CIENTO VEINTE AÑOS DE VIDA

 

  ¿Quién cumple ciento veinte años?

  Una pregunta así, desde luego, resulta ociosa cuando se espera como respuesta la longevidad de una persona. Ya el salmista bíblico, con sabiduría, había dicho: “La vida del hombre son setenta años y el más robusto vive ochenta.” Y con un dejo de pesimismo agregó: “Y la mayor parte son fatiga inútil.”

  Cuando la pregunta se dirige a instituciones, sin embargo, la respuesta tiene más posibilidades de ser positiva. Y en el caso al que en esta página vamos a referirnos, podemos responder a la interrogación formulada en la línea primera: la diócesis de Tepic cumple ciento veinte años en noviembre del presente.

  Abro el “Estudio histórico del estado de Nayarit” escrito por Don Everardo Peña Navarro en su segundo volumen salido a la luz en 1956 en su página 453 y leo: “[…] Como en toda la República, en Tepic ha predominado la religión católica. Desde que con la muerte de Lozada terminó la rebelión que él encabezaba, surgió entre muchos de los vecinos principales del territorio, la idea de que se erigiera el obispado, tanto por razones de orden moral como porque con la carencia de fáciles comunicaciones con Guadalajara, no era posible atender debidamente las parroquias. Las gestiones emprendidas, que fueron apoyadas por el arzobispado de Guadalajara, dieron por resultado que el 23 de junio de 1891, Su Santidad el Papa León XIII expidiera la bula…”Illud in primis…”

  Fue, pues, la paz recobrada y la voluntad de buena atención a los fieles católicos la que favoreció que en torno a un obispo se integrara una Iglesia local nueva en ese entonces. Los habitantes de Tepic habían cumplido con lo que el arzobispo tapatío Don Pedro Loza les había pedido en una visita realizada algunos años antes: que prepararan una catedral. Ni tardos ni perezosos le habían agregado a la parroquia terminada en 1804 unas flamantes torres neogóticas de perfecta perspectiva cuya construcción había sido dirigida por el Maestro Gabriel Luna, cuya memoria pervivió por mucho tiempo en una Sociedad Mutualista de trabajadores de la construcción que llevó su nombre.

  Abro un amarillento folleto editado en julio de 1895 en la “Imprenta y librería de Retes”, publicado “como un homenaje cordial y respetuoso…” Ahí se expone una semblanza biográfica del primer pastor diocesano, Don Ignacio Díaz y Macedo y se trascribe del número correspondiente a julio de 1893 del periódico “Lucifer” de Tepic, la “descripción de su llegada a la ciudad en 5 de julio de 1893 y de su toma de posesión al siguiente día.” Unas líneas firmadas por F. P. Covarrubias exaltaban las cualidades del prelado: “[…] No se sabe qué admirar más en su predicación, si la elocuencia de San Juan Crisóstomo, la teología de Santo Tomás o la unción de los santos…Es el Señor Díaz un distinguido polemista…Hay quien afirme que en todo Guadalajara nadie discute tan bien como él.

  “Sin embargo, hombre verdaderamente manso y humilde por todo extremo, en todo cede siempre sin dificultad…” (Páginas 10 y 11).

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  En los párrafos anteriores hemos tocado los principios de nuestra diócesis, las raíces sólidas de un árbol esperanzado más que centenario que aún tiene lozanía en sus hojas.

  Conviene ahora abrir un tercer libro: los documentos del Concilio Vaticano II que definen qué es una diócesis. Leemos: “La diócesis es una porción del pueblo de Dios que se confía al obispo para ser apacentada con la cooperación de sus sacerdotes, de suerte que, adherida a su pastor y reunida por él en el Espíritu Santo por medio del Evangelio y de la Eucaristía, constituya una Iglesia particular, en que se encuentra y actúa verdaderamente la Iglesia de Cristo que es una, santa, católica y apostólica” (Decreto “Christus Dominus” n. 11).

  Esta preciosa definición, que conviene leer con calma, sopesando sus palabras, no menciona siquiera elementos como el territorio geográfico o la catedral, signos exteriores de algo más profundo. Pone el acento en las personas: el obispo que ejerce su ministerio teniendo alrededor suyo a los sacerdotes y unificando con ellos a un pueblo convocado, reunido y guiado por caminos de vida por su único dueño, Dios, por medio del alimento de la Palabra y de los Sacramentos. Pequeña o grande, pobre o rica, poseedora de muchos o pocos bienes de cultura, una diócesis contiene toda entera a la Iglesia de Cristo. No es sólo una “parte” de una entidad más grande. Tiene en su tesoro espiritual todos los medios que Jesucristo puso al alcance para hacer presente la salvación a la humanidad en todas partes necesitada.

  Siete obispos, centenares de sacerdotes y millones de laicos han sido y son esta “porción del pueblo de Dios”  que ha recorrido ciento veinte años de historia.

  Don Edmundo O’Gorman, uno de los historiadores mexicanos más reflexivos de los últimos tiempos, escribió en un libro llamado “Del amor del historiador a su patria”: “La patria es lo que es por lo que ha sido”. Eso mismo, sin duda, puede decirse de lo que somos hoy como diócesis de Tepic: tenemos una herencia sobre la que conviene reflexionar pero, sobre todo, vitalizar y lanzar al futuro. Pues la tarea de la Iglesia desde los tiempos apostólicos es hacer llegar el Evangelio a todas las generaciones y tocar con su fuerza los ambientes de la vida.

  Los primeros años de la diócesis –los de la prolongada paz sin justicia del porfiriato-- fueron relativamente tranquilos. Pero al encontrarse con la revolución mexicana en sus distintas etapas, el dolor provocado, la persecución y  el destierro tuvieron amplio espacio: la prisión del segundo obispo, Don Andrés Segura, en 1914, el despojo de los bienes del Seminario tan difícilmente adquiridos (sobre todo su casa y su biblioteca), la prohibición para muchos sacerdotes de ejercer el ministerio y su destierro. A ello respondió, sin embargo, la incontenible voluntad del pueblo de vivir su fe en libertad. El Señor Obispo Azpeitia no vio días de paz y hasta 1941, cuatro años después de la ordenación episcopal de Monseñor Hurtado pudo, en una nueva situación, hacerse un balance de lo vivido y comprobar la precariedad de los medios y la escasez preocupante de pastores para la grey de Jesucristo.

  Fue sin duda la oración perseverante de muchas almas sencillas, el apoyo providencial del Seminario de Montezuma, el apostolado efectivo de la Acción Católica –verdadero “dinamismo evangelizador de los pobres”—y la paciencia  heroica del prelado, los que sacaron adelante a esta porción del pueblo de Dios.

  Una vez superadas esas dificultades, provenientes sobre todo del proyecto “revolucionario” del país, vinieron, en la década de 1950 y más aún en la siguiente, los retos de las nuevas situaciones sociales, económicas y culturales de México y la necesaria renovación de la Iglesia, ese “nuevo Pentecostés” propiciado por Su Santidad Juan XXIII y el Concilio. Con honestidad admirable, Monseñor Hurtado renunció a su cargo al no sentirse con las fuerzas necesarias para afrontar lo que los tiempos exigían.

  Llegó entonces, en agosto de 1971, un hombre providencialmente preparado para encabezar un nuevo estilo de diócesis según los lineamientos conciliares: Don Adolfo Suárez Rivera.

  A cuarenta años de distancia podemos ya valorar su impulso y las fuerzas que encontró dentro de laicos y sacerdotes de Tepic para llevar adelante la necesaria renovación. Cuando hablamos de zonas pastorales, de decanatos, de consejo presbiterial, de equipo sacerdotal, de estudios, de comisiones, de vocación de los laicos al apostolado, de Seminario Diocesano con todos sus grados y con profesores especializados, nos referimos a los días de su gestión y a personas de talla mundial como Monseñor Fernando Boulard, pastoralista singular que ayudó eficazmente a dotar a nuestra Iglesia particular de instrumentos de comunicación y de avance conforme a los tiempos al realizarse bajo su magistral guía la Jornada de Pastoral Diocesana de septiembre de 1973. Desde entonces aprendimos que en la comunión entre todos está la garantía del cumplimiento de la voluntad de Dios.

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  A partir de esos impulsos y con los cambios que la observación atenta del paso de una cultura aceleradamente cambiante como la contemporánea pidió durante los años de Monseñor Alfonso Humberto Robles Cota y los últimos tres ya con el Señor Obispo Ricardo Watty, podemos vislumbrar las tareas que nos corresponden hacia adelante, pues si de algo no puede alimentarse la Iglesia es de la memoria perezosa de “pasadas glorias”. Todos los días, al amanecer, surgen retos que llaman a compromisos creativos y creíbles.

  Nuestra diócesis –esta preciosa “porción del pueblo de Dios”-- camina y se define como “Iglesia viva” y sus miembros como “discípulos misioneros en comunión”. Este es un programa de servicio, pues la Iglesia tiene como misión única ser servidora de la humanidad. Y esta condición ha de hacerla permanecer en constante vigilancia, asomándose a las situaciones del mundo, a sus necesidades y anhelos sin perder su identidad, pues no es una ONG o una especie de “Cruz Roja espiritual”, sino la edificación que Cristo ha puesto en el mundo para ser “signo levantado entre las naciones.”

  Ciento veinte años de historia apuntan a muchos más que vendrán. Corresponde una celebración agradecida y orante que lleve a hacer un análisis sereno y crítico del lugar donde nos encontramos: de la transparencia de la oración y de la vida contemplativa, del testimonio que se engarza con las mejores causas, de saber dar verdaderas “razones para la esperanza” y no promesas vacías, de la constante búsqueda de la reconciliación y la paz.