Historiador
CONVERSACIÓN A PROPÓSITO DE
EL TIEMPO SOBRE LA PIEDRA: HISTORIA Y ARTE EN EL "PANTEÓN HIDALGO" DE TEPIC
Texto leído en la presentación del libro
Dos corrientes confluyen en mi ánimo al tomar la palabra para hablar en torno a este libro: El tiempo sobre la piedra. Historia y arte en el “Panteón Hidalgo” de Tepic.
Y esas corrientes me hacen reconocer que este objeto material que ha logrado convocarnos y congregarnos es, más que un conjunto de letras, líneas, páginas y elementos gráficos, un organismo vivo, pues al tocarlo y acercarlo al oído, parecen escucharse latidos de corazones y voces en susurro de gente que vive y de gente que ha partido.
La primera corriente, pues, cuyo rumor escucho, es la cercanía y familiaridad: pasan frente a mis ojos lugares, nombres y apellidos, escenas en movimiento que forman parte de la estructura fundamental que se integró en mi niñez y adolescencia en Tepic. Y también, de etapas posteriores, la voz y los silencios de amigos y colegas con los que con mayor o menor intensidad y frecuencia he recorrido caminos roturados por la comunión en ciertos aprecios y valores: la historia, la palabra, el arte, la huella divina en “los trabajos y los días.”
Durante mis años en la escuela primaria el “panteón” era un sitio del que se hablaba en un tono especial: ¿Quién se atrevería a traspasar sus bardas de adobe iniciada la oscuridad nocturna? ¿Quién, al menos a pasar por sus cercanías después de las doce campanadas de la medianoche? Dentro del sitio, aunque fuera de día, había dos espacios que producían temor: el osario (más bien decíamos “huesario”) de los esqueletos viejos y abandonados y el área donde habían sido enterrados a mucha profundidad las víctimas de la fiebre amarilla en el siglo XIX.
Debo decir que respeté esos límites impuestos sin razonamiento alguno por la opinión común de mis condiscípulos de la escuela “Fernando Montaño.” Nunca fui a esos lugares. Más tarde asistí varias veces a entierros en los que las viudas y otras mujeres, de riguroso negro, lloraban con voz estridente y a veces amenazaban con lanzarse a la fosa, costumbre que mi madre juzgó siempre, junto con el uso de los ataúdes de lujo, como manifestación más bien de hipocresía y culpa acumulada. Por la calle de mi casa pasaban con cierta regularidad cortejos que eran encabezados por estandartes color magenta de distintas “Sociedades mutualistas”, entre las que destacaba una llamada “Gabriel Luna”, el maestro constructor de la catedral. En los cortejos se veían, adelante, personas con cara compungida, pero conforme se acercaban los de más atrás, la charla aumentaba en volumen e incluso se oía una que otra risa, provocada quizá por un chiste para superar el aburrimiento.
Por años o más bien por décadas, dejé de encontrar estos estilos de despedida. Ahora que radico en Jala he vuelto a ver cortejos fúnebres, un tanto diferentes a los que presencié en Tepic en los años de referencia: no hay gritos plañideros y sí acompañamiento musical: banda, mariachi o al menos dos o tres músicos; las melodías reflejan el gusto del difunto y tienen muy poco de “marchas fúnebres.” El Viernes Santo acompaña al “Santo Entierro” el sonido casi espectral de la chirimía, acompasado por otros instrumentos de viento y un tamborcillo, ejecutando piezas de realismo antiguo. He vuelto a sentir ese indescifrable “qué se yo” del acercamiento al osario o a la sección de la fiebre amarilla del “Panteón Hidalgo.”
La segunda corriente –y aquí fluyen nombres e imágenes de amistad y afinidad-- es la que me persuade de la calidad de este volumen, tanto en sus aspectos visuales: tipografía, diseño, fotografías dignas de premios como en lo que sus textos proponen y enseñan. En un tiempo en que parece triunfar la improvisación y la provisionalidad, se percibe calma, conocimiento y cariño. Pues, más allá del libro está la acción efectiva a favor de este particular patrimonio de la capital nayarita, cuyo testimonio son estas páginas. El empeño sostenido del Consejo Regional de “Adopte una obra de arte” encabezado por su presidenta Lindali Solís de Valdés, cuya amable y discreta pero firme actitud ha sido expresión de innegable liderazgo para llegar a logros concretos, el trabajo profesional y afectuoso de restauradores, arquitectos y anónimos albañiles y artesanos: todos en una tarea común. En fin, el triunfo de la comunidad sobre el estéril individualismo.
Por elemental caballerosidad me referiré solamente a labores realizadas por mujeres, presentes en el libro:
En la sobriedad profesional de las líneas de Doña Elisa Vargaslugo se percibe su agrado al ver rescatada una obra singular. No se recató para decir: “Es una gran satisfacción para el mundo del arte y de la cultura saber que ha sido restaurada la iglesia de Nuestra Señora del Refugio…”
Cecilia Gutiérrez, a quien recuerdo junto a su hermana Angelina en las clases de piano con Celia Sánchez y de quien en tiempos más cercanos he leído con interés sus ensayos sobre los vestigios artísticos de las misiones jesuitas en el Gran Nayar y apreciado la trasmisión de belleza de muchas de sus fotografías, nos regala unas palabras que no sólo revelan la importancia artística del recinto restaurado, sino acerca del origen del culto y de la imagen de Nuestra Señora del Refugio ligados a la Compañía de Jesús si bien su difusión en el siglo XIX fue asumida, después de la expulsión de los jesuitas y la crisis continuada de su presencia en México independiente, por predicadores redentoristas.
Una sola colorida imagen debida al talento y singular sensibilidad de Doña Emilia Ortiz nos contacta con la peculiar forma de la que ya puede llamarse tradición pictórica y gráfica nayarita de la que ella es, sin duda alguna, fundadora y sostén. Ella tiene un lugar único cuando en Tepic nos atrevemos a hablar de arte y cultura.
Ni qué decir de las fotografías de Lourdes Carrillo que presentan ángulos insólitos y detalles que fácilmente pasan inadvertidos. Tal vez hemos pasado por los lugares que ella descubrió y no nos hemos percatado del mensaje de luz que trasmiten.
El ojo atento de Susana Chaurand se ha fijado sobre todo en las cruces de los mausoleos, de la cruz redentora, que para Ricardo López Méndez está inscrita en el nombre mismo de México: “[…] porque escribes tu nombre con la “X” que algo tiene de cruz y de calvario.”
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Hace ya más de diez años acompañé a Doña Beatriz Sánchez Navarro, a Cristina Artigas de Latapí y a Lourdes Escandón, del Consejo Nacional de “Adopte una obra de arte”, a proponer la idea de organizar en Nayarit un Consejo Regional. Ahora no es más una idea, es obra tangible que ha roturado un camino que no ha de detenerse. Me permito felicitar a quienes integran el Consejo nayarita y, desde luego, a alguien que ha apoyado incondicionalmente a Lindali sin hacer ruido: Memo Valdés Menchaca.
Abro la mirada al horizonte y veo, en el punto de atracción de la capilla restaurada del cementerio de Tepic, a una joven que protege con su manto a su pequeño hijo desnudo: es María, Nuestra Señora, Refugio de Pecadores. Ella, como lo expresó el Padre Francisco de Florencia en el siglo XVIII, es “imán de corazones,” “tesoro escondido.” Sus “ojos misericordiosos” nos miran y destierran todo posible orgullo y vanidad de nuestras mentes; nos recuerdan que vamos de la mano de la fragilidad y que ésta se convierte en fortaleza cuando reconocemos la necesidad de la gracia divina para iniciar y continuar nuestros caminos.
Jala, Nayarit, 22 de agosto de 2011.
Fiesta de María Reina.
Tepic, 29 de agosto de 2011.
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manuel