Historiador
Don Juan de Palafox y Mendoza:
Hombre de múltiples facetas
Reflexiones de un Historiador de la Iglesia
Participación en las Jornadas cívicoculturales Juan de Palafox y Mendoza.
Su presencia en la Nueva España.
Gobierno del Distrito Federal/UNAM, Paraninfo de la Autonomía Universitaria.
Ciudad de México, 22 de junio de 2011
La frase que hace de faro y guía a estas palabras --“hombre de múltiples facetas”-- la he tomado prestada a Don José Rojas Garcidueñas, quien la acuñó, con buena estrella, en el Prólogo a una conjunción de textos palafoxianos que editó la UNAM en 1946 bajo el título de Ideas políticas.
Y en la revisión literaria e historiográfica de la extensísima obra conocida de y sobre Palafox, podemos sin duda descubrir esas “múltiples facetas” que ha llevado en el acercamiento a su vida y a su obra, a un parcelamiento en especializaciones que pueden parecer contradictorias y que podemos enumerarlas por lo menos de esta manera: hombre de letras, hombre de amplia visión política, hombre de poder y asceta y quizá místico. El uso y casi abuso del término poder como instrumento hermenéutico para explicar la actuación de las personas con autoridad, pervaden mucho de lo que sobre él se ha dicho y escrito y han introducido una cierta deformación que no ha permitido vislumbrar su personalidad lineal de “hombre de Iglesia”.
La figura prototípica del “hombre de Iglesia” que conoció y encarnó Don Juan de Palafox es la del obispo, que el Concilio de Trento (1548-1563) recuperó de las fuentes primigenias, en sus perfiles más apegados a la tradición patrística y altomedieval, limada de las asperezas que la Baja Edad Media había introducido en una figura cuyos símbolos tenían que ser los del pastor y el vigilante (epískopos). Trento –avocado a una Reforma in capite et in membris, es decir, en la cabeza, comenzando por el papado y en los miembros del cuerpo eclesial—delineó a los obispos desligados de los señoríos feudales y por consiguiente, obligados a tener una sola jurisdicción eclesiástica territorial y no a la acumulación de “beneficios”, llamados a conocer a las personas encomendadas a su cuidado y a los entornos sociales y morales de ellas. Por ello, el obispo no sería elegido de acuerdo a su pertenencia a determinadas familias señoriales sino de cualquier origen y condición, pero de tal manera que tuviese un acervo intelectual sólido y sobre todo la capacidad de discernimiento de espíritus (o sea, de descubrir las huellas del mal y del bien en concreto) que los condujera a la guía adecuada de su grey. Antes, sin embargo, sería condición indispensable que guiaran su propia conducta en ascendente apego a la virtud, cuya raíz etimológica expresa rigor y esfuerzo varoniles. En este punto, al darle peso al esfuerzo humano, contraponía su modelo a la del varón protestante, volcado totalmente a la acción de la gracia divina con independencia de la calidad humana.
De ahí que el Concilio prescribiese la visita pastoral, el contacto directo con los fieles y el ejercicio espiritual como parte de la vida cotidiana: la oración vocal, la mental, el retiro ascético, la predicación a partir de la asimilación de los textos bíblicos y el acercamiento crítico a las formas de piedad popular presentes en campos y ciudades.
Esos perfiles diferenciados, a la hora de unirse en una persona, producían una síntesis casi de admiración, como la que en una línea, en referencia precisamente a Don Juan todavía vivo hizo Baltasar Gracián en ese libro que es una especie de lámpara para pasar de ser un elemento movido por el viento a una verdadera persona, El discreto de 1646: “…gran espejo de prelados, tan cultamente santo y erudito.”
La referencia al modelo episcopal tridentino la hizo el propio Palafox cuando en 1653, ya en Osma, a solicitud de Don Antonio de León Pinelo, más conocido por su “Recopilación de las Leyes de Indias” le pidió que prologara la “Vida del Ilustrísimo y Reverendísimo Don Toribio Alonso de Mogrovejo, Arzobispo de Lima”: “[…] Y confieso a Vuestra Eminencia que el leerla ha sido para mí el sumo consuelo; y espero en Dios, que ha de serme de grande aprovechamiento. Porque las heroicas obras y virtudes de este excelente varón y venerable prelado, pueden causar grande luz y enseñanza en la Iglesia de Dios…dictó la divina bondad que levantase por el mismo tiempo [el de San Carlos Borromeo en Milán y Santo Tomás de Villanueva en Valencia] el espíritu y excelente virtud de este Venerable prelado, arzobispo de Lima, en las Indias Occidentales; así para que los obispos que somos y han sido en aquellas provincias tuviesen más cerca aquel ilustre ejemplar qué seguir e imitar, como porque la diferencia que hay de los climas, ritos y costumbres en aquel Nuevo Mundo, necesitaba de particular e individual modelo, para su enseñanza.”
En el párrafo anterior queda clara la ejemplaridad, es decir, la condición de espejo para mirarse, de modelo a llenar, del prelado limeño para los americanos: “grande luz y enseñanza”.
Y esa búsqueda del espejo y el modelo, guió su tarea de escritor en buena parte. Y, como cabal hombre de letras vio sin nublados la importancia del legado escrito: “[…] Lo escrito dura mucho y enseña siempre y en todas partes.”
Sus textos – pensamos por lo menos en el Manual de estados y profesiones y en el De la naturaleza del indio—han sido clasificados como tradicionalistas y contrarreformistas y algo hay de razón en ello, aunque no completa. Pues al ampliar el marco conceptual damos con el tronco fecundo de intelectuales de la Reforma católica, que no solamente estuvieron atentos al riesgo de cisma en la Iglesia desde finales del siglo XV, sino que trataron de fijar pilares para el sostén del viejo edificio. Pienso, por ejemplo, en Erasmo de Rotterdam, solitario en la cumbre, pero también, un poco antes en el tiempo en los sustentantes de la devotio moderna, a cuya cabeza está el legendario Tomás de Kempis y su Imitatio Christi, enemigos declarados del exceso en reliquias, devociones frailunas, peregrinaciones y transhumancias (en su latín decadente dejó escrito: qui multo peregrinantur rare sanctificantur, “quien mucho peregrina raramente se santifica”). Mas la forja de un pensamiento político de estilo católico se debió sobre todo a Juan Fisher, canciller de Cambridge y obispo de Rochester, a Tomás Moro, escolar de Oxford, parlamentario y canciller de Inglaterra y a Roberto Belarmino, jesuita, arzobispo de Capua y Cardenal romano.
Moro dio cuerpo a su “Utopía”, enfrentándola, con sus dosis discretas de presencia providente y de libertad responsable al estilo de San Agustín, al pragmatismo secularizante de los fascinantes florentinos, sobre todo de Nicolás Maquiavelo y su “Príncipe.” Nada más ajeno en el obispo de Puebla que la manera de pensar “maquiavélica” en la cual la política frente es autónoma frente a la ética, la ley natural y los preceptos de la revelación bíblica, juzgados universales. Para Palafox, por consiguiente, no es la astucia, el cálculo, el fin “que justifica los medios”, el poder por el poder, la línea central de la vida del príncipe, sino el arraigo de las virtudes cardinales (palabra que proviene de cardo, eje): “[…] De prudencia, de justicia, de fortaleza y templanza ha de andar el príncipe coronado y adornado, aplicando todas y cada una dellas a sus reales decretos. La prudencia da acierto y autoridad al gobierno. La justicia da paz y sosiego a los vasallos. La fortaleza da freno a los enemigos, amparo y consuelo a los amigos. La templanza lo modera todo de manera que no se turbe ni roce la ejecución al obrar con el defecto o exceso.”
Entre los autores que por propia declaración admiró Palafox, se encuentran Moro y Belarmino. Ello nos lleva a matizar la muy repetida clasificación de nuestro obispo como una especie de “ministro real” en la aplicación de reformas eclesiásticas, pues la doctrina de los autores citados, claramente manifestada frente a la pretensión de Enrique VIII de considerarse no sólo jefe del Estado sino también de la Iglesia, cerrando toda posibilidad de apelación a una instancia más allá del arbitrio del rey, subrayó sobre todo la libertad de la Iglesia y, por consiguiente, la libertad de la conciencia personal para no ser sujetada por una autoridad externa al acatamiento religioso. El “Acta de supremacía” de Enrique VIII, que llevó a Fisher y a Moro a la muerte por la negación del juramento religioso y la firma de adhesión a ella, está en la base, por una parte, del galicanismo o regalismo, doctrina guía de los Borbones, según la cual el rey ha “concedido” a la Iglesia cierta jurisdicción en lo secular y se enfrenta a la que sostiene la libertad de la Iglesia sobre todo en el campo de la conciencia moral, enla interioridad de los seres humanos. En el siglo XIX mexicano, Clemente de Jesús Munguía, obispo de Michoacán, sostuvo dentro de esos términos su lúcida polémica con los liberales de alrededor de 1857. El pensamiento de Belarmino estuvo presente o al menos latente también en el modo de entender el lugar de la Iglesia en las naciones independientes hispanoamericanas: en las bibliotecas de los próceres, concretamente en la de Don Miguel Hidalgo-- estaban los textos belarminianos y muy especialmente el De libertate Ecclesiae contra Henrico VIII, tratado, más que de apologética externa, de discernimiento sobre la libertad de conciencia. El tan manejado asunto de la “potestad divina” de los reyes y su relación con “la soberanía popular” queda claramente acotado con esta disección del caso del monarca inglés.
Los “pleitos” sostenidos por el obispo de la Puebla de los Ángeles, en los que buscó la clarificación de la potestad episcopal frente a exenciones o privilegios anacrónicos de institutos religiosos, tienen como fondo la posibilidad de fundar de veras una ciudad (civitas, es decir, ciudad de personas, civilización) episcopal y un espacio que la rodeara bajo ese mismo signo, donde pudiera vivirse la estructura ideal, que comenzaba en el interior de cada miembro de ella y tendría que expresarse en una urbe, la ciudad material, las habitaciones, las casas, las calles y los edificios, humana, a la medida del cristiano, lejano a las huellas del mal y promotor del bien que es también belleza y verdad. De este modo, el proyecto en parte realizado sobre todo en territorio novohispano apela a la “Civitas Dei” agustiniana que pone en alto el dinamismo simbólico de Pentecostés, es decir, a la unión de las lenguas y de las voluntades en el amor frente a Babel, el ámbito de la confusión de las lenguas y del egoísmo reconcentrado de fatales consecuencias. Apela también a la “Utopía” de Tomás Moro y no puede dejar de hacerlo a la acción de Don Vasco de Quiroga en Michoacán, previa desde luego al Concilio de Trento pero contemporánea al movimiento de reforma católica. No es posible olvidar para esta relación que Don Vasco había sido también obispo sin relación con orden religiosa alguna y “hombre de tres mundos”: oidor en Orán, en el norte de África, juez en México y finalmente obispo reformista en el sentido de búsqueda de las raíces limpias de las comunidades cristianas primitivas. Ambos –Quiroga y Palafox— de trayectoria personal parecida, tuvieron una imagen quizá excesivamente positiva de los indios mexicanos y la convicción de que era la reforma moral la que podría hacer elevarse al Nuevo Mundo por encima del orbe conocido.
Palafox, es innegable, concentró, sobre todo en sus años en Puebla y la ciudad de México un poder enorme, aunque no insólito para los tiempos de reforma: el Cardenal Jiménez de Cisneros lo había tenido aún mayor en el siglo anterior y lo ejercitó con resultados extraordinarios en campos eclesiásticos, académicos y civiles. No es el poder en sí mismo, sino el manejo ético de la gran cantidad de perfiles de riesgo que acarrea, el que realmente cuenta. Al llegar a la Nueva España en 1640 en condición de juez de residencia y visitador para pulsar el cumplimiento de las Leyes de Indias, dijo: “[…] fue hacerme cirujano de enfermedades y llagas muy sensibles de gente poderosa que se defendía de la curación.” Y estableciendo la diferencia entre los territorios europeos, bastante conocidos y delimitados, dijo también frente a los prófugos de tantos crímenes sueltos en el vasto continente, cuyo remedio no se veía alcanzable: “[…] Porque en obispados tan dilatados y en provincias de tantos ociosos y advenedizos, como las de las Indias, no hay engaño que no se intente.”
El embajador español ante la Santa Sede, Don Carlos Abella y Ramayo comentó en febrero de 2010: “[…] Tanto poder había de traerle mucha desgracia.” Y fue así.
Era Don Juan consciente de las dificultades anejas a su encomienda y oficio, pero más aún del impulso apostólico que su conciencia recibía de desgastarse al servicio de la implantación de esta ciudad nueva, la de Dios.
Don Juan se dirigió en 1644 al Consejo de Indias con una tajante reflexión: “[…] Forzoso es que todos se sientan de mí y yo mismo sienta el ser instrumento de penas ajenas y propias. Yo bien me atrevería a remediar todo esto, si no temiera a la cuenta final; porque con comer, pasear y holgarme, juntar dinero, alabarlo y bendecirlo todo…irían al Consejo relaciones sobre el obispo de la Puebla que ‘es un ángel’. Pero nunca tendré por buena humildad el dejar de defender lo justo, y si desta manera no contento, despídame su Majestad de su servicio, que nunca sabré servirle de otro.”
Vio con lucidez los retos y limitantes del oficio de virrey, de la fragilidad de esa representación, sin explicitar, pero seguramente teniendo en la mente las diferencias con el oficio episcopal y el parroquial, en comparación con la movilidad del político y del miembro de una orden religiosa, sobre todo en el caso de las poblaciones de indios: “[…] Porque los virreyes, por muy despiertos que sean en el cuidado de su ocupación, no pueden llegar a comprender lo que padecen los indios; pues en la superioridad de su puesto, llenos de felicidad, sin poder acercarse a los heridos y afligidos que penan, derramados y acosados por todas aquellas provincias, tarde y muy templadas llegan a sus oídos las quejas. Y como se halla acompañada aquella gran dignidad frecuentemente de los instrumentos y sujetos que se las causan, y de los que disfrutan sus utilidades a los indios, no sólo impiden el oír los gemidos y ver las lágrimas de los oprimidos y miserables, sino que los ponen en concepto de culpados, siendo verdaderamente inocentes y sobre consumirlos con penas, se hallan también mal acreditados de culpas.”
Por estas consideraciones, sin duda, fue mínimo y fugaz su paso por el cargo de virrey, así como el de administrador del arzobispado de México, pues nunca fue plenamente arzobispo. Fue su “gozo y corona” –para usar un término de San Pablo—el obispado angelopolitano. Ahí administró con intachable rectitud las abundantes rentas y las orientó no a lo suntuario sino a lo formativo: templos dignos pues digna es la gente que los habita; biblioteca digna, pues el saber dignifica y da una posición diferente frente a las vicisitudes del tiempo. Pero, sobre todo, las instituciones para la formación de los jóvenes y en especial de los aspirantes al sacerdocio diocesano, “niña de los ojos” de los obispos discípulos fieles de Trento: fueron los colegios de San Pedro, para indios y los de San Pablo y San Juan, que constituyeron el Seminario Tridentino Palafoxiano. Como dice la sabiduría antigua, quien administra los bienes rectamente y no en propio beneficio, teniéndolos a la mano, es hombre virtuoso comparable al más rígido asceta.
La vida interior del obispo poblano tuvo un punto de referencia singular, envuelto en la luminosa sombra de la relación entre el cielo y la tierra por intermedio de los ángeles: el santuario de San Miguel del Milagro. Ahí, de acuerdo a la narración tradicional, un indio llamado Diego Lázaro en 1631 vio surgir de lo alto un intenso rayo de luz, preludio de un rayo fulminante que separó las rocas de un cerrillo e hizo brotar una fuente de agua limpia e inagotable que daría salud al cuerpo y al alma. El milagro fue hecho por el arcángel San Miguel que tocó la tierra con su argentino cayado. La luz intensa de ese lugar lo acompañó en sus noches de decisión, en el despeje de sus dudas, en la solicitud constante de la fortaleza que requería para llevar adelante las encomiendas recibidas. El ocupante de cátedras académicas y episcopales se encontraba mejor que en ninguna parte en ese rincón solariego donde, a la manera de la escala de Jacob en Horeb, la tierra se comunicaba con el cielo. Si algo le pesó a la hora de salir hacia el destierro de Osma fue no poder volver a ese santuario trasformador de corazones y de vidas en el que la iluminación y el consuelo convivieron con el prelado a la hora de las tribulaciones.
Y si tribulaciones hubo, éstas no sólo se concentraron en su traslado a España, sino que allá, en el Burgo de Osma, continuaron. Su rectitud a toda prueba y su mirada en Trento y en los “grandes Austrias” como prototipo de monarcas (Carlos I, Felipe II) lo enfrentaron con el alborear del despotismo que algunos todavía adjetivan como “ilustrado”, el que ya asomaba en las cortes venales y acomodaticias que rodeaban a los que la historiografía española reciente nombra como “pequeños Austrias”. Como guardián fiel de la potestad del Papa y de los obispos sobre la grey católica y sobre el clero, se opuso, mediante la negación a obedecer a los ministros reales y un memorial escrito a Felipe IV que hizo público, a la excedencia en el tiempo, inautorizada por el pontífice romano, del cobro de algunos tributos al estado eclesiástico. La reacción del rey fue concorde con su mediocridad. Comentó Rojas Garcidueñas: “[…] La contestación real fue una verdadera reprensión…en términos que bien vale la pena recordar, por la violencia con la que un rey tan débil y descuidado…reaccionaba cuando sentía levantarse una voz, así fuera la de un obispo tan ilustre y que tanto había servido en muchos cargos al propio monarca.”[1] Lejos de reconocer la integridad del obispo de Osma y su apego a los cánones y concordatos, le recriminó su “poca atención a las necesidades” y su reiterada intención de “conmover los ánimos”. Dejó escrito Felipe: “[…] En un papel o manifiesto que habéis impreso, habéis faltado a las obligaciones de ministro y de prelado…Acordaos que cuando vinisteis a España hallasteis quieto el estado eclesiástico y de lo que por vuestro proceder se inquietó en las Indias. Moderad lo ardiente de vuestro celo, que de no hacerlo, se pondrá el remedio conveniente.”
No fue su celo por “conmover los ánimos”, sino su conciencia fiel al papel del obispo, tal como el Concilio Universal de Trento lo había trazado, la que actuó y actuaría una y otra vez en la misma línea ante el regalismo incipiente de la corte madrileña de entonces.
Por ello, podemos afirmar, con el título de la mejor biografía de Palafox, la realizada en más de sesenta años de trabajo sobre documentos originales y manuscritos inéditos por Sor Cristina de la Cruz de Ariza, de la casa del Duque del Infantado y Marqués de Ariza (este último el tronco ancestral de Don Juan), Una mitra sobre dos mundos, que esa bipolaridad de su episcopado en el espacio --ambos lados del Atlántico-- es también en el tiempo, pues su mitra echó raíces en la época del auge de la puesta en práctica de la reforma católica tridentina, pero sus brotes últimos y delicados tocaron el alba nublada del regalismo que pretendió la supremacía de la burocracia cortesana y administrativa sobre la Iglesia libre, la de la conciencia y el pastoreo de la grey que no era propia sino de quien la rescató con su sangre.
La visita que realizó el obispo Palafox y que, de haber tenido resultados positivos hubiera paliado la crisis general de la monarquía española que se percibía por todas partes, dado su fracaso, tuvo como consecuencia, ni siquiera vislumbrada, el distanciamiento cada vez más claro entre los habitantes de la Nueva España y los de la península. La “patria criolla” surgió, invencible, ante la negación de muchos “principales” y la burocracia de reformarse.
Cuando la muerte del doble mitrado era hecho reciente, quienes tomaron la pluma para referir su vida insistieron en sus tiempos de oración, sus ejercicios ascéticos, su frugalidad en la mesa y en el vestido, sus penitencias corporales, como la de “dormir en el suelo” y por eso se le calificó a un tiempo como “cultamente santo y erudito.” Hoy, cuando la sensibilidad es poco o nada afecta a relevar estos datos, del haz completo de su existencia –el político, el obispo tridentino, el reformador, el escritor y el asceta con fama de santidad-- no pueden desprenderse sin mutilar la integridad de su persona y huella, los elementos incómodos para la sensibilidad contemporánea, pues integran, a la par con los demás, el desarrollo de una existencia singular dentro de un contexto cultural y religioso preciso aunque en mutación. Estas consideraciones, no lo dudo, han llevado a cerrar su proceso de beatificación, después de haber estado mucho tiempo en silencio y a que en el Burgo de Osma el día 5 del presente junio haya sido beatificado. En el decreto del Papa Benedicto XVI correspondiente, firmado en Roma el 26 de mayo se concretó así su perfil: “[…] que Juan de Palafox y Mendoza, obispo, heraldo infatigable del Evangelio, pastor servicial del rebaño encomendado, valiente defensor de la Iglesia, sea llamado de ahora en adelante con el nombre de beato y que su fiesta pueda celebrarse el 6 de octubre.”
¡Salve, pues, espejo de prelados, luz de grandes y pequeños, modelo de conciencia libre frente al uso y abuso del poder sin límites, Beato Juan de Palafox y Mendoza!
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