BENEDICTO XVI, PEREGRINO DE LA ESPERANZA EN MÉXICO Y EN CUBA

(Publicado en La Senda de Fray Junípero de la Diócesis de Tepic)

 

  Los ojos y los oídos de millones de católicos y también de no católicos estuvieron pendientes del paso de Su Santidad, en persona o por la televisión, por estos dos puntos neurálgicos del continente americano. El entusiasmo, los anhelos expresados y los guardados en el corazón, el rumor de la oración y la respiración de las multitudes, quedaron impresos en el centro de la vida de muchos y sobre todo de la generación joven. No fue, para quienes miden la importancia de un viaje por el número de puntos recorridos, de enormes alcances o de jornadas exhaustivas. Pero para quienes estuvieron atentos a la profundidad de los signos y de las palabras dejados como legado para la reflexión, la conversión y la esperanza que se construye, su peso es extraordinario. Ojalá no dejemos que lo vivido en esos días quede sólo como memoria y archivo y no como lo que piden ser: líneas de crecimiento en la fe.

  Vino Benedicto al centro geográfico de México: las estribaciones de la montaña de Cristo Rey, la Plaza de la Paz de Guanajuato, la catedral de Nuestra Señora de la Luz en León, para consolar a los tristes, para alentar a los cansados y confirmar la fe a veces vacilante por tantos sufrimientos a un pueblo con tantas preguntas al cielo. Para animar a los obispos y sacerdotes en su papel en medio de la grey y a que tengan más en cuenta el papel de los laicos, de la familia, de las comunidades con sus carismas. La línea de fuerza de su mensaje fue la edificación de la esperanza, no la que parece alcance fácil de promesas cortas, sino la que sólo se consolida con la congruencia de vida y la perseverancia en ella transformada en caridad. Sus manos, que parecían no cansarse de saludar, tocaron sobre todo a niños enfermos y minusválidos y su palabra cercana, levísimamente mencionada por los medios de comunicación, fue para un número simbólico de víctimas de la violencia: padres de hijos secuestrados, esposas de un alcalde y de un militar asesinados, personas ultrajadas por el crimen organizado. Desde la mirada cabizbaja del crucificado en una efímera pared abierta al cielo azul, voló en la celebración eucarística la plegaria dirigida a Quien todo lo puede balbuceando la paz anhelada, la que es fruto del cultivo de la verdad y la justicia.

  Las jornadas mexicanas tuvieron continuidad y contraste en las jornadas cubanas, tensas aún por la dureza del régimen castrista que pervive solo y extraño en el mundo, pero cariñosas por la contagiosa alegría del espíritu de ese pueblo mestizo que acogió con clamores la peregrinación de la Virgen Mambisa, la de la Caridad del Cobre, por todos los rincones de la isla y cuyo punto más alto fue el encuentro con el Papa en Santiago.

  Los ecos de la presencia de Juan Pablo II hace catorce años estaban vivos en mentes y corazones: “¡Que Cuba se abra al mundo y el mundo se abra a Cuba!” Intelectuales de distintas partes del mundo, recordaron también el vigor de la palabra de Monseñor Meurice, arzobispo de Santiago en 1998: “…todo Cuba ha aprendido a mirar en la pequeñez de la imagen de esta Virgen bendita, que la grandeza no está en las dimensiones de las cosas y las estructuras, sino en la estatura moral del espíritu humano.”

  En estos días se recalcó que las grandes cosas se pueden hacer con pequeños medios, el dinamismo evangelizador de los pobres, la puesta en alto de una fidelidad al único que merece la entrega total de la persona y de sus planes, a Jesucristo, cuya verdad “nos hace libres.”

  Delicadas negociaciones diplomáticas, en las que estuvieron actuantes la discreción y delicadeza de dos cardenales mexicanos, Suárez Rivera y Posadas, han logrado abrir postigos de confianza y colaboración entre la Iglesia y el Estado cubanos. Los cambios han sido lentos y en apariencia pequeños, pero una transición tan difícil exige mucha prudencia y paciencia. Juan Pablo solicitó y consiguió que pudiera celebrarse como día festivo la Navidad; Benedicto, el Viernes Santo. La fe de los cubanos lo pidió. ¡Cómo no sentir tristeza de la jornada alcohólica y de playa que en Nayarit se ha convertido este día santo!

  Dejó en Cuba una tarea: “La hora presente reclama que en la convivencia humana se destierren posiciones inamovibles y puntos de vista unilaterales que tienden a hacer más arduo el entendimiento.” Y también una oración: “Cuba, reaviva en ti la fe de tus mayores, confía en las promesas del Señor, abre tu corazón a su evangelio.”

  ¡Gracias, Papa Benedicto, estamos contigo, que el peso de la carga no doblegue tu alma indómita!