1846-1848: CRISIS DE ADOLESCENCIA DE LA NACIÓN MEXICANA.

 -Conversación para hacer pensar-

Texto leído dentro del ciclo “Visiones de Tepic en el contexto de la invasión norteamericana” en la Casa Museo Juan Escutia

Tepic, 10 de septiembre de 2012.

  1.- Una guerra, un tratado y una memoria triste.

     El 27 de agosto de 1849 Don Lucas Alamán firmó el Prólogo de su célebre Historia de Méjico desde los primeros movimientos que prepararon su independencia en el año de 1808 hasta la época presente.[1] El autor había sido testigo de los últimos años del virreinato y sus incertidumbres; con pasmo y preocupación lo había sido de los excesos que las huestes de Hidalgo cometieron en la ciudad de Guanajuato y de la triunfal entrada del Ejército Trigarante a la ciudad de México en 1821. Después de la independencia estuvo a cargo de varios ministerios, proyectó una inteligente reforma económica y como Ministro de Relaciones Exteriores representó a la República Mexicana en el Congreso de Panamá convocado por Simón Bolívar en 1824.

  En 1849 al terminar su célebre y amplio estudio, sin embargo, intuía, tras la humillación resultante de la pérdida de la guerra con Estados Unidos y la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo “de amistad, cooperación y límites”, que la nación que apenas se formaba podría diluirse en una masa informe de gentes que abandonaban su sitio en el mundo a cambio prácticamente de nada. Los mexicanos podían quedar sin identidad, lo que querría decir sin conciencia de sus raíces y sin ánimos para el porvenir en el determinante trance de su adolescencia como nueva colectividad. Desde 1844, pues, tomó la pluma –“[en] los ratos de descanso que me dejaban mis multiplicadas ocupaciones”,[2]-- para recuperar en bien sobre todo de la juventud mexicana, la memoria de los vaivenes de los cuarenta años que habían corrido con singular intensidad a partir de 1808 y trazar derroteros a partir de la sabiduría que de esa memoria se obtuviera. Escribió: “Como la utilidad de la historia consiste no precisamente en el conocimiento de los hechos sino en penetrar el influjo que estos han tenido unos sobre los otros; en ligarlos de tal manera que en los primeros se eche de ver la causa productora de los últimos y en éstos la consecuencia precisa de aquéllos con el fin de guiarse en lo sucesivo por la experiencia de lo pasado…si mi trabajo diese por resultado hacer que la generación venidera sea más cauta que la presente, podré lisonjearme de haber producido el mayor bien que puede resultar del estudio de la historia. Pero si los males hubieren de ir tan adelante que la actual nación mejicana, víctima de la ambición extranjera y del desorden interior desaparezca para dar lugar a otros pueblos, a otros usos y costumbres que hagan olvidar hasta la lengua castellana en estos países, mi obra todavía podrá ser útil para que otras naciones americanas, si es que alguna sabe aprovechar las lecciones que la experiencia ajena presenta, vean por qué medios se desvanecen las más lisonjeras esperanzas y cómo los errores de los hombres pueden hacer inútiles los más bellos presentes de la naturaleza.”[3]

  Los “errores de los hombres” a los que hace referencia Alamán venían desde luego desde atrás. A mediados del siglo XVIII se produjeron hechos programados de acuerdo a la corriente absolutista de las monarquías borbónicas que tuvieron efectos en la tradicional adhesión de los mexicanos o novohispanos al rey español como vínculo de unión. La expulsión de los jesuitas, el ascenso de funcionarios profesionales pero ajenos a la tierra y la venalidad en la adquisición de oficios, causaron en el pueblo de todos los niveles “agravios”, es decir, sufrimientos inútiles y resentimientos que prepararon el ambiente para la emancipación. Al mismo tiempo, la magnitud de las reformas económicas y administrativas pretendidas y la buena percepción de que el futuro de las comunicaciones y de la defensa territorial se encontraba ya no en el Atlántico sino en el Pacífico se encontraron con inercias añejas de movilidad de un pueblo que había dejado de ser conquistador (pues conquistadores fueron también los tlaxcaltecas, por ejemplo), con los efectos concretos de los “agravios” y con las dificultades de número en materia de poblamiento. Las admirables expediciones marítimas salidas de San Blas hacia las costas de Alaska y el Norte de Canadá no fueron compensadas por asentamientos estables que sirvieran para colonizar esas tierras y darles vigor económico. El “destino manifiesto” de un pueblo con afán de expansión (Estados Unidos se había independizado en 1776) amenazaba tarde o temprano los territorios al oeste y al sur de las antiguas trece colonias inglesas y estos territorios era más teórica que prácticamente españoles y después mexicanos. Subrayo el adverbio teóricamente, pues los núcleos de población eran pequeños y el territorio inexplorado, no todo él inhóspito, inmenso.

  México nació a la independencia como un infante indefenso: nostálgico de un rey que fuera como su protección paterna (de ahí, por ejemplo, el grito del Indio Mariano, “a la voz del Rey”), huérfano también de sus obispos que optaron, contrariamente a muchos de América del Sur más por su fidelidad jurada al rey español que por la atención de su grey mexicana y en doble desamparo: ante las ambiciones del país que en el norte se hacía gigante (ya Don Luis de Onís, negociador de fronteras con España a raíz de la compra a los franceses de Luisiana había notado en 1812 que los estadounidenses querían el límite en el Río Bravo) y ante las confusiones de gavillas políticas y círculos de reunión masónicos que pensaban que dando al traste con las identidades de nación católica y de hermandad hispanoamericana (el sueño posible de Bolívar) el “progreso y la civilización” reinarían dando prosperidad y riqueza a un pueblo nuevo que de la mano de esas dos madrinas olvidaría la oscuridad “medieval” del virreinato al que, mejor, habría que llamarlo colonia como si se hubiese tratado de posesiones no injertadas al sistema jurídico y de vida de una amplia y generosa hispanidad. La repetición acrítica del adjetivo colonial a los trescientos años posteriores a la ocupación española ha desviado no sólo la interpretación científica de esa larga etapa, sino la afectividad negativa a una “conquista” cruenta que nada tiene qué ver, por ejemplo, con Iturrigaray, Calleja y la constitución de Cádiz.

    2.- Culpas y culpables; personajes de historias inmaduras.

    Compleja era la situación de México a la hora en que se dio la guerra con Estados Unidos y complejo, por consiguiente, nuestro acercamiento a ella. Todavía, sin embargo, está vigente la corriente que quiere explicarla de modo simplista ahorrándose el trabajo de desdoblar con cuidado los pliegues de su historia.

  Se oye hablar de “culpas” y de señalar “culpables” y, desde luego, villanos. El favorito, casi sin rival, es Antonio López de Santa Anna. Sin tomarse el trabajo de conocer sus rarezas de personalidad (su propensión a deprimirse y a sentirse eufórico alternativamente), su gusto por el alcohol que deformaba su visión, sus chispazos de genialidad, la baja calidad de un ejército indisciplinado donde todos querían ser generales y formar su propio gobierno, las veleidades de un federalismo mal entendido y peor llevado (por ejemplo el gobernador de Oaxaca Benito Juárez decidió no ayudar a la defensa en la guerra de 1847) y mucho más, se le califica de traficante de territorio, traidor y culpable en solitario. Don Moisés González Navarro, en su excelente estudio Anatomía del poder en México,[4] al analizar la etapa de 1843 a 1854 dice lapidariamente: “el error ha sido tratar de explicar a México por Santa Anna y no a Santa Anna por México”, es decir: “un mediocre navega en un lago de mediocridad,” o expresado de otra manera: “en el país de los ciegos el tuerto es rey.”

  Si con todos los riesgos que supone, intentamos un acercamiento psicológico a la nación mexicana en su paso por el siglo XIX y quizá el XX, salta a la vista que así como la búsqueda de paternidad dio vida a la nostalgia por el monarca español y sólo encontró un nuevo padre en Porfirio Díaz, la decapitación civil e histórica de Santa Anna puede ser equivalente a los efectos de un complejo de Edipo colectivo. Yo no soy Vasconcelos ni Samuel Ramos u Octavio Paz para intentar profundizar en este punto, pero el “Ulises criollo”,[5] el “Perfil del hombre y la cultura en México”[6] y “El laberinto de la soledad”[7] aportan la base para una reflexión filosófica y humanística que debería completarse con los elementos de nuestro siglo XXI tan paradójico.[8]

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  Desde hace algunas décadas entre los historiadores profesionales ha estado presente la idea de sumergirse en la complejidad de esa peculiar época y con cuidado desdoblar los dobleces de la tela. Separar, casi con instrumental quirúrgico, los calificativos de villanía y de heroicidad aplicada a personajes de esa época y aceptar con madurez el peso de la realidad invitando sin palabras o con ellas a la reconciliación que más que afuera está adentro de muchos mexicanos (no así de estadounidenses) y que conduciría a superar un trauma.

  Al caso, por ejemplo, de los “niños héroes” es fundamental acercarse observando la humillación del Ejército mexicano al finalizar la guerra con Estados Unidos y la necesidad sentida de levantar la moral de sus miembros junto con la del pueblo, pues ellos no son generales ni oficiales de alta graduación sino “jóvenes cadetes”. Esta heroicidad, pues, hay que ponerla al lado y analizarla con la de algunos héroes populares que forman el núcleo de narraciones históricas en España e Hispanoamérica como “el cerillero de Valencia” o el “carbonero alcalde” de la lucha de independencia contra Napoleón y del “Pípila” y el “niño artillero” de la guerra de independencia mexicana, estos últimos destacados y nimbados por la pluma de Carlos María de Bustamante, el creador del panteón heroico de la época de la independencia.[9]

  En el trasfondo y como líneas de identidad con trazos de futuro, se encuentra el tema de la “derrota con honor”, cuyas raíces están en los historiadores griegos y romanos de la época clásica. Así, por ejemplo, la Alcibíada o “retirada de los diez mil” de Jenofonte, doloroso regreso de los mercenarios espartanos a su patria; la reflexión de carácter sapiencial que se descubre aquí y allá en La guerra del Peloponeso de Tucídides e incluso en lugares de la Guerra de las Galias de Julio César y en las Guerras ibéricas y la fisonomía de Aníbal de Alpiano. Olvidar que quienes cultivaron el género histórico en México durante el siglo XIX –clérigos y laicos-- tenían una formación clásica grecolatina es perder una rica veta para comprender sus trabajos y para reconocer que sus modelos épicos recibieron alimento de esta rica tradición.

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  En el diario “El Informador” de Guadalajara del 22 de abril de 1990 encontré una amplia exposición de la dialéctica honor-deshonor, victoria-derrota a propósito de la publicación del libro de Don Salvador Gutiérrez Contreras sobre Juan Escutia, aparecido ese año:[10] “Todos los mexicanos…al conocer los sucesos nacionales de los años 1846-1847…no pueden evitar la reacción subjetiva, el rencor, la ira impotente de los hechos consumados siglo y medio atrás; sentimientos encontrados tanto por lo que se refiere obviamente a guerra tan injusta y abusiva que padeció México, como por la culpabilidad propia debida a la situación anárquica de nuestro país y la conducta ruin que demostraron tantos ‘responsables’ durante aquel período, seguramente el más trágico y amargo de la historia de nuestra historia…Sin embargo, aquel trozo de nuestro pasado…tuvo su contraparte luminosa, digna y heroica en sentido de plenitud. Si entonces México registró su mayor debilidad causante de su gran pérdida territorial, la humillación de la derrota y la vergüenza histórica por tantos indiferentes, por tantos tibios, por tantos cobardes y ambiciosos ejemplarmente mediocres, tuvo también su aspecto nobilísimo por el que la nación alcanzó uno de sus momentos históricos de máxima grandeza.”[11]

   3.- Más allá de los rencores y los partidismos. La historia como lección constructiva.

  Entre nosotros sigue bastante presente esa problemática de culpabilidades dibujada en el texto anterior, de Don Víctor Hugo Lomelí y sigue polemizándose acerca de la “realidad histórica, documentada,” de la gesta de los “niños héroes” (la misma palabra niños y la línea de Nervo sobre “los renuevos cuyos aliños un viento helado marchita en flor” complican ya el acceso) o sobre la hazaña de Juan Escutia que se despeñó envuelto en el lábaro mexicano, imposible de verificar y, además, esquemáticamente presente en otros casos de la historia hispanoamericana. Más de alguna persona me comentó la ausencia de la mención de esa gesta en la Historia de México que bajo los auspicios de la Academia Mexicana de la Historia se repartió a muy bajo costo en el año 2010; les dije que se trataba de una construcción posterior, pues José María Roa Bárcenas en sus Recuerdos de la invasión norteamericana por un joven de entonces publicados en 1883 menciona los nombres de los alumnos “que perecieron” y que son los seis que conocemos y enseguida a 4 “heridos” y a unos sesenta entre oficiales y cadetes entre ellos el General Monterde, director del Colegio y Miguel Miramón que sería años después General y Presidente de la República, que fueron tomados prisioneros. Anotó: “Incidentalmente he llamado [al Coronel Santiago Felipe] Xicoténcatl el héroe de aquél día y lo fue efectivamente.”[12] Y en una nota a pie de página comenta la conmemoración y los monumentos primeros debidos a la iniciativa de exalumnos del Colegio Militar: “La Asociación del Colegio Militar, formada todavía por muchos aquellos dignos alumnos, conmemora cada año el 8 de septiembre con solemnísima fiesta cívica los combates de Molino del Rey y Chapultepec. Últimamente se ha erigido al pie del cerro, hacia la entrada principal, un hermoso monumento con los nombres de las víctimas del 13 de septiembre de 1847”[13]

  En otra dirección, por ejemplo, a Alejandro Rosas le ha parecido, ignorando olímpicamente tiempos y lugares, que “el mito de Juan Escutia” es creación priísta para la legitimación del partido. No resistí escribir a la revista donde publicó eso para señalarle el anacronismo y llamar la atención acerca de lo que escribió Don Salvador Gutiérrez Contreras que contextualiza al cadete Escutia en su tiempo y lugar.[14]

  La amplificación a partir del “parte” militar del 13 de septiembre de 1847 hacia el modelo para la juventud mexicana ha de interpretarse a partir de un nuevo impulso de identidad mexicana con rasgos similares a los indicados en el prólogo de la Historia de Don Lucas Alamán. Vincularla con el concurso para un “Himno nacional” que llevó al estreno del mismo en 1854, a 25 años de que Santa Anna conquistó el último reducto español en San Juan de Ulúa en 1829 fue un acierto: el Ejército y el pueblo de la mano “al grito de ¡guerra!” y si acaso “osare un extraño enemigo profanar con su planta tu suelo…el Cielo un soldado en cada hijo te dio.”

  En México no ha avanzado mucho la investigación sobre esos años difíciles pero cruciales en buena parte por la postura política que resulta extemporánea y que fija en la memoria oficial la bondad sin asperezas del liberalismo de Ayutla y su puesta en práctica. Se han repintado rasgos biográficos de Santa Anna sin que se supere significativamente la clásica obra de Rafael F. Muñoz Santa Anna. El dictador resplandeciente publicada por vez primera en 1936 y se ha destacado que la resistencia tenaz y bastante efectiva del pueblo mexicano ante el invasor estadounidense hizo más que las acciones militares comandadas por generales peleados entre sí, pero poco más. Falta mucho para una revisión a fondo y serena. Y esta última ha sido obstaculizada sobre todo por un seudohistoriador que ha implementado una especie de terrorismo verbal compuesto de mentiras y verdades a medias: Francisco Martín Moreno. Sobre la intervención de Estados Unidos escribió en 2004 un panfleto titulado  México mutilado. La raza maldita que fue puntualmente refutado por la Doctora Josefina Zoraida Vázquez. Ante su dispersión de confusiones escribió ella destacando el valor pedagógico de la historia bien fincada: “Desasosiega –escribió-- la versión y el mensaje que trasmite…a un público [el mexicano] desconcertado y lleno de incertidumbres…Es algo que le quita el sueño a cualquier educador que sigue confiando y que no se rinde a la moda de hablar mal de México.”[15]

  Desde Estados Unidos se ha avanzado más.

  En primer lugar, revisando archivos oficiales y particulares que han sacado a la luz no únicamente informes de guerra o de negociaciones probables, sino los puntos de vista de “los de abajo”, de la infantería contratada muchas veces de entre los irlandeses católicos recién desembarcados en Estados Unidos a causa de la hambruna en su verde isla de origen. Han sido material de estudio y reinterpretación cartas personales a sus madres, esposas y novias, con el relato vital de la impresión que les causó México y de la percepción de que estaban envueltos en una guerra injusta y ventajosa. El batallón de San Patricio, que se pasó al lado mexicano a causa de la solidaridad católica y fue castigado con inaudita rudeza por el General Scott es el ejemplo más evidente de lo anterior, pero el modo silencioso de juzgar lo que pasaba tendió su red de opinión mucho más allá. Modos culturales diferentes, portadores de modelos de vida distintos, que se enfrentarían en la guerra civil de 1861 a 1865 estaban ya en gestación.[16]

  En 1998 (a 150 años de la firma del tratado de Guadalupe Hidalgo), una serie de programas realizados por la Televisión estatal de Tejas con la asesoría de la Universidad y buen número de materiales de la riquísima “Latin American Collection” mostraron una revisión minuciosa de la opinión común sobre esa guerra, definitivamente injusta. Uno de los que aportaron a esta revisión fue el General Dwigth Eisenhower Jr., historiador hijo de su homónimo, que fue presidente de Estados Unidos. El testimonio más dramático, que deberíamos conocer y valorar para superar la dificultad de hablar del tema o continuar con añejos resentimientos, es el de Nicolás Trist, el negociador estadounidense que estuvo detrás del tratado de Guadalupe Hidalgo, texto que en Washington pareció tibio y poco audaz, lejano al espíritu pionero de Estados Unidos entre 1846 y 1848. Un excelente estudio realizado por Alejandro Sobarzo, Deber y conciencia. Nicolás Trist, el negociador norteamericano en la guerra del 47,[17] citó lo que Trist apuntó poco después de la firma del tratado en la sacristía de la basílica de Guadalupe: “Si aquellos mexicanos hubieran podido ver dentro de mi corazón en ese momento, se hubieran dado cuenta de que la vergüenza que yo sentía como norteamericano era más fuerte que la de ellos como mexicanos. Aunque yo no lo podía decir ahí, era algo de lo que cualquier norteamericano debía avergonzarse. Yo estaba avergonzado de ello, cordial e internamente avergonzado de ello.”[18]

   4.- Sigue la tarea de construir una patria feliz.

    Recuerdo hoy que cuando fui alumno de tercer año de primaria en la escuela “Fernando Montaño” tomé parte, personificando a Juan Escutia, en una escenificación de la gesta de Chapultepec que tuvo lugar el 13 de septiembre de 1955 en el auditorio “Presidente Alemán.” Con cariño mis papás me animaron a actuar y me mandaron hacer el traje de cadete a la medida--ésta sí de niño--al que le cosieron botones dorados de un auténtico uniforme del Ejército, pues en la mercería “El 33” del portal “Bola de Oro” sólo se vendían con un ancla grabada para los trajes “de marinerito” que todavía se usaban de vez en cuando. Tal vez mi papá tenía el secreto deseo de que yo lo siguiera en la carrera militar. No fue así, mas no por ello he dejado de vivir intensamente como mexicano reconociendo una identidad nada rígida y menos aún partidista que llamé y describí en un artículo que me solicitó Enrique Krauze hace dos años: “una complejidad multicolor.”[19]

  Mucho daño hace tomar a la historia como arma ofensiva o defensiva así como simplificar lo que es complejo. La construcción histórica bien realizada es una operación tan compleja como las de las altas matemáticas.

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    Termino dejando abiertas varias puertas y postigos.

    Una oración que se agregó al rezo del rosario mariano más o menos por la época que nos ha ocupado y que mi madre recitaba cotidianamente, pedía a Dios, “de la nación mexicana, unión y feliz gobierno.” La “nación mexicana” era la colectividad hecha comunidad con características identitarias que se enraizaban en el pasado pero que apuntaban al porvenir. La “unión” y el “feliz gobierno” eran ideales motrices que habían acompañado el nacimiento de la nación. Lograr la “felicidad de los ciudadanos” se planteó como objetivo del Estado moderno antes incluso de la revolución francesa y, en el caso mexicano, hacía apunte y memoria al discurso de Agustín de Iturbide el día de su ingreso a la ciudad de México en septiembre de 1821 al frente del Ejército de las Tres Garantías: independencia de todo poder extranjero, unión entre españoles y americanos y religión católica, apostólica y romana: “…ya sabéis la forma de ser libres; ahora os toca aprender a ser felices.”

  Si todavía le encontramos vigencia a esa oración y a esas palabras es señal, sin duda, de que algo o mucho falta para conseguir el ideal y que conviene trazar caminos de reconciliación con nuestra historia. Ello requiere, como en las historias personales, reconocimiento de la realidad, serenidad y valentía en el acceso al pasado, abandono de estereotipos y prejuicios  y quizá también petición de perdón no a la manera de golpes sobre los pechos de los muertos, sino como revisión del proyecto inicial de la nación y proyección del que requiere nuestro porvenir. En otras palabras, empeñarnos sin rencores ni sentimientos culposos en construir una patria generosa y libre.

 Jala, Nayarit, 10 de septiembre de 2012.


 

[1] Edición original: Imprenta de J.M. Lara, México 1849. (Cinco volúmenes). La cita: Vol. I, pp. XIs.

[2] Vol. I, p. I

[3] Pp. XIs.

[4] El Colegio de México-Centro de Estudios Históricos, México (2) 1983.

[5] Edición original: México 1935. Existe una edición conmemorativa en la colección “Nuestros clásicos” n. 100: UNAM, México 2008. Sobre su importancia: Ulises criollo, el libro más importante de prosa que se ha publicado en México en todo el siglo XX, Humanidades y Ciencias Sociales (UNAM), marzo 2008.

[6] Primera edición: México 1951. Edición más reciente: Espasa Calpe Mexicana, México (7) 1977.

[7] Primera edición: Cuadernos Americanos, México 1950. Edición reciente: FCE, México (2. 3ª reimpresión 1973).

[8] Es también muy útil la obra de José Gaos, por ejemplo: Sobre Ortega y Gasset y otros trabajos de historia de las ideas en España y la América española (Obras completas, IX) UNAM, México 1992. (La primera edición es de 1957).

[9] Un estudio colectivo de alto interés sobre “la construcción del héroe”: Manuel Chust/ Víctor Mínguez (eds.), La construcción del héroe en España y México (1789-1847), Universitat de Valencia, Valencia 2003.

[10] La acción heroica de Juan Escutia en la defensa de Chapultepec y la intervención norteamericana de 1847, Gobierno de Nayarit/ Comisión Editorial, Tepic 1990.

[11] Víctor Hugo Lomelí, Agenda de la cultura.

[12] Véase Memorias… (ed. Porrúa, México 1971, tomo III, pp. 103s).

[13] Id., p. 104, nota 24.

 

[15] Verdades y mentiras de México mutilado, Letras Libres, mayo 2005, p.36

[16] Es interesante esta visión reciente que amplía el panorama de la guerra civil en Estados Unidos: Amanda Foreman, A world on fire. Britain’s crucial role in the American Civil War, Random House, New York 2010.

[17] Fondo de Cultura Económica, México 1995.

[18] Deber y conciencia, p. 9.

[19] Una complejidad multicolor. Catolicismo y mestizaje en el Virreinato, en: Enrique Krauze (ed.), El mestizaje mexicano, Fundación Cultural Bancomer, México 2010, pp. 207-231.