UN HOMBRE DE DIOS Y DE SU TIEMPO

(Publicado en La Senda de Fray Junípero de la Diócesis de Tepic) 

   El título de estas líneas quiere definir el paso por esta vida terrena del cardenal Carlo María Martini, recientemente fallecido.

   En el mensaje que Su Santidad Benedicto XVI envió el 3 de septiembre a la arquidiócesis de Milán, a la Compañía de Jesús, a sus familiares y “a todos cuantos lo han amado, estimado y han querido acompañarle en su último viaje”, expresó la calidad singular de cristiano, estudioso y sacerdote de Don Carlo María: “Las palabras del salmista: ‘Lámpara para mis pasos es tu palabra, luz en mi sendero’ resumen la existencia entera de este pastor generoso y fiel a la Iglesia. Ha sido un hombre de Dios que no solamente estudió la Sagrada Escritura, sino que la amó intensamente, haciendo de ella luz de su vida para que todo fuera ‘para la mayor gloria de Dios’ Precisamente por eso fue capaz de enseñar a los creyentes y a los que buscan la verdad que la única Palabra digna de ser escuchada, acogida y seguida es la de Dios, porque indica a todos el camino de la verdad y del amor. Lo fue con una gran apertura de ánimo, sin rechazar nunca el encuentro y el diálogo con todos, respondiendo concretamente a la invitación del Apóstol de ‘estar siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza.’ Lo fue con espíritu de caridad pastoral profunda, según su lema episcopal: ‘Pro veritate adversa diligere’ [Amar las dificultades a causa de la verdad], prestando atención a todas las situaciones, especialmente a las más difíciles; cercano con amor a quien se encontraba perdido, era pobre o sufría.”

  Cuando en 1974 llegamos a Roma Carlos Aguiar, actualmente arzobispo de Tlalnepantla y quien escribe estas líneas, uno de nuestros primeros contactos fue con él, rector entonces del Pontificio Instituto Bíblico. Carlos, desde luego, lo trató más, pues se inscribió como alumno del Instituto. No ocultó desde entonces su admiración al Padre Martini y quizá fue para él no solamente un maestro tan generoso que al no inscribirse nadie más para una seminario sobre el evangelio de san Lucas lo atendió a él solo, sino que su cercanía afectuosa a las fuentes bíblicas y su lineal figura sacerdotal, le ayudaron a seguir su propia vocación.

   El Padre Martini fue siempre jesuita, reciamente jesuita; identificado en la austeridad y reciedumbre, en la ilusión y en la aventura, con aquél peregrino que “solo y a pie” recorrió con humildad y audacia los caminos de un mundo que se pluralizaba y ampliaba en los albores de la modernidad: San Ignacio de Loyola.

  A los “Ejercicios espirituales” del maestro de Loyola, redactados en su lenguaje original caballeresco y de piedad en muchos aspectos todavía medieval, les infundió un saludable rocío bíblico que enriqueció la experiencia para ser vehículo de trasmisión eficaz para la sed y el hambre de los cristianos de nuestro tiempo y de no pocos que, a la manera de San Agustín, hastiados de doctrinas e ideologías fragmentadas y seudomísticas voltean la vista al regazo de la Iglesia.

  Martini –como lo recordó el Papa Benedicto—mantuvo abierto el diálogo sobre todo con los intelectuales “laicos” de nuestra época. Un libro publicado en Italia en 1996 (In cosa crede chi non crede? [¿En qué cree quien no cree?]) recogió el admirable intercambio sostenido por él con Umberto Eco y los comentarios de otros intelectuales italianos, entre ellos Indro Montanelli, el viejo liberal que fue corresponsal de guerra de Mussolini. Los temas del diálogo fueron cruciales: el comienzo de la vida humana, el papel del hombre y la mujer, la fe y la razón, las raíces cristianas en la construcción de Occidente. No se ocultaron las diferencias y se manifestó el área amplia de la opinión, pero a la hora de preguntarse: ¿Dónde encuentra el no creyente la luz para hacer el bien?, la respuesta de Eco fue: “cuando entra en escena ‘el otro’ nace la ética.” Otros intervinieron con menos lucidez y al final Martini dejó abierta una gran puerta: “Si la ética fuese sólo un elemento útil para regular la vida social, ¿cómo podrían justificarse imperativos absolutos? Y además: ¿en qué se funda la dignidad humana sino en el hecho de una apertura hacia algo más alto y grande que sí mismo?”

  El cardenal Martini, pues, en su vida interrogó más que enseñó y aún menos impuso sus personales puntos de vista. Como pastor en Milán siguió las huellas de San Ambrosio, quien entendió y vivió la Iglesia como misterio de luz y amor. Siguió las de San Carlos Borromeo, el apóstol de la reforma católica y las más cercanas del cardenal Montini, Paulo VI entre los Papas. Todos ellos cristianos a carta cabal y humanistas íntegros.