LA NUEVA EVANGELIZACION

(Publicado en La Senda de Fray Junípero de la Diócesis de Tepic) 

  Estas palabras, que forman parte del lenguaje de nuestra Iglesia por lo menos desde 1992, fecha de la Conferencia de Santo Domingo, corren el riesgo de que por su continua repetición pierdan su significado profundo.

  El 7 de octubre se abrió en Roma la reunión del Sínodo de los Obispos sobre “La Nueva Evangelización y la trasmisión de la fe”. Benedicto XVI puso en claro el concepto y su dinamismo. Evangelizar es, ante todo, hacer presente el Evangelio en el corazón del mundo. Y el Evangelio, más que un libro para estudiar o para asombrarse de su mensaje, es el desdoblamiento de la presencia de Dios en su Hijo Jesucristo. “[…] Con el Evangelio –ha dicho el Papa—Dios ha roto su silencio; nos ha hablado y ha entrado en la historia. Jesús es su palabra; el Dios que demuestra que nos ama y que sufre con nosotros hasta la muerte para resucitar después.”

  Esa realidad no se descubre fácilmente en un mundo como el nuestro, lleno de ruido y de voces múltiples. Por eso quienes hemos recibido con gozo ese anuncio, que es el núcleo de nuestra fe (el “kerigma”) y tomamos conciencia de su valor, estamos llamados a difundirlo, a dar testimonio “incluso en situaciones que impliquen graves peligros. Este testimonio en momentos difíciles es precisamente una garantía de credibilidad ya que implica la disponibilidad de dar la vida por aquello en que se cree.” La fe, por consiguiente, se desdobla en la caridad, que es “llama de amor que enciende nuestro ser y se propaga hacia el prójimo. ESTA ES LA ESENCIA DE LA EVANGELIZACIÓN.”

  A cincuenta años de la apertura del Concilio Vaticano II, día felizmente emotivo del comienzo de “una nueva primavera de la Iglesia”, el Sínodo se propone reconocer el estado en que se encuentra, en este universo convulso y plural, la fe de los cristianos y la apertura de la humanidad al anuncio del Evangelio. Pues a pesar de los balances negativos sobre las complejas situaciones en que se encuentra la vida humana, la sed de Infinito no sólo no se ha apagado sino que ha aumentado y necesita la respuesta y el consuelo de una palabra “viva y eficaz.”

  El adjetivo “nueva”, aplicado a la evangelización, es explicado por Su Santidad: “[…Está] orientada principalmente a las personas que, aun estando bautizadas, se han alejado de la Iglesia y viven sin tener en cuenta la praxis cristiana. La Asamblea Sinodal que hoy se abre está dedicada a esta nueva evangelización, para favorecer en estas personas un nuevo encuentro con el Señor, el único que llena de significado profundo y de paz la existencia; para favorecer el redescubrimiento de la fe, fuente de gracia que trae alegría y esperanza a la vida personal, familiar y social.”

  El Sínodo sin duda y después una exhortación apostólica del Papa, que lo difundirá dará a conocer las líneas a seguir por toda la Iglesia en medio de un año dedicado a reavivar nuestra fe. No obstante, desde el lugar en que nos encontramos, conviene mirar a nuestro alrededor para descubrir personas y ambientes necesitados de dar con ese “significado profundo” y esa “paz” en la existencia. No se nos oculta, por ejemplo, la dispersión en la mente de los jóvenes en sus vidas diarias, atraídos por toda clase de valores aparentes, con un corazón tantas veces vacío y profundamente solitario e incapaces, por la atrofia proveniente de esas atracciones, de escoger un camino positivo y útil para la comunidad y el mundo. Lanzan a los cuatro vientos mensajes intrascendentes en sus teléfonos celulares y las redes sociales se saturan con opiniones volátiles y superficiales. Huyen de la relación humana y del diálogo cercano que, para ser plenos, llevan a compromisos de vida. A veces en nuestros “grupos juveniles” se presenta a Jesucristo con rasgos que no bastan para una entrega completa al ensombrecer su divinidad, pues Él es más que un “amigo” o un “líder”: es el Hijo de Dios que nos ha rescatado del mal y del pecado. El Señor venció el pecado y la muerte, sí, pero también pide que a fin de ser personas plenas tenemos que reconocer dónde se encuentra el mal y dónde el bien y seguir, “contra viento y marea” la senda del bien.

  El Papa Benedicto, como conductor de la barca de Pedro, conoce bien las grandezas y las miserias de la Iglesia de Cristo. Por eso dijo: “[…Hemos de] mirar con humildad la fragilidad de tantos cristianos, su pecado personal y comunitario, que representa un gran obstáculo para la evangelización y reconocer la fuerza de Dios que, en la fe, viene al encuentro de la debilidad humana…No se puede hablar de la nueva evangelización sin una disposición sincera de conversión.”