiración silenciosa” propiciada o al menos tolerada por buen número de integrantes de la curia romana. Una encuesta realizada hace seis años entre los seminaristas mayores mexicanos, mostró que casi ninguno había leído los documentos del Vaticano II. Y, aunque el Concilio no es un libro inerte sino un espíritu, el “Pentecostés del Espíritu Santo” que anunció el beato Juan XXIII, de la lectura atenta viene el conocimiento y  el contacto con el ardor de ese espíritu.

  Por lo anterior, y porque en un libro reciente publicado en Italia y aún no traducido al español --“Josef Ratzinger, crisis de un papado” de Marco Politi-- se le atribuye a Benedicto XVI, desde sus tiempos al frente de la Doctrina de la Fe, una campaña sistemática contra el Concilio, fue para mí –y creo que para muchos—aliento extraordinario haber encontrado un sólido documento, titulado “Porta fidei” (La puerta de la fe) firmado el 11 de octubre, en el que convocó Su Santidad a celebrar un “año de la fe” a partir de la misma fecha en 2012 a cincuenta años del inicio del Concilio.

  ¿Por qué un “año de la fe”? Porque las enseñanzas conciliares no son palabras sobre un papel sino un dinamismo que nace de las raíces mismas del ser cristiano y porque la relación entre la comunidad eclesial y la cultura compleja de la humanidad contemporánea es un asunto de conversión y de fe que se traduce en atención amorosa y servicio fraterno.

  El Santo Padre propone a manera de imagen guía a la samaritana en el pozo de Jacob que pide agua al Señor, pues la comunidad eclesial no ha de tenerle miedo al mundo o considerar sus realidades como ajenas al anhelo de lo divino y ha de vivir lo que el documento sobre la Iglesia expresa: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo…son los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los discípulos de Cristo.” “Frente a la sed de Dios que la gente de nuestro tiempo siente en los desiertos de este mundo, todo seguidor de Cristo debe hacer brillar, por medio de su continua renovación personal, el testimonio de la única luz que ilumina al mundo.”

  Por consiguiente --dice el Papa-- el camino del Concilio ha de recorrerse “desde dentro”, convenciéndonos de la verdad y la fuerza del llamado de Cristo. La fe se vive, se reconoce en la caridad, en la congruencia entre lo que se dice y lo que se hace, a la hora de encontrarse con contradicciones y sufrimientos: la mano divina nos conduce hacia adelante: “Sólo creyendo…la fe crece y se refuerza; no existe otra posibilidad para poseer la certeza sobre la propia vida sino abandonándose, en un “crescendo” continuo, en las manos de un amor que se experimenta cada vez más grande porque tiene en Dios su origen.”

  Prepararnos para ese año, pues, comenzará con un acto de fe en un Dios vivo superior a nuestras fuerzas y por ello capaz de hacernos su instrumento “para que el mundo crea.” Comenzará también leyendo con cariño las páginas del Concilio que, a casi cincuenta años, conservan la frescura del Evangelio.