CERCANÍA ENTRE LOS SUMOS PONTÍFICES Y MÉXICO.

(Publicado en La Senda de Fray Junípero de la Diócesis de Tepic)

 

    Es cierto: solamente los dos últimos pontífices, Juan Pablo II y Benedicto XVI han estado en México. Sin embargo, la cercanía de los sucesores de San Pedro ha sido permanente e incluso previa al inicio de la evangelización.

  Pues un documento del Papa Alejandro VI de 1493, la bula “Inter caetera”, dejó claro que a las ocupaciones y conquistas de nuevas tierras había de sobreponerse el interés de difundir el Evangelio a pueblos nuevos. Julio II y León X a principios del siglo XVI  estuvieron muy pendientes de lo que sucedía en América. Sin embargo, fue la carta del Papa Paulo III “Sublimis Deus” de 1537, redactada como respuesta a las informaciones de los obispos Fray Julián Garcés de Tlaxcala y Don Vasco de Quiroga de Michoacán-- “expresión de verdades perennes” según un estudioso-- la que zanjó de modo definitivo las absurdas polémicas sobre la dignidad de los indígenas. Con ella y con el Concilio de Trento y sus expresiones en la provincia eclesiástica de México en 1565, 1575 y 1585 quedó asentada la solidez inicial de la Iglesia en la Nueva España, raíz de la que provenimos.

  Esos fueron los comienzos. En otros momentos definitorios de la historia de nuestra nación e Iglesia, los Pontífices romanos han dado aliento y orientación definidos:

  La guerra de independencia fue una prueba para la vida católica. Pues el hecho de que obispos, sacerdotes y religiosos se haya involucrado en ambos bandos (el realista y el insurgente) e incluso algunos hayan tomado las armas, lastimó más de lo que se piensa la fe tradicional y el prestigio de la jerarquía. Casi de manera simultánea, la necedad del gobierno español de sostener los privilegios de la Corona sobre la elección de los obispos y de otros cargos tuvo por consecuencia que aun después de consumada la independencia la ausencia de episcopado propio haya agravado la situación. Los Papas Pio VII, León XII y Pío VIII tuvieron vaivenes en su posición hacia las nuevas naciones. Fue el Papa Gregorio XVI quien, pasando por encima de las exigencias ya caducas para 1831 del Rey Fernando VII, proveyó “motu proprio” (es decir sin consultar al monarca) obispos para México.

  Los años subsiguientes del siglo XIX fueron agitados, difíciles y desconcertantes para nuestro país y para la Iglesia católica.

  Se realizaron intentos por entablar una relación estable con la Santa Sede y por firmar algún concordato en congruencia con la constitución de 1824 que establecía que “la religión de la nación mexicana era la católica, apostólica, romana.” Y, desde luego, al  hablarse de “Iglesia romana”, era natural seguir adelante en esa intención. Incomprensiones, pretensiones exageradas de los gobiernos y la inestabilidad de éstos, hicieron que las pocas pláticas que se tuvieron no prosperaran.

  1848 fue un año de especial peligro para la sede romana. Una revolución nacida en la propia Roma obligó a Pío IX a salir hacia Nápoles. Allá le llegó un mensaje del presidente mexicano General José Joaquín Herrera y del Congreso Nacional en pleno invitándolo a venirse a vivir a México y ofreciéndole como residencia el Castillo de Chapultepec. ¡Podía haber sido nuestra capital asiento temporal del gobierno central de la Iglesia!

  Pío IX tuvo que lamentar después los atentados que los liberales hicieron al patrimonio espiritual, cultural y material que el pueblo había confiado a la Iglesia y que ésta administraba de mejor manera que como lo harían los nuevos terratenientes y funcionarios sin conciencia así como la tozudez de Juárez y Lerdo para llegar a acuerdos civilizados entre la Iglesia y el Estado a nivel interno o internacional.

  León XIII fue testigo del robustecimiento de la  presencia católica. Alentó la fundación de nuevas diócesis --la de Tepic en 1891-- y animó la atención hacia las clases empobrecidas. Don Ignacio Díaz y Macedo, obispo de Tepic, al regresar del Concilio Plenario Latinoamericano de 1899 recordó con gratitud sus palabras orientadoras.

  Pío XI actuó frente a la persecución cruenta a los católicos y al intento de apoderarse de sus conciencias. Dos encíclicas, “Acerba animi” de 1932 y “Firmissimam Constantiam” de 1937 iluminaron sufrimientos y esperanzas.

  Pío XII, Juan XXIII y Paulo VI dirigieron múltiples mensajes a los mexicanos, fundamentales para vivir una Iglesia en el mundo actual y realizaron signos concretos. Paulo VI recibió en el Vaticano en 1974 al presidente Luis Echeverría y al inaugurarse la nueva basílica de Guadalupe en 1976 habló de que “…la basílica no estará terminada hasta que se haga justicia a los pobres”; su delicada diplomacia abrió la puerta a un nuevo entendimiento no sólo entre la Iglesia y el Estado sino entre un pueblo dividido por posturas caducas.

  Juan Pablo II y Benedicto XVI han seguido, pues, huellas firmes y fidelidades largas.