LA BARCA DE PEDRO.

(Publicado en La Senda de Fray Junípero de la Diócesis de Tepic)

  A fines de mayo acudió a mi memoria un canto que escuché en el Seminario de Montezuma, grabado en un disco por los “Padres de Tecolutla”, entusiastas sacerdotes exalumnos de ese mismo seminario. Decían melodiosamente en referencia a la Iglesia católica y al sucesor de Pedro: “La barca de Pedro hace agua pero no se hunde.”

  Este estímulo a la memoria vino al leer la homilía del Santo Padre el domingo de Pentecostés y las palabras espontáneas expuestas en voz serena a pesar de la aspereza del tema al finalizar la audiencia general del miércoles 30 de mayo. Pues por esos días la prensa, sobre todo italiana, le había dado relevancia a una publicación escandalosa y violatoria de todo respeto a las personas y a sus conciencias de documentos reservados que se encontraban en el despacho de Su Santidad.

  Benedicto, sin referencia abierta, hizo hincapié al llamado a la unidad en medio de las divisiones y las enemistades: “Todos podemos constatar que en nuestro mundo…parece que hay que realizar demasiados esfuerzos para comprenderse y cada uno prefiere quedarse en su propio yo, en sus propios intereses…parece que serpentea un sentido de desconfianza, de sospecha, de temor recíproco, hasta llegar incluso a ser peligrosos los unos a los otros. Paradójicamente tenemos más capacidad de comunicar pero nos comprendemos cada vez menos.” Y señaló el único camino: “El Espíritu Santo nos guía para comprender la verdad, que es Jesús, pero solamente si somos capaces de escuchar y compartir, en el ‘nosotros’ de la Iglesia, con una actitud de profunda humildad interior…Cuando los hombres quieren hacerse Dios, pueden sólo enfrentarse. En cambio, cuando se colocan en la verdad del Señor, se abren a la acción de su Espíritu que los sostiene y los une.”

  Sonido extraño el de “serpentea”, resonancia de la pérdida del paraíso. Adquirió sentido al saberse no sólo del robo sino de la probabilidad de que Paolo Gabriele, ayudante cercano del Papa, fuera “el cuervo”, al servicio de intereses externos. Pues, más allá del hecho, no han faltado interpretaciones irresponsables sobre situaciones turbias dentro del Vaticano, de “luchas de poder” o lucubraciones igualmente irresponsables acerca de un inminente cónclave para elegir nuevo Papa. 

  El fondo del asunto y la gravedad criminal de las acciones está sobre todo –sigo a Monseñor Angelo Becciu— en que constituyen “un vil ultraje a la relación de confianza entre el Papa y quien se dirige a él, también para expresar en conciencia una protesta. No se han robado simplemente unas cartas, se ha violentado la conciencia de quien se ha dirigido a él como al Vicario de Cristo y se ha atentado al ministerio del Sucesor de Pedro…Los documentos publicados no revelan luchas o venganzas, sino esa libertad de pensamiento que se dice que la Iglesia no permite…Obediencia no significa renunciar a tener un juicio propio, sino manifestar con sinceridad y hasta el fondo el propio parecer para luego aceptar la decisión del superior.”

  Pronósticos cínicos, como el que el Papa va a infartarse o a renunciar, muestran ignorancia de la realidad eclesial y de la reciedumbre, humildad y profundidad espiritual de Benedicto XVI. Él afirmó serenamente: “Los acontecimientos de estos días…han llevado tristeza a mi corazón, pero nunca se ha ofuscado la firme certeza de que, a pesar de las debilidades del hombre, las dificultades y las pruebas, el Espíritu Santo guía la Iglesia y el Señor la ayudará siempre sosteniéndola en su camino.”

  El Cardenal Carlo Martini, arzobispo emérito de Milán, ha recordado la necesidad de que la Iglesia y sobre todo sus pastores, sin caer en trampas ambiguas de “libertad” o “transparencia”, ponga mayores esfuerzos de búsqueda de verdad y de confianza, pues debe salir más limpia y fuerte en su anclaje evangélico. Sin duda el Cardenal tuvo en mente que durante el largo pontificado de Juan Pablo II no faltaron las filtraciones y abiertas violaciones del secreto pontificio por parte de funcionarios romanos menores. En México lo supimos bien en las abundantes anomalías del proceso de canonización de Juan Diego. Por todo ello, el gravísimo caso reciente nos invita a reflexionar, a orar más por Su Santidad y a solidarizarnos conscientemente con su ministerio renovando la confianza en su serena figura.

  “La barca de Pedro hace agua pero no se hunde,” decía el canto recordado. José Luis Restán, director de la revista española “Ecclesia”, escribió hace poco: “León Magno se puso frente a Atila sin otras armas que sus ornamentos sacerdotales y detuvo al bárbaro…La fuerza y la debilidad de la Iglesia están siempre entrelazadas, la frágil barca tantas veces a punto de perder el equilibrio y volcar.”

  Y concluyo como lo hice en “La Senda” de mayo: Benedicto, estamos contigo. ¡Que el peso de la carga no doblegue tu alma indómita!