La Unidad de los Cristianos

 

 Ha pasado, en los días del 18 al 25 de enero, la Semana de Oración por la unidad de los cristianos. Con anticipación se dio a conocer el tema específico de la plegaria para este año, alrededor del versículo de los Hechos de los Apóstoles que describe de modo magistral y sintético la vida de la comunidad cristiana primitiva: “Perseveraban unidos en la enseñanza de los apóstoles, la comunión fraterna, la fracción del pan y las oraciones.” (Hech 2, 42). Benedicto XVI celebró en la basílica  de San Pablo el rezo de vísperas con esa intención e hizo una reflexión en la que invitó a la paciencia, la perseverancia y la esperanza. Pues es en esos elementos, que al quebrarse dañan la unidad, donde se encuentran también los caminos para sanar heridas y para encontrarnos en un espacio respirable, en el que la unidad no es uniformidad y la Verdad, encontrada a base de esfuerzo, pero sobre todo de oración, que es la que abre la puerta a la auténtica libertad, a la de los hijos de Dios, suprema dignidad en esta tierra.

  Mientras transcurrían esos días encontré, al revisar mis libros para colocar a cada uno en el sitio que le corresponde, los cuatro tomos de una obra excelente titulada “Un periodista en el Concilio”, donde día a día el Padre José Luis Martín Descalzo dejó estampadas sus impresiones del acontecimiento máximo de la Iglesia en los últimos siglos, que ha de seguir orientando nuestros pasos. Aunque hace más de cuarenta años los leí, cuando el Concilio era novedad y todo el tiempo tema de conversación y sobre todo de impulso, inicié una nueva lectura, que me ha resultado enriquecedora y fuente de reflexión.

  El paso por las páginas del primer volumen, dedicado a la primera sesión, la presidida por el Papa Juan XXIII, aquél de quien se había dicho que sería un pontífice “meramente de transición”, me recordó que una de las líneas centrales del Concilio, junto con la mirada valiente al papel de la Iglesia en el mundo contemporáneo, fue la búsqueda de la unidad de los cristianos. Recordé el repique de campanas que anunció su comienzo el 11 de octubre de 1962 y cómo, siguiendo la solicitud del Santo Padre, todas las noches rezaba por esa intención. Además, al regreso de cada una de las sesiones conciliares, Monseñor Manuel Piña, obispo auxiliar de Tepic y Padre Conciliar, reunía al pueblo en la catedral y con su vibrante oratoria exponía los principales tópicos discutidos.

  En 2011 muchas cosas han cambiado. Cierto romanticismo respecto a la actitud de las Iglesias separadas en el aula conciliar se ha evaporado y aunque en el nivel de los teólogos se ha continuado el diálogo, las noticias acerca de avances son casi inexistentes. Por otra parte, el simplismo con que nuevos movimientos religiosos que no pueden llamarse cristianos sin errar asumen asuntos tan serios como los milagros o la  aplicación a la vida de la palabra de Dios y la agresividad frente a la Iglesia católica, a sus fieles y ministros, han desconcertado a muchos y reducido la posibilidad de dialogar. Incluso es válido preguntarnos, ¿es posible intentarlo en el plano de la religión, o hay más bien que reconocer situaciones no religiosas y asumir frente a ellas actitudes de búsqueda de caminos pastorales?

  En las últimas décadas México ha dejado de ser rural y su población se concentra cada vez más en las ciudades. Y éstas, sobre todo en sus periferias, son hostiles para quienes llegan y carecen de referentes que ayuden a hacer comunidad y no se puede ser cristiano solitario. Por ello movimientos paracristianos, parecidos a tácticas de autoayuda (“Pare de sufrir”, “La Casa del Alfarero”, etcétera) siembran semillas contaminadas de “línea directa” con un Dios difuso y milagriento.  Además, los impactos de la cultura dominante, presidida por la televisión, donde lo espectacular, lo llamativo, lo inmediato y efímero mueve las emociones, no ayudan a arraigar una religión donde es necesario perseverar en la escucha de la enseñanza de los apóstoles, la comunión, la fracción del pan y las oraciones.

  No podemos abandonar la búsqueda de unidad entre los cristianos ni la oración perseverante. Pero ha de reflexionar primero sobre la importancia de la formación de la comunidad “hacia adentro.” ¿Puede aún la parroquia, sobre todo la urbana, ser la comunidad? La multiplicación de “ceremonias” tantas veces individualistas (por ejemplo, “quinceañeras”) desfavorece el modelo citado por el Papa, así como el dominio de festividades devocionales sobre los tiempos litúrgicos –pedagogía sapientísima—en la vida parroquial cotidiana.

  Si la riqueza mayor se desperdicia, no debería extrañarnos que a muchos las migajas les parezcan ricos panes y que duden que seamos CRISTIANOS, que es nuestra fundamental identidad, antes que católicos.