FRANCISCANOS EN LO QUE HOY ES NAYARIT.

-- Conversación sin pretensiones --

 

Palabras pronunciadas en la “Semana de celebraciones para conmemorar el XL aniversario de la fundación de la parroquia de la Santa Cruz de Zacate”.

Tepic, 23 de mayo de 2012

  Mientras escribo estas líneas corren los días previos a la conmemoración bicentenaria de la “Constitución política de la Monarquía española” promulgada con solemnidad religiosa y cívica en el puerto de Cádiz, sede de las Cortes o Congreso Constituyente, el 19 de marzo de 1812 y a partir de esa fecha jurada en las ciudades, villas y pueblos del todavía vasto Imperio español.

    1.-Advertencia preliminar.

   A estas palabras les puse un subtítulo que, aunque es claro, quizá no es totalmente evidente. No presento una conferencia ni una ponencia, sino una conversación y, además, sin pretensiones, pues, sin ser algo deshilvanado o de “libre asociación” como si se tratara de una sesión psicoanalítica, la integré a base de una miscelánea de lecturas con referencias franciscanas que de alguna manera he tenido cerca desde hace décadas, consideraciones provocadas por el sentido común y uno que otro comentario sacado de la experiencia personal. Por consiguiente, me acerqué al tiempo –y un poco menos al espacio- de modo flexible, viajando sin preocupaciones por las espaldas de cinco siglos. Lo dicho no significa que los tópicos de esta conversación estén exentos de interés y que no provoquen –como espero—algún chispazo de conocimiento nuevo o de reflexión evocadora o programática en algún oyente o lector inteligente.

   2.- Los privilegios de la memoria.

   Privilegio de quienes formamos parte del grupo creciente de la Tercera Edad, es que podemos hacer memoria de acontecimientos de cincuenta años atrás y tomarlos como pretexto para ir desde ellos hacia atrás y hacia adelante incluso a manera de ejercicio de comparación, pues las comparaciones, aunque diga lo contrario el refrán, no siempre son odiosas.

  Hace un mes, al escoger material para preparar una charla en un coloquio universitario que tuvo lugar en la ciudad de Puebla con motivo de los ciento cincuenta años de la intervención francesa, me encontré en la fila de mis libros correspondiente a la historia de ese tiempo uno titulado Guía conmemorativa del centenario de la batalla del 5 de mayo de 1862, editado por el Consejo Nacional Técnico de la Educación encabezado por el Profesor Celerino Cano en 1962, a cien años de la citada batalla. El Profesor Alfredo Delgadillo, director de la Secundaria Federal me lo dio entonces. Al hojear sus ciento veinte páginas, me encontré con una guía pormenorizada de lo que se debía hacer en todos los grados educativos (del jardín de niños a la preparatoria) para celebrar esa fecha: biografías bien peinadas de los “héroes” liberales, encabezados por Benito Juárez e incluyendo al General Porfirio Díaz pero rasurando por “ajenos a la conmemoración” sus hechos posteriores a los sucesos poblanos; poesías, síntesis histórica oficial y otros elementos didácticos más. Cincuenta años más tarde veo que todo eso intentaba justificar actos “nacionalistas” y de “atinada izquierda dentro de la constitución” del presidente Adolfo López Mateos en un momento difícil de la Guerra Fría: la crisis de los proyectiles soviéticos que se iban a instalar a Cuba.

  En este mes de mayo, haciendo a un lado el congreso académico que fue ajeno a toda alusión a heroicidades y con posturas críticas ante franceses y mexicanos, las conmemoraciones estuvieron más bien dominadas por el espectáculo y pocos supieron o siquiera se interesaron en saber de qué se trató.

  Pero, ¿a qué viene esta alusión tan distante del tema que nos ocupa?

  A que en el actual 2012, entre otras conmemoraciones bicentenarias (la promulgación de la constitución de Cádiz, por ejemplo), habría que tener en cuenta que en 1812 el rey Fernando VII otorgó a Tepic el título de “noble y leal ciudad”. Y una conmemoración centenaria sería la correspondiente a la llegada del ferrocarril a Tepic y la inauguración de la estación del “Southern Pacific” (Sudpacífico) por el vicepresidente José María Pino Suárez en 1912. Mi tía Juana Olimón, que tenía entonces diecinueve años y asistió con los niños de su grupo de primaria, recordaba las dos eruditas palabras con las que inició su discurso Don José María, quien además de vicepresidente era conocido como literato y poeta: “¡Perínclitos tepicenses!”

  Hace cincuenta años, a pesar de que se sabía que el título se debió a la oposición al movimiento encabezado por el Padre Hidalgo, Don Everardo Peña Navarro y el Licenciado Roberto Villalobos se atrevieron a realizar una conmemoración del hecho subrayando, desde luego, que no se trataba de una celebración.[1] Tengo en la memoria esa ocasión y mi interés como alumno de secundaria en participar escuchando. También me acuerdo haber oído entonces que entre los más entusiastas partidarios del regalo que el rey había hecho se encontraban los franciscanos del pequeño convento de la Cruz de Zacate quienes en 1810, por el contrario, habían sido los únicos en responder al llamamiento de Don José María Mercado para que los habitantes de Tepic se hicieran partidarios del levantamiento de Hidalgo, eso sí, “a favor de la legitimidad de Fernando VII.”

  Cuando Mercado se acercó a Tepic en noviembre de 1810, la corta tropa orientada a la defensa militar se había ido a San Blas junto con las autoridades civiles en poco disfrazada huida. El cura de Ahualulco “[…] el 23 de noviembre levantó su campamento en la pequeña eminencia del sur del pueblo que se llama Loma de la Cruz izando en él una bandera blanca. Notó la falta de defensa del lugar…”[2] No había a quién dirigirse para solicitar la entrega de la plaza; el jefe insurgente, pues, envió una comunicación al párroco, Don Benito Antonio Vélez –“criollo virtuosísimo” según afirmó el Licenciado Luis Pérez Verdía en su Historia particular del estado de Jalisco--[3] explicando que la rebelión era contra los “traidores” afrancesados que “[…] iban a hacer zozobrar en el más horroroso abismo de males la religión, la patria y la soberanía de Fernando VII” y que “para impedir tanto mal”, “el Excmo. Sr. Virrey Don Miguel Hidalgo y Costilla” a causa de su “celo y patriotismo” “había tomado las armas para impedir tanto mal.” “[…] Los mismos objetos me impelen a entrar en este pueblo por parte del Ejército Americano…[lo que] participo a Usted para que me digan si debo entrar en Paz o en Guerra.”[4]

  La parroquia y el párroco permanecieron en silencio, coreado por la población, asustada por la ausencia de la tropa de ciento sesenta hombres al mando del Capitán Lavayen que habían salido para “defender San Blas”. Los franciscanos de la Cruz, por el contrario –no sabemos si como respuesta a carta semejante o de manera espontánea—respondieron a Mercado en esta forma: “Los Padres Guardián y Súbditos de este Convento de la Santa Cruz contestan…que abrazan gustosamente la defensa de la Religión, Patria y Soberano Fernando VII, coadyuvando para el efecto con cuanto alcanzan sus religiosas facultades.” Y firman cinco frailes, encabezados por Gervasio Dorado.[5]

  Comentó escuetamente en 1956 Don Marcial Gutiérrez Camarena: “[…] Zorros eran los padres franciscanos de la Santa Cruz.”[6]

   3.- Franciscanos en el Nayarit.

  “Zorros” desde luego, a causa de la larga experiencia acumulada, pues la orden fundada por San Francisco estaba en estas tierras desde los lejanos días del siglo XVI, el de descubrimientos, conquistas y colonizaciones.

  Los franciscanos fueron, sin duda, el instrumento providencial más evidente para roturar el campo pastoral de nuevas gentes, sembrar las primeras semillas del Evangelio e incorporarlas a la grey universal por el bautismo. Eran una orden que, en España, había sido renovada hacia su espíritu originario al paso de los siglos XV al XVI por medio de las intuiciones y las directrices un hombre de talla extraordinaria: el cardenal Francisco Jiménez de Cisneros, franciscano él mismo. Había crecido el número de los adscritos a la orden y aumentado en grado superlativo el fervor religioso y la ciencia en ellos.

  Por consiguiente, no es hipérbole calificar a los doce primeros franciscanos que llegados a la Nueva España como los “doce apóstoles”, pues en su estilo de vida se transparentaba la “perfección del Santo Evangelio”, distintivo propuesto por el santo de Asís para los seguidores de sus pasos. Tampoco es exceso identificarlos con la metáfora de la antorcha encendida portadora de la luz evangélica como lo hizo Alfonso Trueba en su pintoresca narración sobre las “doce antorchas.”[7] El convento reformado de San Gabriel en Extremadura había sido el taller para la forja de estos frailes.

  Bernal Díaz del Castillo, el cronista soldado, narró con detalles la llegada de Fray Martín de Valencia y sus compañeros a las puertas de la ciudad de México en 1523 y el asombro de todos al ver a Hernán Cortés intentar besarle las manos y, al no permitirlo el religioso, besar el raído y descolorido hábito. Fray Jerónimo de Mendieta dice a propósito: “[…] esta hazaña de Cortés fue la mayor de las muchas que de él se cuentan, porque en las otras venció a otros, mas en ésta venció a sí mismo.”[8]

  El entusiasmo de muchos, que constataron el avance del Evangelio conforme avanzaba por el territorio,[9] hizo que en ambos lados del océano se difundiera la frase: “Lo que un Martín quitó en el Viejo Mundo, otro Martín lo dio con creces en el Nuevo.” La referencia al primer Martín va, desde luego, a Lutero y el segundo apunta al franciscano de Valencia.

  El viejo Nayarit –no hay que vacilar en afirmarlo—fue una “[…] zona periférica dentro del Reino periférico de Nueva Galicia.”[10] Fue paso por muchos años –y tal vez lo es todavía—de la “vereda del poniente.” El embate de la conquista, contrastante en sus dos etapas, la suave y casi expedicionaria de Francisco Cortés de San Buenaventura y la sangrienta de Nuño Beltrán de Guzmán, produjo que la cosmovisión indígena sufriera un embate cultural de grandes proporciones que lentamente sustituyó las imágenes motrices prehispánicas por las cristianas, poblando de nuevo el espacio anímico de relatos y sucesos de color milagroso. Este paso acompañó las fundaciones franciscanas en el territorio. La incursión de Guzmán en 1530 diezmó la población y la dispersó. Todavía impactado, a pesar de la lejanía temporal, Fray Antonio Tello escribió en 1650: “[…] Una de las tierras que más lloran la desolación de sus antiguos moradores…es el gran valle de Acaponeta, donde mostrando las señales de sus muchas poblaciones mueven a lástima a cuantos la miran. Tenía entre otros, un pueblo numerosísimo llamado Aztatlán y a éste luego que llegó Don Nuño de Guzmán lo fue llevando a sangre y fuego con tanto rigor que lo dejó casi acabado…”[11] Fue hasta que se pudo contar con ciertos elementos de paz bajo la mano del gobernador Cristóbal de Oñate, cuando se acudió a los frailes, a su presencia y acción.

  Seguiré, pues, por estas rutas, al cronista virreinal de la provincia franciscana de Jalisco, Fray Antonio Tello.[12]

  Xalisco (el poblado cercano a Tepic que dio nombre a la región) tuvo consistencia suficiente para ser centro de atracción y difusión de un ámbito geográfico amplio. Ahí, en 1540, con Fray Bernardo de Olmos y Fray Francisco de Pastrana se hizo la fundación franciscana bajo la advocación de San Juan Bautista. Escribió Tello: “[…] El pueblo de Xalisco está [a] cuarenta leguas de la ciudad de Guadalajara, al poniente, al pie de una encumbrada sierra.” La que recibió el nombre de San Juan. “Al oriente tiene a los pueblos de Xala y Ahuacatlán, a la parte del norte la serranías de Huaynamota y a la del sur la ciudad de Compostela y el Valle de Banderas, situado en un valle…en el cual se coge mucha abundancia de maíz y trigo y se cría mucho ganado de todas suertes.”[13]

  Como puede apreciarse con sólo mirar un mapa,  a los frailes se les asignó un territorio inmenso: “[…] porque no sólo corrían por su cuenta los [indígenas] de este valle, sino también todos los que había desde Ahuacatlán, Xala, Compostela, Valle de Banderas, Tzentipac, Itzcuintlan y Acaponeta hasta Chiametla…”[14] Únicamente los pobladores españoles de Compostela y posteriormente los de San Pedro de las Lagunillas quedaron poco después a cargo de clérigos seculares (diríamos hoy, diocesanos).

  El asentamiento primero se hizo en un lugar llamado Atemba y poco después en la actual localización de Xalisco. El traslado se debió, según lo que oyó el cronista, a la labor maligna de una especie de dragón que, sin duda, concentraba las fuerzas del mal: “[…] en aquel cerro [el de San Juan] hay una cueva que tiene tres leguas por debajo de tierra, de la cual salía una serpiente que tenía el cuerpo muy grueso y con alas [y] la cola con alas. Por donde pasaba hacía con la cola un surco como con arado, levantado de piedras y de tierra, y haciéndose una nube muy negra despedía de sí tantos rayos que quemaba el convento cada año y las personas que en él estaban y de esta suerte se consumía mucha gente…viendo esto el Padre Fray Bernardo de Olmos le pareció que sería bien acudir a Dios y llamando al fiscal y un muchacho, con agua bendita, estola y cruz, fue a la cueva a conjurarla y habiendo llegado halló la serpiente de estatura disforme echada dentro de la cueva. Y conjurándola el dicho Padre que le dijese de parte de Dios por qué hacía aquel mal, respondió que porque toda aquella gente no le sacrificaba ya como solía y así, que se fuese de aquel puesto que era su posesión pues ya no tenía provecho de sus moradores…

  Tenían la costumbre los indios de aquel pueblo en su gentilidad, sacrificar criaturas a aquel ídolo serpiente…

  Hoy en día se forman las mismas serpientes de esta cueva y alrededor de este cerro, término de dos o tres leguas en que van caminando hacia otro cerro que está enfrente, que se llama Sangangüey, dando tan terribles truenos que atemorizan y espantan a la gente, porque parece el día del juicio según la angustia y confusión en que se ven las gentes que habitan.”[15] 

  Los elementos naturales cobran en el relato antiguo, escuchado por el Padre Tello a un siglo de distancia, condición de reto sobrenatural para el abandono de la idolatría y la profesión de la fe cristiana. A partir del triunfo de la cruz sobre los poderes malignos, la fundación y traslado del convento primero en la comarca nayarita cobraron también carácter de milagro y por consiguiente, fama, prestigio y garantía de duración.

  Entre mis recuerdos de niño, pues cada sábado íbamos al poblado de Xalisco a proveernos de carne y manteca para la semana, tengo presente un día de verano en que en el horizonte nublado se vio “la culebra” que contenía abundancia de lluvia y se movía amenazante en un entorno de truenos y relámpagos. Era sin duda la vieja “xiuhcóatl”, la serpiente de fuego, que según Mendieta luchó por el agua que Fray Francisco de Tembleque quería llevar de Otumba a Zempoala y que lo cegó una sombría tarde. La serpiente que recordaba la soledad de los ídolos y su ansia de destrucción y sangre. Narró con su palabra florida el Padre Octaviano Valdés en su obra sobre Tembleque: “[…] La granizada emblanqueció el suelo rápidamente y es tan nutrida que su rumor contra las azoteas y ventanas estorba a los frailes el rezo de vísperas…Los relámpagos bruñen con luces cadavéricas los rostros de los frailes y encienden el adormilado jardín de oro del gran retablo…Otro estallido muy cerca, la fulguración de claridad desmesurada, la trepidación como fuga de ruedas enloquecidas sobre las bóvedas y un vuelco del corazón del padre Tembleque…¡El xiuhcóatl!...La pirámide invertida que había visto, ya es una serpiente monstruosa, suspendida del vientre, enorme, como si se hubiera tragado toda la tempestad y tendiendo su mordedura hacia la tierra…”[16]   

  Por esos caminos se establecieron los franciscanos en el altiplano nayarita, de la mano del Evangelio y los prodigios que habían de acompasar su anuncio. Para acercarnos a ellos hemos de tener listas tanto las herramientas del raciocinio como las de la imaginación.

   4.- Otras fundaciones.

  A pesar de que el número de habitantes de la región no era excesivo, conforme la paz se fue asentando, hubo un regular crecimiento. Además, las distancias, el agobio de los climas y el paso variable de las estaciones dificultaban los traslados.

  De ese modo, en 1551, contemporáneamente a que en la capital de la Nueva España se erigía la Universidad, se fundó el convento de Ahuacatlán, en el paraje de ese nombre donde desde los días de la conquista habitaron españoles e incluso fue temporalmente sede del gobierno de Cristóbal de Oñate. El lugar, “[…] a la parte del oriente tiene una serranía muy alta que corre de norte a sur y a la del poniente otra con un volcán [el Ceboruco] y es tradición reventó en  tiempos pasados y que habiendo venido una cantidad de gigantes de la tierra dentro, los cuales venían entre los indios…los destruyó a ellos y a los naturales arrojando mucho fuego de sí y piedra que los cubrió y hoy se echa de ver su reventazón en la mucha cantidad de piedra que tiene por todas las partes que le cercan que hacen muy grandes cerros, quemada como horruras de fragua…”[17] La alusión legendaria a los “gigantes”, recibida de los naturales, tiene como referencia concreta hallazgos de osamentas de animales prehistóricos en la región pero el tema es caro a múltiples crónicas sin duda trasladadas a América desde el mundo medieval. Al rastrear relatos de esta índole, el Doctor Luis Weckmann en su fascinante obra La herencia medieval de México, le dedicó un capítulo entero a esta rara ciencia: la geografía teratológica y a su más raro contenido. Leo sólo unas líneas: “[…] La variedad de monstruos y otros seres de fábula con que tropieza quien lea cuidadosamente la historia de la exploración y conquista de México es tan grande, que sería útil intentar clasificarlos en plausibles (amazonas, gigantes y pigmeos entre ellos) y francamente míticos, como sirenas, cinocéfalos, animales existentes sólo en la heráldica y otros.”[18] Si pululaban estos seres por todos lados, ¿por qué no en el sur nayarita?

  Tello citó a un informante indígena que los describía del modo siguiente: “[…] vivían en el campo como bestias…eran haraganes y glotones y con su ferocidad sujetaron [a] los indios…les obligaron a que les sustentasen y para la comida de cada uno se amasaba una fanega de maíz y cocían o asaban cuatro niños de a dos años…eran de color amulatado, el cabello crespo y no muy crecido, poca barba, las orejas de más de a palmo algo caídas y vellosas; la voz espantable y horrible, que su eco resonaba un cuarto de legua.”[19] Peña Navarro escribió que el hallazgo de “[…] huesos de gran tamaño…parecen confirmar la existencia de esa gente”[20] y en una nota a pie de página destacó la noticia aparecida en el periódico La Prensa de la ciudad de México el 11 de diciembre de 1930 en la que se anunciaba que “[…] El Profesor Manuel San Domingo, Jefe del Departamento de Investigaciones Históricas y Geográficas de Sonora, encabeza el grupo de sabios mexicanos que se han unido a la expedición de arqueólogos de la Universidad de Arizona…hasta Soyapa a cooperar en los trabajos de búsqueda de los restos e indicios del paso de gigantescos seres humanos prehistóricos…”[21]

  La doctrina de Ahuacatlán, además, no fue a la zaga de la de Xalisco en materia de milagros. Tello narra dos: la vuelta a la vida de un buen indio catequista de nombre Pedro que “[…] estando amortajado y ya para llevarlo a enterrar y su mujer y sus hijos llorando por él llegaron dos frailes franciscanos…el uno de los cuales era Fray Alonso Sebrero…y dijo: a éste dejémosle acá porque es intérprete de los frailes y les ha de ayudar y además tiene hijos y mujer. Dicho esto desaparecieron y resucitó luego sano de la enfermedad que tenía.” Y la salud de una mujer maltratada y aporreada por su marido, unida a la profecía sobre el día de su muerte: “[…Se le] aparecieron…Nuestro Señor Jesucristo y su bendita madre, la cual rogaba a su hijo por aquella india y Nuestro Señor dijo que era menester que viniese San Pedro y vino San Pedro y tocando con las manos a la india, que según parece era devota del santo, la sanó y dijo que al cabo de tantos días moriría…a la mañana siguiente fue la india ante el fraile ya sana y contó lo que pasaba y vino a morir al tiempo que le fue dicho.”[22]

  Xalisco y Ahuacatlán se ocuparon de sus respectivas comarcas, pero para 1601 las estribaciones de la jurisdicción del primer convento eran difícilmente atendidas y tendrían que ser lugar de una nueva fundación, cabeza de la posterior incursión hacia Sinaloa, “[…] avanzada extrema hacia un mundo no sometido.”[23]

  El año citado, pues, abrió sus puertas el de Huaynamota, fronterizo por más de una razón, no sólo pertenecientes a la geografía física sino a la humana. El sitio “[…] está entre muchas serranías, muy ásperas e inaccesibles, porque de la parte de oriente tiene la serranía de Huaximic, de la parte del norte los caramotas y coras, de la parte del poniente otra que nace por la parte de Tepic; y pasando por los saguayecos va a juntarse con la de los coras y corre muchas leguas de Tepehuanes hasta cerca de Guadiana; por la parte del sur tiene doce o catorce sierras muy ásperas y por ellas es el camino más ordinario para entrar en aquella provincia.”[24]

  El cronista se explaya en comentarios orográficos, hidrográficos y desde luego etnológicos y narra también los acontecimientos que probaron lo indómito de los habitantes, actores en varios hechos de rebeldía. No obstante, apuntó Tello, “[…] no fue esto parte para que los religiosos se atemorizasen o les faltase el celo de la obra evangélica; antes, en este tiempo, entraron y salieron muchos a requerir esta grey desbaratada, perdida y sin pastor…Pasados veintidós años…no sólo entraron los religiosos… [sino que] para ayuda de la doctrina y enseñanza de los indios llevaron un indio originario de Xalisco llamado Pablo Juan, gran músico y cantor, el cual enseñó a muchos muchachos a leer música y canto con que salieron muchos muy buenos músicos y cantores y ministriles para el servicio de la iglesia, la cual adornaron con muy lindos retablos, muchos y muy buenos ornamentos y después el Padre Fray Pedro Gutiérrez puso un órgano de sus limosnas y se ha ido continuando la administración de doctrina por los religiosos hasta hoy y los indios han quedado muy quietos y pacíficos.”[25]

  En Huaynamota, por lo que parece, el milagro fue el hecho mismo de conseguir la pacificación de los indios de plural procedencia y belicosidad congénita. El cronista, ante lo “maravilloso” de la hazaña apostólica en sí misma no se vio necesitado de acudir a lo extraordinario.

   5.- Una crónica posterior.

   Si Fray Antonio Tello es el cronista de las fundaciones, un franciscano posterior, Fray Francisco Mariano de Torres, legó una crónica fechada en 1775, que no se refiere a un lugar fijo sino a toda la región y narró, junto con descripciones variadas de las fiestas y devociones cristianas ya arraigadas, ciertos problemas propios de una cristiandad que lleva ya tiempo de vida.[26]

  El Padre Torres da fe de la devoción de los indígenas: “[…] Con la Santísima Virgen tienen los indios tanta devoción que me parece que no habrá cristianos que se la tengan mayor, y lo mismo con la Santísima Cruz…”[27] Repasó también los cantos y las oraciones en náhuatl y castellano que acompañaban el andar cotidiano, los tiempos variados y las horas y los que, a la par con ceremonias y ritos coloreaban los días festivos: “[…] Observaban…los indios en todas partes, aunque ya se ha quitado en algunas, venir los domingos a la doctrina, cada barrio con su bandera, cantado el Tehuatzin, que es el Te Deum laudamus traducido en lengua mexicana, con increíble devoción. Y en la iglesia cantaban: Zitluapile Sancta María, Salve muy devota en su lengua con tan tierno, dulce y fervoroso tono que siendo yo la mesma [sic] nieve, se me encendía el corazón cada que la oía e hice mis diligencias por aprenderla sólo para cantarla con ellos, pero no lo pude conseguir…

  “También tienen costumbre de acudir los lunes, miércoles y viernes de cuaresma a cantar en la iglesia el miserere y los viernes los muchachos y las muchachas de componer, por donde se anda el vía crucis, las mujeres regando y barriendo y los hombres poniendo arcos y otras invenciones de ramos y flores muy vistosas…

  “…en las de sus titulares y en la fiesta de Corpus inventan muchas danzas, que les cuestan un sentido, porque todo el adorno que se ponen es alquilado…Y es muy para glorificar a Dios Nuestro Señor la destreza y devoción con que representan cuatro parábolas del Evangelio en las cuatro posas que hace la procesión del día de Corpus. Y esto mismo se admira en muchos pueblos en el día de Reyes, representando el misterio con todas sus circunstancias…[y] el de nuestro seráfico Padre San Francisco el de la impresión de sus sacratísimas llagas con otros casos de su maravillosa vida.”[28]

  Torres también observó críticamente cierta decadencia llamando a la reflexión y al orden: “[…] Impusieron…los primeros Padres a los indios a velar, como en la primitiva Iglesia las noches antes de las mayores festividades, gastándolas en oración y otros ejercicios espirituales, que ahora llaman veladas. Y porque con ocasión de la música que en ellas hay se congrega mucha gente y se reparte vino y se cometen otras maldades, se han quitado en muchas partes y será muy bueno que se quiten todas como lo quitó nuestra Madre la Santa Iglesia; porque celebrando los primeros cristianos las mayores festividades, con gastar las noches en las vigilias santas, el enemigo común las convirtió en desórdenes pecaminosos y por eso se mandó que lo que había sido vigilia hasta entonces, fuera en lo de adelante ayuno…”[29]

  Lo dicho acerca de las “veladas” tiene todavía actualidad en 2012, por ejemplo, en la venida de un venerado crucifijo, “el Señor de Acatique” desde el rancho de El Ciruelo a Jala del Miércoles Santo al último día de abril de cada año. El “enemigo común” trabaja horas extras sobre todo en la noche que va del Martes al Miércoles de la Semana Santa.

  6.- Los nuevos tiempos franciscanos.

  La Crónica del Padre Torres es escrito de transición. Reproduce mucho de lo dejado por Fray Antonio Tello y resulta por ello anacrónica a ocho años de la expulsión de los jesuitas de los reinos borbónicos, a siete de la fundación del “moderno” puerto de San Blas y en el inicio de los afanes evangelizadores al lejano norte de los colegios franciscanos de “Propaganda Fide”, cuyo protagonista principal fue Fray Junípero Serra, pero –como lo notamos—lleva ya una dosis, aunque leve, de crítica a las costumbres y a la observancia frágil de la regla franciscana. A la hora, por ejemplo, de alabar la observancia y rigidez con la que muchos naturales cumplen con pesadas devociones, criticó Torres la relajación en la orden a la que pertenecía: “[… Se levantan] los oficiales del hospital a media noche y a la madrugada a rezar y cantar cosas muy tiernas y devotas ya en su lengua, ya en la castellana y con tan indispensable tesón que para ellos no hay recreos ni asuetos ni vacaciones ni algún otro de los muchos títulos que inventó la relajación para ir perdiendo las costumbres santas. Y así pueden estos pobrecitos neófitos ser pauta de los más rígidos recoletos y entiendo que serán confusión de los prelados que a cada paso dispensan en las loables costumbres de sus religiones.”[30]

  La fundación del convento de la Santa Cruz de Tepic, lugar ligado también al relato de un hecho y una permanencia prodigiosos –la invención de la “Cruz de Zacate” narrada por varios escritores, entre ellos los más distinguidos Domingo Lázaro de Arregui en 1621 y el jesuita Segismundo de Taraval en el siglo XVIII-- sirvió principalmente como punto de referencia y refresco antes o después de las pesadas navegaciones a las Californias y de paso darle estabilidad a los frailes del convento de Xalisco y evitar abusos que dañaban la debida atención a los fieles:“[…] los [franciscanos] según parece tenían más gusto en vivir cerca de Tepic, que ya tenía cierta importancia, que en el pueblecillo donde su convento se encontraba, al grado de que tanto los guardianes como los religiosos lo tenían casi abandonado.”[31] Fue el 13 de mayo de 1744 cuando se erigió el convento mediante un decreto de la autoridad franciscana de la Provincia de Jalisco que fue ratificado por el rey hasta cuarenta años después, en 1784.[32] Entre líneas puede percibirse que el celo apostólico de los pioneros de la orden de San Francisco en la región, no era ni lejanamente el mismo en sus sucesores del tardío siglo XVIII. Leo un trozo del Decreto: “[…] en dicho pueblo de Tepic [pueblo de visita del convento de Xalisco]…están actualmente los religiosos viviendo en el siglo en casas particulares de vecinos que contra lo monástico y regular de nuestro sagrado instituto y no pareciendo bien a los estantes y habitantes del dicho pueblo resulta mucha murmuración y descrédito de los religiosos…Para reparar tan malas consecuencias y grandes daños referidos, que en el pueblo de Xalisco se mantenga, conserve y aumente lo que hay de iglesia, sacristía y convento [y] en el pueblo de Tepic de aquí adelante se trabaje hasta ponerle en forma de conventualidad, para la habitación religiosa se cuide de poner aumento en él y en la sacristía e iglesia de dicho Tepic.”[33]

  Cinco frailes estuvieron en 1811 para recibir al paladín insurgente José María Mercado. Tal vez ese mismo número para testimoniar la titulación de “noble y leal ciudad” en 1812 en retribución a los méritos a favor de la Corona española. Poco a poco decayó la fundación franciscana, en mucho menos tiempo que sus predecesoras, desde luego, no por voluntad y ni siquiera suerte propia, sino junto con San Blas y sus rutas de navegación cortadas con el norte y el oriente distantes. Cito otra vez a Don Marcial Gutiérrez Camarena: “[…] ¿Por qué vino a menos el puerto? ¿Por qué se acabó la villa?

  “España perdió sus colonias americanas. México, después casi la mitad norte de su territorio. El punto de unión no tenía por qué seguir existiendo.

  “Sólo el cementerio del pueblo actual sigue ocupando el antiguo cerro de Basilio.”[34]

  Un paseante romántico por Tepic, el madrileño Vicente Calvo, que visitó la ciudad en 1845, escribió en el Semanario pintoresco español editado en la capital hispana: “[…] Las…iglesias [de Tepic], con raras excepciones, no han sido ni son otra cosa (como en todos aquellos países internos) que edificios más o menos capaces, más o menos firmes y decentes, donde va el cristiano a dar culto a Dios y el devoto a colgar su ofrenda, pero donde el mero artista nada tiene que admirar. La arquitectura y la pintura han sido ignoradas en todo el distrito [de Jalisco] hasta la presente época…

  “Nada hay más pintoresco y risueño que los alrededores de Tepic; el valle está cubierto de una alfombra verde sembrada de diferentes flores silvestres; irregularmente variado por suaves colinas que elevándose del nivel de las aguas quedan en una esterilidad absoluta…Pocos puntos de vista pueden presentarse de mayor efecto que los que se gozan desde sus eminencias. De un lado se divisa el antiguo convento de la Cruz, venerable, silencioso y desamparado en medio de sus ruinas. Del otro el cementerio con su hermosa capilla, imponente por los restos que allí descansan.”[35]

  En San Blas lo viejo se reconocía al amparo de las lápidas del cementerio. En Tepic lo nuevo y flamante era la capilla del cementerio. Y cómo no, pues apenas se había realizado en 1843, fecha cercanísima al viaje de Vicente Calvo.

   7.- Invitación a seguir trabajando.

  A partir de 1974, bajo el impulso del Arquitecto Pedro Moctezuma Díaz Infante, Subsecretario de Bienes Inmuebles y de Urbanismo de la Secretaría del Patrimonio Nacional y enlace extraoficial entre la Iglesia y el Estado mexicanos, se llevó adelante un amplio intento de rescate del patrimonio cultural del virreinato, fundamentalmente de origen eclesial. La publicación del excelente Vocabulario arquitectónico ilustrado,[36] actualmente joya bibliográfica y otras acciones de importancia, fueron pioneras en esta línea e incentivaron un movimiento que felizmente continúa hasta nuestros días.

  Al año siguiente, 1975, el gobernador Roberto Gómez Reyes, quizá impulsado por este movimiento, buscó rescatar lo que quedaba del convento de la Cruz de Tepic, que estaba otra vez en estado ruinoso después de haber servido vergonzosamente por décadas como almacén de la Secretaría de Obras Públicas. Entre otros proyectos pensó en rehacer, a modo de pieza de museo, la “celda de Fray Junípero.”  A este propósito habló con Monseñor Adolfo Suárez Rivera, entonces obispo de Tepic y él me encomendó, en los días de mis vacaciones de verano de 1975, paréntesis de mis estudios en Roma, que buscara “cuánto tiempo había estado en la Cruz el famoso misionero.” Me puse a revisar principalmente la Vida de Fray Junípero Serra de Fray Francisco Palou, reeditada no hacía mucho por la editorial Porrúa con una introducción del Doctor Miguel León Portilla.[37] El resultado fue decepcionante: estuvo en Tepic sólo unos cuantos días y todos ellos en espera de viajar a San Blas para partir a las Californias. A fines de septiembre redacté un artículo sobre el tema que se publicó en el Boletín Eclesiástico bajo el título de Evocación de Fray Junípero Serra. Ahí expuse: “[…] estas líneas [las]…escribo teniendo en mente el proyecto de construcción alrededor del templo de la Santa Cruz de Tepic.”[38]

  Al gobernador, a fin de conseguir los recursos para realizar la obra, le convenía decir que Fray Junípero había estado más tiempo; así lo dijo y consiguió que se construyera el actual edificio que ocupa la Secretaría de Turismo en estilo casi “colonial californiano”, se colocara una cruz atrial que nunca existió y se liberara un poco la entrada principal del templo, dotando de casa nueva al párroco, actualmente distante a causa del “nodo vial” de reciente construcción. Una estatua metálica que representa al famoso franciscano suplantó a un monumento tristemente derribado que evocaba en la glorieta a Fray Junípero con delicados rasgos, trasmisores de un mensaje silencioso de paz, debidos a la inspiración de Doña Emilia Ortiz. La glorieta desapareció y el espacio ha ido de mal en peor: Se movió a Fray Junípero y se colocó una columna con un “ángel de la independencia” feroz y atinadamente criticada por el Arquitecto Jaime Francisco Irigoyen en el año 2002. Después y hasta el día de hoy, unas barras de colores marcan de modo efímero la “obra” de algún gobernador.

  Lo expuesto por Irigoyen sigue siendo válido: “[…] todo [el] pasado acumulado, tan lleno de significaciones, ligado profundamente [a la Cruz] sigue vivo. El ahora exconvento de la Cruz de Zacate se encuentra sano, salvo y lleno de vitalidad. Se ha convertido en uno de los más activos protagonistas urbanos…Más allá de los recuerdos y añoranzas, sigue demostrando tener una utilidad práctica invaluable…

  “[Sin embargo, en referencia al monumento del “ángel”], no se trata de perder en el intercambio con el mundo moderno. Se trata de buscar la mejor manera de preservar historia y cultura, incorporándose a él, sin perder. Se trata de ganar…no se debe olvidar que el pueblo y la historia sancionan las contradicciones. Porque sencillamente van contra la naturaleza del desarrollo social. Contra la historia del inconsciente colectivo de los ciudadanos.”[39] La política, pues, no necesariamente es obediente a la historia. En la actualidad, por ejemplo, se anuncia en espectaculares la “marca” “Nayarit colonial” con el perfil de la fábrica de Bellavista y la fotografía de la basílica de Jala. Ni una ni la otra son de la época “colonial.” Pero éste no es ya tema de la presente “conversación sin pretensiones.”

  Dejo aquí, pues, el hilo de la plática con el sabor de haber contribuido a apreciar un poco del pasado que, en su distancia y en sus diferencias, interpela nuestro presente y, desde luego, el futuro en construcción. La lejanía nos deja vislumbrar la Providencia divina y sus largos plazos; la cercanía nos compromete a tomar decisiones con conocimiento, visión y audacia.

 Jala, Nayarit, 23 de mayo de 2012.


[1] En su Estudio histórico del estado de Nayarit, tomo I: De la conquista a la independencia, Tepic (2)1967, pp. 309-325, narró los acontecimientos relacionados con el movimiento de Mercado y el título de ciudad otorgado a Tepic.

[2] Marcial Gutiérrez Camarena, San Blas y las Californias. Estudio histórico del puerto, Jus, México 1956, p. 153.

[3] Guadalajara 1910. Cita en: San Blas, p. 154.

[4] Manifiesto de Mercado a los pobladores de Tepic. Cita en: Id., pp. 153s.

[5] Cita en Id., p. 154.

[6] Id., ib. Una narración pormenorizada y muy amplia acerca de los acontecimientos relativos a la independencia vistos desde Tepic la hizo ya en 1826, el párroco José María Vázquez Borrego. Está publicada en: Jean Meyer, De cantón de Tepic a estado de Nayarit. 1810-1940. Colección de documentos para la historia de Nayarit, tomo V, Universidad Autónoma de Nayarit, Tepic (2) 2008, pp. 86-93.

[7] Editorial Campeador, México 1955.

[8] Historia eclesiástica indiana, Libro III, capítulo XII. Cita en: Alfonso Trueba, Doce antorchas, p. 22. Una selección de textos de la Historia se encuentra en: Jerónimo de Mendieta, Vidas franciscanas, prólogo y selección de Juan B. Iguíniz, UNAM, México 1945.

[9] Una interesante investigación sobre la expansión de los franciscanos hacia el Noreste: Benito López-Velarde López, Expansión geográfica franciscana en el hoy norte central y oriental de México, Progreso, México 1964.

[10] Thomas Calvo, Los albores de un nuevo mundo. Siglos XVI y XVII. Colección de documentos para la historia de Nayarit, tomo I,  p.125.

[11] Crónica miscelánea de la santa provincia de Xalisco, cap. X.

[12] Sigo los fragmentos publicados por Thomas Calvo. Los albores, pp. 213-249. La edición más reciente del libro II la Historia es la del Instituto Jaliscience de Antropología e Historia (Guadalajara 1968). Algunos capítulos pueden consultarse en la página electrónica: memoriapoliticademexico.org. Una edición clásica del libro de Tello es la de Guadalajara 1891. Puede consultarse electrónicamente el ejemplar de la biblioteca de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Un estudio basado en documentación prácticamente inédita sobre Xalisco (entre ellos varios en náhuatl de 1590 de gran interés): Thomas Calvo y otros, Xalisco, la voz de un pueblo en el siglo XVI, CIESAS/ CEMCA, 1993. Véase también: Pedro López González, Reseña histórica de la ciudad de Xalisco, Xalisco 1976.

[13] Calvo, p. 215.

[14] Id., p. 216.

[15] Id., 215s.

[16] El Padre Tembleque, Jus, México (3) 2005, pp. 111s. Sobre Fray Francisco de Tembleque pueden verse sus rasgos biográficos esenciales en Mendieta: (ed. UNAM 1945, pp. 183-186).

[17] Calvo, p. 220.

[18] Tomo I, El Colegio de México, México 1984, p. 73.

[19] Cita en: Estudio histórico, p. 73.

[20] Id., p. 72.

[21] Id., p. 74. Nota 1.

[22] Calvo, p. 222.

[23] Id., p. 223. (Texto de Thomas Calvo).

[24] Id., ib. (Texto de Tello).

[25] Id., p. 227.

[26] Crónica de la Santa Provincia de Xalisco, (edición moderna), Guadalajara 1985. Cita de las páginas 150.153: Calvo, pp. 239-242.

[27] Id., p. 242.

[28] Id., pp. 240s.

[29] Id., p. 241.

[30] Id., p. 240.

[31] Estudio histórico del estado de Nayarit, p. 275.

[32] Texto completo del decreto: Estudio histórico, pp. 275-279.

[33] Id., pp. 276s.

[34] San Blas, p. 187.

[35] Año X, 16 de noviembre de 1845, pp. 362 ss. (Obtuve una copia de esta revista gracias a la gentileza de los Arquitectos María de Lourdes Vázquez Magaña y Raymundo Ramos.)

[36] México 1976.

[37] Francisco Xavier Clavijero, Historia de la Antigua o Baja California, Porrúa, México 1970. Fray Francisco Palou, Relación histórica de la vida y apostólicas tareas del venerable padre Fray Junípero Serra, México 1970. (Publicados ambos en un mismo volumen).

[38] Boletín eclesiástico de la Iglesia diocesana de Tepic, (1975), p. 99. (El artículo completo: pp. 99-108).

[39] El ángel de la independencia de Tepic. Breve historia de una larga condena, Universidad Autónoma de Nayarit, Tepic 2002, pp. 74 y 85.